La profecía olvidada (Los Diarios de Bhyeria 1) 1. Deuda saldada
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Diez años después

—¡Levad el ancla e izad las velas! —La orden fue clara y directa.

Mientras se apartaba del timón, haciéndole un gesto a su contramaestre, declaró:

—Encárgate hasta que amarremos.

La suboficial asintió, tomando el control del navío.

El resto de las tripulantes ocuparon sus puestos, con una familiaridad que era prueba suficiente de su experiencia y del tiempo que llevaban allí. Recogieron la cadena y subieron el ancla con eficiencia y rapidez.

La capitana descendió los escalones que llevaban del alcázar a la cubierta principal y, apoyada con ambas manos en la borda del navío, contempló la ciudad, que se volvía más nítida conforme se acercaban.

Al rato devolvió su mirada al agua, que golpeaba el casco de forma más suave a medida que se aproximaban y reducían velocidad. Sin las grandes piezas de tela para impulsarla, la imponente embarcación acabó entrando en el puerto con facilidad.

El agua allí era mucho más clara en comparación con alta mar, y el sonido de los niños que corrían, los vendedores que anunciaban a gritos sus mercancías y, en general, las voces de quienes paseaban y trabajaban en el puerto marcaban un contraste interesante.

Moverse entre dos mundos era parte del día a día de Neve O’Shea...

y de cualquier pirata, en realidad; una tesitura que la acompañaría durante el resto de su vida: la linde entre la tierra y el mar; el punto de encuentro entre esas dos realidades tan distintas pero a la vez tan similares en aspectos que pocos imaginarían.

En cuanto amarraron en el enorme y abarrotado puerto, Neve sintió la mirada de la gente concentrada en ella, y la tensión que llevaba sintiendo desde que recibió noticia de su aliado para que se reunieran allí no hizo más que aumentar.

Cierto era que se encontraban aún en el archipiélago, que se había independizado del continente hacía ya más de tres siglos, y, gracias a eso, las cinco islas principales de Bhyeria —ese era el nombre que Cráneo Negro otorgó al archipiélago cuando firmó el pacto de Nuhuria— habían ganado poder y autogobierno y se regían por sus propias reglas.

Por suerte, Teona era una isla tranquila donde el intercambio de mercancías, sobre todo telas y productos agrícolas, estaba a la orden del día. Como todas las islas, seguía siendo territorio pirata, pero Neve sabía que su presencia y la del Luz del Alba significaban que algo importante iba a pasar.

Tras la desaparición del Comité Pirata poco después de la muerte de sus padres a manos de Graves, a quien ella misma liquidó, y del resto de los capitanes que lo conformaban a manos de la misma persona que había ido tras sus progenitores, en ese momento solo quedaban dos barcos y dos líderes como prueba de que había existido.

El Luz del Alba y el Indomable.

O’Shea y Rackstorm.

Neve apretó la mandíbula, girando sobre sí misma para otear el horizonte y asegurarse de que el barco de su oponente no estaba cerca.

Había conseguido evitarlo durante cinco años, el tiempo exacto que había pasado desde que su espada se clavó en el corazón de Vasilak Rackstorm, dándole muerte...

, o eso había creído, pues más tarde recibió la peor de las noticias: seguía vivo.

Y eso hizo que todos sus planes cambiasen.

¿Cómo había logrado esquivar al Indomable ? Neve tenía sus trucos.

Sin embargo, la tensión entre ambos bandos y sus respectivos aliados no había hecho más que crecer, sobre todo en las fronteras de los territorios que gobernaban O’Shea y Rackstorm.

El archipiélago era casi en su totalidad suyo, pero había ciertas aguas controladas por él, lo que había provocado conflictos que, por fortuna, había logrado solventar.

Pero no era momento de darle más vueltas y pensar en ese hijo de puta.

Suspirando, se apartó de la borda para ir al centro de la cubierta, donde el resto de su tripulación se había reunido.

La madera crujió bajo la suela de sus botas, ya algo desgastadas después de tantos años.

Inspiró hondo y, con esa bocanada de aire, los aromas del lugar la envolvieron e hicieron que asomara a sus labios una leve sonrisa de satisfacción y que cerrara los ojos. El olor a salitre la reconfortó.

La ciudad blanca de Ferella, capital de Teona, era uno de sus lugares favoritos.

Siempre le alegraba volver, aunque sus estancias no durasen más de una jornada.

Mas hubiese sido necio por su parte continuar con los párpados cerrados incluso en aquella isla, la única neutral de todo el archipiélago de Bhyeria.

Por lo que, como de costumbre, Neve O’Shea mantuvo los ojos bien abiertos y sus sentidos alerta.

Más allá, donde el puerto se convertía en paseo marítimo y las primeras casas y edificios emergían, puestos con telas, especias, ropajes y pescado fresco convivían en armonía.

Tenía la mirada clavada en una construcción en concreto situada al final del malecón, justo donde comenzaba una de las calles principales de la ciudad. Le entró arena en los ojos, pero estaba más que acostumbrada a eso, por lo que, con calma, se los limpió, lista para lo que les esperaba.

Entonces, rodeada de sus cuatro personas de máxima confianza y con su total atención, explicó cuál era el plan y cómo, antes del anochecer, abandonarían la isla. En cuanto acabó, las tripulantes intercambiaron miradas entre sí.

La artillera fue a hablar, pero, como sucedía a menudo, la contramaestre se le adelantó.

—¿De veras no vas a dejar que te acompañe?

—Volveremos al barco en el menor tiempo posible —declaró Neve con tranquilidad.

—¿Así que va en serio? ¿Vas a encontrarte con el capitán del Tigresa y solo vas a llevar a la mitad de tu tripulación?

Índigo Alarie, segunda de a bordo, no dudó en seguir compartiendo su desazón con relación al plan. Llevaba el largo y ondulado cabello recogido en una coleta alta que agitaba la suave brisa marina. Ni siquiera a la luz del sol el negro de su melena se volvía marrón oscuro.

Neve siempre había comparado a Índigo con una de esas noches puras de verano, con el cielo despejado y las estrellas brillando con fuerza, queriendo hacerse notar.

—Si quieres seguir cobrando tu sueldo, sí. Me debe una pasta y ya le hemos dado bastante tiempo para que reúna el dinero.

—¿Y si no lo tiene? —Esta vez sí fue Sage, la artillera, quien habló; por fin tenía ocasión de meter baza en la conversación mientras cargaba una de sus muchas pistolas, dos de sus numerosas rastas cayéndole sobre el hombro derecho—. Sabes que es muy posible que no lo tenga, capitana.

—Entonces asegúrate de llevar contigo una de esas pistolas, porque la usarás dentro de un ratito.

Sage ladeó la cabeza y esbozó una sonrisa torcida, sus ojos de color terracota brillando con el gesto.

—Tentador...

—Como he dicho, Índigo, Sage, os quedáis en el barco —ordenó Neve—. Raven, Hazel, conmigo.

—Esto es alucinante... —soltó Índigo.

—Recuérdame por qué la hiciste contramaestre, capitana —susurró Raven, arqueando una ceja y de brazos cruzados, con una mirada divertida relumbrando en sus ojos rasgados y oscuros.

A su lado, Hazel se rio por lo bajo mientras revisaba su bandolera llena de artilugios. Quiso hacerlo con disimulo, pero todas notaron que estaba haciendo inventario de las medicinas y los venenos que portaba consigo. Estos últimos habían sido muy útiles en diversas ocasiones.

—Necesito que te quedes a cargo del navío, Índigo. Eres la contramaestre.

—Justo por eso —insistió esta, acortando la distancia con Neve. Ambas eran de la misma altura, aunque la delgadez de Índigo la hacía parecer más alta—. Soy la segunda con más autoridad en este barco. Lo más lógico...

—... es que, si me pasa algo, el Luz del Alba tenga a alguien que lo haga navegar. Y te di a ti ese cargo.

Vio cómo el peso de sus palabras caía sobre Índigo como un jarro de agua fría, de esa pura y helada que brota de un manantial. Tras unos segundos, la chica se dirigió a su capitana con una expresión algo más suavizada:

—No te va a pasar nada, Neve. A ti nunca te pasa nada.

La Neve de hacía una década sí que pasó por algo, algo horrible que la seguía persiguiendo cada noche.

—No des nada por sentado, Índigo. Os lo repito más veces de las que debería.

—Pero...

—Morena, déjalo ya —se quejó Sage, dirigiéndose a la contramaestre, y dio un salto y se acercó a las demás—. Nos ha dejado a cargo de la embarcación. ¿Tanto te desagrada quedarte a solas conmigo?

—Permaneced muy atentas a cualquier movimiento, con un ojo puesto en todas partes —ordenó Neve, yendo hacia la pasarela que daba acceso al muelle—. Y si veis algo extraño o fuera de lugar, lo que sea , desconfiad de inmediato.

—Sí, capitana —dijeron a la vez Sage e Índigo.

—Hazel, Raven, conmigo. Tenemos una deuda que cobrar.

Las tres abandonaron el navío bajo la atenta mirada de su artillera y su contramaestre y, con paso firme, se adentraron en el puerto.

A medida que se alejaban abriéndose paso por el ancho pasillo entre los puestos de mercaderías del lugar, Neve y compañía no escaparon de las miradas ni de los murmullos...

, ni tampoco de algo que a simple vista no se podía apreciar.

Porque, sí, aquel parecía un inofensivo mercado público, pero quien olvidase que aquellas islas estaban llenas de piratas y de toda clase de oficios poco ortodoxos estaba condenado.

Neve lo percibía en las espadas y cuchillos que se afilaban y en el sonido de las pistolas que eran amartilladas.

Recordó que aquella era una de las ciudades más pacíficas del archipiélago, de modo que aquellos gestos amenazantes que buscaban infundirle miedo constituían una prueba más de que la temían.

Y si había temor, había respeto.

Que podía saborear y degustar.

Flanqueada a la izquierda por Raven y a la derecha por Hazel, dejó atrás los tenderetes instalados en el paseo marítimo y se internó en las callejuelas, entre edificios, casas y negocios pintados de un blanco roto que deseaba transmitir la sensación de una pureza que, en general, escaseaba en aquellas islas.