Capítulo 29 #3
Khata arrugó el ceño ante esa noticia.
—¿Quieres decir que no puedo morir? ¿Vuelvo de nuevo a la casilla de salida?
Miguel dejó escapar una risa rota ante aquella broma, casi histérica por el alivio. La envolvió entre sus brazos y la atrajo contra su pecho. Su cuerpo reaccionó por instinto al calor real de ella, a la fragilidad de su nueva carne.
—¿No quieres pasar el resto de la eternidad a mi lado? Eso me ofende.
Khata se aferró a él no como una criatura eterna, sino como una mujer que acaba de volver de la muerte.
—No quería decir eso —admitió—. Solo me parece irónico después de estar siglos buscando una cura para poder morir.
Miguel besó su frente con delicadeza, agradecido y asombrado por estar manteniendo esta conversación.
—El que seas inmortal no significa que no puedas morir, solo que no enfermarás ni envejecerás como el resto.
Ella cerró los párpados ante esa caricia y sonrió con consuelo.
—Pensándolo bien, odiaría ajarme como una pasa mientras tú te mantienes tan guapo por toda la eternidad.
Halagado, la tomó por la barbilla y la obligó a mirarlo a los ojos.
—¿Te parezco guapo?
Khata tragó un nudo de anticipación con esfuerzo, al tiempo que sintió un remolino de sentimientos tomar forma en la boca del estómago.
—Y terriblemente sexi —admitió, envuelta en un aire confiado e impertinente—. Tanto, que cualquier mujer que te mire con una pizca de deseo puede darse por muerta.
Una sonora carcajada sacudió el pecho de Miguel ante su natural franqueza.
—Mi dulce y salvaje Khata.
Los ojos del arcángel se pasearon por el rostro amado hasta que sus miradas se encontraron.
De pronto, sintió cómo el ambiente se tensaba y la atmósfera se densificaba a su alrededor.
El silencio se adueñó de la habitación y notó un hormigueo colándose bajo su piel.
Ahogándose en esos hermosos pozos grises, Miguel se acercó poco a poco a ella, reduciendo el espacio que los separaba hasta volverlo inexistente.
El beso llegó sin urgencia, pero con una profundidad que dolía, como si cada roce fuera un acto de fe renovada.
Sus manos recorrieron su espalda con reverencia, descubriendo la suavidad viva de su piel.
Khata se estremeció, sorprendida por sensaciones que nunca antes había percibido de esa manera: el latido acelerado, el calor que se expandía desde el pecho hasta las yemas de los dedos.
—Estás temblando —susurró él.
—Tú me haces temblar —respondió ella, y esa frase lo desarmó.
La recostó con infinita delicadeza, como si temiera que el mundo pudiera arrebatársela de nuevo. Sus cuerpos se buscaron con una mezcla de torpeza y devoción. Cada caricia era un redescubrimiento. Cada suspiro, una afirmación de que la muerte no había vencido.
—Creí que te había perdido para siempre, Khata —confesó.
—Volví por ti, Miguel, solo por ti.
Con una urgencia que nacía de haber estado al borde del precipicio, Miguel comenzó a despojarla de las prendas de luto que los druidas le habían puesto.
Cada centímetro de piel revelado era una oración contestada.
Ella, a su vez, tiró de las ropas de él, necesitando sentir la fuerza del guerrero bajo las yemas de sus dedos.
—Pensé que me volvería loco —susurró contra la suavidad de su cuello—. No te atrevas a abandonarme de nuevo o juro que bajaré hasta el mismo Infierno para traerte de vuelta.
—No lo haré —prometió ella mientras su cuerpo vibraba bajo sus caricias.
Miguel la amó con la premura de quien ha estado al límite del abismo y ha regresado con las manos llenas de milagro. Y Khata lo recibió con la entrega luminosa de quien ya no carga una maldición, sino una segunda oportunidad.
Cuando finalmente quedaron entrelazados, respirando al unísono, Miguel apoyó la mano sobre el pecho de ella.
Sintió el latido firme, humano, real martilleando contra su palma.
Y por primera vez desde que el mundo era mundo, el arcángel comprendió que incluso la eternidad podía arrodillarse ante un solo corazón palpitando.
—Te amo —confesó entonces, sin reservas, sin escudos—.
Te amo más allá de mi propia naturaleza.
Te he amado en la sombra y en la luz, cuando eras mi enemiga, cuando creí que no tenías salvación…
Pero si me hubieran ofrecido el trono del Cielo a cambio de perderte, lo habría rechazado sin pensar.
Si me hubieran condenado al exilio eterno para salvarte, lo habría aceptado sin dudar.
Khata sintió cómo el corazón se le desbordaba y un nudo de emoción se formó en su garganta.
—Yo también te amo, Miguel —susurró, con lágrimas resbalando por sus mejillas—.
Durante siglos busqué una razón para mi existencia, pero ahora sé que mi destino no era portar una marca o hallar una cura para mi dolor, sino encontrar mi hogar a tu lado.
Te amo, mi arcángel. Hoy, mañana y hasta que mi último aliento me lo permita.
Y en aquella habitación que había sido escenario de duelo, la vida venció. El universo inclinándose ante dos almas que habían elegido amarse por encima de cualquier designio.