Capítulo 26
Miguel lo percibió antes de verlo: el aire se volvió más denso, más gélido, cargado de una electricidad oscura que erizaba la piel.
De pie, ante la entrada del antiguo y majestuoso château que resguardaba al linaje de Caín, sentía una presión sombría en el ambiente, una amenaza tangible recorriéndole la columna vertebral mientras esperaba a que alguien apareciera.
Las paredes de aquel lugar rezumaban historia, muerte y algo más primitivo aún… una voluntad letal.
—Este lugar… —murmuró Khata estremeciéndose sin darse cuenta—: me da muy mal rollo.
Miguel caminaba a su lado, recto, alerta, con una mano apenas separada del pomo de su espada celestial. Cassiel avanzaba unos pasos por delante, sereno en apariencia, aunque sus alas invisibles vibraban con una inquietud que solo sus hermanos podían percibir.
—Está claro que nos observan —dijo este al notar una tensión que le encrespó el vello de la nuca.
Una docena de vampiros armados hasta los dientes se apartaron de las sombras y se acercaron en silencio. Sus ojos recorrieron a los ángeles con desconfianza abierta… y a Khata con una curiosidad peligrosa. Ángeles y vampiros se midieron durante unos tensos segundos.
—Queremos ver a vuestro líder —exigió Miguel.
Uno de ellos, el que parecía el cabecilla, se adelantó un par de pasos con mucha cautela.
—¿Con qué propósito? —indagó con las manos en torno a la empuñadura de dos hermosas y mortíferas dagas.
—No hemos venido a cumplir mi última amenaza —explicó tras percibir el miedo en sus oscuras y dilatadas pupilas—. Puedes decirle a Yared que, si quisiéramos venganza tras lo ocurrido, ya estaríais todos muertos.
Los convertidos se miraron entre ellos. No eran tan estúpidos para no saber que decía la verdad.
Tras unos instantes de indecisión, se retiraron para dejarlos pasar hacia la entrada.
Caminaron por aquellos pasillos entre cuchicheos y decenas de ojos que no les quitaban la vista de encima, hasta que llegaron al salón principal y este se abrió ante ellos como la boca de una bestia.
Sentado en su trono de mármol se encontraba… Yared.
Su porte elegante, casi refinado, no lograba ocultar un pequeño velo de zozobra. Vestía con sobriedad, el cabello oscuro recogido hacia atrás, los ojos cansados por el paso del tiempo observándolo todo con una calma que solo poseen los depredadores que no necesitan demostrar nada.
—Arcángel Miguel —saludó con una inclinación mínima de cabeza—. Ángel de la Templanza. Y… —sus pupilas se posaron sobre Khata; la recorrieron sin pudor y con un interés genuino—: la portadora de la Marca.
Ella le sostuvo la mirada sin bajar la barbilla en ningún momento.
—Nos encontramos de nuevo.
Una lenta sonrisa se asomó en el rostro del Antiguo.
—Eso parece —concluyó con un extraño brillo cruzando su semblante—. Y todavía viva, por lo que veo.
Un rumor se deslizó entre los presentes, apostados a ambos lados de la estancia como estatuas vivientes. Miguel dio un paso al frente con una expresión atemorizante.
—No gracias a ti.
El Caído se encogió de hombros restándole importancia con ese simple gesto.
—Ella negaba su naturaleza. De algún modo debíamos conseguir que la Marca se mostrase para que me creyeses, Miguel.
El arcángel apretó los dientes ante su falta de remordimiento.
—Y solo por eso estás vivo, créeme.
El aristócrata entrelazó los dedos con parsimonia.
—Deduzco que habéis descubierto el cometido de la Marca, ¿cierto? —dijo con la intención de cambiar de tema.
—Puede ser —intervino Cassiel por primera vez.
Una sombra de ira oscureció todavía más los ojos de Yared ante su ambigua respuesta.
—Mi pueblo lleva demasiado tiempo esperando este momento —siseó entre dientes—. Te aseguro que no estamos para adivinanzas. Os hemos pedido ayuda para resolver este enigma, sí, pero ella me pertenece, así que no colmes mi paciencia.
Una carcajada desprovista de todo humor rompió el hostil silencio del recinto.
—¡¿Te pertenece?! —exclamó Miguel, la vena de su cuello palpitando visiblemente bajo la piel ante la arrogante afirmación. Contener el impulso de hundir su hoja en el corazón de aquel sujeto requirió de toda su fuerza de voluntad—. Creo que ella no estaría de acuerdo contigo.
—No me importa lo que esa renegada piense —respondió Yared—. Es una de las nuestras, así que no le queda más remedio que responder ante mí.
Khata abrió la boca para replicar, pero entonces sintió el primer latigazo.
La Marca ardió, y no como cuando Miguel estaba cerca, ni como cuando la sangre la había activado.
Esto fue distinto. Su misión se cristalizó en su mente con claridad obsesiva.
Dejó que Miguel y Cassiel manejaran el enfrentamiento con el egocéntrico soberano mientras ella, con disimulo, comenzaba a escudriñar la sala.
Sus grises ojos, ahora aguzados por el instinto, barrieron la multitud: rostros remotos marcados por milenios, otros jóvenes y ansiosos, una confusión de esencias que se superponían como un tejido enmarañado de deseos y miedos.
—¿Mi territorio? —La voz de Yared sonaba de fondo, discutiendo con los ángeles—. Si los Sangrenegra campan a sus anchas por París, arcángel, es porque alguien les está abriendo la puerta. Y te juro que ese alguien no soy yo.
Khata parpadeó. Algo, una forma familiar en el borde de su visión periférica, le hizo dudar.
Un vampiro de rasgos anodinos, vestido con ropas sencillas, inclinó la cabeza en su dirección.
Demasiado tarde. Demasiado casual. Pero fue suficiente para atraer su atención como un imán.
Dio un paso hacia esa figura, alejándose inconscientemente del círculo protector de sus acompañantes.
Creyó reconocerlo, aunque no estaba segura, así que se aproximó un poco más para verlo con mayor nitidez. Pero de nuevo, otro semblante llamó su interés. Y entonces lo vio y su mundo se quebró: Olivier.
El aire abandonó sus pulmones y el suelo pareció alejarse bajo sus pies.
Su corazón decidió contraerse en un espasmo de esperanza y terror al mismo tiempo.
Sin pensarlo, sin sopesar el peligro, se abrió paso entre la multitud de vasallos que se apartaban con desprecio, curiosidad u odio abierto.
El universo se redujo a esa cara. La protección de los ángeles quedó atrás, diluida en el murmullo de la galería.
—¿Dónde está? —exigió Khata, deteniéndose a pocos metros del demonio que había tomado la forma de su querido amigo.
Najash se materializó entonces de entre las sombras, una sonrisa siniestra le retorció los labios.
—Veo que has vuelto a descubrirme.
Ella apretó los puños hasta sentir que las uñas se clavaban en sus palmas.
—Sé que no te sorprende, por eso has adoptado su apariencia, para atraerme hasta aquí y separarme de ellos —dijo señalando con la cabeza a los guerreros celestiales—. Pero no te va a servir de nada, te lo aseguro.
—¿Estás segura? —la voz de la entidad era un susurro aceitoso.
En ese preciso instante, un gesto casi imperceptible de Najash bastó.
De detrás de una columna emergió la figura de Olivier, pero no como un prisionero, sino con una postura rígida, los ojos vacíos y fijos en ella.
Khata dio un paso instintivo hacia él, pero una daga de obsidiana apareció como por arte de magia en la mano del enemigo, posándose contra su cuello.
—Elige tus próximos movimientos con sumo cuidado, pequeña vampira. La vida de tu amigo pende de un hilo muy fino.
Ella escudriñó las facciones de Olivier, buscando desesperada un destello del hombre que había sido su salvador. Pero solo encontró un vacío helado, una sed insaciable que había devorado toda humanidad. Sus ojos eran pozos oscuros, sin rastro del alma bondadosa que ella recordaba.
—Suéltalo —suplicó Khata, su voz quebrándose—. Suéltalo o…
—¿O qué? —la interrumpió Najash, un brillo malévolo danzando en sus pupilas—. ¿Llamarás a tus aliados angelicales? ¡Adelante! ¡Hazlo!, y despídete de él para siempre.
La incertidumbre y el pavor contrajeron el rostro de Khata en una mueca de agonía.
—Ven con nosotros —habló Olivier por primera vez; su tono era tranquilo, razonable, como si no tuviera un filo presionando su yugular—. Podemos gobernar este mundo, Khata. Con tu poder a nuestro lado, todas las criaturas se inclinarán. No tendremos que escondernos nunca más.
Ella negó muy despacio, la tristeza ahogándola por dentro. No reconocía a la persona que tenía delante.
—¿En qué te has convertido, Olivier?
—¡En un ser libre! —respondió él con un orgullo distorsionado, un brillo feroz transformando su semblante en el de un depredador—.
Ya no me arrodillo ante nadie. No me oculto.
¿Recuerdas, Khata? ¿Recuerdas la noche en que te arrebataron a tu familia?
¡Ahora podemos vengarnos! Con tu don, nadie podrá detenernos.
Khata bajó la mirada al suelo. Las lágrimas, largamente contenidas, formaron un nudo brutal en su garganta. La confirmación era un puñal: había perdido a su amigo. Lo que tenía delante era solo un cascarón, una marioneta de sangre y oscuridad.
—No puedo —musitó, su barbilla temblando—. No puedo hacer lo que me pides.
—¿Por qué? —la voz de Olivier era ahora un suspiro cargado de desprecio—. ¿Por qué sufrir esta hambre eterna? ¿Acaso ellos, los humanos, lo merecen? Dime, ¿qué han hecho para que les tengamos piedad?
Ella alzó la vista, enfrentando por última vez al fantasma de su compañero. Alargó una mano trémula, un último y desesperado intento.
—Olivier, por favor, ven conmigo…
—Ellos solo son comida, Khata. Nada más que alimento.
Los ojos de su allegado eran pozos vacíos. No había rastro de humor, ni de ternura, ni de la compasión que una vez lo había definido. Solo apetito. Una sed voraz, desesperada… y ella dio un paso atrás.
De repente, el infierno se desató.
Un pequeño ejército de Sangrenegra, con las órbitas inyectadas en sangre, irrumpió en la sala con ferocidad bestial. Dagas y colmillos destellaron. Gritos, rugidos y el sonido de cuerpos chocando llenaron el aire. El orden se rompió en mil pedazos.
—¡¿Qué está pasando?! —rugió Yared, poniéndose en pie de un salto mientras algunos de sus hombres caían bajo el ataque sorpresa.
Khata retrocedió todavía más, desorientada, el suelo vibrando bajo sus pies por la contienda. Najash, aún con el semblante sereno, sonrió con una mueca cruel.
—Tu tiempo se acaba, vampira. Decide ahora. —Presionó el arma, y un fino hilo de líquido escarlata brotó del cuello de Olivier—. No puedo forzarte a hacerlo, ya que la Marca respondería protegiéndote. No volveré a cometer el mismo error que la otra vez.
Ella miró a Olivier y después hacia donde estaba Miguel, quien la buscaba entre el gentío tras percatarse de que ya no estaba junto a él.
—Solo tú puedes salvarlo.
Esas palabras la golpearon con fuerza y la atención de la joven regresó hacia el demonio.
—¿Qué quieres decir?
—La Marca es la clave para salvar a los de tu raza, pero solo yo conozco el modo de hacerlo —respondió Najash—. Si quieres que tu amigo recupere su humanidad, tendrás que venir conmigo por propia voluntad.
Un atisbo de esperanza, débil y traicionero, brotó en el pecho de Khata.
Era una flor venenosa en medio del desierto de su desesperación.
¿Era posible? La duda la anclaba al sitio, desgarrada entre el escepticismo visceral y el anhelo desesperado de creer, de tener una oportunidad, por mínima que fuera, de rescatar al hombre que una vez fue su faro.
Su mirada, arrastrada por una fuerza mayor que ella, giró de nuevo hacia Miguel. Y el mundo se detuvo.
A través del tumulto, de los destellos de acero y los gruñidos de bestias, sus miradas se encontraron y se enredaron. El caos a su alrededor se desvaneció en un murmullo lejano. Solo existían ellos dos, separados por un abismo de decisiones imposibles.
Miguel leyó la tormenta en sus ojos. Vio la agonía, la semilla de ilusión envenenada que Najash había plantado, y la terrible determinación que empezaba a eclipsarlo todo.
Su rostro, normalmente tallado en la impasibilidad del mármol divino, se quebró.
El horror lo desfiguró, transformando sus facciones en una máscara de puro terror.
—No, Khata —susurraron sus labios, formando las palabras que el estruendo de la batalla ahogó, pero que ella leyó con claridad perfecta en el movimiento de su boca, en el desesperado brillo de sus pupilas.
Era una súplica. Una orden. Un grito de alma rota. Y en ese instante, Khata supo que su elección, fuera la que fuera, tal vez los destruiría a ambos. Una única lágrima, cálida y salada, se deslizó por su mejilla.
—Lo siento —formó con los labios, sabiendo que él la entendería.
Un grito desgarrador, cargado de una angustia primordial, estalló del pecho de Miguel mientras los Sangrenegra redoblaban su asalto contra él.
—Gracias por traerla hasta mí —una voz que parecía surgir de las mismas piedras resonó en la sala cuando ella dio un paso definitivo hacia el demonio—. Fue más sencillo de lo que esperaba.
Miguel, con un estallido de luz cegadora que hizo retroceder a sus atacantes, alzó su espada hacia la figura que empezaba a desdibujarse.
—¡NAJASH!
Este inclinó la cabeza, divertido, mientras la envoltura humana comenzaba a distorsionarse y surgía su verdadero ser.
—Arcángel de la Guerra —susurró—. Esta vez llegas tarde.
Miguel gritó su nombre, luchando contra los enemigos que se abalanzaban sobre él, pero era demasiado tarde. Najash extendió una mano hacia Khata, y la oscuridad la envolvió, arrastrándola lejos de la luz, lejos de él.
Lo último que quedó impreso en la retina de Khata fue el rostro de Miguel, desencajado por el pavor, mientras la certeza la golpeaba como un martillo: Najash la había querido allí desde el principio, y ella, ciega por el dolor y el anhelo, había caído en su trampa.