1. Deuda saldada #3
—Dejémonos de barcos y vayamos al grano. Me debes cincuenta nokdrils, Fergus McNally. ¡Cincuenta! Te he dado demasiada tregua; más de la que debería.
—Lo tengo muy en cuenta. —McNally se recolocó el tricornio antes de meterse una mano en el bolsillo. Neve captó el leve tintineo de las monedas.
Sin detenerse, Fergus le tendió la pesada bolsa con disimulo. Sin siquiera mirar atrás, Neve depositó la bolsa en manos de Hazel, que, atenta, se había acercado con sigilo hasta estar junto a su capitana.
A todo esto, Fergus continuó con la conversación.
—¿No crees que elegir un lugar más privado habría sido más lógico? —Detuvo sus pasos y ella hizo lo mismo. El paseo llegaba a su fin y el atardecer estaba sobre ellos—. Podrías haber venido al Tigresa ...
—Esta gente es lo bastante lista como para darse cuenta de que, si intentan robarme, están muertos.
—Muy diplomática —comentó el capitán con sorna.
—Además, no creo que seas tan estúpido ni que estés ya demasiado viejo para no haberte dado cuenta de que te he citado en esta isla, en esta ciudad, por ciertos motivos.
—¿Podrías iluminarme? —dijo con ironía el veterano pirata, cruzando los brazos sobre su pecho.
—Ferella, la ciudad donde la paz acaba y el conflicto empieza. La ciudad de las treguas, el inicio de los caídos, el fin de los grandes. Un enclave comercial cuyos habitantes saben que lo que se ve no se comenta.
»Y si alguien lo hiciera, las mareas son rápidas, el viento habla y esas dulces palabras llegarían a mis oídos antes de que esa persona se diera cuenta.
—Y toda una poeta —añadió divertido, aunque, segundos después, su expresión se tornó seria.
Neve se puso en alerta.
—¿Qué ocurre?
—Te lo he dicho —repitió el capitán, de pronto nervioso, mirando a su alrededor—. No creo que este sea el lugar...
Ella apretó la mandíbula con sus ojos fijos en él, atenta.
El campanario comenzó a sonar, avisando de que en apenas unos minutos sería de noche.
Los faroleros se habían puesto manos a la obra y abrían los fanales y encendían las mechas.
Y junto con esa iluminación nocturna, las calles se iban a colmar de más piratas, de maleantes, pero también de aquellos que mantenían el orden, ya fuera de manera legal o no.
En el archipiélago de Bhyeria, las leyes se cumplían de manera distinta dependiendo del enclave, y aunque Neve conocía muy bien cómo funcionaba cada isla y su ciudad capital y consideraba que Ferella era de las más seguras, sabía también que había motivos suficientes para marcharse de allí cuanto antes.
La noche era peligrosa en todas ellas.
Incluso para la capitana del Luz del Alba . Pues, aunque era poseedora de grandes contactos, también tenía grandes enemigos.
Cuanto mayor es el poder que uno posee, mayor es la amenaza que recae sobre este.
—Dispara, Fergus.
—Eso, sin duda, lo harás cuando te cuente esto.
Neve escuchó atenta lo que el capitán tenía que decirle y, para cuando acabó, su semblante había cambiado por completo. A medida que la conversación avanzaba, Raven y Hazel se habían acercado aún más, atónitas ante lo que se desplegaba ante ellas.
—Si salís esta noche, los interceptaréis. Tengo varios navíos en estas costas que pueden cubrirte en caso de que lo necesites.
—¿Por qué cojones no me has contado esto antes, Fergus? ¿Una carta? ¿Algo?
—No quería dejar pruebas de que tenía conocimiento de este asunto.
—¿Quién te lo ha contado? Responde.
—No puedo decírtelo.
— Es. Una. Orden.
—Tú misma dices que las promesas se han de cumplir —continuó defendiendo su posición el hombre—. Y yo hice una: jamás revelaría quién me proporcionó la información.
El viejo era listo.
—Capitana —murmuró Hazel—, la noche cae sobre nosotras.
—¿Dónde? ¿En qué parte de la isla? —exigió saber Neve, tensa y nerviosa.
—En el Cabo Norte, en una cueva del acantilado. Podéis acceder por la boca, una abertura en la roca, allí estarán.
—¿Cuántos?
—No... no lo sé.
Neve negó con la cabeza, gruñendo, y dio un paso atrás para apartarse de ellos, para ordenar su mente y evaluar cómo proceder.
Tenían que irse ya .
—Si descubres algo nuevo, me lo comunicarás.
—No quiero que haya pruebas. Vendrían a por mí.
—Yo te cubriré las espaldas. Siempre lo he hecho.
Vio la duda en los ojos de Fergus, que miró a su alrededor durante unos segundos para, finalmente, asentir.
—Más gente lo sabe. Os perseguirán —le advirtió el veterano capitán.
—Vaya, no se me había ocurrido tal cosa.
Ambos sostuvieron la mirada del otro y, en un susurro casi inaudible, el capitán Fergus sentenció:
—Si has de matar, lo harás.
Un escalofrío recorrió de arriba abajo a la mujer, y su corazón dio un vuelco.
Algo que no sucedía muy a menudo.
Con un nudo en la garganta, respondió también en un susurro:
—Si has de proteger, lo harás.
—Protégelos, capitana.
Neve giró sobre sus talones, su gruesa trenza dorada moviéndose con ella, y, seguida por su curandera y por su espía, regresó al Luz del Alba sabiendo con certeza que había decenas de ojos sobre ellas y que muchos ya estaban siguiendo sus pasos.
—¿Crees que ha mentido? —preguntó Raven, una cabeza más alta que ella.
—No —contestó Neve con convicción—. No ha mentido.