Capítulo 27
Miguel cerró los ojos, ignorando el caos que lo rodeaba en la superficie.
Se obligó a silenciar su mente de guerrero para escuchar solo a su sangre.
Y allí estaba: un latido errático, cargado de miedo y dolor, que resonaba en su propio pecho.
El vínculo de la Marca era ahora un hilo de fuego que lo arrastraba hacia las profundidades.
—Están debajo de la ciudad de París… —su voz vibrando con una furia contenida—: bajo las catacumbas...
Desplegó sus majestuosas alas, que emitieron un fulgor blanco capaz de cegar a cualquiera, pero antes de que pudiera batirlas para trasladarse, una mano firme se cerró sobre su antebrazo: era Cassiel.
—No vayas, Miguel, te lo imploro —suplicó su amigo, con sus ojos llenos de una premonición funesta.
—¿Qué demonios te crees que estás haciendo? —siseó el arcángel clavando su mirada sobre la extremidad del ángel de la Templanza.
—Sabes que es una trampa y tú irás directo a ella —respondió este sin amilanarse—. Debemos reunir al Consejo y trazar un plan.
—¿Crees que tenemos tiempo para eso? —replicó con una cólera ensombreciendo su rostro—. Debo ir a por ella antes de que ese bastardo malnacido le haga daño.
Pero su hermano no cedió. La desesperación de Cassiel era la de quien ve a un hermano caminar hacia su propia ejecución.
—¡¡Maldita sea, Miguel!! ¡No puedo dejar que cometas ese error! ¡No puedo permitir que te adentres en la boca del lobo tú solo!
Miguel se volvió hacia él por completo. Sus pupilas violetas ya no reflejaban la paz de los Cielos, sino el incendio de un hombre dispuesto a reducir el mundo a cenizas por la mujer que amaba.
Se acercó a Cassiel hasta que sus alientos se mezclaron y soltó la pregunta que sabía que rompería cualquier resistencia:
—Dime una cosa, hermano... ¿Qué harías tú en mi lugar si en vez de Khata fuera Alaina la que estuviera en las manos de ese canalla?
El silencio que siguió fue atronador. La mención del nombre de la mujer que Cassiel amaba con todo su ser hizo que la fuerza abandonara sus dedos. El contacto del ángel de la Templanza se retiró lentamente, como si hubiera sido quemado por la verdad.
—Los demás me van a matar por esto —musitó con una impotencia que le desgarraba la voz.
Miguel apoyó la palma sobre su hombro, conociendo la contienda interna que se estaba librando en su interior. Como el soldado que era lo entendía, pero su lucha ahora era otra, y no debía perder ni un segundo de su tiempo.
—Si caigo en un engaño lo sabremos muy pronto —respondió con una calma aterradora—. Pero Khata está allí, Cassiel, y prefiero arder en su Infierno que reinar en un Cielo donde ella no exista.
Sin esperar respuesta, el arcángel se desvaneció en un estallido de luz, desoyendo el último grito de su compañero.
Miguel se materializó en el centro de una vasta cámara subterránea, donde el aire olía a moho, sangre vieja y una magia tan negra que entumecía los sentidos. Antes de que pudiera invocar su espada, el suelo bajo sus pies se encendió con un brillo carmesí.
¡Maldición!
Runas enoquianas corruptas, grabadas con sangre de ángel caído, surgieron en las paredes y el techo.
Miguel sintió cómo sus extremidades perdían fuerza, cómo una pesadez de plomo se instalaba en sus huesos.
Intentó embestir contra la barrera invisible, pero una descarga de energía oscura lo lanzó hacia atrás.
Estaba atrapado en una cárcel intangible, una anomalía mística diseñada en específico para anular el poder de un arcángel.
—Bienvenido a mi humilde reino, General —la voz de Najash surgió de la penumbra, sibilina y cargada de un regocijo maligno.
El demonio emergió de las sombras, arrastrando tras de sí dos figuras: Olivier, herido por su amo y con los ojos inyectados en sed de sangre; y Khata, cuyo rostro palideció al verlo aparecer tras el muro.
—¡Miguel, no! —gritó ella, dando un paso hacia él, pero retenida de forma brusca—. ¡Vete! No deberías estar aquí… —susurró con la voz rota.
Najash soltó una carcajada que resonó en los húmedos y gruesos muros.
—¿Cuál es la prisa, querida? Nuestro aliado llega justo a tiempo para ser parte del espectáculo.
—¡Vete al infierno! —escupió Khata, temblando de rabia.
El demonio la contempló con una sonrisa que destilaba veneno antiguo.
—Gracias a ti no pisaré jamás ese lugar.
Miguel estudió el sitio con ojo crítico. Años de entrenamiento y contiendas hicieron que evaluara la situación desde diferentes perspectivas. Era obvio que había caído en una trampa, era lo esperado, pero ahora debía averiguar cómo salir de aquel atolladero sin que Khata sufriese daño alguno.
—¿Y cómo piensas hacerlo? —habló Miguel para llamar su atención—. Porque bien sabes que la furia de mis hombres, todo el peso de los Cielos, caerá sobre ti en cualquier momento.
Najash caminó con parsimonia y gesto pensativo entre la vampira y Olivier. Estaba disfrutando de la sensación de dominio, se notaba.
—Verás, llevo esperando por este momento demasiado tiempo. Estoy harto de esconderme entre las sombras, cansado de liderar a unos mediocres despojos hambrientos de sangre… Quiero resurgir, quiero reinar, quiero ser el amo y señor de todo lo que habita en la Tierra. Me lo merezco.
Mientras el demonio soltaba su discurso, Miguel intentó contactar con sus subordinados para advertirles del peligro, pero la magia negra y poderosa que envolvía a aquel paraje funcionaba como un bloque ensordecedor imposible de penetrar.
—¿Te lo mereces? —inquirió alzando una ceja entre la sorpresa y la ironía.
Najash chistó la lengua contra el paladar.
—Puedes pensar lo que quieras, arcángel, pero aquí te tengo… a mis pies.
Miguel cruzó los brazos sobre su pecho con más seguridad de la que en realidad sentía.
—No por mucho tiempo, te lo aseguro.
El opresor se acercó a Khata y enredó entre sus dedos un mechón de su largo, sedoso y negro cabello.
Miguel rugió y se abalanzó sobre la invisible división que lo mantenía prisionero.
—¿Crees que no conozco a tus hombres o lo que hará el Consejo?
—lo retó Najash. Una mueca torcida surgió en su semblante al captar la tensión generada en el arcángel al acariciar a la vampira.
Sabía que ella era su talón de Aquiles, y viceversa, y lo aprovecharía al máximo—.
Llevo siglos observándoos sin que os dierais cuenta.
En otros tiempos, los miembros de la Orden habrían irrumpido aquí para salvarte sin pensarlo dos veces, pero ahora tienen familia, responsabilidades…
Serán más cautos y eso me dará la ventaja que necesito para convertirme en el ser más poderoso que haya pisado la faz de la Tierra.
—Te destruiré —gruñó Miguel—, aunque tenga que hacerlo con mis propias manos.
El eco amenazante de sus palabras impulsó a algunos Sangrenegra a moverse, pero este los detuvo con un gesto manual.
—Inténtalo si puedes —lo provocó, y después agarró a Khata de la barbilla con falsa delicadeza, recreándose en ese maravilloso instante.
Ser el único individuo capaz de sacar de quicio al guerrero más fuerte de los Cielos era una recompensa difícil de superar—.
Entretanto, yo me haré con el poder de esta renegada —continuó—.
Ah, esa marca es el escudo definitivo; su sello me protegerá, y ni siquiera el juicio de tu Padre podrá alcanzarme. Seré el primer demonio intocable.
—Jamás obtendrás nada de mí —escupió ella con saña.
Najash se colocó detrás de Khata, deslizando una daga de obsidiana por la línea de su cuello, mientras con la otra palma señalaba a un Olivier que se desangraba lentamente.
—¿Estás segura? —bajó el tono, volviéndolo íntimo, letal—. Estoy convencido de que esperas que la Marca te proteja, como ya lo hizo antes… Pero te equivocas, esta vez no será así.
Ella torció la boca en un gesto arrogante, expresando sus dudas, y el villano soltó una carcajada.
—Ay, querida… como ya te dije, no volveré a cometer el mismo error que la última vez —señaló muy ufano—.
La Marca te protegió cuando estabas inconsciente en el hospital y en aquel cochambroso bar, indefensa y desvalida por las drogas…
Pero no actuará si estás en tus plenas facultades y puedes protegerte frente al peligro.
Si no me crees, recuerda cómo no te guardó ante los Caídos cuando estos te clavaron el puñal en pleno corazón.
La expresión de ella cambió al instante y un brillo malévolo cruzó la oscuridad de aquellos iris carentes de todo signo de vida.
—Mientes… —balbuceó.
Él se encogió de hombros con despreocupación.
—Piensa lo que quieras; en realidad, no me importa. Pero ahora ha llegado la hora de jugar, mi dulce guardiana. La magia de esta estancia es un altar que exige un sacrificio de sangre y voluntad. Solo tú puedes sellar el pacto. Tienes tres caminos, y cada uno es un infierno diferente.
Khata temblaba, mirando con desesperación a Miguel, que golpeaba con furia impotente la fuerza invisible que lo mantenía cautivo.
—Opción uno —siseó Najash—: Salvas a tu querido amigo, el inútil Olivier, entregándole tu marca y liberándolo de su acuciante sed de sangre.
Volverá a ser un humano, a vivir como lo que más ha ansiado.
Pero a cambio, Miguel se queda conmigo para ser mi eterno esclavo y tú te convertirás en una cáscara vacía, una bestia sedienta sin conciencia. Lo que más odias.
Khata ahogó un sollozo. Miró a Olivier, el aliado que había sido su única luz de humanidad durante años.
El único que se había preocupado por ella, que la comprendía, que buscaba el mismo fin, y se preguntó cómo había caído en la misma oscuridad de la que había huido toda su existencia como vampiro.
—Opción dos —continuó el demonio, deleitándose en su agonía—: Te salvas tú. Te vas con tu marca intacta, pero yo degüello a tu amigo en este mismo instante y acabo con la existencia del arcángel solo por el puro placer de verlo agonizar.
—¡Basta! —rugió Miguel desde su prisión—. ¡Najash, tómame a mí y déjalos ir!