Capítulo 18 #2
Apretó los puños con tal fuerza que las articulaciones crujieron, conteniendo la tempestad que rugía dentro de él.
La respiración le ardía en el pecho, pero la mantuvo profunda y controlada, a duras penas.
Cuando por fin abrió los ojos, el violeta de su iris brillaba con una intensidad sobrenatural, pero su voz, al hablar, era un susurro grave y cargado de una rabia helada y contenida:
—Sé lo suficiente como para entender que no eres ese monstruo que tú te imaginas.
—¿No lo soy? ¿Y qué soy, entonces? ¿Una bendición? ¿Un milagro?
El arcángel se aproximó otro paso, alzando la bolsa y ofreciéndosela.
—Eres alguien que lucha por ser mejor persona, por no caer en la tentación. Una mujer valiente, leal, luchadora, que sabe lo que está bien y lo que está mal. Una mujer a la que no pienso dejar caer, ni hoy ni nunca.
Khata sintió que se le encogía el corazón, pero al mismo tiempo el orgullo le ardió en las entrañas. Con un movimiento brusco apartó la mano y la bolsa de sangre cayó al suelo.
—¿Tienes idea de lo difícil que es vivir cada día de este modo? ¿De la agonía que supone luchar contra esta sed feroz?
—No, no lo sé.
—¡No quiero tu compasión, Miguel! —escupió, la voz vibrando entre rabia y dolor—. No quiero que me veas como un animal hambriento al que hay que calmar.
Él permaneció inmóvil. La respiración pesada. Los nudillos blancos a ambos lados del cuerpo.
—Khata… —pronunció su nombre como si fuera un rezo, cargado de una devoción que ni él mismo entendía—. No es compasión lo que siento.
Ella lo miró entonces… y fue su perdición.
Los ojos de Miguel no mentían: tormenta y ternura, miedo y deseo, todo mezclado. Ella apartó la vista, llevándose una mano a la boca para contener el rugido que todavía palpitaba en su garganta, y le dio la espalda.
—No me mires así —le rogó.
—¿Así? ¿Cómo?
Khata cerró los ojos al notar su cercanía.
Podía sentir el calor que desprendía el cuerpo del arcángel traspasando la tela de su ropa.
Los latidos de su corazón galopaban desbocados dentro de su pecho, mientras el estómago le daba un vuelco.
Tragó saliva, buscando fuerzas para no abalanzarse sobre él.
—Como si te importara —musitó con un hilo de voz.
La voz de Miguel sonó muy cerca de su oído, tanto que le produjo un cosquilleo que le recorrió la columna vertebral. Notó su aliento acariciando la piel sensible de su cuello y sus labios rozándole la oreja cuando se inclinó para susurrarle:
—Pero es que me importas.
En ese instante todo cambió. El ambiente en la habitación se volvió más espeso, más cálido, más vibrante. Esas simples palabras significaron más para Khata de lo que estaba dispuesta a admitir. Cerró los ojos, temerosa de que el corazón se le saliera por la boca.
—¿Por eso me miraste con tanto odio en el jardín antes de irte sin decirme una palabra?
—cuestionó, poniendo distancia entre ambos para enfrentarlo con algo más de margen, recordando las palabras que le había dicho doña Amelia—.
No mientas, Miguel. Sé que estabas furioso conmigo cuando me sacaste inconsciente de aquel bar.
Él acortó la distancia con un solo paso, arrinconándola con suavidad contra la pared. No la tocaba, pero su presencia la envolvía por completo.
—No miento, Khata —dijo sin apartar los ojos de su rostro—. ¿Estaba furioso? Sí. Pero más conmigo mismo que contigo.
Casi sin aliento, ella recorrió cada detalle de su rostro con su mirada plateada: la línea firme de su mandíbula, la sombra de sus pestañas, la curva de sus labios… Como si quisiera grabarlo en la memoria.
—¿Por qué?
Él apoyó una mano en la pared, junto a su cabeza, encerrándola sin tocarla.
—Por dejar que mis sentimientos me nublaran la razón —confesó.
Por primera vez, su voz profunda mostró grietas, toda la angustia que lo devoraba—.
Estaba dolido por tu huida después de besarnos.
Estaba celoso —la palabra sonó áspera, nueva en su boca—, porque corriste hacia otro hombre después de haber estado conmigo.
Estaba furioso por no haber previsto el peligro, por casi permitir que te hicieran daño.
Khata sintió que aquellas palabras la atravesaban. Apoyó la espalda contra la pared fría, buscando un ancla que la sostuviera. Un nudo de emociones le cerró la garganta.
—Miguel…
La mirada del arcángel descendió por sus facciones con una lentitud agonizante, deteniéndose en sus labios, que se entreabrieron inconscientemente bajo su escrutinio.
—Siempre he tenido claro lo que se esperaba de mí.
Soy Miguel, el brazo ejecutor de Padre, el soldado dispuesto a dar su vida por un inocente, el que mantiene el orden tanto en el reino de los Cielos como en la Tierra…
la espada que no tiembla ante ningún enemigo…
el que derrotó al mismo Lucifer… —No había orgullo en su voz, solo hechos asumidos—.
Hasta que te conocí a ti, Khata. Desde ese instante, cuando se suponía que debías morir y convertirte en un recuerdo borroso para mí, todo cambió.
Se inclinó, reduciendo la distancia hasta que apenas quedó un suspiro entre sus bocas. Su aliento cálido le acarició los labios. Sus ojos violeta la devoraban con un hambre tan aterrador como embriagador.
—Nada me había preparado para el momento en que te cruzaste en mi camino —admitió, arrastrando las palabras como si le arañaran el alma—. Todo es nuevo para mí… tan intenso y profundo que no sé describirlo.
Alzó la mano libre y, con una ternura devastadora, le acarició la mejilla. Su pulgar se deslizó por su piel como si fuera lo más preciado que hubiese tocado jamás. Khata se quedó paralizada, incapaz de huir, incapaz de apartar la mirada de esos ojos que parecían ver su esencia más oculta.
—No sé cómo detener lo que provocas en mí —susurró, apoyando la frente contra la de ella y cerrando los ojos—. Cómo ponerle freno a esta tormenta que…
El nombre de Miguel murió en los labios de Khata. Se elevó sobre las puntas de los pies y cerró la ínfima distancia que los separaba. No fue un asalto, sino una rendición cuando sus labios se encontraron.
El primer contacto fue un roce de electricidad pura, un choque de mundos opuestos que se reconocían en lo más profundo.
Sus labios fueron primero cautelosos, explorando el territorio prohibido del otro con una delicadeza que contrastaba con la tormenta interior que los sacudía.
Él sabía a cielo y promesas eternas; ella, a noche y secretos ancestrales.
Era el sabor de lo ajeno y, al mismo tiempo, de lo inevitable.
Miguel dejó escapar un sonido ahogado en su garganta, mitad agonía, mitad éxtasis, y respondió.
La mano que descansaba en la pared se enredó en el cabello de su nuca, sujetándola con firmeza, no como posesión sino como ancla.
La otra descendió hasta su cintura, acercándola hasta que no quedó espacio entre ellos.
El beso se profundizó, perdiendo toda vacilación.
Ya no había deber ni miedo, solo una necesidad urgente de fundirse, de hallar en el otro la respuesta a todo lo que los atormentaba.
Sus lenguas se encontraron no en lucha, sino en una danza lenta y hambrienta.
Era un beso que decía lo que las palabras no podían: rabia, confusión, anhelo…
la terrible y maravillosa verdad de que ya no había vuelta atrás.
Era hambre y era consuelo. Era pecado y redención. Era tormenta y, al mismo tiempo, su centro sereno. Y por primera vez, ninguno quiso detenerse.
Los labios de Miguel, inexpertos y temblorosos, se amoldaron poco a poco a los de ella. Había en él siglos de contención, la intensidad de quien jamás había probado la intimidad y ahora la descubría en el único ser que no debía tocar.
Khata se dejó arrastrar por la calidez de aquel beso que no sabía si le daba vida o se la arrebataba.
Su cuerpo vibró al sentir el temblor del arcángel contra el suyo, la firmeza de su pecho, el calor casi abrasador de su piel.
Abrió los labios, invitándolo, y Miguel respondió sin reservas.
No buscaba dominar, sino aferrarse a ella con la fe del que se sabe vulnerable por primera vez.
El mundo desapareció. Solo quedaron sus bocas, sus respiraciones entrecortadas, el roce urgente de labios que se buscaban como si hubieran esperado siglos para encontrarse.
Hasta que unos golpes en la puerta quebraron la burbuja, como un relámpago rasgando la noche.
El hechizo se disipó de golpe y se separaron justo cuando la manilla giró y la cabeza de Iria asomó con cautela.
—Siento molestar —se disculpó—. Solo quería saber si estabas bien.
Miguel reaccionó primero; dio un paso atrás y se volvió hacia la chimenea. Con un gesto en apariencia distraído, removió las brasas con el atizador y añadió un par de leños, como si pudiera sofocar así la tormenta que aún lo consumía.
—Sí, gracias —balbuceó Khata, incapaz de ocultar el temblor en su voz.
Iria no pasó por alto el aire enrarecido de la habitación. Una chispa de picardía iluminó sus ojos, aunque intentó disimularla.
—Me alegro. Nos preocupaba pensar que hubiéramos hecho algo que te ofendiera.
Khata, avergonzada, se agachó para recoger la bolsa de sangre del suelo.
—Tranquila, lo entiendo perfectamente.
—Genial —respondió Iria desde la puerta, antes de añadir con entusiasmo—.
Entonces te alegrará saber que mañana, cuando la luna de sangre alcance su mayor plenitud, celebraremos el Ritual de los Ancestros.
Será el momento perfecto para conectar con el mundo de los espíritus…
y preguntar por la marca y su significado.
La noticia cayó como un jarro de agua helada. El recuerdo del beso aún ardía en sus labios, pero la mención de la marca los devolvió a la realidad con la crudeza de un latigazo. Lo que estaba por venir pesó sobre ellos como una sombra inevitable.