La Profecía de los Caídos Capítulo 19 #2
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Capítulo 19 #2

—Es solo una infusión de hierbas que te ayudará a relajar el cuerpo y abrir la mente para entrar en comunión con nuestros antepasados —explicó Lupa con calma.

Iria, que había seguido cada gesto de Khata, intervino con dulzura.

—Si necesitas un momento, podemos esperar.

Khata negó de inmediato, aunque su estómago se revolvía de incertidumbre.

—No es necesario… estoy bien.

Miguel, que hasta ese momento se había mantenido en silencio, no pudo contenerse. Su voz, grave y tensa, atravesó el murmullo de la sala.

—¿Estás segura?

El corazón de Khata dio un vuelco al escucharlo. Sabía que aquella pregunta no se refería solo a la pócima. Asintió con firmeza, aunque sus labios temblaron.

—Sí… segura.

Lupa se acercó entonces y le tomó una mano entre las suyas. Sus dedos eran cálidos, su mirada profunda, un ancla en medio del torbellino.

—Yo te guiaré, Khata, no estarás sola en este camino. Todos nosotros estaremos aquí, velando por ti. Y si en algún momento sientes que no puedes continuar, si el trance se vuelve demasiado duro… basta con que lo digas, yo misma te sacaré de él.

Esas palabras la envolvieron como un manto protector. El nudo en su garganta se apretó más, pero esta vez no era solo miedo: era emoción. Pese a no saber lo que le esperaba, sintió por primera vez que podía confiar en alguien para sostenerla.

—Gracias —susurró, la voz quebrada, apenas un hilo.

Con un mohín de asco, acercó el cuenco a sus labios. El líquido era espeso, amargo, con un regusto metálico que le quemó la lengua. Ingirió la pócima de un trago, como si fuera veneno, mientras las miradas de todos seguían cada uno de sus movimientos.

Cuando dejó el recipiente vacío en manos de Alem, un escalofrío recorrió su cuerpo. El acto había comenzado.

Al poco tiempo, comenzó a sentir cómo una extraña pesadez envolvía cada parte de su anatomía, en tanto la reina soplaba con suavidad un sahumerio hecho de ámbar, sándalo y cedro, cuyo humo purificaba su cuerpo de malas energías y la ayudaba a abrir la mente, logrando que tras unos pocos minutos perdiera la estabilidad y el equilibrio.

En ese momento, consideraron adecuado tumbarla sobre el suelo, justo en el medio de un círculo con una estrella de David en el centro, con velas blancas encendidas en cada una de sus seis puntas.

Los druidas se arrodillaron junto a ella, enlazando sus manos.

De sus labios brotó un cántico en un idioma desconocido, profundo, reverberante, que parecía no solo escucharse, sino sentirse en la piel, en los huesos, en la médula.

Con cada nota, su conciencia se alejaba un poco más, como si las raíces de su ser se desprendieran de la tierra.

El mundo tangible comenzó a desdibujarse, los rostros expectantes se volvieron manchas de color y los cánticos se transformaron en el zumbido lejano de un enjambre.

Entonces, las imágenes irrumpieron en su cabeza con una claridad dolorosa: su infancia, su risa de niña corriendo por los prados verdes; las manos de su madre trenzando su cabello; el abrazo tibio de su abuela en noches de tormenta.

Cada recuerdo era un golpe de luz que llenaba su pecho de ternura y nostalgia.

Pero la luz se quebró de golpe. El terror regresó con una fuerza insoportable: el fuego.

El olor a carne quemada, el humo sofocante, los gritos desgarradores.

Su madre y su abuela envueltas en llamas, sus rostros deformados por el dolor, el rictus de sus expresiones pidiendo la ayuda que ella nunca pudo brindarles.

La impotencia le mordió el alma como mil cuchillas, arrancándole arcadas de pura angustia.

El amargor de la bilis subió a su garganta y sintió que el miedo, esa sombra antigua, la devoraba desde dentro.

De nuevo, todo cambió.

Una calma profunda, imposible, descendió sobre ella como un manto de agua tibia.

La oscuridad se disipó en bruma, y cuando esta se deshizo, Khata reconoció cada rincón: estaba en la pequeña cabaña de su niñez, con su techo de paja, el olor a hierbas secas colgadas de las vigas, la luz tenue del fuego crepitando entre las brasas.

Todo era tangible, real. El hogar que creyó perdido para siempre estaba allí.

No era una visión. Las paredes, el aroma inolvidable, la mesa de madera gastada por los años.

Todo estaba intacto, como si el tiempo no hubiera pasado.

Y entonces, las vio.

Primero escuchó una voz, clara, familiar, que desgarró el velo de su incredulidad.

—Hola, cariño.

Su corazón se detuvo. Sus ojos se llenaron de lágrimas al tiempo que su garganta se cerraba en un sollozo.

—¿Mamá?

La figura se volvió hacia ella y Khata vio la sonrisa serena de su madre.

A su lado, la abuela la contemplaba con la misma expresión apacible, con esa mezcla de orgullo y ternura que recordaba de la infancia.

No había dolor en sus rostros, no había ceniza ni llamas: solo paz. Una paz inmensa, radiante.

Las rodillas de Khata flaquearon. Cayó sobre ellas y rompió a llorar con la fuerza de siglos contenidos. Alegría, tristeza, culpa, alivio… todo se mezclaba en un torbellino incontrolable que la desgarraba por dentro.

Las había perdido y, sin embargo, allí estaban. Pero no se encontraban solas.