2. A su amparo #2
Neve respiró hondo y dio la espalda a sus compañeras.
Cerró los ojos, recreando la conversación con Fergus en su mente.
Odiaba que todo eso hubiera pasado delante de sus narices y que nadie se hubiese enterado.
Había visto también la culpa en los ojos de Raven, por lo que, adoptando su papel de capitana una vez más, afirmó:
—Raven, no ha sido culpa tuya.
—Podría haberlo hecho mejor —respondió de inmediato la chica, con voz dura, decepcionada de sí misma.
Neve se giró y fue hacia ella, ofreciéndole una mueca de comprensión.
—Averiguaremos qué ha pasado.
—Te prometo que pagarán. —En los ojos negros de Raven, Neve tan solo pudo ver una cosa: sed de venganza.
—Lo sé, Raven. Ahora, escuchadme. —Todas se giraron hacia ella y declaró—: Tenemos por delante una noche larga; cenemos algo y descansemos lo que podamos hasta llegar a Galos, porque allí nos espera una misión difícil. Índigo, al timón. Luego te relevo.
»Cuando cojamos los botes para fondear en Nahulla, alguien tendrá que quedarse en el Luz del Alba —añadió Neve. Todas callaron, y ella supo por qué. Ninguna quería quedarse atrás; todas querían tocar tierra, batallar y salvar a esas pobres criaturas.
Sage carraspeó y murmuró con cierta reticencia:
—Tal vez podrías llamarlas, capitana.
—Sabes que solo lo hago en caso extremo, artillera —respondió con dureza la susodicha.
Aun así, ella también lo había sopesado.
—¿Es que esto no lo es? —la encaró Sage, tal vez extralimitándose.
—Sage, ese tono —apuntó Índigo, respaldándose en su posición de contramaestre.
—No me vengas con esas. —Sage apoyó una mano en el barril con rabia.
Neve conocía bien el temperamento de la artillera, algo que admiraba en parte.
Pero, a veces, podía ser difícil de manejar—.
¿Qué hay de malo? Si contáramos con ellas, llegaríamos antes de lo previsto y dejaríamos atrás a los barcos que nos persiguen.
—Yo solo veo ventajas —convino Raven.
Neve respiró hondo, sintiendo los cuatro pares de ojos sobre ella.
Tenía que decidir ya.
—Estamos en clara desventaja —sentenció Hazel de repente, captando la atención de todas—. El viento es fuerte esta noche y vamos a una gran velocidad, así que ellos también.
—Me cago en la puta... —susurró Sage para sí misma.
Índigo, sujetando el timón con firmeza, el mapa ya enrollado y colgando de su cinturón junto a su espada, estaba tan atenta como Neve a las palabras de la tripulante más joven del Luz del Alba .
—Lo mejor sería que contactases con tus aliadas para que nos ayudasen con la misión, Neve, por mucho que te fastidie.
—Estoy de acuerdo con ella —anunció Raven, poniéndose junto a la curandera.
—Yo también, capitana. —Neve se giró para mirar a Sage, que daba vueltas a una pistola en su mano derecha—. Hace tiempo que no nos enfrentamos a algo de este calibre. No estamos hablando de cobrar deudas o de solventar trifulcas entre mercaderes. Están traficando con niños.
—¿Solo por esta vez? —Índigo irrumpió en la conversación. Todas miraron a su contramaestre, sus ojos cristalinos brillando aún más en la oscuridad de la noche—. Neve, sabes lo que van a hacer con esos críos.
—Lo que ya habrán podido hacer —susurró Hazel, sus ojos castaños de repente fríos.
—Fergus ha dicho que, según sus fuentes, han llegado hoy —comentó la capitana—. Y, teniendo en cuenta que los tienen que llevar al Continente Norte, donde los compradores aguardan, espero no equivocarme y que no les hayan tocado un pelo todavía.
—¿Y si ha sido así?
Un silencio pesado y salobre se implantó entre ellas. Neve respondió con una voz gélida y calculada:
—Lleváis razón —dijo Neve dirigiéndose hacia su camarote—: pedir su ayuda es lo más inteligente en este caso. A vuestros puestos, yo tengo una llamada que hacer. Todas sabemos cuál es nuestro cometido.
Neve desapareció por el acceso que llevaba bajo la cubierta y las cuatro chicas se miraron con una mezcla de sorpresa y seriedad en la cara.
Segundos más tarde, Sage hizo un gesto de disparo con una mano y declaró:
—Vamos a volarles los sesos a esos hijos de puta.
Todas sonrieron de manera cruel, y Hazel fue la siguiente en hablar:
—Con mucho gusto.
Raven, aún en silencio, asintió con vehemencia. Con la última palabra, Índigo dijo:
—Ciertamente, va a ser una noche larga.
Una vez en su camarote, fue directa hacia lo que buscaba.
En cuanto lo tuvo en sus manos, pesado, magnífico y único, la capitana volvió a la cubierta, los ojos de las demás puestos en ella en cuanto reapareció.
Con cuidado, se sentó sobre la borda de estribor.
El barco seguía en movimiento, a toda vela, por lo que debía darse prisa.
De un salto limpio, Neve cayó al mar y se vio envuelta por las aguas frías y oscuras.
Al instante, abrió los ojos y, llevándose el gran objeto a los labios, lo tocó dos veces.
Se trataba de una caracola plateada el doble de grande que su propia cabeza y que solo producía su particular resonancia bajo la superficie.
Dicho sonido se expandió en todas direcciones, haciendo que incluso el Luz del Alba se bamboleara ligeramente en la superficie, aunque prosiguió su travesía. Paciente, Neve esperó y, al poco, hubo respuesta.
El silencio que imperaba en el fondo marino hasta hacía escasos segundos se tornó en una leve vibración para luego convertirse en decenas de cantos. Cantos que provenían de las profundidades, augurio de lo que aparecería frente a ella en un abrir y cerrar de ojos.
Las podía sentir, a decenas de ellas, aproximándose.
Una se adelantó a la comitiva y se acercó a Neve a gran velocidad, por lo que enseguida pudo distinguir su silueta incluso en la negrura.
Para alguien desconocedor de las consecuencias del llamado que la joven pirata acababa de realizar, la imagen que se presentó ante ella habría provocado gritos de horror que habrían quedado ahogados en las entrañas marinas junto con el autor de dicho llamado.
Y si alguien que no fuese de su tripulación hubiese presenciado esa escena, sin duda se cuestionaría cómo la capitana del Luz podía aguantar tanto tiempo la respiración.
En todo caso, para Neve la escena solo suscitó calma y paciencia, y un sentimiento de pertenencia que endulzó su alma.
Por fin, la silueta se vio iluminada por los débiles rayos lunares que penetraban la superficie del mar Bhyeriano.
En un parpadeo estuvo frente a ella, con esa escalofriante y conocida apariencia.
La criatura murmuró en su cabeza:
— Un placer verte de nuevo, Neve O’Shea. ¿Qué puede hacer el reino de las sirenas por ti?