Capítulo 19
Acostada sobre la cama, Khata contemplaba el techo de su habitación, perdida en el vaivén de sus pensamientos.
El recuerdo del beso de Miguel todavía le quemaba los labios, como una herida dulce imposible de sanar.
Si Iria no los hubiese interrumpido… ¿qué habría sucedido entre ellos?
La sola idea la estremecía: mitad deseo, mitad terror.
Incapaz de dormir, se giró sobre un costado.
Las sombras se alargaban en las paredes, iluminadas apenas por el fuego que crepitaba en la chimenea.
Miguel se había marchado en silencio tras la visita de Iria, y no sabía si lo había hecho por prudencia, arrepentimiento…
o porque, igual que ella, se había asustado de la intensidad que los había arrastrado.
La incertidumbre la estaba volviendo loca.
Se incorporó con un suspiro tembloroso, bajó de la cama arrastrando los pies descalzos sobre la fría madera hasta la mesa donde la bolsa de transfusión, ahora vacía, yacía como un recordatorio de su naturaleza. Posó los dedos sobre el plástico arrugado y sintió una punzada en el pecho.
Las palabras de Miguel regresaron a su mente, repitiéndose una y otra vez: «Me importas. Estaba celoso. No sé cómo detener lo que provocas en mí» . Frases que bastaban para derrumbar las murallas que había construido durante años.
Se abrazó a sí misma, cerrando los ojos.
—¿Por qué tenía que ser él? —murmuró en un hilo de voz.
Era absurdo, peligroso incluso. Miguel no pertenecía a su mundo, y ella jamás podría formar parte del suyo. Él era luz, disciplina, propósito. Ella, oscuridad, caos, un corazón herido que todavía sangraba por dentro. ¿Cómo podían dos extremos coexistir sin destruirse?
Y, sin embargo, lo sentía. Lo sentía con una certeza que la aterraba: aquella calidez que le recorría el cuerpo al recordarlo, esa chispa que la hacía temblar al mirarlo, el deseo de dejarse envolver por sus brazos como si allí pudiera encontrar un lugar seguro.
Se dejó caer de nuevo en la cama, con el rostro entre las manos.
—No puedo… no debo —se susurró, como si decirlo en voz alta pudiera convencer a su corazón—. Ya confié una vez y no sobreviviría a otra traición.
Un dolor familiar, antiguo y arraigado con profundidad en su interior, se apretó alrededor de su corazón. Era el mismo pesar que sintió cuando perdió a su familia, cuando fue traicionada por todo lo que alguna vez conoció. El miedo a creer, a confiar, a amar, solo para ser destruida de nuevo.
«No sobreviviría a eso», pensó, y la certeza fue un puñal de hielo.
Sobrevivir físicamente era una cosa; su naturaleza se aseguraba de ello.
Pero que su lado emocional resistiera otra pérdida tan catastrófica…
a que él la mirara algún día con la misma repulsión con la que, según ella, debería mirarla… eso sí que la mataría.
Una lágrima, rebelde, resbaló por su mejilla. Se la secó con rabia, odiando mostrarse tan frágil incluso en soledad. Pero el beso estaba ahí, latiendo en su memoria como una marca ardiente, y el temor de perderse en él era tan fuerte como el deseo de volver a sentirlo.
Cerró los ojos, rindiéndose por un instante al vértigo de ese sentimiento imposible. En lo más hondo de su pecho, entre el orgullo y la culpa, lo admitió en silencio: Miguel había logrado romper las cadenas de su desconfianza, y lo que comenzaba a crecer en ella era tan poderoso como aterrador.
Pero el miedo ganó la batalla. Era más fuerte que la esperanza, más familiar que el deseo.
Se recogió en sí misma alzando las piernas, las rodillas pegadas al pecho, la frente apoyada en ellas.
Las lágrimas, que hacía siglos que no derramaba, se asomaron a sus ojos.
¿Cómo podía un ángel sentir algo por un monstruo como ella?
¿Y cómo podía ella, un ser que solo había conocido el sufrimiento y la traición, permitirse la idea de un futuro con él?
La historia de su vida era una colección de despedidas y pérdidas.
Su abuela, su madre, su humanidad... todos habían sido arrebatados.
Sí, sentía algo por él. Algo profundo, alarmante y terriblemente real que se había enraizado en lo más hondo de su ser, donde la maldición no podía alcanzar.
Pero ese algo estaba envuelto en espinas, en la aterradora certeza de que cualquier futuro juntos era una quimera, un camino que solo conducía a más dolor, a más pérdida.
Se levantó de nuevo con un salto. El pavor la empujaba, la obligaba a huir.
No quería sentir, no quería amar. Se dirigió al baño y abrió el grifo del agua fría, salpicándose la cara con violencia, intentando borrar el calor de sus mejillas, de su corazón.
Pero no funcionó. La imagen de Miguel, de sus ojos violetas, de la ternura de su tacto, permanecía grabada en su memoria.
Salió del baño, la desesperación en su mirada.
Se vistió con la misma ropa que se había puesto antes.
Quería perderse en la noche, tal vez en la soledad de los pasillos de aquella fortaleza, buscar un refugio que calmase su agitado corazón.
Sus pies la guiaron de nuevo hacia el hermoso oasis excavado en la roca.
Caminó durante horas por aquellos jardines, una sombra silenciosa entre las plantas y árboles de diferentes especies, intentando que la naturaleza absorbiera su tormento.
El suave murmullo del agua que corría por un pequeño arroyo, el perfume de las flores nocturnas, la tierra bajo sus pies...
Nada de eso era suficiente para aquietar la tormenta que tenía dentro.
Finalmente, la encontraron sentada en un banco, inmóvil, con la mirada perdida en un jardín zen en la zona asiática de aquel Edén.
Sus rodillas pegadas al pecho, sus brazos la abrazaban con fuerza como si pudiera evitar que su cuerpo se desmoronara.
Su apariencia, tan pequeña en un lugar tan inmenso, revelaba su verdadero estado de ánimo.
Nix se acercó a ella en silencio; su presencia era una brisa fresca en el caos de sus reflexiones.
Khata levantó la mirada. Sus ojos plateados eran un abismo de confusión.
Nix no necesitó palabras; vio la batalla en su rostro, la lucha de una mujer que quería ser fuerte pero que se sentía sola por completo.
Y ella, mejor que nadie, podía comprenderla.
—¿Ha llegado la hora? —interrogó ante el silencio del ángel.
Nix asintió.
—Sí, pero si no te encuentras bien, podemos dejarlo para otro momento.
Khata se levantó con decisión.
—No, quiero terminar con esto cuanto antes.
Khata caminó en silencio junto a Nix, sus pasos resonando en los largos pasillos de piedra hasta que llegaron a una sala insólita, distinta a todo lo que había visto antes.
El aire estaba impregnado de incienso, aceites y hierbas que se consumían lentamente, creando un aroma denso y envolvente.
Multitud de velas blancas, repartidas por el suelo y sostenidas en altos candelabros, bañaban la penumbra con una luz temblorosa.
Mapas antiguos y grimorios abiertos reposaban sobre algunas mesas, junto a frascos con plantas secas y restos extraños de animales preservados en cristal.
En el suelo y en las paredes, símbolos y runas pintadas con pigmentos oscuros parecían latir con un poder ancestral.
Entre todo ello, pequeños muñecos de paja y raíces, modelados con forma humana y animal, colgaban como guardianes silenciosos del recinto.
Era un espacio que vibraba con energía arcana, tan sobrecogedor como familiar.
Los miembros de la Orden aguardaban ya en el interior. Al sentirla entrar, los rostros se giraron hacia ella: algunos transmitían ánimo, otros preocupación. La intensidad de sus miradas la hizo sentirse desnuda, vulnerable.
Entre ellos, distinguió a Miguel. Sus ojos se encontraron y él dio un paso hacia adelante, impulsado quizá por el deseo de estar a su lado. Pero la expresión firme de Khata, el brillo plateado de sus pupilas, le hicieron detenerse. No había lugar para ellos en ese instante.
—Hola, querida —la voz de la reina Lupa resonó suave, amable, como un bálsamo—. ¿Cómo te encuentras?
Khata tragó saliva, recorriendo el lugar con la mirada, luchando contra la expectación y la angustia. El corazón le latía tan fuerte que casi temía que los demás pudieran escucharlo.
—Bien… —respondió al fin, aunque su voz tembló. Tras una pausa, añadió con cautela—: ¿Qué es este lugar?
Lupa extendió la mano con un gesto amplio, abarcando la estancia iluminada por las velas.
—Este es nuestro humilde fanum [2] , el santuario donde honramos a nuestros ancestros y pedimos su guía.
La palabra le erizó la piel. Ese sitio solemne le trajo recuerdos de su niñez: un espacio más pequeño, humilde, donde su madre y su abuela preparaban tónicos y ungüentos con hierbas frescas para aliviar a los aldeanos enfermos.
Recordó el olor a romero y lavanda, el murmullo de los rezos, el tintinear de los morteros.
Aquellas evocaciones, que creía enterradas bajo capas de rabia y dolor, regresaban ahora con una fuerza tan viva que la conmovieron.
Sintió un nudo en la garganta que casi la ahoga.
Un hombre se adelantó entre los presentes.
Llevaba una túnica completamente blanca, bordada con delicados hilos dorados que centelleaban a la luz de las velas.
Su cabello era largo, de un rubio tan claro que parecía casi blanco, y sus pasos tenían la sobriedad de un rito aprendido desde antiguo.
Reconoció a Alem, el ayudante de la reina Lupa, a quien Khata ya había visto en la sala de recuperación.
En sus manos sostenía un cuenco de barro bruñido del que emanaba un aroma acre y penetrante.
—Por favor —dijo con voz grave, inclinándose hacia ella—. Bebe esta pócima para dar comienzo al ritual.
Khata acercó el recipiente a la nariz y, en cuanto el hedor de hierbas fermentadas y raíces amargas le golpeó de lleno, apartó el rostro con un gesto de repugnancia.
—¿Qué es esto?