La profecía olvidada (Los Diarios de Bhyeria 1) 1. Deuda saldada #2
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1. Deuda saldada #2

Durante siglos, el archipiélago de Bhyeria había pertenecido a los piratas.

Antes de que se firmase el acuerdo que trajo la tan deseada paz entre el Continente Oeste y las islas tras lo que parecía una guerra interminable cuyo fin no llegaría nunca, aquel enclave había sido testigo de constantes batallas, imposiciones políticas, derramamiento de sangre y pérdidas innumerables mientras luchaban por una identidad.

El pacto de Nuhuria puso fin a décadas de conflicto y muerte indeseados.

En la actualidad, los descendientes de aquellos piratas que lucharon por que ese territorio fuese suyo aún lo gobernaban, aunque no sin pequeñas trifulcas, enemigos y alianzas que pendían de un hilo.

Neve conocía como la palma de su mano aquellas islas, por lo que la decisión de reunirse en Ferella no había sido una elección aleatoria.

Debía ser cauta y pasar desapercibida, tarea difícil pues todo el archipiélago la conocía y, como había comprobado minutos antes, la gente ya se había percatado de su presencia. Pero no era la primera vez que se veía metida en situaciones que requerían especial actuación.

Y siempre había salido todo como lo había planificado.

Continuó avanzando con paso firme hacia su destino con Raven y Hazel a su espalda, la primera vigilando con ojos de halcón mientras la otra se mantenía con la cabeza baja; no obstante, la capitana del Luz del Alba sabía que estaba tan atenta o más que su espía particular.

Finalmente alcanzaron su destino. El singular edificio albergaba una taberna en la planta baja y una posada en los tres pisos superiores, por lo que había bastante ajetreo.

A la entrada, varias personas bebían en barriles ante las puertas abiertas de par en par.

Neve mantuvo su paso firme y serpenteó entre las muchas mesas, sillas y taburetes esparcidos por el establecimiento.

Su cita la esperaba sentado a una mesa algo apartada y flanqueado por sus dos ojitos derechos: unos gemelos de más de metro noventa cruzados de brazos y con semblante serio.

La chica tuvo que contener una carcajada que murió en su garganta ante la ridícula pose con la que pretendían impresionarla.

Neve chasqueó la lengua dos veces, una señal dirigida a Hazel y Raven, que empezaron a interpretar su papel.

Solo cuando estuvieron junto a la mesa alzó el hombre la vista; su rostro envejecido mostraba bolsas bajo los ojos y muchas arrugas.

Aun así, Neve reconoció en su mirada al joven que fue alguna vez.

—Neve O’Shea —dijo, y su voz sonó como un suave ronroneo—. Siempre es un placer volver a verte, jefa.

—¿Me echabas de menos, Fergus? —contestó Neve mientras se sentaba frente a él—. Si no recuerdo mal, la última vez que nos vimos casi me cortas la cabeza.

—¡Ja, ja! Anda, tómate una copa conmigo. Estás cada día más guapa e intimidante.

Neve no reaccionó, aunque casi todos los presentes posaron la mirada en ella.

—¿Vas a pagar la copa con mi dinero? —inquirió esta, con Hazel de pie tras ella mirando de hito en hito a Fergus—. De eso nada. Levanta, tú y yo vamos a dar un paseo.

El capitán Fergus echó un vistazo a sus dos imponentes guardaespaldas y, asintiendo con vehemencia, se puso de pie, haciéndole un gesto a Neve.

—De acuerdo, demos ese paseo y pongámonos al día, capitana.

Neve abrió la marcha, seguida de Fergus mientras los cuatro acompañantes de ambos capitanes se mantenían cerca, ojo avizor.

Salieron de la taberna, no sin ganarse miradas poco discretas, y echaron a andar en dirección al paseo marítimo para dejar el puerto atrás.

—¿Cómo va todo por las aguas del norte, Fergus? —preguntó como si nada Neve, mirando con seriedad al capitán.

Hacía casi un año que no lo veía y la edad cada vez se notaba más en aquel hombre que había sido tan cercano y aliado de sus padres desde que Neve tenía memoria.

Era algo más bajo que ella, y el pelo largo y ondulado, ya casi del todo blanco, le caía por los hombros por debajo de su tricornio.

Siempre le había hecho gracia que lo llevase, pues no eran para nada prácticos a la hora de batallar, por lo que la chica había llegado a la conclusión de que se trataba de dejar claro qué estatus tenía frente a desconocidos.

Esos tricornios los solían llevar capitanes o contramaestres en aquellas aguas, así que su teoría tenía mucho sentido...

, aunque quizá solo fuera que le gustaba el maldito sombrero.

Venas como hilos rojos surcaban el blanco de sus ojos y rodeaban sus iris grisáceos sobre profundas ojeras y prominentes bolsas; llevaba la barba algo descuidada pero bien afeitada, ceñida a la barbilla, y sus ropajes al menos estaban limpios y no olían a pescado podrido o algo peor.

Neve siempre había exigido a sus aliados un mínimo de decoro e higiene, dentro de lo posible, y la imagen que Fergus mostraba le era más que suficiente.

Lo importante era la eficiencia de aquellos que estaban a su lado.

—Controlado —respondió él—. Interceptamos a un par de aliados de ya-sabes-quién —pronunció esta referencia a su archienemigo en un susurro tan bajo que Neve apenas pudo oírlo— y los devolvimos a mar abierto, que es donde pertenecen.

Encima ondeaban la bandera de alianza a ese cerdo con un orgullo asqueroso.

No hubo muchos heridos y mi barco sigue intacto.

En ese momento, tan solo había dos bandos en el Comité Pirata: aquellos que apoyaban a Vasilak Rackstorm y los que la apoyaban a ella, cada uno con su bandera. Si un navío se unía a Neve o a Vasilak, por obligación debía ondear la bandera que representaba dicho acuerdo.

La de su enemigo era roja, con dos espadas negras cruzadas. La suya, dorada con una calavera blanca.

—Eso no me preocupa —dijo con claridad Neve, acariciando con la mano diestra el pomo de las dos espadas que colgaban de su cadera derecha: las de su padre—. El Tigresa es una de las naves más resistentes que conozco.

—¿He de recordarte que es tan antiguo como los que pertenecieron a los seis primeros capitanes del Comité Pirata?

—Navego en uno de ellos.

—Uno de los dos últimos —musitó Fergus, esta vez sin mirarla a los ojos, oteando el mar.

El Luz del Alba y el Indomable eran dos de los barcos denominados «originales», aquellos que habían pertenecido a los primeros piratas que formaron parte del Comité cuando fue creado por Cráneo Negro.

El Sombra , del capitán Cráneo Negro.

El Serpenteante , del capitán Gawain Graves.

El Indomable , del capitán Kalon Rackstorm.

El Martillo del Mar , del capitán Kayden Rigby.

El Atronador , del capitán Wade Ellison.

Y, finalmente, el Luz del Alba , de la capitana Claire Malcolm.

Todos fueron pasando de generación en generación, cuidados por las mismas familias. Hasta que, solo una década atrás, lo que se había salvaguardado durante siglos se destruyó en apenas un lustro.

Todos los capitanes cayeron, pero los navíos sobrevivieron a la brutal batalla.

El Martillo del Mar y el Atronador , cuyos capitanes actuales juraban lealtad a O’Shea, consiguieron salvarse a duras penas.

El Serpenteante había sido saqueado una década atrás, y el Sombra había naufragado poco después del fallecimiento de Cráneo Negro.

El cómo de ese hundimiento seguía siendo un misterio que solo la mar conocía.

Y tras la famosa batalla entre Neve y Vasilak hacía cinco años, cuando él casi pereció bajo la espada de la pirata de cabellos dorados, los dos bandos quedaron claros y la piratería dividió sus lealtades.

Neve supo entonces que tendría que buscar aliados de confianza para salvaguardar el archipiélago. El capitán Fergus McNally había sido el primero en ofrecerse, convirtiéndose en su comodoro.

Después de Neve, él era quien tenía más autoridad sobre sus aliados y flotas; se encargaba de mantenerlos a raya, además de informar si alguien se comportaba de forma sospechosa y, junto con la red de espías que Raven tenía en los navíos y en tierra, ya habían pillado a más de uno con las manos en la masa.

La capitana O’Shea había conseguido la lealtad de muchos, algo que no se tomaba a la ligera, para lo bueno y para lo malo.

Mientras todos estos pensamientos le bullían en la cabeza, el sol de la tarde seguía su curso descendente, creando un contraste anaranjado con las casas en primera línea del paseo, de un estilo austero y colores claros, en su mayoría blancos y crudos.

La alameda por la que caminaban estaba empedrada, y Neve hacía equilibrios para que sus botas no se hundiesen en ciertas partes del irregular camino.