La Profecía de los Caídos Capítulo 25 #2
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Capítulo 25 #2

—También eres el ángel con menos paciencia y más propenso a quemar puentes de toda la creación —sentenció Miguel—. Y hoy no podemos permitirnos un incendio.

Dolido, Amitiel boqueó un par de veces antes de desviar su frustración hacia la única persona que no debería estar allí.

—¿Y qué pasa con ella? —señaló a Khata con la barbilla—. Porque esta chupasangre no es precisamente una diplomática del Vaticano.

Miguel, tan sumido en su papel de general, pareció darse cuenta apenas en ese instante de que Khata no se había movido de su sitio. Se giró hacia ella con una mezcla de sorpresa y una alarma creciente.

—Pensé que te habías ido con Lupa —confesó, sus ojos violetas escaneando su rostro.

Ella alzó una ceja, cruzando sus propios brazos sobre el pecho. La suavidad de la noche anterior había desaparecido; ahora era todo aristas y determinación.

—¿Y por qué tendría que haberme marchado? Este asunto me afecta tanto como a vosotros.

—Es demasiado peligroso —cortó él de inmediato—. No puedes venir.

Khata chasqueó la lengua, soltando una risa corta y carente de humor.

—No vas a impedírmelo, Miguel. Te lo advierto.

Él dio un paso hacia ella, tomándola por el brazo. No era un gesto rudo, pero sí cargado de una firmeza posesiva que intentaba apartarla de sus hermanos para hablar en privado.

—No voy a permitir que te expongas. Te quedarás aquí, bajo protección.

Khata se soltó de su agarre con un movimiento seco, sus ojos plateados centelleando.

—Llevo siglos tomando mis propias decisiones, Miguel. El hecho de que hayamos compartido cama anoche no te da el título de dueño de mi destino. No decidas por mí.

Un silencio sepulcral cayó sobre la sala. Cassiel miró hacia otro lado, súbitamente interesado en la arquitectura del techo, pero Amitiel soltó una carcajada sonora, palmeándose el muslo.

—¡Vaya palo, hermano! —se burló, disfrutando del espectáculo de ver al arcángel más poderoso del Cielo siendo puesto en su sitio—. ¿Sabes qué? Hasta empieza a caerme bien la colmillitos. Tiene carácter y eso me gusta.

Miguel se encrespó, sus alas invisibles parecieron agitar el aire con su furia contenida. Miró a Khata con una dureza que habría hecho temblar a legiones enteras.

—No es una petición, Khata. Es por tu seguridad.

—¿Es una orden, general? —desafió ella, dando un paso hacia su espacio personal.

—Sí.

—¡Olé, olé y olé! —aplaudió Amitiel desde atrás, con una sonrisa de oreja a oreja—. ¡Esto se pone interesante!

—¡Cállate, idiota! —le siseó Cassiel, dándole un codazo en las costillas que le cortó la respiración—. Estás empeorando las cosas.

Miguel le lanzó una mirada asesina a su hermano más impulsivo y visceral.

—Contigo hablaré más tarde, Amitiel —amenazó con un dedo extendido.

—Mímímímí… —murmuró el ángel de la Verdad, retrocediendo un par de pasos por puro instinto de supervivencia, aunque sin borrar su mueca burlona.

Miguel volvió a centrarse en Khata, suavizando un poco el tono, pero no la intención.

—Escúchame, Khata…

—No, escúchame tú —lo interrumpió ella, su voz vibrando de indignación—. Ese monstruo ha estado ocultándose entre los míos, usando el rostro de alguien en quien confiábamos. Ha estado espiando a mi gente…

—¿ Tu gente ? —Él soltó una nota de frustración—. ¿Desde cuándo te consideras una de ellos?

—¿Desde que me convirtieron contra mi voluntad, quizá? —respondió ella con ironía amarga.

—¡Un hecho que no impidió que esos mismos "tuyos" te clavaran un puñal en el corazón! —rugió Miguel, el miedo por perderla asomando por fin tras su máscara de mando—. Yo estaba allí, Khata, vi cómo te mataban. No voy a pasar por eso otra vez.

Esa confesión la detuvo por un segundo. Advirtió el terror genuino en los ojos del arcángel, el hombre tras el guerrero. Pero no podía ceder, no ahora.

—He dicho que no irás… No lo permitiré —insistió él, cerrando el tema.

—No eres mi dueño, Miguel —sentenció suavizando un poco el tono, pero sin dejar atrás la firmeza necesaria para que la tomara en serio—.

Y resulta que soy la única persona en este maldito lugar capaz de distinguir su verdadera aura.

¿Cómo pretendéis atrapar a un maestro del disfraz si dejáis atrás a la única que puede verlo?

Cassiel asintió lentamente, olvidando el peligro.

—En eso tiene razón, Miguel. Por desgracia, su ayuda es clave para atrapar a Najash.

Miguel le lanzó otra mirada fulminante que lo dejó mudo de inmediato.

—No me importa, nos las arreglaremos. —Y comenzó a caminar de un lado a otro como un león enjaulado—. No voy a arriesgarme a que te usen como cebo o que te arrastren a las sombras. No es una opción.

Khata no respondió con palabras. Se acercó a él, obligándolo a detenerse.

Se puso de puntillas, lo agarró con fuerza de la pechera de la camisa y tiró de él hacia abajo, estampando sus labios contra los suyos en un beso cargado de fuego, desafío y una promesa de problemas.

Fue un choque que dejó a Miguel sin aliento y con los pensamientos en blanco por un instante eterno.

Cuando se separó, sus rostros estaban a escasos centímetros.

—Iré, digas lo que digas —susurró contra sus labios, su aliento mezclándose con el de él—. Porque no solo quiero atrapar a ese malnacido, quiero encontrar a Olivier. Y ni tú, ni tus órdenes, ni todo el ejército del Cielo me lo vais a impedir.

Se dio la vuelta y salió de la sala con paso firme, dejando al arcángel Miguel solo con su frustración y el eco de un beso que sabía a victoria.

—Bueno… —rompió el silencio Amitiel con tono jocoso—. Yo diría que ella ha ganado el primer asalto por K.O. técnico. ¿Alguien quiere apostar para el segundo?

Miguel solo pudo cerrar los puños, debatiéndose entre la rabia y la irresistible admiración que sentía por la mujer que acababa de declararle la guerra.