La Profecía de los Caídos Capítulo 23 #3
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Capítulo 23 #3

A pesar de la vergüenza que sentía, Khata supo que todas aquellas burlas venían desde el afecto que se profesaban, como un recordatorio de lo que solían hacer las familias entre ellos. Así que carraspeó con fuerza para responder a la pregunta de doña Amelia:

—Agradezco el consejo, pero creo que sé lo que me hago.

—De eso estoy segura —resaltó Nix tan juiciosa como siempre—. Si hay alguien que pueda manejar a Miguel, creo que esa sin duda eres tú.

Un murmullo de aprobación recorrió la mesa. Khata, por primera vez desde que entraron, les sonrió de verdad.

—Gracias.

Moisés se tapó la boca cuando tosió un:

—Eso espero.

Miguel, que lo había oído, siseó por lo bajo:

—¿Por qué no te vas al Infierno?

Esta vez el Guardián no se achantó.

—¿Tengo que recordarte que ya estuve allí?

—Tal vez debería mandarte de nuevo, a ver si te entra un poco de sentido común.

—¡Ja! —rechistó—. ¿Tú y cuántos más como tú?

La reina Lupa consideró que había llegado el momento de intervenir antes de que la disputa entre su hijo y Miguel aumentara.

—Está bien, chicos, vamos a dejar las bromas por un rato. Creo que ha llegado el momento de hablar sobre lo que ocurrió en el ritual de ayer.

Iria estuvo de acuerdo con su suegra.

—Pienso lo mismo.

Pese a la prudente interrupción, Moisés y Miguel se lanzaron miradas recriminatorias ante la divertida atención del resto, aunque decidieron aparcar sus diferencias por un instante.

—Sospecho que el ritual y la reunión con los ancestros no aclaró mucho las dudas, ¿no? —supuso Nix ante la falta de información.

Lupa sacudió la cabeza confirmando sus sospechas.

—Por desgracia así es. Ellos están seguros de que la Profecía habla de una guardiana, una elegida destinada a ser el puente entre el mundo de la luz y el de las sombras.

—Khata —asumió Cassiel posando los ojos sobre la vampira.

—Correcto —confirmó de nuevo la reina.

—¿Por qué ella precisamente? —Quien hizo la pregunta que a todos les rondaba fue Amitiel.

—Según mi madre, albergo en mi interior una singularidad que nunca antes se había dado: la magia ancestral de mi linaje como bruja y el poder sobrenatural de un vampiro —respondió Khata.

—Luz y oscuridad en un mismo ser —murmuró Cassiel.

Un silencio se impuso en la mesa mientras asimilaban la información.

—¿Y qué tiene que ver Miguel en todo esto? —interrogó Ayelet confusa.

—La Profecía habla de una alianza entre ambos reinos —continuó la reina druida—. En el momento en el que Khata mordió a Miguel, sus destinos de algún modo quedaron entrelazados. La Marca es un sello, no de posesión, sino de protección y poder, que la sangre de Miguel activó y despertó.

Miguel tomó la mano de Khata por debajo de la mesa y la apretó con ternura. Pensar que su fluido vital pudo matarla en aquel entonces le generó un nudo en el pecho difícil de digerir.

—¿Y ahora qué? —intervino Alaina—. ¿Qué se supone que debemos hacer con esa información?

Khata tragó saliva cuando sintió todos los ojos sobre ella.

—Yo tampoco lo sé —admitió.

—Hay algo que me dejó preocupada —continuó Lupa atrayendo de nuevo la atención sobre ella.

Y miró a la vampira con una expresión seria—.

Tu madre también habló de un don que solo tú posees.

Un don con el que poder descubrir al traidor que se esconde entre nosotros.

Alguien disfrazado de aliado, alguien que espera el momento oportuno para destruir y crear el caos.

Un murmullo se generó al escuchar esas palabras.

—¡¿Un traidor?!

—¡¿Alguien disfrazado de aliado?!

—¡¿Entre nosotros?!

—¡¿Tiene un don?! ¡¿Qué tipo de don?!

Las expresiones de desconcierto y sospecha cayeron sobre Khata como una losa.

Durante todo ese tiempo no le había dicho a nadie que pudiera ver las auras de todo ser viviente, así que entendía que esa información cayese como un jarro de agua fría.

Sobre todo a Miguel, cuya mirada se había vuelto cautelosa de repente.

—¿A qué se refiere, Khata? —cuestionó este.

Ella alzó los ojos para encontrarse con su mirada.

—Yo… bueno… —tragó saliva porque no le gustaba ver esa expresión de recelo en él—. Nunca dije nada porque no lo creí importante… —intentó explicarse—. En realidad, sigo creyendo que es una tontería, porque lo único que puedo ver son las auras de las personas que me rodean.

—¿Las auras? —indagó Tomás arrugando el ceño.

Khata se encogió de hombros para restarle importancia al asunto.

—Cada uno de nosotros tiene una energía de un color único que lo rodea —explicó—. Eso es lo que yo veo.

—Sin embargo, tu madre le dio mucha importancia a ese don —intervino Lupa—, al hecho de que solo tú puedes identificar esa aureola única en cada uno de nosotros, imposible de imitar o de falsificar.

—Cierto —concordó Khata—. Pero repito que no…

De pronto, enmudeció. Su mirada, que había estado recorriendo los rostros de los presentes, se fijó de improviso en una persona en concreto.

Khata abrió los ojos por la sorpresa y se maldijo por no haberse dado cuenta antes.

El aura de ese individuo no era un color, sino una oscuridad densa y artificialmente contenida.

—¡Tú! —acusó con el dedo sin pensarlo, señalando al ayudante druida de la reina Lupa, el cual se había levantado de la mesa de forma sigilosa—. ¡¿Tú quién eres?!