Capítulo 17
El gimnasio olía a cuero gastado y madera vieja.
Las vigas crujían bajo el impacto rítmico y brutal de los puños de Miguel contra el saco de boxeo que colgaba de ellas.
Cada golpe resonaba como un estruendo contenido, sacudiendo el polvo acumulado en las grietas del techo.
Los nudillos del arcángel, amoratados y magullados, no dejaban de golpear.
No podía. No cuando la imagen de Khata, pálida, vulnerable e inconsciente en aquel sucio bar, se repetía una y otra vez en su mente como una maldición.
Cuando Cassiel y Amitiel cruzaron el umbral, se detuvieron en medio de la sala, hombro con hombro, contemplando la escena con una mezcla de familiaridad y diversión.
La expresión de Miguel estaba desencajada.
Cada puñetazo resonaba con un estruendo sordo, como si las paredes mismas temblaran al compás de su furia.
El saco oscilaba con violencia, suspendido de unas cuerdas que crujían a punto de partirse.
Con cada impacto, motas de arena en suspensión salían de las grietas que se formaban en el cuero desgastado, creando una fina neblina en torno a él.
—Creo que estoy teniendo un déjà vu —murmuró Cassiel, arqueando una ceja con aire irónico.
Amitiel esbozó una sonrisa sarcástica mientras inclinaba la cabeza, como si estuviera disfrutando de un espectáculo que, en el fondo, le resultaba demasiado familiar.
—Cierto. Es como mirarnos en un espejo… ¿verdad? —respondió, recordando las dos ocasiones en que ellos mismos habían descargado su frustración de la misma forma.
Ambos compartieron un gesto cómplice, el recuerdo de sus propias crisis reflejado en la furia contenida de su hermano.
Cassiel frunció el ceño; sus ojos verdes estudiaban al arcángel con una mezcla de incertidumbre y desconcierto.
—Todavía me cuesta creerlo —admitió, como si las palabras le pesaran—. Miguel y una vampira… Ver para creer.
La respiración de su hermano era un gruñido áspero; los nudillos impactaban con violencia contra el cuero desgastado del saco, pero ni siquiera eso lo hizo aflojar.
Amitiel suspiró, pasando una mano por su cabello rebelde, al tiempo que un brillo burlón cruzaba sus impresionantes ojos azules.
—Yo también lo habría dudado… si no fuera porque Ayelet lo confirmó. Tuvo una visión clara e innegable, hermano, y yo no pongo en entredicho la palabra de mi mujer.
El golpe siguiente de Miguel fue tan brutal que la cadena cedió un poco, haciendo chillar el metal. El saco giró sobre sí mismo con violencia, como si estuviera a punto de desgarrarse.
Cassiel chasqueó la lengua, su rostro reflejando cierta lucha interna.
—No es que dude de la palabra de Ayelet, es que me cuesta imaginarlo.
—Cruzó los brazos sobre el pecho después de señalar al arcángel con un gesto de cabeza—.
Él siempre ha sido el más recto de todos nosotros.
La espada que nunca duda, el juicio que nunca se nubla…
No quiero ni pensar por lo que debe de estar pasando.
Las palabras quedaron en el aire, flotando como las partículas de arena que escapaban del saco de boxeo.
—Para ser honestos, si yo he podido sucumbir al amor con el Anticristo… —Amitiel se encogió de hombros, en un gesto de resignación ante las paradojas del universo—. En fin, todo puede ser posible, ¿no?
—Eso es verdad —respondió su hermano—. Pero, visto lo visto, me da que tendremos que echarle una mano para que aclare sus ideas.
En las miradas de ambos ángeles brilló la anticipación. Se acercaron un poco más, a sabiendas de que estaban cruzando unos límites peligrosos nunca antes explorados. Pero, para ser honestos, estaban disfrutando de aquel momento como nunca.
Miguel se detuvo de golpe, jadeando, los hombros tensos como cuerdas a punto de romperse. El saco, ahora medio destrozado, se balanceaba como un péndulo roto. No se volvió hacia ellos. No todavía.
—¿Vais a quedaros ahí parados, cuchicheando como viejas chismosas? —gruñó, con la voz áspera, cargada de una ira que no lograba entender.
Impredecible como era, el ángel de la Verdad alzó la voz, lanzando las palabras como un desafío cuidadosamente calculado para romper la concentración furibunda de su hermano.
—Bueno, es que, para ser sinceros, el chisme es muy jugoso.
—¿De qué chisme estás hablando?
Cassiel intervino con rapidez antes de que Amitiel se cargara toda la diversión de un plumazo. Él también quería participar.
—¿El saco te hizo algo personal o estás intentando reducir a polvo, en tu cabeza, la imagen de esa vampira de mirada intensa y cabello como la noche?
Los golpes cesaron de inmediato.
La repentina quietud fue más elocuente que la violencia.
Miguel se quedó inmóvil, los hombros subiendo y bajando con respiraciones profundas y agitadas.
Sus puños aún estaban apretados contra el cuero maltrecho.
Con lentitud, se volvió hacia ellos. Su rostro estaba tenso, la mandíbula apretada con una fuerza que parecía capaz de triturar diamantes.
Pero eran sus ojos lo que más impactaba: una tormenta violeta oscura, cargada de una confusión tan profunda que rayaba en la agonía.
—Tal vez debería cambiar de saco de boxeo —respondió, acercándose a ellos lentamente y con una mirada asesina que habría intimidado a cualquiera—. Vuestros rostros me llaman más.
Tanto Amitiel como Cassiel se prepararon para la pelea.
—¿Estás seguro de eso, hermano? No queremos que te lesiones.
El arcángel movió el cuello de un lado a otro, haciendo que las cervicales crujieran.
—A no ser que seáis más claros en vuestras respuestas, sí —amenazó, apretando los labios en una fina línea que demostraba su cabreo—. Hoy no tengo el día para adivinanzas.
—Si quieres descargar con nosotros toda tu divina frustración, adelante —lo invitó Cassiel con su habitual tono calmado, aunque con una punta de ironía—. Pero, por experiencia propia, te aclaro que eso no servirá de nada.
Después de asestar un puñetazo tan rápido como un rayo, que tomó desprevenido al ángel de la Templanza haciéndolo trastabillar hacia atrás, Miguel preguntó:
—¿Quién dijo que estoy frustrado?
Mientras esbozaba una sonrisa socarrona, Cassiel se masajeó la mandíbula en el punto exacto donde había recibido el impacto. No volvería a cometer el error de subestimarlo otra vez.
—Cabreado, ¿quizás? —intervino Amitiel, encajándole un golpe en el costado que lo dejó sin aire—. Yo también lo estuve cuando no era capaz de entender mis sentimientos.
Miguel dejó salir el aire ante el ataque de su hermano. Eran dos contra uno, pero, por alguna razón, incluso le parecía bien.
—¿De qué sentimientos hablas? —exigió, lanzando un ataque continuo, forzando a Amitiel a bloquear una serie de golpes rápidos.
—De los que se encienden cuando besas a una mujer hasta olvidarte de tu propio nombre —explicó Cassiel desde atrás, distrayéndolo lo suficiente para que Amitiel le asestara un codazo en el hombro.
El impacto hizo que Miguel girara, y esta vez fue Cassiel quien aprovechó, conectando un cruzado que estalló en la mejilla del arcángel. El sonido fue seco y contundente.
—¿No dices nada? —preguntó el ángel de la Verdad, saltando hacia atrás para evitar un contraataque.
Miguel se llevó el dorso de la mano al labio partido, manchándolo de sangre. Sacudió la cabeza, no para negarlo, sino para aclarar la visión.
—¿Quién os lo dijo? —preguntó, con la voz más baja, más peligrosa.
Sus hermanos se coordinaron sin necesidad de palabras, flanqueándolo.
—No ha sido ella, si es lo que te preocupa —confesó Cassiel.
—¿Acaso me ves preocupado? —rugió Miguel, y se lanzó hacia adelante en un ataque feroz que sus hermanos apenas lograron contener trabajando en equipo. Bloqueos, desvíos y contraataques fluían en una coreografía violenta y precisa.
—Tienes razón, cabreado es la palabra correcta —comentó Amitiel, jadeando ligeramente después de una rápida combinación que hizo retroceder al arcángel—. Pero déjame que te diga una cosa: por mucho que quieras descargar tu ira, ese sentimiento seguirá ahí. Te lo digo por experiencia propia.
Miguel respiró hondo, sintiendo el ardor en sus músculos y un regusto metálico en la boca.
Hilillos de sangre recorrían su rostro: una ceja partida y un labio hinchado eran el resultado de la paliza que sus hermanos le estaban propinando.
Pero no se dejó amedrentar. Cada golpe que recibía parecía aliviar, aunque fuera un poco, el conflicto que bullía en su interior.
—No te confundas. —Escupió al suelo, la saliva teñida de escarlata—. ¿Estoy cabreado? Sí. Pero porque esa estúpida mujer estuvo a punto de ser despedazada anoche.
—¿Desde cuándo te importa lo que le pase? —preguntó Cassiel, lanzando una patada que Miguel bloqueó con el antebrazo y respondiendo con un movimiento que lo envió al suelo.
—¿Quién ha dicho que me importa? —Miguel se giró ahora hacia Amitiel, quien lo miró con una ceja alzada.
—Acabas de hacerlo tú mismo —señaló este, esquivando un puñetazo para contraatacar con un golpe en su estómago.
Miguel se detuvo, jadeando, mientras sus hermanos lo observaban con atención.
—No es cierto, solo que...
—¿Solo que qué? —insistió Cassiel, incorporándose mientras se limpiaba la boca con el dorso de la mano.
—Se supone que debemos protegerla —gruñó entre dientes—. Y esa inconsciente lo primero que hace es meterse en la boca del lobo. Me despisto un segundo, solo un segundo y…
Miguel apretó los puños hasta que los nudillos palidecieron. Pensar en Khata, en la palidez de su rostro, en lo indefensa que se hallaba cuando la encontró en aquel nido de vampiros… hizo que se le secara la boca y el estómago le diera un vuelco.
—¿Y? —indagó Amitiel, caminando en círculos.
Acorralado, Miguel se detuvo un instante; la tormenta en sus ojos era más elocuente que sus palabras.
—¡Maldita sea, no lo sé! —rugió frustrado—. Ella es una anomalía, ¡joder! Lleva la «marca» impresa en su cuerpo. Una marca que, en cierto modo, la conecta conmigo.
—¿Y por eso la besaste? —preguntó Amitiel, asestando un golpe simbólico donde más dolía.