La Profecía de los Caídos Capítulo 23
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Capítulo 23

La primera luz del alba se filtraba entre las nubes, tiñendo el horizonte de tonos dorados y rosados. Miguel permanecía inmóvil, con el rostro vuelto hacia el amanecer, dejando que los incipientes rayos de sol acariciaran su piel aún marcada por el recuerdo de Khata.

La brisa matutina agitaba suavemente su cabello cuando una presencia conocida se manifestó detrás de él con un suave susurro de aire desplazado.

Su hermano Raziel se acercó, desplegando sus hermosas y majestuosas alas por un instante antes de recogerlas.

Siendo el arcángel de los Misterios y el guardián de los Secretos, era muy raro que abandonara su despacho en los Cielos; sin embargo, todos los ángeles estaban conectados por una fuerza divina, y Raziel había detectado la profunda tribulación que golpeaba al general de las huestes angelicales.

—¿Te encuentras bien, hermano?

Una sonrisa apática se dibujó en el rostro de Miguel ante la preocupada pregunta. Su expresión estaba marcada por una felicidad extasiada y, al mismo tiempo, por una culpa profunda.

—Para ser honesto… no lo sé —confesó, con la voz apenas como un murmullo abrumado por primera vez en su eterna existencia—. Siento algo que nunca había experimentado antes… una dicha inmensa y, al mismo tiempo, un peso insoportable.

Raziel apoyó la mano sobre el hombro de su guerrero y fiel amigo, sintiendo la tensión que se acumulaba bajo la tela de su ropa.

—Si te preocupa Padre, puedes estar tranquilo. Él no ve el amor como una traición, Miguel. Él lo entiende.

Cierta rigidez en la espalda del arcángel desapareció ante esas palabras, aunque el conflicto no se disipó.

—Lo sabe. —No era una interrogación, más bien una afirmación.

—No hay nada que se le escape, como supongo ya te habrás imaginado.

El arcángel de la Guerra asintió antes de revolverse el cabello, y después se frotó el rostro con ambas manos para añadir:

—Estamos hablando de una descendiente maldita —murmuró con amargura—. De una criatura que fue concebida en la oscuridad. Ella… Khata…

—Khata es un ser muy especial —lo interrumpió Raziel con paciencia—. Partícipe de un designio que va más allá de la luz y de la sombra. ¿Qué parte de «es vuestro destino» no has asimilado aún?

Miguel bajó la cabeza y dejó salir un suspiro mitad alivio, mitad pesar. El recuerdo de la noche anterior, el sabor de su piel, el éxtasis de su unión, lo inundó.

—Después de lo que ha pasado entre Khata y yo… no creo que fuera capaz de renunciar a ella ni aunque el Cielo me lo pidiera.

El silencio que siguió fue casi reverente. Raziel lo observó con esa mirada suya, profunda y antigua, que parecía ver más allá de las palabras.

—Y sientes que, de algún modo, traicionas a Padre al anteponer el afecto que sientes por esa mujer por encima de tu devoción filial, ¿correcto?

Por primera vez en su larga existencia, una brillante lágrima se asomó a la comisura del párpado de Miguel.

El dolor desconocido de la lealtad dividida nubló sus ojos, y la gota se precipitó rodando por su mejilla.

Su corazón, alma y mente habían pertenecido al Creador desde el mismo instante en el que lo concibió.

Su espada jamás había titubeado, su pecho nunca había dudado sobre lo que era correcto.

El amor de Padre había sido suficiente durante todo ese tiempo, dándole la fuerza y el coraje para enfrentarse a la más terrible oscuridad.

No obstante, ahora… ahora su prioridad era otra.

Ahora en lo único que podía pensar era en Khata y en mantenerla a su lado por toda la eternidad.

—Toda mi existencia —murmuró— se ha sostenido sobre la obediencia hacia Él.

Pero en este momento… en este preciso instante…

lo único que me da aliento es ella: su respiración, su risa, su dolor…

La necesito tanto como requiero el aire para respirar o el latir de mi corazón para seguir en pie.

Y eso me asusta, Raziel. Me asusta más que cualquier batalla o peligro al que me pueda enfrentar.

Una lenta sonrisa se fue haciendo hueco en el atractivo rostro de su hermano.

—No seas tan melodramático, Miguel —se burló con afecto—. No has sido el primero ni serás el último ángel que ha redescubierto el propósito de su existencia a través del amor.

—Lo sé, pero…

—No hay peros que valgan —lo frenó en seco, con voz firme—.

Tanto Khata como tú sois su obra, sois sus amados hijos.

Ninguno de los dos pidió tener la condición que se os asignó…

Pero lo que es más importante si cabe, es que ambos tenéis un cometido que va más allá de vuestra voluntad, ¿lo entiendes?

La Profecía no requiere de un soldado impecable, requiere de un espíritu leal que sepa apreciar y valorar lo que es el sentimiento.

Miguel ladeó la cabeza hacia él, encontrándose de lleno con sus ojos. Una oleada de esperanza, poderosa y aterradora, lo golpeó.

—¿Quieres decir que Padre la escogió a propósito como mi compañera de vida?

Un brillo misterioso, antiguo como el cosmos, cruzó por la mirada de su hermano.

—Si quieres verlo de ese modo —dijo encogiéndose de hombros, dejando un espacio para la fe.

Sin embargo, enseguida la seriedad oscureció sus pupilas y su tono se volvió una advertencia—.

De todos modos, nada es seguro en esta vida, Miguel.

Como bien sabes, Padre no puede prever el libre albedrío de los hombres y criaturas que moran la Tierra.

Y aunque vuestros caminos están entrelazados, hay peligros ahí fuera que desean que el caos prevalezca.

Como ya sabes, el bien no puede existir sin el mal.

Él se frotó la nuca ante esa gran verdad.

—Lo sé.

—Bien, pues ahora que ambos habéis aceptado vuestro sino sois más fuertes, pero también sois un blanco mucho más valioso. No lo olvides, ¿de acuerdo?

Raziel apretó el hombro de Miguel una última vez y, con la misma discreción con la que llegó, se disolvió en el aire, dejando al arcángel con el peso de la advertencia y la dulzura de la certeza. Khata era suya, pero tal vez ese amor los había puesto en el centro de una guerra mucho más peligrosa.

—Recuerda que tenemos una reunión. —Las palabras de Raziel resonaron en su cabeza—. No llegues tarde.

Khata, aún entre sueños, se estiró despacio bajo las mantas, dejándose envolver por el calor que aún retenían y por el aroma inconfundible de Miguel: una mezcla de fuego, aire puro y algo que solo podía describir como eternidad.

Con los ojos cerrados, extendió la mano hacia el otro lado de la cama, buscando la tibieza de su cuerpo… pero solo encontró un hueco frío.

Abrió los párpados y lo vio de pie, delante de la chimenea, su figura poderosa enmarcada contra el resplandor residual de las llamas.

Vestido de nuevo, pero con un aire pensativo.

Su postura era serena, pero había algo en la tensión de sus hombros que delataba cavilaciones demasiado pesadas para esas primeras horas del día.

—Miguel… —su voz fue apenas un susurro.

Él se volvió hacia ella, y una tierna sonrisa, desprovista de armadura, bailó en su rostro. Era el gesto de un hombre profundamente enamorado.

—Por fin te despiertas, dormilona —bromeó con esa calidez que solo ella lograba arrancarle. Se acercó hasta sentarse en el borde de la cama, el colchón cediendo bajo su peso.

De forma perezosa, Khata bostezó, estirando los brazos sobre su cabeza con una gracia felina, y le devolvió la misma expresión.

Luego, con un movimiento espontáneo y hambriento, lo agarró por la pechera de la camisa y tiró de él con la intención de robarle un beso de buenos días.

Fue un contacto leve, casi juguetón, un saludo íntimo que la hizo ruborizarse al instante.

—Hacía siglos que no dormía tan bien —confesó algo tímida, cuando se dio cuenta de la cercanía y la naturalidad que ese acto expresaba.

El corazón de Miguel se agitó al verla así: desarmada, natural, sin el peso de su maldición ensombreciendo su mirada.

Le habría gustado detener el cronómetro allí, en ese instante en que ella parecía pertenecerle solo a él.

Lo conmovió esa actitud serena y despreocupada, deseando en su fuero interno que la sinceridad y confianza de esa demostración de cariño fuera eterna.

Por primera vez, entendió lo que los humanos experimentaban ante ese sentimiento tan poderoso como era el afecto entre un hombre y una mujer.

Las comisuras de su boca temblaron y se ampliaron al advertir el intenso rubor que tiñó el pálido rostro de Khata. Y no pudo resistir la vena canalla que lo empujó a decir, con su aliento cálido rozando los labios de ella:

—Espero que sea por culpa mía que hayas descansado tan bien —dijo, dejando que la travesura suavizara la emoción que lo desbordaba.

Khata lo miró con picardía, los labios curvados en una media sonrisa.

—¿Tú qué crees? —sus ojos grises desafiándolo, tentándolo.

Aquella simple respuesta bastó para encender algo en su interior.

Miguel se inclinó despacio, atrapando sus labios entre los suyos.

Este beso no era de urgencia, sino de profunda pertenencia.

La lengua de Miguel se abrió paso entre ellos con una lentitud que era puro deleite, probando la dulzura que ya conocía.

Al instante, una suave risa agitó el pecho de la vampira cuando dejó que la húmeda invitación arrasara en su interior.

Envolvió con sus brazos el cuello del arcángel, atrayéndolo sobre ella, rendida ante el torbellino de sensaciones que ese ángel le provocaba.

Su organismo respondió antes que su mente, arqueándose para acercarse más, para sentirlo.

Él la sostuvo con una mano en la nuca, hundiendo los dedos en su cabello oscuro, y con la otra le acarició el rostro con una ternura casi sagrada. Era un contacto dulce, pero también cargado de promesas silenciosas, de una pasión que apenas comenzaba a desplegar sus alas.

Cuando se separaron, sus frentes quedaron unidas, respirando el mismo aire, los corazones latiendo al unísono.