La Profecía de los Caídos Capítulo 23 #2
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Capítulo 23 #2

—Nos esperan… —murmuró él, sin moverse, su voz era una súplica contra la realidad.

—Lo sé —respondió ella, rozando sus labios una vez más, como quien bebe un último sorbo de un elixir antes de enfrentarse a la sed que vendrá.

—Khata… —gimió Miguel con pesar, sintiendo cómo el peso de su responsabilidad intentaba tirar de él.

—Miguel… —suspiró ella, compartiendo la tortura de dar fin a aquel momento.

Por un instante, el mundo se redujo a eso: a la sensación de sus bocas, al calor que los envolvía…

—Tienes que explicarle al resto lo que pasó ayer con tus ancestros —le recordó, intentando anclarse a la razón.

—Lo sé. —Khata se resistía a romper la burbuja en la que se encontraban. Quería saborear, experimentar esa magia un poco más—. Pero tal vez, y solo digo tal vez, podríamos hacerles esperar un poquito más, ¿no?

Miguel se debatió. Su mente, habituada a la disciplina marcial, luchaba contra una fuerza nueva y abrumadora: el deseo de no soltar a Khata. Era una encrucijada en la que jamás se había visto antes.

—No hacemos mal a nadie si llegamos unos minutos más tarde, ¿verdad? —preguntó, buscando con avidez la validación para su debilidad.

Khata sacudió la cabeza, y sus pupilas se volvieron plata líquida debido a la anticipación. Sus manos se perdieron entre las hebras del cabello de Miguel, acortando la distancia entre ellos.

—Para ser sincera, dudo incluso que se den cuenta.

Miguel no necesitó más. Ese argumento fue suficiente para mandar todo al traste.

Khata era su única ley, su única certeza.

Con un rugido contenido, la sujetó por la cadera y la besó de nuevo con una ferocidad recién descubierta, dejándose arrastrar por la pasión que aún los consumía. El resto del universo podía esperar.

Miguel y Khata fueron los últimos en entrar en el comedor. En cuanto cruzaron el umbral, todas las conversaciones se detuvieron de golpe. Un silencio expectante los recibió… seguido de una oleada de sonrisas maliciosas que ninguno de los dos tuvo oportunidad de esquivar.

Fiel a su carácter impulsivo, la primera en hablar fue Alaina:

—¡Madre del amor hermoso, chicos!, ¿podéis disimular un poco al menos? —bufó con exageración.

Con el rostro en llamas, la vampira se sentó a la mesa justo al lado de Alem, el ayudante druida de la reina Lupa, mientras su atención se concentraba en el plato y la comida dispuesta frente a ella.

Miguel, ajeno durante medio segundo a la insinuación, se sentó junto a ella con total naturalidad.

—¿Disimular el qué? —preguntó, genuinamente confundido.

Risas contenidas y murmullos burlones llenaron la mesa ante su inocencia.

—¿Tú qué crees, hermano? —Amitiel apoyó un codo en la mesa a la vez que le siguió el juego a su amiga—. La pocaspecas y el resto nos hemos dado cuenta de vuestras ojeras, testimonio inequívoco de que esta noche habéis estado demasiado ocupados en asuntos que os han mantenido bien despiertos.

Al darse cuenta de por dónde iban los tiros, Miguel le lanzó una mirada fulminante a su compañero.

—No sé de qué estás hablando —mintió con una dignidad admirable.

—No os estamos juzgando, Miguel —aclaró Cassiel con una media sonrisa que declaraba todo lo contrario—. Solo nos sorprende el hecho de que hayáis tardado tanto.

El arcángel abrió la boca para refutar, pero Tomás se adelantó:

—A todo esto… ¿quién ganó la porra?

—Creo que yo —adujo Ayelet levantando la mano con una sonrisa angelical que no engañaba a nadie.

La mirada de Miguel pasaba de unos a otros mientras se le descolgaba la mandíbula.

—¿En serio habéis hecho una porra? —cuestionó incrédulo.

Viniendo de un carácter tan serio como el de la reina Lupa, fue toda una sorpresa para el arcángel oírla decir:

—Saltaban chispas entre vosotros desde el minuto cero, solo era cuestión de tiempo —declaró a la vez que se encogía de hombros. Tras lo cual, tomó un sorbo de su café y lo miró por encima del borde de la taza con un brillo triunfal.

Iria, que estaba a su lado, alargó la mano para cerrarle la boca cuando vio que Miguel se había quedado petrificado.

—No te lo tomes a mal —señaló tras guiñarle un ojo—. Sabes tan bien como el resto que tú hubieras hecho lo mismo.

Khata habría deseado desaparecer en una nube de humo, pero doña Amelia tomó la palabra antes de que el arcángel pudiera recomponerse.

—No te conozco desde hace mucho, cariño —dijo, dirigiéndose a la vampira—, pero dime: ¿estás segura de lo que haces?

Ella levantó los ojos, encontrándose con la ternura de la madre humana de Iria.

—¿A qué te refieres?

—A que estos chicos son un primor, pero también son tercos como mulas. En concreto Miguel, que con eso de ser el arcángel de la Guerra va por la vida creyendo que siempre tiene la razón.

La carcajada de Moisés resonó en la sala y Miguel lo señaló con indignación.

—¿Y tú de qué te ríes?

—De nada, de nada… —se acobardó el Guardián al instante, pero el brillo divertidísimo en sus ojos lo delató.

Molesto, Miguel los acusó mientras los señalaba con un dedo al sentirse traicionado:

—Ya decía yo, porque os recuerdo que todos y cada uno de vosotros habéis hecho lo que os ha dado la gana, dejándome a mí a un lado y siendo el último en enterarse de las cosas la mayoría de las veces —contraatacó al recordarles sus pasadas e insolentes hazañas.