3. Bajo la superficie #2
Raven vio el miedo en sus rostros, la desesperanza. Tuvo que combatir contra la rabia que amenazaba con controlar sus impulsos y mantener la mente fría para actuar con precaución y sacarlos de allí, por lo que, luchando contra esa voz interior que le pedía sangre, continuó con su inspección.
Al otro lado de la sala se abría un nuevo corredor en el que unas voces masculinas discutían por algo que no alcanzó a distinguir.
No le quedaba más tiempo. Pero lo que vio fue suficiente.
Volviendo sobre sus pasos, Raven corrió a informar a Neve y al resto, con los rostros de aquellos pequeños grabados en el pensamiento.
—Cuarenta y tres escalones, cueva con guardia caído, otro pasaje que lleva a la caverna principal, donde retienen a los niños.
Raven había salido de las sombras en cuanto todas hubieron subido por la resbaladiza roca y aterrizado en la oscura caverna.
—¿Cuántos? —quiso saber la capitana de ojos dorados como un atardecer.
—Lo que Fergus te dijo, unos treinta, custodiados por diez guardias. Entre ocho y doce años. He oído voces masculinas que provenían de otra de las cavernas.
—¿Otros accesos? —indagó Neve.
—No, capitana —contestó Raven.
—Mierda —escupió Hazel, que ya tenía su espada en la mano.
—¿Solo un camino de entrada y salida?
—Hasta donde tienen a los niños, sí. Puede que haya más pasajes, pero no he podido ver más.
—¿Cómo están los críos?
—Asustados, pero creo que no están heridos ni magullados. Los están... cuidando bien. —Tras estas palabras, Raven tragó saliva y, para cambiar de tema, se dirigió a Sage—: Nada de pistolas. Muy ruidoso, no nos interesa.
—Espada, entonces —concedió la artillera.
—¿Puedes encargarte de los guardias? —quiso saber Índigo, cuyo pelo estaba recogido en una coleta alta y frondosa.
Raven dudó, apretando la mandíbula.
—Eso asustará a los niños y gritarán, pero no nos queda otra opción. Si hay más accesos, están más allá del pasaje al que no he podido acceder, por lo que...
—Entonces no tenemos alternativa —concluyó Neve mientras comprobaba que sus armas estuviesen en su sitio.
—¿Caos? —preguntó Raven con sospecha, y Neve asintió.
—Caos, queridas mías. ¿Listas?
Las cuatro desenvainaron las espadas e intercambiaron sonrisas y expresiones que prometían que iban a disfrutar de la matanza.
El sonido del metal saliendo de su funda les puso los vellos de punta, y Neve las imitó y sacó su espada.
Respirando hondo, le hizo una señal con la cabeza a Raven, que lideraría el asalto, y se internaron en la oscuridad.
En efecto, no había manera de sacar a esas pobres criaturas de allí si no era provocando un escándalo.
Agazapadas al amparo del lúgubre ambiente, observaron el espacio que tenían delante.
Varias antorchas iluminaban el lugar, pero ninguna estaba lo bastante cerca como para alumbrarlas.
Estaban en un punto ciego y tenían que sacar partido de su única ventaja, pues, una vez que atacasen, todo iría cuesta abajo y sin frenos.
Eso, de vez en cuando, era divertido. El único inconveniente: en un instante, la suerte podía volverse en tu contra.
La visión que tuvieron de los niños hizo que la rabia subiese por Neve como una bilis mala.
El terror vestía sus caras y algunos no se atrevían siquiera a levantar la vista del suelo, quietos como estatuas.
Tenían que sacarlos de allí y matar a sus captores después de averiguar quién era el cabecilla de aquella trama.
Respiró hondo: aunque asesinar era algo a lo que estaba acostumbrada, había que mentalizarse.
—Ignoramos cuánta gente hay en la otra cueva —susurró al fin la capitana tras valorar la situación—. Somos cinco, así que salimos a dos guardias por barba. Daga a la yugular.
»Luego me adelantaré para investigar en la cueva. Hazel, Índigo, vosotras me cubriréis las espaldas. Raven y Sage, os llevaréis a los críos a los botes.
—No vamos a dejarte sola —replicó Sage.
—No os he pedido opinión.
—Fergus te advirtió de que habría otros piratas —declaró la artillera, sin hacer caso a su capitana. Neve suspiró, pero aun así la escuchó—: Nos perseguían tres barcos, Neve, y es muy posible que haya más. Eres la líder de los piratas del archipiélago. Unos te adoran y otros...
—... pagarían por ver cómo te ejecutan en directo —acabó por ella Índigo.
—Sage lleva razón —convino Hazel—. No podemos dejarte sola. Índigo y yo te acompañaremos. Una vez que hayamos acabado con los guardias, Raven y Sage se pueden llevar a los chiquillos, pero al menos tendrás dos pares de manos más contigo.
—Ser capitana no significa hacer las cosas sola, Neve —susurró Índigo y todas miraron a la contramaestre en silencio durante unos instantes.
Eran conscientes de que habían tocado un tema sensible.
La capitana del Luz del Alba le lanzó una mirada que prometía que tendrían una conversación más adelante, ante lo que Índigo se encogió de hombros.
—Di lo que quieras. Sabes que es así.
—De todos modos...
—Neve —irrumpió Raven—, nos quedamos sin tiempo.
—Está bien.
Neve repartió la matanza, indicando a qué guardias debía matar cada una. Con sigilo, se dispersaron por una pequeña plataforma que rodeaba la parte superior de la caverna como si se tratase de la parte alta de un anfiteatro.
Neve vio cómo todas apuntaban con sus armas a sus víctimas y, respirando hondo, calmó los latidos de su corazón.
Diez.
Nueve.
Ocho...
Cuando llegó a uno, suspiró... y lanzó con precisión el primer cuchillo.
Sus cuatro compañeras actuaron de inmediato y, como si de un juego de dominó se tratase, los diez guardias cayeron al suelo, de cinco en cinco, con las dagas clavadas en la yugular.
Neve hizo caso omiso de la escalera que la hubiese ayudado a bajar y saltó los cuatro metros de caída. Rodó cuando llegó al suelo al tiempo que los niños empezaban a gritar.
Se puso en pie y chistó para captar su atención. Algunos callaron, pero otros continuaron con el griterío.
—Hemos venido a rescataros, mantened la calma y no chilléis. ¿Veis a esas chicas? —La capitana señaló hacia arriba y los críos siguieron su gesto, y entonces Índigo y compañía salieron a la luz—: Vienen conmigo y os vamos a llevar a un lugar donde estaréis protegidos, ¿de acuerdo?
—Mentira —dijo uno de los más mayores. «Es atrevido», pensó Neve. Tenía el pelo y los ojos castaños—, seguro que solo te interesa vendernos.
—¡No digas eso, Kal! Parecen buena gente.
—Solo tenéis una manera de averiguarlo —intervino Sage, ya bajando por las escaleras con las otras tres—. Todos conmigo y la chica morena, en silencio.
Solo se habían levantado un par de niños cuando un ruido las alertó: gritos y voces que procedían del otro corredor.
Neve miró a Índigo y Hazel y las tres se pusieron en marcha.
—¡Ya vienen! —exclamó otra niña, pero las voces de los pequeños se fueron apagando a medida que Neve avanzaba, espada en mano, lista para presentar batalla.
Una nueva caverna apareció ante ella: la luz de las dos lunas iluminaba el interior, pues el techo estaba parcialmente abierto.
Y se vio sorprendida ante lo que encontró.
Decenas de cadáveres por el suelo y una batalla a medio librar les dieron la bienvenida.
No habían sido las primeras piratas en llegar a la isla.
—Me cago en todo —murmuró Hazel a la derecha de Neve—. ¿Capitana?
—Cómo me jode tener razón —dijo Índigo para sí misma.
—No tenemos por qué luchar —insistió Hazel—. No nos han visto, larguémonos con los niños.
No. Neve no podía irse sin averiguar quién había mandado secuestrar a esos pequeños.
—Nunca dejo las cosas a medias —se limitó a contestar.
Y se lanzó a la lucha.
Hazel gruñó e Índigo hizo un par de molinetes con la espada antes de seguir a su capitana.
El sonido y las sensaciones familiares volvieron a impregnar sus oídos y sus sentidos: el de la batalla, el entrechocar de espadas, el peso de las armas, el empeño por ser el que se mantiene en pie...
Había al menos una docena de hombres. Vio de soslayo el salpicar de sangre tras ella y oyó los gruñidos de Índigo y Hazel ante el esfuerzo de la contienda, pero estaba tranquila.
Las había entrenado bien, por lo que Neve se centró en su tarea: averiguar quién narices había planificado todo aquello.
El primer hombre al que se enfrentó cayó rápido, pero su segundo contrincante resultó ser más veloz de lo que Neve esperaba. Era algo más alto que ella, pero poco robusto, lo que lo hacía bastante ágil.
—¿No estás muy lejos de la bahía del Mal Presagio, Neve O’Shea?
Ella logró detener la espada de su atacante interponiendo la suya asida con ambas manos. Luego giró sobre sí misma y se inclinó, y consiguió rajar el lado izquierdo de su enemigo, justo por debajo de las costillas.
Este gruñó y cayó al suelo junto a su arma.
Neve no perdió el tiempo y le hundió la hoja en la garganta. El hombre abrió los ojos como quien ve visiones, y la sangre comenzó a brotar y salpicó no solo su espada, sino también sus botas y parte de su pantalón.
—¿Estás de coña? —soltó la muchacha, extrayendo la hoja del cuello con un movimiento limpio—. Lavé esta ropa hace dos días.
No esperó respuesta, se giró y fue a por el siguiente.
Tuvo una milésima de segundo para ver cómo este se lanzaba sobre ella.
El peso de la espada de su atacante cayó sobre la suya, y sus cuerpos forcejearon por acercarse el uno al otro.
La chica resistió, con movimientos precisos, haciendo presión con los brazos para que su enemigo no la doblegase.
—¡Voy a rebanarte el gaznate, O’Shea!