La profecía olvidada (Los Diarios de Bhyeria 1) Prólogo
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La profecía olvidada (Los Diarios de Bhyeria 1)

La profecía olvidada (Los Diarios de Bhyeria 1)

Por Niloa Gray

© inepub.com

Prólogo

Tras dos días de tormentas incesantes en alta mar que habían retrasado su arribada a la bahía del Mal Presagio —un nombre de lo más indicado para albergar el puerto de piratas más famoso del archipiélago de Bhyeria—, las aguas se encontraban en una calma reconfortante.

El chirrido de la piedra de amolar sobre el metal inundaba la noche estrellada mientras el capitán y la contramaestre mantenían una agitada conversación en la toldilla del barco.

—No querrán discutirlo de nuevo; además, las dos últimas reuniones acabaron del mismo modo. Empiezan con una buena copa de vino en la mano, y esta última termina cubierta en sangre.

—Sabes que las cosas están cada vez peor —le recriminó la mujer, sus ojos castaños fijos en el alto hombre—. Debemos convocar la reunión. Me da igual si algunos se oponen, nos lo jugamos todo.

Él se frotó la cara, sopesando esa posibilidad.

Un leve viento acarició el rostro de la chica sentada sobre un barril a pocos metros de ellos, que interrumpió el movimiento de la piedra sobre la hoja de la espada que estaba afilando.

—¿Qué nos jugamos exactamente?

Dos pares de ojos se posaron en los de la joven.

La mujer miró al hombre, que asintió con la cabeza en silencio.

—Se trata del Comité. Las tensiones han aumentado.

—Creía que habíais conseguido resolver las trifulcas entre capitanes. ¿Qué ha ocurrido?

La muchacha vio cómo su capitán y su contramaestre intercambiaban una mirada de duda.

—Venga ya. No podéis prepararme para ser capitana y ocultarme información. Es ridículo .

La suboficial sonrió ante la declaración de la chica, y le hizo un gesto para que se acercase.

—Mueve tu culo aquí, pequeña rata de cloaca.

La joven se acercó con una sonrisa.

—Estabas tardando en llamarme así, mamá.

—¡Hora de cenar, caballeros! —gritó el capitán a su tripulación, que respondió con una ovación—. Después, todo el mundo a descansar. Mañana nos espera una jornada dura y no quiero caras largas, ¿entendido?

—¡Sí, capitán! —chillaron sus hombres mientras empezaban a sacar los barriles donde se sentarían para la rápida cena.

Apoyada en el muro que cubría la toldilla del navío, la adolescente observó la escena con una sonrisa en los labios: la familiaridad con la que, una noche más, los marineros cenaban para luego dar por terminado el día, los rudos modales con que se llevaban la comida a la boca en aquellos rostros decorados por mil cicatrices y curtidos por el sol.

Una mano se posó en el hombro de la chica, que se vio rodeada por el capitán y la contramaestre; por sus padres.

—Se oyen rumores en el mar —empezó a explicar él, con la mirada puesta en la tripulación; tenía unos ojos tan azules como las aguas cristalinas del sur de la isla de Badania—. Se dice que el rey del Continente Oeste está planeando invadir las islas de Bhyeria.

—¿Por qué querría Harker Rout hacer tal cosa? —preguntó la muchacha mirando a su madre, que se encontraba a su izquierda.

Esta miró al capitán, pero él no respondió, dejándole claro que debía ser ella quien continuase con la historia.

—Dicen que se ha obsesionado con la leyenda que cuenta que en estos mares se esconde el tesoro de su antepasado, el primer rey.

Meras habladurías —opinó su madre, jugando con el mango de la daga que descansaba en su cadera—.

Seguramente la muerte de su hija menor lo ha afectado de más y desvía su atención a otros asuntos para sobrellevar el luto, lo que es demasiado peligroso.

Está en juego nuestra seguridad. La de los piratas.

—Queremos convocar a los otros líderes del Comité Pirata para valorar la situación y tomar medidas —prosiguió su padre, al fin mirándola—.

Pero llevo días diciéndole a tu querida madre que no me escucharán.

Y que acabará en otra batalla absurda con piratas borrachos que solo pensarán en seguir haciendo lo que mejor se les da: arruinar la vida de los demás.

—Eriend. —La voz de la mujer destilaba un tono que la joven conocía bien.

—Lara —respondió este con sarcasmo.

Esta arqueó una ceja, aceptando el desafío.

La hija se apresuró a intervenir con precaución y formuló la siguiente pregunta:

—¿Arruinamos vidas, papá?

Él apartó la mirada de su esposa, que cogió con dulzura la trenza dorada de su hija, de un tono idéntico al del padre, y se la dejó caer por la espalda.

—Sobrevivimos, cariño —matizó este, volviéndose hacia ella—. Sobrevivimos porque la vida no nos ha dado otra opción. Tu madre y yo no tenemos la reputación que nos precede por perseguir el bien común. Y lo sabes.

—Si has de matar, lo harás. Si has de proteger, lo harás. Si has de morir, lo harás.

Recitó de memoria las palabras que tanto Eriend como Lara le habían obligado a memorizar desde que aceptó su destino: el de convertirse en la próxima capitana de aquel barco.

—Y tú, Neve O’Shea, eres el futuro de esta embarcación —recalcó su padre, yendo hacia el timón. El timonel se apartó y le cedió al capitán el mando del navío—. Así que, dinos, ¿qué opinas sobre una posible reunión?

La joven Neve agarró el mango de su espada, que descansaba en su cadera izquierda, y pasó la mirada de su padre a su madre, por lo que tuvo que girar sobre sí misma.

Siempre que sus padres le hacían ese tipo de preguntas, sabía que se trataba de una prueba, una especie de examen para ver si estaba cualificada para el futuro que le esperaba como líder del Luz del Alba .

—Si es cierto que nuestros mares están siendo amenazados por un rey obsesionado con algo que quizá no exista, creo que una reunión para alertar de la situación sería lo más adecuado —dijo sin apartar la vista de su padre—.

Debemos honrar la memoria de los piratas que nos precedieron, que lucharon para que hubiese paz entre los nuestros.

Si no valoramos lo que hicieron en el pasado, ¿cómo podremos avanzar hacia el futuro?

Algo brilló en los ojos de Eriend O’Shea. Costaba mucho sorprender al curtido capitán, que rondaba los cincuenta. Lara y él habían tenido a Neve ya mayores.

Aun así, el joven pirata que había surcado los mares desde su adolescencia asomaba siempre en aquellos iris azules.

—Te hemos criado bien, sin duda —se limitó a pronunciar mientras movía ligeramente el timón—. ¿Qué opinas, Lara?

—¿Ahora te interesa mi opinión? —La mujer pasó junto a su hija y le quitó el timón de las manos a su marido con una sonrisa en los labios—. Eres un desgraciado.

—Sabes que eso es lo que te enamoró de mí.

Neve puso los ojos en blanco ante la escena, se sirvió una copa de vino y dio un trago demasiado largo.

—Opino igual que mi hija —añadió Lara, y fijó sus ojos color canela, iguales a los de Neve, en su hija con un orgullo que abrazó por completo a la joven—.

Intentar adelantarnos a los acontecimientos será lo mejor.

Mañana, en cuanto lleguemos a la bahía del Mal Presagio, enviaremos emisarios para que salgan en busca de los líderes y los convoquen a una reunión en Cráneo Negro dentro de dos semanas.

—Como usted mande, contramaestre.

Neve se despidió de sus padres y bajó a cubierta, saludando a los piratas que seguían devorando su cena.

Eran ladrones, asesinos y hombres despiadados. Pero, si alguien pretendía ponerle una mano encima, ellos la protegerían; así lo habían hecho desde el día que nació.

Fue hacia el castillo de popa, donde estaba el camarote de sus padres y su habitación, situada tras una puerta a la izquierda de la estancia. Era pequeña, pero suficiente para tener un poco de intimidad dentro de aquel barco.

Se quitó las botas nada más entrar, las colocó junto a la puerta y se dejó caer en la cama, exhausta.

La tormenta de aquellos días los había obligado a trabajar sin cesar y, aunque le habría gustado tomarse los descansos en los que sus padres insistían, ella había querido estar ahí en todo momento.

Si algún día llegaba a capitana, los descansos eran algo de lo que tendría que prescindir.

Pensó en lo que sabía sobre las reuniones con los líderes.

Tan solo se habían celebrado dos: una, hacía casi diez años, según le habían contado sus padres, y la otra, apenas unos meses atrás, cuando, con dieciséis años recién cumplidos, la presentaron como futura capitana del Luz del Alba ante los otros cinco capitanes y sus tripulaciones.

El balanceo de la embarcación hizo que cerrase los ojos y, al no haber ninguna vela encendida, el sueño la alcanzó como una feroz ola en la orilla de la playa.

Una mano sobre su boca la despertó de su profundo sueño, y no lo dudó un instante.

Sacó su espada antes de saber de quién se trataba, mas el corazón le dio un vuelco al ver el rostro empapado en sudor y lleno de sangre de su madre.

—Mamá.

Y entonces lo oyó. Sobre sus cabezas, gritos y fuertes pisadas hicieron entender a la joven Neve lo que estaba ocurriendo.

Estaban atacando el barco.

Volviendo a mirar a Lara, hizo ademán de unirse a la lucha, pero esta negó con un gesto.

Su madre tenía prisa por volver a cubierta, así que le dijo:

—Escóndete.

—No —se apresuró a responder la chica—. No voy a...

—Ve al escondite, Neve. Es una orden.

Su instinto le gritó que protestara de nuevo, pero su juicio ganó aquella batalla. No solo se trataba de una orden de su madre, sino de su contramaestre. No tenía otra opción que obedecer.

Asintió y su madre le dio un fugaz beso en la mejilla antes de abandonar la reducida habitación.

Sin embargo, la mujer se detuvo un instante en el umbral mientras Neve se ponía las botas a toda prisa. Sus ojos se encontraron y la chica supo lo que esta iba a decir, y lo que significaban sus palabras.

—Te quiero, mi vida. Te queremos.

Sin darle tiempo a responder, Lara O’Shea cerró la puerta tras de sí.

Sin perder más tiempo, con el corazón en un puño, Neve se puso en marcha y cogió un par de cuchillos más y una botellita de veneno.

Su pequeño arsenal particular.

Salió al camarote principal, atrancó la puerta y se dirigió hacia una de las paredes, donde siempre había espadas colgando como decoración.