La Profecía de los Caídos Capítulo 29 #2
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Capítulo 29 #2

El cuerpo de Khata yacía sobre la cama, sumergido en una quietud que resultaba insultante.

Su semblante, de una palidez marmórea, carecía de esa chispa eléctrica que siempre la había definido.

En la habitación de la fortaleza de Santiago, el aire pesaba como el plomo.

Los Guardianes, la reina Lupa y los druidas habían agotado sus cánticos y su magia; el vacío que quedaba era el veredicto final de un milagro que se negaba a nacer.

Miguel apareció de pronto, y las miradas de los presentes se posaron sobre él, cautelosas, compasivas, impotentes.

Caminó despacio hasta el lecho; cada paso parecía costarle una eternidad.

Se arrodilló y tomó las manos de Khata entre las suyas, como si el contacto pudiera revertir lo irreversible.

Apoyó la frente contra el borde del colchón.

Su rictus era de una desesperación tan cruda que resultaba intimidante; su aura, antes una columna de luz dorada, ahora vibraba en un tono ceniciento y errático.

—Dejadme solo —pidió. Su voz no fue un ruego, sino un gruñido roto. Sus ojos violetas estaban inyectados en sangre, no por la batalla, sino por el llanto que se negaba a derramar frente a sus subordinados.

Iria y Alaina intercambiaron una mirada cargada de una congoja infinita.

La sola idea de que su amigo pudiera tomar una decisión equivocada pesaba en todos.

Con un leve gesto de cabeza, instaron al resto a retirarse.

Amitiel, cuyo instinto siempre era proteger a su hermano, se tensó, deseando quedarse a su lado en ese abismo, pero el brazo de Cassiel lo detuvo.

Uno a uno, los Guardianes Reales, la reina y el resto del Consejo abandonaron la estancia con el rostro desencajado.

La puerta se cerró finalmente, dejando a Miguel en una soledad absoluta. Alzó la cabeza y se enfrentó al rostro que tanto amaba. Aquel semblante que ya no volvería a sonreír, ni a retarlo, ni a burlarse de él, ni a mirarlo con adoración…

El silencio en aquella habitación le resultó insoportable. Durante eones, él había sido el acero, el escudo, el servidor fiel que nunca cuestionaba las órdenes de las Alturas. Pero ahora, mirando el pecho inmóvil de Khata, algo se quebró por fin en su interior.

—¿Para qué...? —susurró alzando la mirada hacia el techo sombrío—. ¿Para qué sirve la eternidad si cada siglo será un páramo sin ella? ¿De qué sirve ser tu más fiel soldado si me dejas solo en esta oscuridad?

Una tentación despiadada recorrió su espalda. La idea de arrancarse las alas, de abandonar la luz, de dejar de ser el arcángel Miguel y convertirse en un ángel caído fue seductora. Si Dios guardaba silencio ante el sacrificio de la inocencia, entonces el general ya no quería oír su voz.

—No puedes pedirme que siga como si nada hubiera sucedido.

No puedo concebir mi vida sin ella. No puedo soportar una existencia añorándola cada segundo, cada instante, cada suspiro, porque significaría una condena perpetua para mí.

Ya no me importa lo que me suceda, Padre.

El vacío se extiende ante mí como un horrible y desolador camino, y saber que sufrirá por toda la eternidad en el Averno… me rompe el alma.

Estaba a punto de soltar las manos de Khata, de rendirse al pozo de la desesperación, cuando un cambio casi imperceptible en el ambiente lo detuvo.

Bajo sus dedos, las palmas de la joven dejaron de ser mármol.

Un calor sutil, un pulso apenas audible como el aleteo de una mariposa, comenzó a irradiar de su piel.

Miguel contuvo el aliento, temiendo que su mente le estuviera jugando una última y cruel mala pasada.

Entonces, Khata exhaló.

Fue un suspiro largo, un sonido torpe, profundo, como si sus pulmones descubrieran el mundo por primera vez.

El aire entró con fuerza, con vida, con dolor.

Los párpados de la mujer se abrieron con lentitud.

Sus iris, antes de un gris metálico y frío, ahora brillaban con una profundidad humana, cálida y húmeda.

Y lo primero que vio, a través de la bruma de su propio despertar, fue el rostro de un arcángel que lloraba.

—¿Miguel? —susurró con voz áspera.

Él se quedó paralizado por un segundo, incapaz de reaccionar, y después se inclinó hacia ella, temblando.

—Estás... estás viva —balbuceó incrédulo.

La palabra "viva" se sintió pequeña, insuficiente, y por primera vez en toda su existencia, el líder de los Cielos rompió a llorar como un niño, sollozando sobre el pecho de la mujer que había creído perdida para siempre.

Khata levantó una mano y acarició el cabello del arcángel que casi había renunciado a todo por ella.

El sacrificio de la Marca había terminado; la deuda estaba pagada.

Al sentir el roce de sus dedos, Miguel alzó la cabeza.

Sus pupilas violetas, empañadas por el llanto, recorrieron cada centímetro de su fisionomía.

Buscó los rasgos de la depredadora que había sido, pero ya no estaban.

La palidez cadavérica se había transformado en un tono rosado suave; las ojeras habían desaparecido y, cuando Khata sonrió levemente, no hubo rastro de colmillos.

Solo el brillo de una mujer que había renacido como humana.

Se inclinó sobre ella con cuidado, sosteniéndola como si fuera de cristal.

—Pensé que te había perdido… —su voz se rompió—. Dudé… dudé de todo, hasta de mí mismo.

Khata alzó una mano temblorosa y acarició su rostro húmedo.

—He vuelto —susurró—. No como antes… pero he vuelto.

Miguel apoyó la frente contra la suya y en ese contacto entendió. No había frío. No había hambre oscura. No había sombra. Había latido. Había calor. Había vida. Cerró los ojos ante aquel milagro.

—Perdóname —murmuró hacia el cielo, apenas audible—. Perdona mi ira, Padre. Perdona mi duda. Mi fe no murió… solo sangró por ella.

Un calor suave, como una bendición silenciosa, descendió sobre la habitación. Miguel volvió su atención hacia Khata. La observó como si la estuviera viendo por primera vez. La curva de su mejilla, el temblor humano de su respiración, la nueva vulnerabilidad en su piel.

—Eres humana… —dijo con asombro reverente—. Has regresado conmigo, has regresado a mi lado.

Ella asintió levemente.

—Me siento humana, pero también me siento diferente —confesó aturdida.

—Supongo que es por la sangre Grial que corre por tus venas —asumió Miguel, al recordar los esfuerzos de Iria y Ayelet por salvarla—. Al igual que cuando eras vampira, ahora tu condición es la de un ser inmortal.