La Profecía de los Caídos Capítulo 29
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Capítulo 29

El frío cortante de la daga de obsidiana y el eco desgarrado del lamento de Miguel se disolvieron como un mal sueño al amanecer.

En su lugar, Khata fue envuelta por un silencio absoluto…

y una calidez que no recordaba haber sentido jamás.

No era el calor abrasador del sol, sino algo más íntimo, más profundo: como si su alma hubiera sido sumergida en una luz líquida que la sostenía sin exigir nada a cambio.

Abrió los párpados con pesadez. Ya no había piedra, ni sombras, ni olor a muerte.

Se incorporó lentamente y sus pies se hundieron en una hierba alta y viva, tibia, que se mecía bajo una suave brisa cargada de romero, brezo y tierra mojada.

El cielo carecía de sol, pero resplandecía en un infinito tono lavanda, sin penumbras ni amenaza.

Alzó la vista y su corazón dio un vuelco.

Reconoció las fragas de su infancia, los riachuelos de plata y las cascadas que susurraban secretos antiguos.

Eran los paisajes de su niñez recuperados de la bruma del tiempo.

Lágrimas de una nostalgia purificadora empañaron su mirada; no eran gotas de dolor, sino de reconocimiento: por fin estaba en casa.

—Has tardado mucho en volver, mi niña.

Khata se giró y el aire se detuvo en sus pulmones.

Frente a ella, envueltas en túnicas de lino blanco que parecían tejidas con jirones de niebla, estaban ellas: su madre, con esa sonrisa serena que Khata había guardado como un tesoro en el rincón más oscuro de su memoria, y su abuela, cuya mirada era un océano de sabiduría ancestral.

—¿Mamá? —el nombre fue un sollozo, pero su voz ya no tenía ese rastro gélido del sepulcro; ahora vibraba, llena de vida.

Corrió hacia ellas. Al chocar contra los brazos de su progenitora, el impacto fue glorioso.

Sintió el calor real de la piel, el latido rítmico de un corazón vivo y la solidez de un afecto que ni la muerte ni el tiempo habían logrado marchitar.

Lloró con la fuerza de quien ha estado seco por siglos, dejando que ese llanto sanara la herida más profunda de su ser.

—Tu sacrificio ha resonado en las raíces mismas del mundo —habló su abuela, posando una mano firme sobre su hombro—. Najash buscaba el poder del dominio; tú buscaste el poder de la entrega, el amor y la abnegación. Esa es la alquimia más pura que existe… y por eso lo venciste.

Todo el peso de lo vivido, la lucha, el terror en las catacumbas, el rostro desesperado de Miguel, la atravesó de golpe. Una sonrisa triste y dulce a la vez asomó a sus labios.

—Es irónico —musitó, aferrándose a la mano de su madre—.

Llevo siglos queriendo reencontrarme con vosotras.

Pero ahora que estoy aquí... siento que mi corazón se rompe en mil pedazos.

Pensé que este sería un momento de felicidad absoluta, pero hay una parte de mí que se ha quedado anclada en la oscuridad, gritando su nombre.

Sabela asintió con infinita comprensión, apartándole un mechón de pelo de la frente.

—Porque ahora eres más que tu pasado, Khata. Tu corazón ya no te pertenece solo a ti o a la tierra de tus ancestros… también le pertenece a él.

—Lo echo de menos —confesó ella en un susurro—. Siento su ausencia como un vacío en mi propia sangre.

Mientras hablaba, otras figuras emergieron de la bruma del prado.

Eran los brujos y druidas de su estirpe, hombres y mujeres de manos callosas y ojos profundos que habían custodiado el equilibrio del mundo desde el origen.

Se acercaron en un círculo solemne, inclinando la cabeza con un orgullo que trascendía las edades.

«Bendita sea la que entregó su aliento por su amigo. Bendita sea la que amó al guerrero de los Cielos sin miedo a las sombras. Bendita sea la hija que regresó a la luz por voluntad propia».

—Lo hiciste —susurró su madre orgullosa cuando sus miradas se cruzaron—. Cumpliste un destino que nadie se atrevió a escribir para ti.

—Pero lo he perdido todo en el camino.

—Nada ha sido en vano —intervino la abuela, acunando el rostro de Khata—.

La Marca de Caín exigía una deuda de sangre y tú la pagaste con la intención de tu sacrificio.

Al hacerlo, la luz de tu alma primigenia chocó contra la maldición del vampiro.

La Marca, en un último acto de justicia, tomó la decisión por ti: consumió la oscuridad para proteger el corazón que late por otros.

Khata se miró las manos. Ya no eran de un blanco cadavérico y traslúcido. Un rubor rosado, el flujo de la vida real, teñía sus dedos. Se llevó la palma al pecho y sintió el milagro: un vuelco vigoroso, rítmico y cálido.

—He muerto como humana... ¿verdad? —preguntó, aun temiendo que fuera un sueño.

—No has muerto, mi niña, has nacido de nuevo —afirmó su madre—. Eres lo que siempre debiste ser: una bruja de sangre pura. Has honrado a tu estirpe de la manera más difícil: perdiéndolo todo para recuperarte a ti misma. Eres humana. Eres una de las nuestras. Eres, por fin, libre.

El plano comenzó a transformarse. La luz lavanda se volvió más intensa, como un amanecer que empujaba a la noche fuera del mundo.

—Debes marcharte —dijo su abuela con los ojos brillantes—. La vida te reclama.

Khata negó con la cabeza, el miedo a la soledad del mundo real asomando de nuevo.

—No quiero volver todavía... por favor. Necesito... necesito entender cómo ser esto de nuevo. No puedo irme aún...

Su madre sonrió con ternura. En ese plano, el tiempo no era una flecha, sino un océano.

—Está bien. Aquí, un suspiro puede durar una vida, y un siglo puede ser un parpadeo. Quédate el tiempo que necesites para que tu alma se reconozca en este nuevo cuerpo. Cura tus cicatrices antes de volver a la batalla.

Khata no supo cuánto tiempo transcurrió.

En aquel remanso de paz, vivió cada segundo con una intensidad extrema.

Fue un tiempo de sanación espiritual: vio cómo la rabia y el odio que sintió como vampira se disolvían bajo la luz y el amor de sus seres queridos.

Reaprendió a sentir el calor, a entender el hambre como una necesidad de alimento y no de sangre, y a sentir que su magia ya no era una herramienta de supervivencia, sino una parte de su esencia.

Para ella pasaron días de calma; en el mundo de los vivos, quizás solo fueron minutos de agonía.

Sentada sobre una gran piedra, a la orilla de un río de aguas claras, Khata dejó que la quietud del lugar la envolviera.

Observaba a sus ancestros conversar y reír entre murmullos suaves, como si el dolor jamás hubiera existido.

Cuando su madre se acercó y se sentó a su lado, la dulzura en su mirada le arrancó una sonrisa cargada de nostalgia.

—¿Cómo te encuentras? —preguntó Sabela.

—Todavía me parece estar viviendo un sueño —confesó Khata con sinceridad—. Reencontrarme contigo… y con abuela… es algo que he deseado durante mucho tiempo.

Sabela apartó con cuidado un mechón de cabello de su rostro, un gesto tan antiguo como el amor que las unía.

—Pero sabes que tú no perteneces a este lugar, ¿verdad?

Khata desvió la mirada hacia el cauce, siguiendo el vaivén del agua.

—Lo sé —admitió en un susurro.

—Es hora de volver, cariño —dijo su madre con una preocupación suave, casi dolorosa—. Si te demoras más, la fina línea que separa los planos podría atraparte. Te convertirías en un recuerdo… y tú has nacido para ser una realidad.

El pecho de Khata se contrajo.

—Tengo miedo —confesó al fin—. Mucho.

—Es natural —respondió su madre, alzándole el rostro con delicadeza—. Pero no estarás sola. Hay quienes te aman y te esperan en el otro lado.

Una sombra de culpa y tristeza cruzó los ojos grises de la joven.

—Tengo miedo de regresar y descubrir que mi sacrificio fue en vano. Olivier... ¿él sigue vivo o lo he condenado a algo peor?

Sabela sonrió, y esa expresión fue como un bálsamo.

—Me extrañaba que todavía no hubieras preguntado por él.

—Es que temo la respuesta.

—Olivier vive, hija mía. Y la Marca ha hecho su trabajo: ya no es un Sangrenegra. Es humano, tan mortal y libre como tú.

Khata soltó un suspiro largo, un aire que parecía haber estado retenido en sus pulmones desde el momento en que Najash los capturó. La presión en su pecho se aflojó.

—¿Y Miguel?

—Él te aguarda en el otro lado. No se ha movido de tu costado ni un solo segundo.

El peso sobre los hombros de Khata se aligeró, pero Sabela no había terminado. Su semblante se volvió más serio, casi críptico.

—Pero las cosas han cambiado, hija, y el que te escondas aquí no hará que desaparezcan.

—¿Qué quieres decir?

Sabela se levantó y le tendió la mano. Khata la aceptó, incorporándose.

—Debes descubrirlo por ti misma y para eso es necesario que regreses al lugar al que perteneces —dijo misteriosa, mientras su figura se volvía brillante, casi transparente.

El paisaje comenzó a ondularse, como el reflejo de un estanque agitado, y su abuela se acercó a ellas al presentir que el momento había llegado.

—No sé si estoy preparada —respondió Khata sintiendo el tirón de la gravedad empezando a reclamar sus huesos.

—Nunca has sido una cobarde, hija mía —la regañó su madre con dulzura—. Ve con Miguel. Ámalo no como una criatura de la noche, sino como la mujer libre que eres ahora.

—¡Mamá, no quiero dejaros! —gritó Khata, sintiendo cómo el prado se desvanecía bajo sus pies.

—Nunca nos dejas —la voz de su abuela resonó en su mente como un eco eterno—. Estamos en tu magia. Estamos en tu pulso. El amor verdadero no se pierde entre planos, mi vida; se transforma y encuentra caminos que ni los dioses comprenden.

—Tengo miedo.

La abuela besó su frente una última vez.

—Vive, mi niña. Ama con toda tu alma humana. Honra nuestra sangre desde la vida, no desde el lamento.

La luz la envolvió por completo, un destello blanco que lo borró todo. Khata escuchó una última vez el coro de sus antepasados:

— Ve, Guardiana.

— Ve, Bruja Primigenia .

— Ve… y empieza de nuevo .