Prólogo #3
Los minutos pasaron y el amanecer iluminó el inmenso mar, proyectando en las aguas las sombras de su barco y del barco invasor.
Y el viento se llevó consigo el grito desgarrador de la joven ante la escena que había a su alrededor.
La bahía del Mal Presagio estaba abarrotada de gente que veía cómo las embarcaciones de dos de las tripulaciones piratas más famosas y temidas llegaban a puerto y se detenían frente a ellos.
Gritos de terror inundaron el aire al observar que de los mástiles colgaban decenas de cuerpos sin vida..., entre ellos los del capitán O’Shea y la segunda de a bordo, su esposa.
De pie sobre la barandilla de uno de los navíos, una joven se sujetó a las cuerdas y levantó la voz a pleno pulmón.
—¡Bahía del Mal Presagio! ¡Piratas! Hace unos días, el Luz del Alba fue atacado por el Serpenteante. Lucharon hermanos contra hermanos. Uno de los líderes se alzó contra otro y la disputa acabó en un baño de sangre.
Un murmullo recorrió la multitud, entre la que Neve pudo ver caras conocidas que tenían sus ojos puestos en ella.
—El capitán y la contramaestre O’Shea fueron asesinados a manos del capitán Salomón Graves. Por lo tanto, el Luz del Alba queda a mi cargo como su legítima heredera.
»Esto —luchando contra el temblor de su mano y de su voz, Neve señaló a su alrededor, al montón de cadáveres de uno y otro bando— es lo que sucederá si nos enfrentamos entre nosotros.
»El Serpenteante ya no tiene ni capitán ni tripulación, por lo que podéis hacer lo que queráis con él.
Esto es una prueba clara de lo que no dudaré en hacer a todo aquel que ose atacarme de nuevo; es lo que sucederá si alguno de vosotros, miserables, decide alzarse contra los O’Shea. Contra el Luz del Alba .
Piratas y habitantes de la bahía echaron a correr hacia el primer barco, deseosos de encontrar algo útil o de valor que quedarse, pero, antes de que alcanzaran siquiera los muelles, unas criaturas del mar saltaron al Serpenteante , llevándose consigo en un abrir y cerrar de ojos los fiambres del capitán Graves y todos sus hombres, esos que Neve se había esmerado en colgar de los mástiles.
Sus chillidos inundaron el inmenso lugar, y la gente que se había acercado retrocedió al ver a las horribles criaturas marinas en acción.
Sirenas.
Horribles y terroríficas sirenas.
Neve había tardado más de un día en colgar los cadáveres del Serpenteante.
La matanza había tenido lugar tres días atrás y, aunque los cuerpos empezaban ya a oler y descomponerse, había luchado contra ese dolor persistente que amenazaba con ahogarla cada vez que sus ojos se posaban en sus padres y había seguido adelante.
Lo había hecho para preservar el honor de Lara y Eriend O’Shea.
Y para demostrar que su gran esfuerzo por criarla para ese tipo de vida no había sido en vano.
Neve miró a las sirenas y vio que una de ellas, de color azul, le sonreía con un cadáver en sus manos, provocando que un escalofrío la recorriese entera.
Devolvió el saludo y las sirenas desaparecieron bajo el mar entre exclamaciones de alegría por la gran cantidad de carnaza que disfrutar.
Neve notó todos los ojos fijos en ella, una joven de dieciséis años que acababa de amenazar a toda la piratería y que había demostrado que era cierto algo que hasta ese momento no habían sido más que rumores.
Las sirenas respondían ante los O’Shea.
El porqué seguía siendo un misterio.
Con la daga con la que solía luchar su madre colgada al cinto en un costado y las dos espadas que había recogido del cuerpo inanimado de su padre en el otro, la chica se dirigió a su público una vez más.
—Las que queráis iniciar una vida en la mar, venid a verme, os recibiré en mi camarote. Estoy buscando nueva tripulación, así que permitiré visitas los tres próximos días con sus noches. Después de eso, no aceptaré a nadie más.
Neve vio que varios hombres empezaban a acercarse al navío con intención de subir, y negó con la cabeza.
—¡Solo mujeres! —soltó a pleno pulmón, girando sobre sí misma para bajar a la cubierta—. ¡¡¡Solo aceptaré mujeres, ansiosos de pacotilla!!!
Ese había sido siempre su deseo. Ser la capitana del primer barco de Bhyeria tripulado solo por mujeres.
Pudo ver cómo varias se acercaban y se detenían, dudando si subir o no, así que se limitó a repetir:
—¡¡Tres días y tres noches, señoritas!!
Dicho esto, se encaminó al camarote de su padre. No. A su camarote. Pero, antes de desaparecer tras la puerta, volvió a gritar, rompiendo el inquietante silencio que se había instalado en el ambiente:
—¡¡Ni un minuto más!!
Luego cerró y, hundiendo la cabeza entre sus manos, musitó para sí misma:
—Si has de matar, lo harás. Si has de proteger, lo harás. Si has de morir, lo harás.
Lo repitió muchas veces, hasta que oyó que alguien llamaba pidiendo permiso para entrar y, recomponiéndose, fue hacia el escritorio de su padre — su escritorio— y se sentó, depositando sus armas sobre el cúmulo de pergaminos y mapas que había sobre la mesa de roble.
—Adelante —anunció.
La puerta del camarote se abrió.
Y la capitana Neve O’Shea, de dieciséis años, sonrió.