Capítulo 17 #2
—¡Yo no la besé! —replicó, pero su voz perdió fuerza al final.
—Hermano, Ayelet lo vio en una visión —aseguró Cassiel, acercándose con calma—. No sigas mintiendo.
La ira y la confusión se enredaron en su pecho, apretando como una soga. Nunca les había mentido. Nunca les había dado motivos para dudar de él. Y, sin embargo, ahí estaba, atrapado en una contradicción que lo desgarraba.
—¡Maldita sea, no lo hago! —explotó—. Fue ella quien... —Se detuvo de repente, como si las palabras se hubieran atascado en su garganta.
La impotencia dio paso a la vergüenza. Giró sobre sus talones, ofreciéndoles la espalda por un segundo, un movimiento inusual que delataba su agitación interior.
—La rechazaste, ¿no es así? —asumió Cassiel—. ¿Acaso te desagradó?
—Yo no he dicho eso. En realidad, ella…
Sus hermanos intercambiaron una mirada y la comprensión lentamente iluminó sus rostros.
—Así que es eso —dedujo Amitiel de repente, sacudiendo la cabeza—. Ella se arrepintió y ahora estás dolido.
La mirada que el arcángel les lanzó podría haberlos fulminado en el acto.
Pero sus hermanos ya habían descubierto lo que intentaba ocultar: no era solo rabia.
Era miedo. Era deseo. Era algo que el arcángel jamás pensó que lo alcanzaría.
Detrás de la ira había una vulnerabilidad tan expuesta que resultaba desgarradora.
Con un gruñido que era mitad ira, mitad angustia, se abalanzó sobre ellos como una forma desesperada de expresar el terremoto que sacudía su mundo perfecto y ordenado.
Sus hombres lo recibieron, no para contraatacar, sino para contenerlo, para absorber parte de esa tormenta que, al fin, estaba mostrando.
—No tiene sentido luchar contra lo que te carcome por dentro, hermano.
En vista de que ninguno de los dos tenía previsto responder a su ataque, el arcángel se alejó de ellos mientras se frotaba el rostro con sus fuertes manos. En toda su existencia, nunca había vivido un conflicto interior como ese. ¡Jamás!
—No lo entiendo —musitó.
Amitiel y Cassiel dejaron las bromas a un lado al ver el sufrimiento de su amigo.
—¿Qué no entiendes…? ¿Qué te importe?
La agonía en su rostro expresaba su lucha interior, hasta que terminó por rendirse. Miguel dejó caer el cuerpo en un banco de madera, como si el peso de esas palabras lo aplastara. Bajó la cabeza, los codos apoyados en las rodillas.
—Sí —admitió—. Y lo que me mata es que no sé por qué me importa —escupió, como si las palabras fueran veneno en su lengua—. No debería importarme. Ella no debería significar nada.
Cassiel entrecerró los ojos, captando la grieta en la armadura de un hermano al que tanto amaba. Le lanzó una toalla que el arcángel atrapó al vuelo con desgana. Él, mejor que nadie, entendía por lo que estaba pasando. Y si pudiera, si dependiera de él, desearía ahorrarle ese tormento.
—Pero te importa lo que le pase… —corroboró, aunque no fuese lo que él quería oír—. No veo dónde está el problema.
Miguel se limpió la sangre del rostro con la toalla mientras exhalaba un largo y pesado suspiro.
—Ella es un demonio —murmuró, como si eso lo explicara todo.
—¿Y qué? —intervino Amitiel, limpiándose él también los estragos de la pelea—. ¿Acaso no puedes sentirte atraído por una?
La mirada que le arrojó Miguel podría haber reducido el gimnasio a cenizas.
—En ningún momento he dicho que me sienta atraído por ella.
—¡Venga, hermano! No estaríamos manteniendo esta conversación si no fuera así, ¿cierto?
—aseguró sin acritud—. Además, para ser más exactos, Khata no es un demonio, es una maldita.
—Ante la mirada de horror de su amigo, Amitiel lo enfrentó—.
¡¿Qué?! ¡No me mires así! Todavía conserva su alma, es un detalle muy importante.
—Tenga alma o no, sigue siendo un absurdo —reflexionó Miguel, expresando su preocupación en voz alta por primera vez—. Khata es una «anomalía». Una criatura de las sombras maldecida por Padre.
—¿Y tienes miedo de que él no esté de acuerdo con… tus sentimientos? —indagó Cassiel.
La espalda de Miguel se reclinó hacia atrás; la cabeza se apoyó en la pared a la vez que cerró los ojos con fuerza.
—¿Tú qué crees? —respondió con un hilo de voz—. Soy su mano derecha, tengo que ser un ejemplo para mis hombres…
—¿Quiere eso decir que nosotros no lo somos? —lo interrumpió Amitiel, ofendido, en tanto se señalaba a sí mismo y a Cassiel—. ¿Que Padre, o el resto de mis hermanos, deberían estar avergonzados de los dos por habernos enamorado de Alaina y Ayelet?
El arcángel abrió los párpados con rapidez, horrorizado de que hubiese llegado a esa conclusión.
—¡Por supuesto que no! ¡Jamás quise decir eso!
—Pero Amitiel tiene razón —replicó Cassiel—.
Si hablamos de «anomalías», ¿qué opinas de nuestras parejas?
Sin ir más lejos tenemos a Alaina: una humana que tiene el poder de exorcizar la Oscuridad de los que son corrompidos.
¿Y qué me dices de Ayelet? Ella es el mismo Anticristo; la sangre de Lucifer fluye por sus venas.
Si alguien debería ser repudiada, sin duda alguna sería ella.
Y, sin embargo, el amor que nos une a ellas es lo más puro y poderoso que existe.
—Y con la aprobación de Padre —remató Amitiel.
Incapaz de quedarse por más tiempo sentado, Miguel se levantó de su asiento.
—No es lo mismo.
—¿Por qué?
No pudo responder. Sus emociones y sentimientos eran como un torbellino que lo llevaba dando tumbos de un lado a otro, imposible de controlar.
O tal vez el problema fuera precisamente ese: que, por primera vez en su vida, no tenía el control de la situación.
Era como encontrarse en un mar de incertidumbre, donde las olas lo empujaban contra las rocas para después tragarlo hasta el fondo, impidiéndole respirar.
—¡No lo sé! —rugió descolocado y, por primera vez, su voz mostró una brecha, un destello de la impotencia absoluta que lo consumía—.
Hay algo en mí… algo en ella… —Buscó la palabra, frustrado, y al no encontrarla, tiró la toalla con fuerza contra el banco donde había estado sentado—.
¿Y si todo lo que me ocurre es por la marca?
—¿La marca? —preguntaron sus dos amigos al mismo tiempo.
—Sí, la marca. Cuando fue atacada reaccionó contra los vampiros, protegiéndola de ellos. Sin embargo, de algún modo que todavía no comprendo, reaccionó a mí de un modo que no tengo explicación.
—¿Reaccionó? —preguntó Amitiel, avanzando un paso, picado por la curiosidad—. ¿Cómo?
Miguel respiró hondo, como si admitirlo lo hubiera dejado sin aire. El silencio que siguió fue pesado, cargado con la enormidad de su confesión.
—Como si me reconociera, como si confiara en mí…
No sé explicarlo mejor. —Miguel cerró los ojos con fuerza, como si el recuerdo le causara dolor físico—.
Y eso es lo que menos logro comprender y lo que me consume.
¿Por qué yo? ¿Por qué a mí me permite acercarme?
¿Qué significa esa conexión? ¿Y si es solo la marca lo que me atrae hacia ella?
¿Y si es porque mi sangre fluye por sus venas?
Amitiel lo observó, y en sus ojos ya no había incredulidad, sino un entendimiento profundo y compasivo.
—Tal vez, hermano —dijo lentamente—, no es la marca lo que tienes que entender. Tal vez es lo que la marca está protegiendo y por qué a ti te elige como su protector.
Miguel abrió los ojos, y la tormenta en ellos se había calmado un poco, reemplazada por un desconcierto aún más profundo y vulnerable.
—No quiero ser su protector —protestó, pero la convicción había abandonado su voz; sonaba hueca, como una negación infantil—. No puedo serlo. ¿Cómo podría hacerlo si estoy tan involucrado? Si solo pensar que le pueda pasar algo…
No pudo terminar la frase; un nudo de genuina angustia le cerró la garganta.
—Pues algo dentro de ti, algo más fuerte que tu voluntad y tu razón, parece disentir —concluyó Cassiel—. Y, por experiencia, te digo que luchar contra eso es más agotador que aceptarlo.
Miguel miró sus puños sangrantes que comenzaban a sanar, luego el saco destrozado y finalmente a sus hermanos.
Por primera vez en milenios, el poderoso arcángel Miguel, el guerrero invencible, parecía perdido, abrumado por una batalla para la que no tenía estrategia, un enemigo al que no podía derrotar porque lo llevaba dentro.