Capítulo 24
El comedor quedó en silencio absoluto tras la acusación de Khata, como si incluso el aire hubiese decidido contener la respiración.
Todas las miradas se posaron sobre Alem, quien permanecía de pie a un lado de la mesa con el cuerpo rígido, incapaz de decidir si fingir ofensa, miedo o simple desconcierto.
—¿Cómo que quién soy? —respondió de forma esquiva, y miró a su mentora buscando refugio—. No sé de qué está hablando esta mujer. ¡Está loca!
Lupa miró a la vampira y a su ayudante de forma alternativa.
Por su rostro pasaron diferentes emociones: sorpresa, duda, incredulidad, sospecha…
Aunque una pequeña sombra comenzó a empañar sus dulces y sabios ojos al recordar a su hermana gemela, Dabria; su caída, su deshonra, el destierro al que fue forzada.
Aun con todo, su corazón se negaba a creer que su fiel y querido colaborador, el hombre al que había visto crecer, el que era casi como un hijo para ella, pudiera ser el traidor.
—No puede ser, Khata —intervino Lupa, su voz apenas un susurro frágil—. Alem es uno de los nuestros…
—¡Exacto! —saltó él con indignación demasiado teatral—. He dedicado mi vida a esta Orden. ¡¿Cómo te atreves a acusarme de algo así?!
Miguel se levantó despacio y su sola presencia alteró el ambiente, como si algo invisible se tensara alrededor de la mesa. No quitó los ojos del druida… pero parte de su atención estaba también en Khata, en el temblor de su respiración, en la sombra de dolor que se insinuaba en su mirada.
—Khata… —su voz fue un suave ruego—. ¿Estás segura?
Ella titubeó por un instante. Sabía que ese hombre era una pieza clave en la Orden, y el impacto de su acusación había dejado al resto mudo, pero la visión de su aura era innegable.
—Estoy segura —respondió al fin—. No puedo explicarlo del todo… pero su energía… su esencia… ha cambiado varias veces desde que lo conozco.
Amitiel se incorporó sin ruido, pero su intimidante expresión se volvió tan afilada como una espada.
—Explícate —ordenó, su voz tan fría como el metal.
Khata inspiró despacio, intentando hacer memoria, reviviendo sus recientes encuentros con el discípulo de la reina.
—La primera vez que lo vi fue cuando desperté en la enfermería —explicó—, y no le presté atención en ese momento, pero su aura era la sombra oscura y densa que lo envuelve como ahora.
Sin embargo, después, cuando ayudó con el ritual para que yo contactara con mis antepasados, era una energía totalmente distinta, de un color verde agua más suave y brillante…
El druida se revolvió ante esas palabras, su gesto de sorpresa ya no parecía tan genuino, sino teñido de rabia.
—¡¿De qué diablos estás hablando?! —protestó, dando un paso hacia la salida del salón—. ¡Estás delirando! ¡¡Loca!!
Moisés se levantó con un solo movimiento, su mano apoyada ya en la empuñadura de la daga que colgaba de su cintura.
—No des ni un paso más, Alem —amenazó con expresión acusatoria.
—¡Hijo, espera! —le pidió Lupa.
El cuerpo de Moisés proyectaba una tensión tan amenazadora hacia el asistente que no pasó inadvertido para la soberana.
—¡No, madre! —la contradijo apretando la mandíbula—. Si lo piensas bien… si hay alguien entre nosotros que tiene razones suficientes para conspirar en nuestra contra… ese es él. ¿Te recuerdo que tenemos a su hermana encarcelada contra su voluntad en los Cielos? ¿Y si esta es su manera de vengarla?
—No quiero darle la razón a Moisés, pero… —intervino por primera vez Iria con cautela—, tal vez…
Lupa negó con la cabeza.
—Estamos hablando de Alem… —señaló, incapaz de admitir que el hombre al que le había enseñado todo, que conocía desde que era un crío y al que trataba como si fuera de su propia familia, pudiera ser ese traidor desleal del que hablaban—.
Además, no tiene ningún sentido. Ninguno de nosotros tiene la capacidad de cambiar su aura, es imposible que él…
—¡Escuchad a la Reina! —suplicó Alem—. No puedo creer que desconfiéis de mí y le deis crédito a una completa desconocida. Por favor, no tiene ninguna prueba contra mí, solo su palabra de que puede ver las energías de los seres que la rodean. ¡Qué clase de tontería es esa!
Las palabras del druida hicieron sentir culpables a los demás. Sin embargo, la determinación de Miguel se volvió inquebrantable cuando miró a la mujer que amaba.
—La diferencia —dijo con tono helado— es que Khata no tiene razón alguna para mentir. Si eres inocente, no deberías temer nada, ¿verdad? Las evidencias te eximirán y todo esto quedará atrás cuando…
Alem lo vio acercarse, vio cómo los demás se levantaban, y supo que su máscara había durado todo lo que podía durar. Por lo que se dio media vuelta y salió corriendo de la habitación al percatarse de que nada de lo que hiciera o dijera los haría cambiar de opinión.
Pillados por sorpresa, los presentes tardaron unos preciosos segundos en reaccionar cuando lo vieron desaparecer.
En el fondo, ninguno deseaba creer que ese callado y tímido muchacho pudiera ser un traidor.
Siempre había sido servicial, siempre había estado ahí para cada uno de ellos; era un miembro querido y respetado por todos…
Fue Miguel el primero en salir de su estado de shock , moviéndose con la velocidad de un relámpago para ir tras él.
Ese movimiento activó a los demás. Amitiel y Cassiel fueron los siguientes, sus rostros transformados de confusión a determinación guerrera.
Les siguieron Tomás y su gemelo, una ola de consternación y furia contenida que irrumpió en el pasillo.
Pero la galería principal, tallada en la roca viva de la Fortaleza, estaba vacía. Solo unos cuantos integrantes y guardias desprevenidos caminaban tranquilos, girándose sorprendidos ante la repentina estampida.
—¡¿Dónde está?! —rugió Amitiel, su voz haciendo eco en la piedra, llena de una frustración feroz.
Todos los ojos barrieron el lugar, buscando desesperados el rostro familiar entre los extraños.
Cassiel se abalanzó sobre una figura con una túnica similar que les daba la espalda, girándola con brusquedad solo para encontrar la cara confundida de un archivista.
Un puñal de decepción atravesó su pecho.
—Es imposible —masculló Tomás, su rostro curtido reflejando una confusión absoluta—. No hay salidas secretas aquí. No pudo evaporarse.
Divididos en grupos, inspeccionaron cada recoveco de la galería iluminada por los flexos, la urgencia creciendo con cada segundo perdido. La tensión era un cable tirante, listo para romperse. Hasta que, al doblar un recodo que conducía a los invernaderos interiores, lo vieron.
Allí estaba Alem. Caminando con pausa, llevando una canasta de mimbre llena de hierbas frescas y frascos de ungüentos como hacía casi todos los días a esa hora. Su semblante era un cuadro de inocencia serena, incluso ligeramente absorto en sus pensamientos.
El contraste fue tan brutal que varios de ellos bajaron sus armas un instante, dudando de sus propios sentidos.
Pero entonces, él los vio. El susto que demudó sus facciones fue genuino.
La palidez que cubrió su piel, el brillo de auténtico pánico en sus ojos al verse rodeado por un círculo de acero y rostros endurecidos por la traición, era convincente. Demasiado convincente.
—¿Qué… qué ocurre? —preguntó, su voz temblando con una mezcla perfecta de sorpresa y miedo.
Miguel avanzó entonces. Su espada celestial no brillaba con su fulgor habitual, pero la hoja desnuda era mortífera. La punta se detuvo a un milímetro de la garganta expuesta de Alem. Los ojos violetas del arcángel ardían con una violencia fría, prometiendo un fin sin piedad.
—¿Y tienes la desfachatez de preguntarlo? —su voz fue un silbido cargado de veneno, cada palabra tallada en hielo.
—¡Miguel, espera! —El arcángel giró la cabeza al escuchar la voz de Khata acercarse, su respiración agitada—. No es él.
Él no bajó el arma, aunque una arruga de confusión furiosa apareció de pronto en su frente.
—¿Qué quieres decir con que no es él? Es Alem. Lo estamos viendo.
—Este hombre no es el mismo que estaba con nosotros en el comedor —afirmó Khata, su voz firme a pesar de la perplejidad—. Su aura es de un suave verde agua, la misma que vi durante el ritual. En cambio, el Alem que acaba de huir… ese era oscuro, como una sombra tenebrosa.
—¡Eso es imposible! —exclamó Cassiel, mirando al joven druida y luego a Khata, buscando un sentido que no encontraba.
En ese momento, la reina Lupa llegó al grupo y se apoyó en el brazo de la vampira. Su respiración era entrecortada, no solo por la carrera, sino por el peso de la escena que se desarrollaba ante ella. Su rostro, normalmente sereno y sabio, estaba descompuesto por el horror y la negación.
—¡Alem…! —logró jadear, su voz un grito ahogado de angustia. Sus ojos, llenos de una mezcla de súplica y desesperación, buscaron los de Miguel, luego los de su ayudante.
Y entonces, el joven druida habló. No con la voz calculadora de un conspirador descubierto, sino con el genuino estupor de un chico asustado y confundido.
—Mi Reina… ¿qué está pasando? —inquirió con voz quebrada.
La pregunta, llena de una ingenuidad que sonaba demasiado real, dejó a todos en un silencio aún más profundo y desconcertante. La cacería había terminado, pero tal vez la verdad se había vuelto más escurridiza que nunca.
Sentado frente a la mesa de Raziel, Alem apenas podía mover las manos sin que le temblaran. La presión en la nuca era insoportable: todos los ojos del Consejo estaban clavados en él como cuchillas silenciosas. Jamás se había sentido tan expuesto… ni tan aturdido.
Raziel, por su parte, sostenía un silencio que valía más que cualquier amenaza.
Con los codos apoyados sobre la superficie de su escritorio y los dedos entrelazados, lo miraba con esa paciencia antigua que siempre hacía que cualquiera se sintiera desnudo ante él.
Sus iris brillaban bajo la luz de las lámparas, fríos, inquisitivos.
—Alem —dijo al fin, con voz baja pero firme—. Vamos a empezar con la verdad, ¿de acuerdo? No tienes nada que temer si no hay nada que ocultar.
El druida se removió en su asiento, tragando saliva.
—Te lo juro, Raziel… no entiendo qué está ocurriendo. Yo estaba en el jardín botánico recogiendo unas hierbas para elaborar unos bálsamos y ungüentos —miró a Miguel— …cuando de repente aparecisteis todos rodeándome con espadas.
Este no dijo nada. Su rostro era una máscara de tensión y desconfianza.
La rabia de antes había desaparecido, sustituida por una alerta y feroz preocupación.
Khata permanecía justo detrás de él, sin apartar los ojos de Alem.
Observaba cada respiración, cada microgesto.
Ella era la más calmada del grupo… pero también la que mostraba con más claridad que algo no cuadraba.
—Es obvio que está mintiendo —señaló Cassiel cruzado de brazos, su tono más cortante de lo habitual.
Raziel chasqueó los dedos con suavidad, pidiendo calma.
—Te haré unas preguntas muy simples que te ruego respondas con claridad —dijo—. ¿Por qué huiste del comedor?
Alem frunció el ceño, su expresión demostraba lo perdido que se sentía ante la situación.
—Juro que yo no he ido al comedor esta mañana —respondió alarmado—. No sé con quién me han confundido, pero definitivamente no era yo.
Un murmullo inquieto recorrió la sala. Lupa, situada junto a la puerta, palideció ante la respuesta de su subordinado.
—Si lo que dice es cierto, entonces… —intervino la druida mirando a los demás—, ¿quién demonios salió corriendo cuando Miguel lo confrontó?
Raziel levantó una mano. El rumor murió al instante.
—Eso es lo que vamos a averiguar —replicó. Se recostó sobre su silla y miró a Khata con ojos inquisitivos—. ¿Estás segura de que no es el mismo Alem del comedor?
Ella se limitó a asentir.
—El color de su aura es distinto.
—Pero eso es imposible —señaló Alaina—. ¿Verdad?
—Así es —respondió Cassiel a su lado.
—Desconozco si es factible o no —reconoció sincera—. Pero llevo un rato con una mala sensación, como si en mi memoria estuviera la clave que lo explica todo.
—¿Cómo qué? —indagó Iria mientras acariciaba la cabeza de Isis, la loba de Nix.
De pronto, los ojos de Khata se abrieron como platos al conectar varios recuerdos.
—¡Oh, mierda! —soltó a punto de darse una colleja mental—. ¡¿Cómo no me di cuenta antes?!
—¡¿Qué ocurre?! —interrogó Amelia—. ¡¿Qué has recordado?!
Los ojos de la joven buscaron los de Miguel.
—¿Recuerdas cuando me llevaron ante el Antiguo? La persona que estaba a su lado, su consejero, desprendía la misma aura. Y ahora que acabo de ver a la loba, he recordado que la rodeaba la misma huella de energía oscura y siniestra la primera vez que la vi, cosa que ahora no sucede.
Las palabras quedaron atascadas en las gargantas de los presentes por el asombro.
—Eso solo significa una cosa —habló Raziel mirando a sus hermanos con creciente alarma.
Miguel interpretó correctamente su suposición.
—Que es un demonio. Un ente que tiene la habilidad de poseer tanto a un ser humano como a un animal.
Amitiel sacudió la cabeza negándose a aceptar esa realidad.
—No conozco a ninguna entidad oscura que ostente ese poder.
—Tengo que buscar entre mis libros —masculló Raziel rodeando su escritorio—. Tiene que haber algo en ellos que explique…
—No es necesario —intervino Nix seria—. Sé de quién está hablando.
Todos los ojos se posaron sobre la última grigori .
—¿De quién? —interrogó Miguel.
—De Najash —su nombre salió con repugnancia—. El primer demonio que caminó por la Tierra.