Capítulo 27 #2
—Silencio, angelito; el sacrificio debe ser de ella. —Najash acarició la mejilla de Khata con el dorso de la daga—. Opción tres, Khata. Salvas al arcángel, lo liberas de su jaula y podrá regresar a los Cielos. Pero antes de que eso ocurra, tu amigo y tú no viviréis para verlo.
Khata sintió que el mundo se desmoronaba.
Estaba entre la espada y la pared, en una encrucijada donde cada elección sangraba.
Si salvaba a Olivier, condenaba a Miguel a una agonía perpetua.
Si se salvaba ella, cargaría con la muerte de ambos.
Y si salvaba a Miguel... perdería su vida y la de su amigo, dejando al arcángel con el peso de su pérdida para siempre.
—¡Khata, no lo escuches! —le rogó Miguel, su voz rota por primera vez en milenios—. Por favor... elígete a ti. Sálvate tú. No dejes que gane.
—Miguel... —susurró ella, las lágrimas resbalando por sus mejillas mientras sus ojos plateados se encontraban con los violetas.
—No lo hagas —suplicó él—. No decidas por mí. Prefiero el averno si eso significa que tú vives.
Najash presionó la punta de la daga contra el costado de Khata, justo sobre la Marca que brillaba con una luz angustiada.
—Elige, pequeña guardiana. El tiempo se agota, y la sangre de tu amigo no deja de correr. ¿A quién vas a sacrificar?
Ella tragó el nudo de hiel que le obstruía la garganta. Su mente buscaba una salida, una grieta, algo... pero Najash la había llevado al borde del precipicio.
—Haga lo que haga... siempre pierdo —murmuró con la voz vacía de toda esperanza.
El demonio bajó la cabeza, rozando el oído de Khata con sus labios fríos.
—Hay una cuarta opción —le susurró con una dulzura venenosa.
Khata contuvo el aliento.
—¿Cuál?
—Entrégame la Marca voluntariamente y os dejaré vivir a todos —propuso—. Salvarás a tu amigo, salvarás a tu arcángel y tú... tú serás libre por fin del peso de la Profecía.
Miguel, desde su celda, vio cómo la duda empañaba el rostro de Khata. Fue entonces cuando sintió un terror que no conocía; un pavor que no nacía de la posibilidad de su propia muerte, sino de la destrucción de la esencia de la mujer que amaba.
—¡No confíes en él, Khata! —rugió golpeando la barrera invisible con una desesperación que hacía sangrar sus nudillos—. ¡Es la Serpiente! ¡Te ofrece un paraíso de cenizas! ¡Todo es mentira!
Khata apenas lo oía. El sonido de su propio pulso, acelerado y errático, ensordecía todo lo demás.
La impronta bajo su piel latía con una incandescencia dolorosa, como si el propio destino estuviera quemándola por dentro.
Miró a Olivier, su amigo, el vampiro que había sido su única luz cuando el mundo se volvió sombras.
Él la había rescatado de la locura, le había devuelto la dignidad cuando se sentía un monstruo.
Le debía la vida, la lealtad y una gratitud que no conocía límites.
La había protegido cuando nadie más lo hizo.
Le había enseñado que aún quedaba algo parecido a la bondad en el mundo.
Traicionarlo era traicionarse a sí misma.
Pero entonces su mirada se desvió hacia Miguel.
Su ángel. Su hogar. El ser que no solo había hecho latir su corazón inerte, sino que le había dado una razón para que esos latidos tuvieran sentido.
Él no era solo un amante; era su refugio, la calma que nunca creyó merecer, la fuerza que la sostuvo cuando todo lo demás se derrumbaba.
Con él no había oscuridad, ni hambre, ni culpa…
Perderlo a él era apagar el sol de su existencia.
¿Cómo se elige entre el brazo que te salvó de caer y el corazón que te enseña a volar?, se preguntó en un grito silencioso. La injusticia de la elección le quemaba la garganta como hiel.
—Y dime, querida... —la voz de Najash se deslizó por su nuca como un reptil frío—, ¿cuál va a ser tu resolución? ¿El amigo o el amante? ¿La deuda o el deseo?
Khata cerró los ojos con fuerza. Las lágrimas resbalaban por sus pálidas mejillas bajo la luz de las runas.
La parálisis la consumía. No podía pronunciar un nombre sin sentir que el otro la mataría de pena.
Era una encrucijada sin salida, un callejón donde la única forma de avanzar era arrancarse una parte del alma.
—Veo que tu egoísmo es mayor que tu voluntad —sentenció Najash, perdiendo la paciencia ante su silencio—. Tendré que tomar la decisión por ti.
Khata abrió los ojos de golpe y vio el movimiento fluido y letal del demonio.
El brillo gélido de la daga de obsidiana se alzó implacable, buscando el pecho de un Olivier que ya ni siquiera tenía fuerzas para defenderse.
El acero refulgió con una promesa de muerte definitiva, anunciando un final que ella no podía permitir.
En ese microsegundo, la mente de Khata se apagó. Su cuerpo, movido por un instinto que iba más allá de la lógica o el miedo, tomó el mando. No hubo pensamiento, solo una reacción visceral de un amor que no podía elegir porque lo abarcaba todo.
Se interpuso entre Najash y Olivier en un estallido de velocidad sobrenatural.
El impacto fue seco, un sonido sordo que pareció detener el tiempo en las catacumbas.
La daga, impregnada de una magia negra tan antigua como efectiva, se hundió en su pecho con una facilidad aterradora.
Khata sintió el frío del metal perforando su piel, pero lo que vino después fue un dolor indescriptible.
No era solo el acero; era la magia oscura desgarrando su corazón en dos, separando la luz de la sombra, el deber del querer.
—¡¡¡NOOOOO!!! —el grito de Miguel desgarró el aire, un sonido tan cargado de agonía que las runas de su prisión vibraron hasta agrietarse.