Prólogo #2
Solo quedaba una; las demás debían de estar en manos de sus padres. Oyó el entrechocar de las armas, los gritos, y vislumbró por la ranura inferior de la puerta del camarote varias sombras que la custodiaban. Algo pesado chocó contra la puerta, pero esta no se abrió, para alivio de Neve.
Aunque deseaba salir y luchar, la orden había sido clara y tenía que acatarla.
Sin dudarlo, tiró de la espada y con ello activó un mecanismo que abrió una puerta secreta en la pared. Cogió una vela, la encendió con rapidez y se la llevó consigo. Entró de un salto en el pasadizo y cerró con cuidado mientras los ruidos procedentes de cubierta inundaban su mente.
Ya podía oler la sangre.
Se arrastró con determinación por un estrecho pasillo descendente al final del cual se escondía una pequeña estancia.
Era una especie de guarida que sus padres habían construido para ella en caso de que algo así ocurriese.
Hacía años de la última vez que había estado allí y en esa ocasión tan solo pasó dentro unos minutos.
Esperaba que esa vez sucediese igual. Con cautela, descendió los dos grandes escalones que separaban el angosto pasadizo del habitáculo y encendió más velas.
No había ventanas, y el olor a cerrado la estaba matando, pero, aun así, aguantó.
Allí abajo, en las entrañas del barco, los sonidos no llegaban con tanta claridad como en el camarote, pero de todos modos podía percibir que la batalla continuaba.
Maldiciendo ante la impotencia que sentía, Neve se deshizo la trenza; una cascada de color rubio ceniza le cayó por la espalda.
La hizo y la deshizo al menos tres o cuatro veces, intentando distraerse, calmarse, aunque no estuviese sirviendo de mucho..., hasta que los sonidos de la contienda comenzaron a apaciguarse.
Y cuando se hizo el silencio y el rugido de las voces de decenas de hombres hendió la noche segundos después, respiró aliviada, esperando que su madre o su padre apareciesen para sacarla de su escondite.
Esa era una regla inquebrantable: no podía salir por sí misma, tenían que sacarla para no revelar su presencia.
Así que esperó.
Pasaron cinco minutos.
Diez.
Media hora.
Una hora.
Los gritos no cesaban, pero nadie había ido a por ella.
La realidad la golpeó como una gran tormenta.
Nadie bajaría a buscarla.
Ni su padre, ni su madre, ni nadie de la tripulación.
Cayó al suelo de la estancia, cogió una de las mantas que había sobre el único lecho del lugar y, hundiendo su rostro en ella, chilló mientras el corazón se le rompía de una forma lenta y tortuosa.
Los vítores se prolongaron toda la noche, junto al sonido de botellas chocando en brindis de celebración y rompiéndose vacías contra la cubierta de su barco, de su hogar.
Quieta, muy quieta, Neve esperó en su escondite, escuchando cómo los invasores festejaban la victoria. Encogió el cuerpo hasta convertirse en una pequeña bola en la oscuridad.
Habían acabado con la tripulación del Luz del Alba .
Habían matado a sus padres.
Los ojos color canela de Neve se quedaron fijos en la pared que tenía enfrente, su mente en completo silencio mientras la jarana de unos metros por encima no parecía tener fin.
Pasaron las horas y, poco antes del amanecer, la quietud se adueñó del barco.
Pudo percibir el olor a alcohol. Vino, ron, whisky, ginebra. Típicas bebidas de piratas. Habían celebrado tantas cosas durante su vida en el navío que reconoció el familiar aroma al instante.
Y, por lo tanto, sabía con certeza que dichas bebidas provocaban una borrachera importante tomadas en grandes cantidades.
Cantidades que sin duda habrían ingerido los malnacidos que habían abordado y usurpado su nave.
Así que, tras cerciorarse de que ya no se oían ni pisadas, ni risas, ni más botellas rompiéndose contra la cubierta, se levantó y, mirando el estrecho pasadizo que llevaba fuera de aquella guarida, decidió actuar.
Apagó las velas del escondite y se arrastró a oscuras. Antes de abrir la puerta secreta que daba al camarote, se aseguró de cubrirse la cara, de que sus dagas estuviesen en su sitio y de empuñar bien la espada. El veneno descansaba entre sus pechos, sujeto por el apretado corsé.
Acercó su rostro a la pared y, moviendo un pequeño panel, observó a través de una ranura que el camarote estaba destrozado. El corazón le dio un vuelco, pero se obligó a mantener la cabeza fría, pues para lo que iba a llevar a cabo necesitaba total precisión y concentración.
Había un par de hombres dentro, con las ropas manchadas de sangre y sus espadas tiradas por el suelo, y el hedor a alcohol llegaba hasta ella, lo que indicaba que estarían inconscientes durante las próximas horas..., que para ellos iban a convertirse en un «para siempre».
Uno se había instalado en el asiento de su padre, y el otro, en uno de los sofás, tenía la cabeza tan echada hacia atrás que tardaría unos segundos en incorporarse y darse cuenta de lo que estaba sucediendo.
Así que, respirando hondo, Neve se puso en marcha con las enseñanzas de su madre en el pensamiento, pues ella le había enseñado ese tipo de ataques.
Salió del escondite y cerró tras de sí con un sigilo que había perfeccionado con el paso de los años en sus entrenamientos. Con agilidad, se colocó delante del primer tipo, que roncaba como un aserradero y aún asía una botella de lo que parecía ser ron.
Neve no se lo pensó dos veces.
Sacó una de sus dagas y le rajó el cuello.
El hombre abrió los ojos con un gemido y, antes de que pudiese despertar al otro, Neve le asestó un nuevo corte más profundo con la espada. El pirata se desplomó sobre el escritorio como un fardo y el suelo se cubrió de oscura sangre.
Contempló el cadáver durante unos instantes y luego se giró hacia el otro pirata, que seguía dormido, ajeno a lo que acababa de ocurrir. Rodeó el sofá, se colocó detrás y tuvo a su disposición el cuello expuesto del durmiente.
Esta vez, el hombre no emitió ningún sonido mientras Neve le rebanaba el cuello de forma aún más profunda. No limpió la sangre de la espada ni las dagas mientras se dirigía a la puerta del castillo de popa y la abría con sigilo.
Dio un paso hacia el exterior y el panorama que se abrió ante sus ojos la dejó paralizada de una forma que recordaría durante el resto de sus días.
Los cadáveres de sus padres y de su tripulación, colgados de los mástiles, se mecían en el viento matutino mirando a la nada: estaban cubiertos de sangre y algunos tenían miembros amputados y las tripas fuera.
Neve se inclinó hacia delante y se apoyó en la superficie más cercana para tratar de contener las arcadas.
Respiró hondo, con los ojos abiertos, alerta: en cubierta, decenas de piratas dormían como troncos unos encima de otros, mientras el hedor a alcohol y muerte se entremezclaba de una manera que aumentó sus náuseas.
No supo cómo, pero consiguió mantener la compostura, repitiéndose a sí misma un claro mensaje: «No mires arriba».
Sus padres la habían entrenado demasiado bien como para fallar en ese momento y acabar igual, por lo que debía ser astuta, más lista que ellos.
Debía ser la capitana que habían esperado que fuese.
Así que, tal y como le habían enseñado, se ocultó en las sombras que el barco proporcionaba, con la oscuridad de la noche como gran aliada. Si no lo hacía antes del amanecer, el sol la delataría, y quizá la muerte fuera su destino final.
O algo incluso peor.
De este modo, uno a uno, los piratas fueron cayendo bajo la mano firme de Neve O’Shea. Hombre tras hombre, les rebanó el cuello para que no pudieran emitir sonido alguno, y la cubierta quedó sembrada de cadáveres.
Todavía no había encontrado al capitán, así que siguió con su tarea , asesinando enemigo a enemigo en silencio, sorprendida al ver que ninguno despertaba.
Con su espada chorreando sangre, mató a diez, quince, veinte. Intentó no mirar en ningún momento hacia arriba, hacia su familia suspendida en el aire.
«Pagaréis por esto, todos», se dijo a sí misma.
Mientras degollaba al siguiente, echó un vistazo alrededor para ver cómo se desangraban los otros, algunos todavía con leves espasmos, pero poco más. Con sigilo, subió los escalones que llevaban al timón y vio que allí estaban el resto de los asaltantes.
Entre ellos, el capitán.
Supo quién era de inmediato, por lo que dirigió su mirada al horizonte por primera vez desde que había subido a cubierta, buscando el navío que los había abordado.
Lo divisó anclado a menos de una milla.
El Serpenteante , del capitán Salomón Graves, uno de los seis líderes del Comité Pirata.
Graves yacía inconsciente en el suelo, y la paz y tranquilidad que tenía en el rostro exacerbó la rabia de Neve, por lo que, asiendo la daga que descansaba en su cadera derecha, se la clavó cerca del corazón al capitán, que despertó de golpe y se incorporó emitiendo un gemido sordo.
Sus ojos se encontraron y vio a Neve asestándole la mortal puñalada.
Esta, sin compasión, le espetó:
—Eres un jodido traidor, Graves.
El pirata se limitó a reír, provocando que la sangre brotase tanto de la herida de su pecho como de su boca.
— Capitán Graves —recalcó este con chulería.
¿Por qué narices había atacado al Luz del Alba ? ¿Por qué provocar tal matanza?
—Eres igual que ellos —continuó el capitán con voz ronca, interrumpiendo sus pensamientos, su camisa de pronto cubierta de rojo carmín—. Y acabarás como ellos, Neve O’Shea. Vendrán más a por ti.
Ocultó bien el sentimiento tan perturbador que la inundó al oír esas palabras, por lo que, forzando una sonrisa, musitó:
—Yo no soy la que tiene una daga clavada en el corazón.
Y girándola, acabó con los latidos del pirata, que cayó al suelo, muerto.
Neve se quedó un instante más arrodillada a su lado antes de ponerse en pie y acabar su cometido, pues no dejó a ninguno con vida.