Capítulo 25
El silencio se extendió como un manto pesado sobre la sala, cargado de una tensión que parecía absorber el aire.
Los rostros de los arcángeles, normalmente imperturbables, se habían transformado en máscaras de asombro y preocupación.
Alaina, sintiendo el peso de sus miradas, recorrió con los ojos a cada uno de ellos antes de atreverse a romper el mutismo.
—Disculpad —dijo llamando su atención—, pero para las que no estamos muy puestas en demonología... ¿quién puñetas es Najash?
El ambiente pareció enfriarse.
—Es el primer ángel caído que moró en la Tierra —explicó Raziel, y el apelativo pareció dejar un regusto amargo en el aire, como si solo pronunciarlo invocara un sentimiento de fracaso.
Al referirse al antiguo demonio, un velo oscuro empañó los dulces y hermosos ojos de Nix. No era miedo lo que asomaba en ellos, sino algo mucho más remoto: odio, culpa… y memoria.
—¿Y es muy poderoso? —preguntó Iria, frunciendo el ceño al percibir aquella nube opresiva que pareció envolver a la grigori .
Cassiel negó despacio.
—No en el sentido convencional —aclaró—. Pero, visto lo visto, en extremo difícil de capturar.
—Yo lo conocí en el Edén… —intervino Nix apretando los puños a los costados.
Y en sus pupilas brilló una rabia que parecía dirigida hacia algo, o alguien, muy concreto—.
Es el único espíritu maligno capaz de adoptar cualquier forma humana o animal.
Él fue la serpiente que tentó a Eva en el árbol de la Vida…
—tragó saliva— y quien empujó a la humanidad hacia su caída.
Un escalofrío recorrió la estancia. Amelia se llevó una mano al pecho, como si la mención le hubiera robado el aliento.
—¡Oh, vaya! —exclamó al reconocer al famoso personaje bíblico del que todo el mundo había oído hablar.
Miguel inclinó la cabeza hacia un lado, observando a su hermana con una mezcla de dureza y compasión.
—¿Todavía sigues fustigándote después de todo este tiempo? —preguntó, con su voz cortante, pero no por ira, sino por el dolor de verla atrapada en un pasado que no podía cambiar—. Era imposible que supieras lo que esa bestia estaba tramando. Deja de culparte por algo que no podías prever.
Nix se giró hacia él, sus ojos brillando con una mezcla de enojo e impotencia.
—No es tan fácil —replicó, pero Miguel alzó una mano, deteniendo sus palabras.
—Sí lo es —sentenció, con una firmeza que no admitía réplica—. Llevas milenios cargando con ese pesar, Nix. Ya es hora de dejarlo ir.
Pero ella sacudió la cabeza, como si no pudiera liberarse de esa carga.
—También se rumorea que fue Najash quien indujo a Caín a tomar represalias contra Abel —continuó, clavándose las uñas en las palmas de las manos al recordar aquel fatídico suceso—.
Quien lo ayudó a esconderse entre las sombras y conformar la primera comunidad de vampiros.
Si yo hubiera estado más atenta, si hubiera sospechado...
Moisés se acercó a ella y tomó su mano con ternura, interrumpiendo su espiral de autodesprecio.
—Miguel tiene razón —dijo, con una calma que contrastaba con la tormenta en los ojos de la mujer que amaba—. No fue tu error. No fue el error de nadie.
Ella negó con el rostro, como si no pudiera aceptar el consuelo.
—Tendría que haberlo capturado. Tendría que haberlo detenido...
—Algo imposible de lograr —intervino Amitiel, con un gesto que delataba su propia frustración—. Todos lo buscamos, Nix. Todos. Pero Najash es un maestro del engaño. Puede convertirse en quien quiera, en lo que desee. Su disfraz es perfecto.
—Lo sé, pero...
Miguel la interrumpió de nuevo, esta vez con un tono que no admitía discusión.
—Pues si lo sabes, no hay nada más que añadir.
Un silencio incómodo llenó la habitación mientras los presentes asimilaban el peso de esas declaraciones. Fue Tomás quien rompió la quietud, con una pregunta que parecía flotar en el ambiente desde el principio.
—¿Creéis que ha estado espiándonos todo este tiempo? —preguntó, y su voz delataba un desasosiego que resonó en todos—. Quiero decir, incluso antes del Apocalipsis.
—Lo dudo —respondió Raziel, tomando asiento tras la mesa de su despacho—. Si hubiera estado aquí, habría actuado antes. Habría saboteado nuestros planes para asegurar la victoria de los suyos.
—Estoy de acuerdo —asintió Cassiel—. Najash es un oportunista. No tiene el poder ni el valor para enfrentarse a nosotros directamente. Siempre ha operado desde las sombras, como la serpiente que es.
—¿Entonces por qué arriesgarse ahora? —preguntó Khata, y todas las miradas se volvieron hacia ella.
Hubo un momento de pausa mientras la interrogante flotaba en el aire, hasta que Lupa, con su habitual perspicacia, intervino.
—Hay algo que es distinto —señaló, pensativa—. Algo que anhela. Algo que lo obliga a correr riesgos.
—¿Yo? —Khata negó con la cabeza, confundida—. Eso es imposible. Hasta hace poco no era más que una chupasangre cualquiera.
—Pero ya no lo eres —remarcó Ayelet, como si fuera una obviedad que todos deberían ver.
—Pero él no lo sabía —argumentó la interpelada, aún más perdida—. Nadie lo sabía… Ni siquiera yo.
—¿Y si no es así?
Todas las miradas se volvieron hacia Raziel, quien había hablado con una serenidad que contrastaba con la tensión del momento.
—¿A qué te refieres? —preguntó Miguel, su voz cargada de una frustración que delataba su inquietud.
Raziel apoyó los dedos en su mentón, como solía hacer cuando sus razonamientos eran demasiado profundos para ser interrumpidos.
—¿No te resulta extraño que el Antiguo te llamase? —preguntó, y sus ojos brillaron con una agudeza que hizo que todos contuvieran el aliento.
Miguel frunció el ceño, impaciente.
—Sigo sin captar a dónde quieres llegar —admitió, con un tono que delataba impotencia.
Una sonrisa astuta cruzó el rostro de su hermano.
—Entre los Caídos —explicó— están los Puros y los Sangrenegra. Los Puros están liderados por los descendientes de Caín, también llamados los Antiguos.
—¿Y? —Amitiel cruzó los brazos, tan impaciente como el resto.
—¿Y quién lidera a los Sangrenegra? —Raziel dejó que la pregunta flotara en el aire un instante antes de continuar—. Recordad, son seres despojados de toda humanidad. Se alimentan de almas inocentes como adictos. Pero, a pesar de eso, no son desorganizados. No son fáciles de derrotar.
—No solo eso —intervino Miguel, recordando el local del que había rescatado a Khata—. Cada vez que creemos haber acabado con ellos, resurgen de nuevo.
Los ojos de Nix se abrieron como platos.
—Siempre ha habido rumores —dijo, y su voz temblaba ligeramente—. Murmullos de que un demonio lideraba a los Sangrenegra. Algunos de mis hermanos grigori sospechaban que era Najash, pero nunca hubo pruebas.
Un silencio pesado se apoderó de la estancia mientras todos asimilaban el alcance de ese descubrimiento. Fue Amitiel quien, por fin, rompió la calma, dirigiéndose a Miguel con una sospecha que parecía quemarle por dentro.
—Si los Antiguos trabajan con él, ¿por qué nos llamarían? ¿Por qué nos entregarían a Khata si es tan importante para ellos? —inquirió, recordando el momento exacto en el que conoció a la joven por primera vez.
Miguel lo miró sin pestañear, y en sus ojos no había duda, solo una determinación fría.
—Lo desconozco, hermano. Tendremos que preguntarles —respondió, con una voz que dejaba claro que, fuera cual fuera la respuesta, estarían preparados para lo que viniera.
Tras dar por concluida la reunión, la sala comenzó a vaciarse.
Aliviado por no seguir bajo sospecha, Alem, la reina Lupa y Amelia se retiraron con paso ligero.
Raziel se desvaneció hacia los Cielos en una exhalación de luz, buscando en los archivos eternos algo que pudiera frenar a la Serpiente.
Mientras tanto, los Guardianes y Nix escoltaron a Iria y Ayelet; la protección de las Griales era ahora una prioridad absoluta, pues Najash no era solo un enemigo, era un camaleón que podía estar observándolos desde cualquier esquina.
Alaina se marchó con los puños apretados, el instinto materno ardiendo en sus venas: la idea de que un ser maligno infiltrado pudiera estar cerca de su hijo la ponía echa una furia.
En la estancia, el ambiente cambió. Ya no era una asamblea, sino un campo de batalla de voluntades.
—Bien, ¿y ahora qué hacemos? —soltó Amitiel, estrujándose los nudillos con un crujido sordo—. ¿Nos plantamos frente a Jared y le sacamos la verdad a golpes, o vamos directos a romperle el cuello?
Miguel alzó los ojos al techo, invocando una paciencia que se le agotaba por segundos.
—Tú, de momento, te vas a quedar aquí —ordenó con el tono gélido de quien no admite réplica—. Visto lo que ese engendro es capaz de hacer, dormiré más tranquilo si sé que tú eres el último muro entre él y los nuestros.
—¡¿Estás de broma?! —el moreno dio un paso al frente, boquiabierto—. ¿Me estás dejando en la reserva?
Miguel se cruzó de brazos, su figura imponente proyectando una sombra de autoridad absoluta.
—¿Tengo pinta de estar contando chistes, hermano?
—No, por eso me preocupa —rebatió el ángel de la Verdad—. Soy uno de tus mejores guerreros, Miguel. No me dejes relegado al papel de niñera cuando hay una guerra que ganar.
El arcángel exhaló un suspiro impaciente, pasándose una mano por el cabello dorado.
—Te confiaría mi vida en el campo de batalla, y lo sabes. Pero eres mil veces mejor soldado que diplomático. En este momento, un paso en falso o una palabra demasiado brusca con los Caídos podría hacer que Najash se escurriera entre nuestros dedos para siempre.
Amitiel abrió la boca para protestar, pero la mano firme de Cassiel se posó sobre su hombro. El ángel de la Templanza le dedicó una mirada de advertencia.
—Hermano, no insistas, tiene razón. Mi naturaleza es más adecuada para solicitar una audiencia con los Caídos sin que termine en un baño de sangre antes del almuerzo.
—¡Soy el ángel de la Verdad! Puedo oler sus mentiras a leguas —refunfuñó este.