Capítulo 18
Khata caminaba de un lado a otro de la habitación, el sonido de sus pisadas marcando un compás nervioso sobre la alfombra.
Maldiciones silenciosas le ardían en la garganta, como cuchillas que no terminaban de salir.
Se detuvo frente a la chimenea y, temblando, se abrazó a sí misma, como si sus brazos pudieran protegerla del frío que le atenazaba los huesos.
El fuego había menguado, reducido a brasas incandescentes que chisporroteaban levemente, pero ni ese calor bastaba para sofocar el hielo que la habitaba por dentro.
Su mirada plateada se perdió en aquel resplandor rojizo y, sin quererlo, su memoria retrocedió unos minutos atrás, al jardín.
Bajo la copa de un viejo sauce, Iria y Alaina jugaban con sus bebés, acompañadas de risas infantiles que tintineaban como campanas en el aire.
Jesús —el hijo de Tomás y el Grial, al que le pusieron ese nombre en honor a su abuelo— jugaba sobre una pequeña manta con Ester —hija de Alaina y Cassiel—, que apenas le llevaba unos meses.
Moisés y doña Amelia completaban el cuadro, formando un círculo cálido y humano que irradiaba una paz imposible de ignorar.
Aquel rincón era un refugio, un pedazo de paraíso tallado en la roca de la montaña.
Khata se había sentado con ellos sobre el suave césped, al principio rígida, como quien espera ser rechazada en cualquier momento, pero pronto se vio envuelta en el murmullo de sus voces.
Con una naturalidad desconcertante, comenzaron a contarle fragmentos de sus vidas, intentando incluirla en su círculo más íntimo: luchas pasadas, huidas desesperadas, pérdidas que habían dolido hasta los huesos…
y, aun así, las recordaban con sonrisas y bromas internas.
Como si el sufrimiento hubiese servido de cimiento para una amistad indestructible.
Ella los escuchaba en silencio, agradecida por ese detalle tan significativo, embriagada por aquella normalidad que tanto había anhelado en secreto.
Deseó, con una punzada feroz en el pecho, poder borrar la rabia y la oscuridad que habitaban en su corazón y aprender a convivir con sus cicatrices, así como ellos lo habían hecho.
Por un instante, hasta se permitió sonreír ante las pequeñas pullas que se dedicaban entre ellos, como si pudiera ser parte de aquel lazo que los unía.
Pero la ilusión se quebró con un grito agudo.
El hijo pequeño de Iria, que caminaba con torpeza infantil por la hierba, tropezó con una raíz y cayó de bruces. El llanto estalló al mismo tiempo que la sangre comenzó a manar de una herida en su barbilla.
El olor la golpeó de inmediato.
Denso. Dulce. Irresistible.
El aire dejó de ser aire: se convirtió en un veneno líquido que ardía en su garganta, que la llamaba, que despertaba al monstruo que intentaba enterrar con enorme esfuerzo.
Khata sintió cómo su respiración se aceleraba, cómo sus pupilas se dilataban hasta formar abismos negros y un cosquilleo abrasador recorría sus colmillos escondidos. El corazón, ese órgano que a veces dudaba siquiera de tener, latía como un tambor desbocado ante la llamada de su instinto.
Se puso en pie y retrocedió un paso. Otro. El murmullo de consuelo de Alaina y el agitar de las manos de Iria intentando calmar a su hijo llegaron hasta ella como un eco lejano. Pero el hambre, el olor intenso a sangre fresca, derribaba su fuerza de voluntad entrenada durante siglos.
Nadie parecía mirarla, nadie parecía darse cuenta del temblor en sus manos, de la lucha atroz que libraba contra su propio instinto. Sin embargo, para ella fue como si un reflector la hubiese expuesto ante todos.
Y, de pronto, las miradas se posaron sobre ella.
El dolor reptó por su cuerpo al advertir el miedo y la desconfianza en aquellas personas que, hasta ese momento, la habían tratado como a una más.
La decepción y la impotencia la golpearon con más fuerza que la feroz necesidad de alimentarse.
No importaba si la marca la había dejado debilitada después de protegerla de los vampiros en aquel sucio pub .
No importaba la lucha constante por mantener a raya esa avidez brutal por saciar su sed.
Lo único que era real para ella eran las miradas de temor y alarma de todos ellos.
Si en algún instante creyó que podría formar parte de todo aquello, la realidad derribó cualquier fantasía que se hubiese creado de un solo plumazo.
Ellos jamás la verían como a una igual. Nunca dejaría de ser un monstruo que se alimentaba de sangre humana, con miedo de no ser capaz de resistir su naturaleza vampírica y atacarlos en un abrir y cerrar de ojos.
¿Y quién podía culparlos?
Sin pensarlo, Khata dio media vuelta y huyó. Su excepcional velocidad le permitió poner distancia, alejarse de aquellas miradas paralizadas cargadas de aprensión y recelo.
Recorrió el camino de vuelta hacia su habitación con relativa facilidad gracias a su sentido de la orientación.
Cada paso martillando en su cabeza: el recuerdo de la sangre, el grito del niño, la sonrisa inocente de su madre que había visto quebrarse en un segundo.
Al llegar, cerró la puerta de un portazo y se dejó caer sobre la cama, temblando.
Ahora, sola, se maldecía una y otra vez, porque por un momento había creído que podía pertenecer. Porque por un momento había creído que podía ser como ellos. Y porque, con una simple gota de sangre, había recordado lo que en realidad era: un ser maldito… una vampira.
No supo cuánto tiempo transcurrió hasta que la puerta se abrió sin previo aviso.
Khata, todavía de pie ante la chimenea, dio un respingo. Giró la cabeza justo a tiempo para verlo entrar, su silueta recortada contra la penumbra del pasillo. Miguel no dijo nada al principio; tan solo cerró la puerta detrás de él, con esa calma férrea que escondía la tormenta en su interior.
En su mano llevaba una bolsa transparente de sangre y el cuerpo de Khata reaccionó antes que su mente.
Los colmillos se agitaron bajo las encías, la garganta se le secó, los músculos tensos, como un depredador a punto de saltar.
Apretó los puños y apartó la vista, como si al no mirarlo pudiera negar la tentación que le ardía en las venas.
—No deberías estar aquí —susurró con la voz ronca.
Miguel la observó en silencio, la bolsa de transfusión aún en su mano. Sus ojos violetas, siempre firmes, tenían ahora un destello de preocupación, de furia contenida, de algo que ni él sabía nombrar. Dio un paso hacia ella.
—Me he pasado por el hospital antes de venir aquí —comentó con voz suave—. Tu amiga Elena creyó conveniente que te trajera un poco de esto.
Khata rio con amargura, aunque era más un sollozo disfrazado.
—Vaya, veo que tus amigos no han tardado nada en irte con el cuento.
Él se acercó un poco más.
—Te fuiste sin mediar palabra… estaban preocupados.
Ella se abrazó con más fuerza.
—Y decidieron enviarte a ti… ¡Qué bien!
Miguel avanzó otro paso. Deseaba ser él quien la abrazara, ansiaba poder borrar esa amargura que la destrozaba, pero no se atrevió a reducir del todo ese espacio que los separaba.
—Khata…
Ella retrocedió, como si la cercanía de él fuese tan peligrosa como aquel líquido oscuro que llevaba en sus manos.
—No los culpo —lo interrumpió—, yo también habría hecho lo mismo. Ser un monstruo que puede atacar a un indefenso niño es lo que tiene. La gente te teme, porque en cualquier momento podrías abalanzarte sobre ellos y desgarrarles su bonita garganta.
Miguel apretó la mandíbula, su mirada ardiendo.
—No vuelvas a decir eso.
—¿Por qué? ¿Acaso no es lo que soy… un engendro, una aberración?
—No, no lo eres. Y me duele ver cómo te fustigas de esa forma.
Khata fijó la atención en las brasas incandescentes.
—No importa lo que yo crea, los demás siempre tendrán esa imagen de mí.
—Solo si tú lo permites.
Ella cerró los ojos, apenas un susurro escapando de sus labios:
—Jamás le habría hecho daño… jamás permitiría que un niño inocente…
—Lo sé. —Esas dos palabras encerraban verdad y aceptación—. Y ellos también lo saben.
Una mueca cargada de desdén hacia sí misma surgió en su rostro antes de enfrentarlo.
—Te equivocas, tú no sabes nada, no tienes ni idea —replicó, conteniendo a duras penas la ira enquistada en su interior—.
Cuando esa bestia me engañó y me atacó, no me mató.
No. Me tuvo con vida durante semanas, usándome como su despensa personal.
Me torturaba de formas inimaginables, era su pasatiempo favorito —su voz se quebró, cargada de una angustia antigua pero aún latente—.
Ese psicópata me mantenía con vida solo por el simple placer de verme suplicar.
Sé lo que es sentir el terror en mis propias carnes.
Rezar con cada fibra de mi ser para que acabara conmigo y me liberara de aquel suplicio cada vez que oía sus pasos acercarse en aquella húmeda, oscura y mugrienta cueva.
—Hizo una pausa, tragando el nudo de humillación y dolor que aún persistía—.
Pero, por mucho que suplicaba, él solo se aprovechaba de mí para saciar su sed de sangre.
No era más que un trozo de carne, un objeto para calmar su maldita hambre hasta que se aburriera…
hasta que por fin me convirtió en lo que ahora soy.
Miguel cerró los ojos con fuerza. Una ola de furia ascendió desde lo más profundo de su ser, exigiendo acción, sangre y venganza.
Su instinto más básico, el del guerrero celestial que había aniquilado legiones, le gritaba que saliera al mundo y buscara a aquel miserable para despedazarlo miembro a miembro con sus propias manos.
No sabía si estaba vivo o muerto, pero en ese momento habría sellado un pacto con el mismo diablo con tal de resucitarlo y tener el placer de matarlo de nuevo, lenta y dolorosamente, si ese fuera el caso.
Pero no se movió.