La profecía olvidada (Los Diarios de Bhyeria 1) 3. Bajo la superficie
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3. Bajo la superficie

Bajo la superficie

Ese era el gran misterio de los O’Shea, un enigma por el que muchos pagarían cantidades indecentes de dinero no solo por descifrarlo, sino también por poseerlo.

Resultaba irónico pensar que, al mismo tiempo, otros lo temían y temían también las consecuencias que pudiese acarrear caerles en gracia a las sirenas, por lo que se negaban a indagar en el asunto.

En todo caso, durante todo ese tiempo, nadie había averiguado por qué, excepto las cuatro tripulantes más cercanas a Neve, que se encontraban a bordo de ese navío que se alejaba velozmente de su posición.

Según los viejos mitos y fábulas, las sirenas eran de las pocas criaturas mitológicas marinas que se habían dejado ver por los humanos.

Descritas como despiadadas, horríficas y poco amigables, su alimento era la carne humana, entre otras cosas.

De haberse encontrado otra persona en los zapatos de Neve en ese instante, habría salido nadando en sentido contrario.

Sin embargo, el sentimiento que invadió el pecho de la capitana fue la tranquilidad de ver que habían acudido a la llamada.

Por lo que, respondiendo a las palabras que habían sonado en su cabeza, respondió de la misma manera:

— Nélida, requiero de tu ayuda y la de los tuyos una vez más.

La criatura la observó de arriba abajo, y murmuró mentalmente de nuevo:

— Hace tiempo que no presencio...

— No es el momento —la interrumpió la pirata con voz dura.

— Por lo que puedo notar, en efecto, no lo es —convino Nélida juiciosamente.

La sirena se giró para mirar hacia las profundidades y, aunque el resto de sus afines permanecieron ocultas en la oscuridad, otra de ellas ascendió, una a la que Neve también reconoció.

— Un gusto verte de nuevo, Loire.

Los ojos de las sirenas eran blancos, adaptados a la vida acuática.

Una pequeña membrana en continuo movimiento en la frente les permitía captar las vibraciones y comunicarse.

Sus cuerpos simulaban el de una mujer hasta llegar a las caderas, en las que arrancaba una cola que se extendía casi tres metros.

No todas tenían el mismo tamaño, y colas y aletas variaban de largura y anchura.

Lo que pasaba por cabello era en realidad una maraña de tentáculos casi tan largos como sus colas, que no alcanzaban a ocultar una especie de pequeñas aletas que Neve habría definido como las orejas.

A diferencia de las humanas, en sus manos una membrana cubría el hueco entre los dedos, que terminaban en unas afiladas garras que creaban un contraste estremecedor con la delicadeza de las membranas.

En conclusión, se trataba de criaturas letales preparadas para adaptarse a lo que la naturaleza les impusiese.

Respecto a las dos que tenía delante, a pesar de su aspecto similar, las diferencias eran notables.

Nélida, a su izquierda, era de un azul cambiante, pues sus escamas mudaban en tono y calidez según se viesen más o menos vestidas por la luz de las lunas. A su derecha, Loire era de un color verde claro que se iba oscureciendo hasta convertirse en casi negro al final de la cola.

Y ambas eran sus contactos más estrechos en las profundidades.

Fieles, leales y dispuestas a ayudarla cada vez que las necesitara.

En otras palabras: sus ojos en el mar.

— ¿Para qué nos necesitas, capitana? —preguntó la sirena verdosa mientras mostraba sus dientes afilados y desgarradores.

Nélida murmuró para sí esperando respuesta.

— Nos persiguen, pero no estamos seguros de quién y tenemos una prisa imperiosa por llegar a nuestro destino; además, cuando recalemos, debo llevarme a todas mis chicas, por lo que dejar el Luz sin vigilancia sería una estupidez por mi parte.

Loire y Nélida intercambiaron una mirada a la vez que algunas de las sirenas ocultas emitían sonidos agudos de interés.

— Cuando hablas de «enemigos» —dijo Loire en su cabeza— , ¿te refieres a él?

— Creo que quién nos persigue es lo de menos. Necesito que me ayudéis a llevar mi barco hacia el norte, a Derus, y, una vez allí, será imperativo que vigiléis el Luz del Alba , pues si se torciesen las cosas...

— ¿El cielo ha caído?

Neve asintió.

Nélida y Loire intercambiaron una mirada rápida, y la membrana de su frente emitió unas vibraciones altas y claras a las que sus compañeras respondieron dejándose ver a la tenue luz de las lunas que atravesaba el agua.

Casi medio centenar de ellas, de diferentes colores y tamaños, se presentaron frente a Neve y formaron detrás de Nélida y Loire, que lideraban el grupo.

— ¿Eso es un «sí»? —indagó impaciente la joven.

Ambas sirenas asintieron con la cabeza e hicieron un gesto a sus congéneres, que partieron veloces hacia el barco, apenas perceptible debido a la distancia y la escasa luz.

Nélida y Loire le tendieron la mano a Neve, que se asió de ellas, y juntas la llevaron hacia su barco, que se había alejado considerablemente, lo que significaba que los vientos seguían soplando a su favor.

Se plantaron allí en un abrir y cerrar de ojos, y Neve observó con agrado que el grueso de las sirenas aguardaba bajo la quilla esperando órdenes.

Se giró de nuevo hacia Nélida y Loire, y oyó que la primera declaraba en su mente:

— Ve a por esos hijos de puta.

Neve rio, dejando escapar algunas burbujas, y poco a poco ascendió a la superficie.

El fresco aire de la noche le provocó un escalofrío al contacto con su piel. Alzó la cabeza y vio a Índigo asomada a la borda, esperándola con impaciencia.

—¿Y bien? —preguntó la contramaestre—. Has estado ahí abajo una eternidad.

Le lanzó una cuerda a Neve, que subió con facilidad aun cargada con la enorme caracola.

La capitana hizo un gesto de asentimiento al aterrizar en cubierta e Índigo suspiró, algo más relajada.

—¿Vuelvo al timón?

De repente, la nave empezó a ganar velocidad, y todas se acercaron a la capitana. Sage gritó victoriosa:

—¡Oh, sí, queridas! ¡Ahora sí que llegamos!

Neve empezó a deshacerse la trenza empapada mientras se dirigía a sus aposentos para cambiarse de ropa y, de camino, contestó a Índigo:

—Vuelve al timón y maneja el Luz como sabes, contramaestre.

Llegaron casi dos horas después a su destino: a estribor, la isla de Nahulla se elevaba en las tinieblas, mientras que, a babor, Galos, una de las ciudades más importantes de Derus, las esperaba como posible ruta de escape.

Si pisaban esa capital, estarían protegidas.

Nahulla, por el contrario, era territorio neutral, y no conocía de leyes.

Dejando el barco a cargo de Nélida y Loire, las cinco se repartieron en un par de botes y remaron hacia el acceso que Fergus les había indicado. Mientras se alejaban, el Luz del Alba se convirtió en una sombra más en medio del frondoso mar.

La entrada de la caverna las esperaba sumida en la negrura, y el oleaje batía de forma incesante contra las rocas que la rodeaban. Tendrían que dejar los botes allí y escalar por la resbaladiza roca con la luz de las lunas como única guía.

—Raven, adelántate —ordenó Neve—. Tienes tres minutos para inspeccionar el terreno y evaluar la situación.

Esta asintió y, con rapidez y sigilo, saltó al agua y nadó hasta las rocas. Con la ayuda de sus cuchillos, fue subiendo hasta perderse en la abertura, la capucha ocultándole el rostro.

—Este es el plan —prosiguió Neve, captando la atención de todas—: Localizamos a los niños, los llevamos al barco y nos largamos de aquí.

—¿Y si nos pillan? —La pregunta de Sage era retórica, pues todas sabían cuáles serían las consecuencias si eso sucedía.

—Si nos pillan... —Neve hizo una pausa para mirarlas a las tres—, les enseñaremos que con el Luz del Alba no se juega.

—He hecho bien en afilar mi espada —musitó Índigo, a lo que Sage y Hazel rieron por lo bajo.

—Al agua. Vamos.

Saltaron, nadaron y dejaron el mar atrás, finalmente trepando por las rocas y adentrándose en la oscura boca de la caverna.

Sus pies apenas rozaban la rocosa superficie y se adaptaban con agilidad al terreno, por muy desconocido que fuera.

Al principio, cuanto la rodeaba había sido oscuridad; el goteo del agua por las paredes y el eco de su propia presencia, sus únicos acompañantes en aquel tosco lugar.

Había avanzado por la cueva hasta encontrar lo que parecía una escalera de caracol a la que la leve luz de las lunas no llegaba, así que Raven se agarró a la pared y, poco a poco, descendió.

Contó los escalones: había cuarenta y tres. Al llegar al último, vislumbró un pasillo que corría hacia la izquierda, y por este continuó su sigilosa inspección.

No tardó en descubrir el resplandor difuso de las antorchas, así que se ocultó, sus cuchillos a mano y sus sentidos en alerta.

Neve y compañía no tardarían en alcanzar su posición, así que como mucho disponía de poco más de un minuto para analizar la situación e informar a la capitana.

Lo había hecho en mucho menos tiempo en otras ocasiones.

Ante ella se abría una pequeña caverna. Un guardia custodiaba la entrada de un pasadizo algo más estrecho y bien iluminado... del cual provenían voces y jolgorio.

El vello se le erizó, pero mantuvo la compostura. No le quedaba otra.

Respiró hondo, aferró la daga que empuñaba y, ágil como ninguna, salió de su escondite y cayó sobre el guardia, que no tuvo tiempo de reaccionar.

No ante la sombra que era Raven.

La muchacha le clavó el arma en la frente, giró la muñeca y convirtió el ataque en mortal.

Sacó la hoja corta y ancha despacio y unas diminutas gotas de sangre la salpicaron y desaparecieron en su oscuro ropaje.

Acompañó el cuerpo flácido del guardia en su caída para evitar que se desplomara de golpe y lo arrastró a un rincón.

Luego apagó la antorcha y el corredor quedó parcialmente a oscuras.

Treinta segundos.

Abandonando el cadáver, avanzó con sigilo por el estrecho pasaje, y pronto se abrió ante ella una sala inmensa.

Allí estaban los niños, sentados en el suelo y maniatados en el centro de la estancia. Eran muchos, niños y niñas de diferentes edades, vigilados por una decena de guardias.