La Profecía de los Caídos Capítulo 28
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Capítulo 28

El grito de Miguel desgarró el aire como una herida abierta.

No fue un sonido humano ni angélico, sino algo primitivo, nacido del terror más absoluto.

La prisión de runas respondió a su agonía: los símbolos carmesíes temblaron, se resquebrajaron y una onda de luz violeta recorrió la cámara como un latido furioso.

—¡Deprisa! ¡Ahora! —gritó la reina Lupa cuando percibió una pequeña grieta en la que colarse.

Ella, Alem y varias brujas unieron fuerzas desde el otro lado de la puerta para debilitar la magia negra que todavía se resistía a dejarlos pasar.

Cuando pudieron acceder al interior de aquella estancia, los Guardianes Reales y una docena de ángeles y varones de la Orden se enfrentaron a los Sangrenegra que, todavía impactados por lo ocurrido entre aquellos muros excavados en la piedra, se quedaron inmóviles ante el ataque sorpresa.

Entretanto, Alaina buscó a Najash para detenerlo y atraparlo bajo la influencia de su sello. Pero se detuvo a pocos metros de Khata, como un testigo involuntario del momento en el que ella exhaló un suspiro trémulo.

La sangre empapaba las ropas de la joven, cálida, real, deslizándose entre sus dedos como el tiempo que se le escapaba. Sus ojos grises, ya velados, buscaron una última vez a Miguel al otro lado de la barrera.

Y sonrió.

No había elegido entre la amistad y el amor.

No había sacrificado a uno por el otro. Se había designado a sí misma como el escudo.

Había ofrecido su existencia para que el afecto y la lealtad, esas fuerzas que el Infierno no lograba dominar, pudieran seguir respirando en un mundo que ella ya no vería.

Y entonces lo comprendió: la Marca ardió. No como antes, no como advertencia, no como protección… Ardió como un despertar.

Los símbolos grabados en su piel comenzaron a brillar con una luz imposible, antigua, anterior incluso a los ángeles. Las runas de Najash chisporrotearon, incapaces de sostener aquella energía que no había nacido del poder… sino del sacrificio voluntario.

—No puede ser… —susurró el demonio, dando un paso atrás por primera vez, mientras veía cómo el poder que tanto ansiaba se le escapaba de las manos—. Esto no estaba previsto…

Khata supo cuál era su verdadero destino. Con el último aliento, alzó la mano ensangrentada. Su propia sangre, portadora de la Marca, del linaje, de la profecía incompleta, goteó sobre el suelo mientras se arrastraba hasta Olivier. Lo tocó y la señal respondió.

Un resplandor blanco y plateado envolvió al joven.

El grito que brotó de su garganta no fue de dolor, sino de liberación.

La negrura que contaminaba sus venas comenzó a retroceder, quemándose desde dentro.

Sus colmillos se retrajeron, sus ojos recuperaron el color humano y la sed, esa hambre infinita, se quebró como un hechizo roto.

Olivier cayó de rodillas, jadeando, libre.

La Marca había elegido. No para destruir…

sino para redimir. Miguel sintió cómo la celda cedía.

Las runas se rompieron una a una, incapaces de contener un poder que no provenía del Cielo ni del Averno, sino del amor llevado hasta su última consecuencia.

Libre de su cautiverio, se lanzó al suelo para recoger el cuerpo de Khata antes de que golpeara la fría superficie.

La tomó entre sus brazos, apretándola contra su pecho, mientras el resplandor de la Marca se desvanecía lentamente en la piel de ella, dejando tras de sí un mutismo absoluto.

—Khata… —susurró con la voz rota.

Ella lo miró una última vez. En sus ojos no había miedo, ni pesar, ni duda…

solo paz. Cerró los párpados, esbozando una sonrisa imperceptible.

Había salvado a Olivier, había protegido a Miguel y había burlado a la Serpiente.

El mundo que ella ya no vería estaba, por fin, a salvo en las manos que había escogido.

Y cuando la oscuridad la reclamó, la Marca se apagó…

dejando tras de sí una verdad imposible de borrar: Najash no había ganado; había sido engañado por la Profecía, porque la Marca no era un arma, era una elección: la salvación de su estirpe.

Desde la cima del monte Sinaí, Miguel contemplaba el paisaje árido extendiéndose bajo sus pies como una herida abierta.

El viento levantaba remolinos de polvo y jugaba con los mechones color miel de su cabello, pero él permanecía inmóvil, erguido como una estatua tallada en mármol y furia.

Su rostro era una máscara pétrea; solo el brillo mortal de sus ojos violetas delataba la tormenta que lo desgarraba por dentro.

Había visto nacer imperios. Había visto extinguirse civilizaciones enteras. Había sostenido el peso de guerras que habrían quebrado a cualquier criatura mortal. Pero nada… nada… lo había preparado para aquello.

Alzó la vista al cielo: no como un hijo, no como un siervo, sino como un acusado que exige respuestas.

—¿Por qué? —susurró devastado. El aire no respondió y su mandíbula se tensó ante aquel silencio—. He obedecido cada mandato, he ejecutado cada orden... He sido tu leal espada, tu guerrero más fiel… ¿y esta es mi recompensa? ¿Así me lo agradeces?

La rabia le abrasó la garganta.

—Ella dio su vida por los suyos —continuó, con la voz quebrándose—. Se sacrificó por amor. ¿Y tú…? Tú no hiciste nada.

La palabra Padre murió antes de salir de sus labios. A su espalda, una presencia conocida se materializó con cautela.

—Miguel…

La voz de Raziel apenas fue un murmullo en medio de aquel desierto paraje, pero el cuerpo del arcángel se tensó al instante.

Sus alas, invisibles para el mundo humano, se agitaron con una vibración contenida, peligrosa.

Apretó los puños hasta que sus nudillos perdieron todo color.

Parpadeó varias veces para contener el brillo húmedo que empañaba su visión.

No quería que nadie viera aquello. Ese dolor era lo único que le quedaba de ella.

Lo único que no le habían arrebatado. Lo único que le pertenecía.

—Vuelve con nosotros —pidió su hermano con suavidad—. El Consejo te espera.

Miguel soltó una exhalación que sonó como un siseo.

—Iré cuando esté preparado —masculló, sin volverse.

El arcángel de los Misterios se acercó unos pasos, despacio, como quien se aproxima a una bestia herida.

—Lo hemos intentado todo —dijo con un hilo de voz, casi en una disculpa por la propia limitación divina—.

La reina Lupa y los brujos agotaron su magia; los nuestros invocaron el don de sanación hasta quedar exhaustos.

Incluso Iria y Ayelet ofrecieron su sangre de Grial para traerla de vuelta… pero todo ha sido en vano.

—Os agradezco el esfuerzo —respondió, y la tirantez de sus palabras cortó el ambiente como una cuchilla.

Había algo en su tono, una oscuridad incipiente, que hizo que Raziel se inquietara.

—Entiendo tu sufrimiento —continuó—, pero la muerte es un proceso que ni nosotros, los eternos, podemos burlar sin romper el equilibrio. Es hora de que te despidas. Debemos darle santa sepultura antes de que el ciclo se corrompa y su alma quede errante.

Una carcajada amarga murió en su garganta antes de nacer. Cada palabra era un clavo produciéndole un pesar inimaginable y un músculo saltó con violencia en la mandíbula de Miguel.

—¿Entiendes mi sufrimiento? ¿En serio? —El ambiente cambió y Raziel sintió el temblor antes de comprenderlo.

Miguel giró el rostro hacia él, y en sus pupilas no había luz celestial, sino una herida abierta—.

Pues explícame, hermano —exigió—. Explícame, ¿por qué me la ha arrebatado? ¿Por qué no la salvó?

—Yo…

—¿Y dónde está su alma? —ordenó saber—. ¿Por qué no está en el Cielo? ¿Por qué no la encuentro?

Raziel no halló las palabras. La habían buscado por Cielo y Tierra y no la habían localizado. La única respuesta era que, siendo Khata un demonio inferior, su alma había ido directa al Infierno

—He sido su hijo más leal durante eones —continuó Miguel con una voz que ya no era firme, sino rota—.

He obedecido sin cuestionar. He destruido en su nombre.

He creído en él cuando sus actos podían parecer duros y crueles ante el resto…

Y cuando le pedí una sola cosa… una sola…

—Su respiración se volvió irregular—. No me escuchó.

No la salvó. Y ahora ni tan siquiera puedo estar junto a ella aunque sea en espíritu, hasta de ese minúsculo consuelo me despojó.

La confesión salió como una traición. Raziel apoyó una mano en su hombro.

—Tú mejor que nadie deberías saberlo, Miguel…

El guerrero se quitó la extremidad de encima con un gesto violento. Sus alas, antes gloriosas, se agitaban con una furia errática que levantó nubes de polvo y piedra, incapaz de seguir escuchando más excusas.

—¡Hablas de voluntad divina y de designios como si fueran consuelo para los que quedan atrás!

—rugió, alejándose para no sucumbir al impulso de golpear algo—.

¡Ella se sacrificó por una raza que la despreciaba!

¡Ella entregó su alma para proteger este mundo que tanto amas!

¿Y dónde está la justicia de Padre? ¿Dónde está su misericordia?

Si este es el precio de la lealtad, Raziel, tal vez mi lugar no esté a su lado.

Raziel retrocedió, horrorizado por la intensidad del odio que brotaba de su hermano. Sintió el vértigo de esa duda. La grieta. La posibilidad impensable.

—No permitas que la agonía te aparte del camino, Miguel.

Él lo miró con una intensidad que dolía.

—¿Hablas del mismo camino que me la arrebató sin la menor intención de mover ni un solo dedo?

—El viento sopló con violencia, como la hostilidad que germinaba en su interior como un huracán fuera de control—.

Ahora puedo comprender a Iria y a Ayelet más de lo que creí posible.

Incluso por qué Moisés abandonó toda esperanza y se dejó tentar por la Oscuridad.

Tal vez las decisiones de nuestro Padre sean las correctas, pero jamás había llegado tan lejos como ahora.

—Hermano, por favor…

—Vete, Raziel —ordenó al fin, con voz baja y peligrosa—. Déjame solo… o no responderé de mis actos. No me obligues a levantar el acero contra alguien a quien aprecio cuando ya lo he perdido todo.

El arcángel sostuvo su mirada unos segundos más, comprendiendo que insistir sería encender una guerra que ninguno deseaba. Al fin inclinó la cabeza, asumiendo la derrota.

—No puedes huir eternamente de la despedida —advirtió con tristeza—. Con o sin tu presencia, haremos lo correcto.

Cuando Raziel desapareció, el mutismo volvió a envolver la cima del Sinaí. Miguel cayó de rodillas sobre la roca. Por primera vez en su existencia eterna, no oró. No pidió guía. No buscó alivio. Solo dejó que el firmamento contemplara su silencio… y esperó una respuesta que no llegó.