La profecía olvidada (Los Diarios de Bhyeria 1) 2. A su amparo
5%

2. A su amparo

A su amparo

Regresar al Luz despertaba en Neve un sentimiento que nada podía igualar.

Era su hogar, el navío que la había visto crecer, el único lugar en ese mundo vasto, oscuro y cruel donde se sentía a salvo y en casa.

Quizá no fuese el barco más majestuoso —había visto algunos que la habían dejado sin palabras—, pero su querido Luz del Alba era de aquellas naves que te detenías a admirar.

Medía casi cien pies de eslora, lo que lo convertía en un navío largo e identificable.

Era alto, con tres mástiles repartidos a popa, centro y proa, cada uno con tres crucetas donde las grandes velas blancas se hallaban replegadas.

En el palo mayor, el mástil situado en mitad del barco, se encontraba el nido del cuervo y, más arriba, en lo alto, la bandera pirata de Neve ondeaba al viento con fuerza, lo que era buena señal.

Les sería fácil abrazar las corrientes y salir a mar abierto.

Dorada y con una calavera en el medio, era la misma que había ondeado cuando sus padres vivían; no la había cambiado, no por falta de coraje o de ánimo, sino porque aquella bandera había representado al Luz durante siglos, y modificar ese emblema habría sido casi como traicionar a sus antepasados.

La gente les abría paso ante la rapidez con la que Neve, Raven y Hazel se dirigían al navío y, en cuanto Sage las vio, avisó a Índigo, que ordenó tender la pasarela.

Mientras subían presurosas, la capitana dio órdenes concisas y especificó el rumbo.

Soltaron amarras, largaron velas y, aprovechando la brisa de la noche, abandonaron el puerto de Ferella.

El crepitar de la madera bajo sus pies mientras sujetaba el timón con fuerza le erizó el vello del cuerpo, obligándola de alguna manera a pasear su mirada por el barco, de tonos claros, como el crema, algo inusual en una embarcación de aquel tipo.

Sin embargo, eso era lo que hacía al Luz especial en un sentido mucho más profundo que el visual.

Esos colores eran algo que su madre le había exigido a su padre (tampoco es que él opusiera mucha resistencia) cuando ella apenas era un bebé: quiso pintarlo del mismo color que el cabello de su hija, de un tono rubio miel un poco más oscuro que el de su padre.

En cosa de una semana, el barco ya no parecía el mismo: los tonos oscuros y mortecinos de la madera habían dado paso a unos colores claros, vivos y luminosos.

Cuando Neve era una niña, Lara le había contado que toda la tripulación agradeció aquella transformación, y los ánimos cambiaron para mejor.

Con los años, Neve comprendió que no hablaba solo de los colores del barco.

Y, en aquel momento, sujetando con firmeza el timón mientras dirigía el navío a mar abierto, sintió que el barco estaba vivo, que era uno más de la tripulación y que con su silencio declaraba «Estoy listo para la batalla».

Neve lo miró con afecto, absorbiendo su esencia por enésima vez, y una mueca entre orgullosa y nostálgica le afloró a los labios.

Recomponiéndose, dedicó su atención a las chicas, que, como siempre, llevaban a cabo sus tareas con la eficiencia y coordinación que daba la familiaridad.

Llevar diez años juntas tenía sus ventajas.

—¿Alguien puede explicarnos a Sage y a mí por qué tanta prisa en zarpar? —preguntó Índigo mientras tiraba de un cabo y lo ataba para fijar la vela.

—Fergus me ha contado que han secuestrado a más de treinta niños para venderlos en el mercado negro del Continente Norte. Los tienen escondidos en la isla de Nahulla y partirán mañana si no los interceptamos.

Ninguna respondió, pero se tomaron un instante para mirarse entre sí. Índigo y Sage, con sorpresa y horror; Hazel y Raven, con expresiones que decían «Lo sabemos».

—Qué casualidad que se hayan ocultado en la única isla de todo el archipiélago que es neutral, ¿verdad, capitana? —soltó Sage con un sarcasmo teñido de veneno.

Neve apretó los dientes, pero respondió:

—Una casualidad que les costará cara.

Las luces de los blancos edificios de Ferella quedaron muy atrás y los faroles de la cubierta del Luz del Alba fueron lo único que iluminó la noche en alta mar.

El cielo estaba despejado y las estrellas mostraban el camino, junto con el mapa que Índigo inspeccionaba mientras subía al puente de mando, sus ojos yendo del pergamino al cielo, analizando la ruta más rápida.

Aunque estaban en pleno verano, refrescaba en cuanto se ponía el sol.

Y en el firmamento, brillando con fuerza, las dos preciosas lunas que no solo alumbraban aquellas aguas, sino también el mundo entero, la saludaron una noche más.

Una parecía bastante menor que la otra a simple vista, pero, en términos astronómicos, no era así: no es que fuese más pequeña, sino que estaba más lejos, por lo que la otra parecía duplicarle el tamaño.

Ambas se encontraban en fase decreciente, porque habían sido lunas llenas apenas unos días atrás.

Aun así, proporcionaban una luz más que útil al navío en medio de la oscuridad del mar ondulante.

Tras volver su mirada a sus compañeras y ver cómo seguían con sus tareas, la situación en la que se hallaba la golpeó de nuevo con un sobresalto, pero consiguió mantener la compostura.

Lo último que Neve esperaba esa noche era encontrarse en aquella tesitura; venían de varias semanas en las que habían tenido que resolver problemas entre sus aliados y, aunque todo había quedado aclarado y esperaba que la recaudación de Fergus fuese lo último antes de disfrutar de unos días de descanso, de pronto el destino les deparaba algo más mezquino y cruel.

Imágenes lúgubres acudieron a su cabeza y tuvo que controlar el escalofrío que le recorrió el cuerpo. Oprimió el mango de la espada que descansaba en su cadera derecha.

«Estarán asustados. Aterrorizados. Confusos», pensó.

Lanzó una plegaria al mar, rezando para que estuvieran sanos y salvos.

—¡Al puente de mando!

Neve oyó la orden de Índigo, haciendo que el resto de las chicas siguieran a la contramaestre hacia las escaleras de acceso a la timonera, y, mientras subían, la capitana aprovechó para trincar el timón, manteniéndolo fijo en aquella posición mientras el barco seguía rumbo al este, y giró sobre sí misma, encarando a las demás que la habían rodeado de esa forma familiar y práctica que hacía una década que llevaban a cabo.

A su izquierda, Índigo; junto a ella, Hazel, después Raven y, a su derecha, Sage, quien, por supuesto, llegó precedida del sonido de sus botas con ligero tacón que estilizaban su ya delgada y fuerte figura.

—¿Llegaremos a tiempo? —Esta última fue quien rompió el silencio, cargada con su arsenal de pistolas.

Neve alzó la vista y vio que Índigo examinaba con el ceño fruncido de concentración el mapa que tenía en las manos. Un mapa que la capitana conocía bien: el del archipiélago de Bhyeria.

Respiró hondo y cuadró la espalda, sintiendo cómo la trenza se balanceaba debido al movimiento. Ella también sabía leer los mapas, pero Índigo era la experta, así que le dio a su contramaestre el espacio que precisaba.

—Ya tengo la ruta —anunció la chica de cabellera morena—. Con este viento estaremos allí en poco más de tres horas.

—Bien, así podremos tramar un plan antes de recalar.

—Explícanos la ruta, Índigo —dijo Neve.

—Navegaremos directamente hacia Derus —respondió Índigo, que hizo un gesto en el mapa.

Neve lo cogió con cuidado y lo apoyó sobre un barril cercano.

Todas la siguieron, rodeando el tonel—. Pero nos mantendremos a distancia de Minhea.

Creo que lo más inteligente sería dejar el barco cerca de la costa de Galos y utilizar barcas hasta la isla de Nahulla.

Después, la contramaestre habló de los posibles cambios de mareas y viento que podrían afectar la travesía.

Debían darse mucha prisa.

Mientras Índigo hablaba, se oyeron unos repentinos graznidos por encima de sus cabezas.

Todas levantaron la vista hacia el cielo para ver cómo Trix y Sika, las dos aves de confianza de Raven, entrenadas a la perfección y con las que las chicas se comunicaban con el exterior, volvían.

Se posaron en el brazo extendido de la espía de forma limpia.

Ella cogió la nota enrollada en un pequeño canuto de cuero atado a la pata de Trix y las premió con algún tipo de alimento que guardaba en un bolsillo de su chaqueta.

Instantes después, las aves alzaron el vuelo, manteniéndose por encima del Luz del Alba .

Raven salió disparada hacia la popa con el catalejo en ristre.

—¿Cuántos? —preguntó la capitana mirando al frente y manteniendo el rumbo noreste que había indicado Índigo. No necesitaba que Raven le dijese lo que estaba pasando. Dedujo que las seguían.

—Tres.

Todas miraron a Neve esperando su reacción y, ante su silencio, supieron que lo que fuese que Raven había visto no era nada bueno. La capitana se acercó a la espía y le dijo:

—Dame el catalejo, Raven.

Esta se lo entregó sin chistar.

—Puede que sean los refuerzos que ha comentado Fergus, pero con tan poca luz no distingo las banderas.

Neve cogió el catalejo y, cerrando un ojo, recorrió despacio la oscuridad en busca de los intrusos.

Se escondían bien, pero los localizó: tres barcos, no a mucha distancia, pero sí la suficiente para no levantar sospechas...

, o eso creían ellos. Por desgracia, al igual que la espía, no supo distinguir si aquellos navíos respondían ante ella o ante cierto pirata enemigo.

Desechó ese pensamiento con rapidez ante el disgusto y la repugnancia que inundaron su ser. Tenían una misión aquella noche, y notaba que su cuerpo, de forma inconsciente, ya se estaba preparando para la más que probable batalla que librarían en aquella isla.

—No creo que sean los únicos —dijo finalmente Neve.

—No me extrañaría que hubiese más por el camino —convino Raven—. Tendremos que estar alerta hasta que lleguemos.

Hazel, Sage e Índigo intercambiaron una mirada rápida, llena de preocupación.