Epílogo
Oculto entre las sombras, Najash observaba la escena que tenía ante sí con rencor.
Sus planes se habían frustrado, en cierta medida, por culpa de aquel despojo que había dejado de ser un Sangrenegra y se había vuelto humano.
El demonio lo acechaba. Sus ojos, pozos de una oscuridad milenaria, estaban fijos en una sola persona: Olivier.
Khata ya no pertenecía a la estirpe de los Caídos. La Marca había mutado, se había purificado… y, en el proceso, había elegido un nuevo custodio: el amigo por el que había dado su vida.
Todavía sentía el escozor del sacrificio de la joven en su piel. Aquel estallido de luz blanca y pureza lo había obligado a retroceder, a huir como un animal herido hacia las cloacas de la ciudad. Había perdido aquella batalla, pero no estaba dispuesto a perder la guerra. Aún no.
En el centro de la habitación que vigilaba, Olivier sostenía un objeto que hacía que el aire a su alrededor vibrara con una estática pesada y oscura.
Era la daga de obsidiana que él mismo había preparado con magia negra para terminar con la vida de aquella maldita perra y hacerse con el poder de la Marca.
Pero esta ya no era una simple arma; la Marca había mutado.
Ya no buscaba un portador que la luciera en la piel; buscaba un guardián que la protegiera en el acero.
No cualquiera podía tocarla. No cualquiera podía sobrevivir a su contacto.
Solo las manos de aquel bastardo podían cerrar el puño sobre esa empuñadura sin ser consumido al instante por el poder de la cura.
¿Cómo podía suceder? Lo desconocía, pero Najash estaba dispuesto a averiguarlo. Entrecerró los ojos y estudió la envidia y el odio en el rostro de Yared, y una sonrisa astuta se dibujó en su semblante: tal vez no estuviese todo perdido.
De pie, en el centro del antiguo santuario de los descendientes de Caín, con el torso desnudo cubierto de símbolos recién grabados, se encontraba Olivier. Las runas brillaban bajo su piel como brasas contenidas. Frente a él, sobre un altar de piedra negra, reposaba la hoja.
Su expresión no era cómoda; de algún modo se resistía a realizar lo que se esperaba de él.
—¿Estás seguro?
Un vampiro que deseaba recuperar su humanidad se arrodilló y bajó la cabeza. Aceptar el ritual era el primer paso; permitir que el filo atravesara su carne y quemara la esencia demoníaca que lo habitaba, el segundo.
—Sí, lo estoy.
El nuevo guardián de la Marca agarró la empuñadura con firmeza. El metal vibraba, como si reconociera en él algo antiguo, algo compatible, algo dispuesto a pagar el precio. Porque la daga no era solo un arma: era juez y ejecutor.
Algunos sobrevivían, otros no; y los que no pasaban la prueba… morían. Y aquello que los había convertido en criaturas de la noche no se disipaba, ni desaparecía… fluía hacia Olivier.
Najash observó cómo el vampiro recién purificado caía al suelo convulsionando.
El arma ardía en manos del protector. Un humo oscuro, espeso, emergió del cuerpo agonizante y fue absorbido por el muchacho, cuyas runas bajo la dermis se iluminaron.
Este gritó al sentir la maldición de Caín entrando en él, pero no soltó el puñal.
Y Najash sonrió lentamente al comprender lo astuta que había sido la Marca. Porque Olivier no solo estaba salvando almas corruptas, las estaba almacenando dentro de sí.
¿Por cuánto tiempo podría contenerlas? Lo ignoraba, pero él estaría muy cerca esperando a que su momento llegase.