Capítulo 16 #2
Khata asintió, agradecida por la tregua.
Antes de levantarse, sin embargo, su mirada se posó en la mujer mayor; en la calma que emanaba de ella, en la bondad no solicitada que le ofrecía sin condiciones.
Y entonces, la pregunta surgió de sus labios casi sin permiso, un susurro cargado de genuina perplejidad:
—¿Por qué es tan amable conmigo?
Amelia levantó la vista, sorprendida por la pregunta.
—¿Y por qué no habría de serlo?
—Porque no me conoce de nada. Soy una extraña que bien podría… —Khata dejó que su mirada descendiera hasta el cuello de la mujer, donde el pulso latía suave y tentador bajo la piel—… acabar con su vida si así lo quisiera.
Una sonrisa apacible, tan serena como el resto de ella, se dibujó en los labios de doña Amelia.
No mostró el más mínimo asomo de miedo; en lugar de eso, se inclinó hacia delante con una naturalidad desarmante, a la vez que su mano se acercó para colocarle con ternura un mechón de cabello negro detrás de la oreja.
—¿Crees que no lo sé? —El gesto fue tan íntimo, tan maternal, que a Khata se le heló la sangre—. Como también sé que tratarte mal no cambiaría nada, ¿no crees? Así que, ¿cuál es la necesidad?
Ella torció el gesto ante su inocente confianza y apartó la cabeza para bloquear la tentación de saciar su hambre.
—No debería ser tan confiada con los desconocidos —le advirtió—. Lo sé por experiencia propia.
La mujer amplió aún más la sonrisa, cargada de sabiduría y empatía.
—Mi vida ha sido larga y plena. Soy consciente de que algún día llegará mi hora, y estoy preparada para cuando eso suceda.
No tengo miedo porque sé que, al otro lado, me esperan aquellos a los que amo y echo tanto de menos.
Hasta entonces, prefiero vivir sin rencor, sin recelos.
¿Por qué desperdiciar el tiempo de otra manera?
Por alguna extraña razón, esas palabras calmaron la sed y el ánimo de Khata. Las sintió como un bálsamo de esperanza y consuelo, deshaciendo el nudo que le apretaba el pecho. No entendía cómo ni por qué, pero aquella mujer estaba derribando muros que ella había tardado siglos en levantar.
Se levantó y se acercó a la silla. Al tomar la ropa notó que estaba limpia y doblada con un cuidado meticuloso.
Arrugó la frente al reconocer sus propias prendas, y un estremecimiento la recorrió al darse cuenta de lo que eso significaba.
Giró la cabeza hacia doña Amelia, una pregunta muda en los ojos.
—¿Quién…? —Su pregunta era superflua, y sabía la respuesta antes incluso de que ella contestara.
—Miguel, por supuesto.
Cuando Khata salió de la ducha, con el cabello húmedo pegado a la espalda y envuelta en la ropa limpia que había encontrado sobre la silla, se sorprendió al hallar a otra persona más esperándola en la habitación: Ayelet.
—¿Qué tal te encuentras? —preguntó la recién llegada en cuanto la vio—. ¿Estás mejor?
—Estoy despierta y viva. Creo que eso responde a tu pregunta, ¿no? —replicó.
Su voz sonó más seca de lo que pretendía, pero era casi un reflejo. El hábito de mantener a los demás a distancia, de ponerse en guardia cada vez que algo la tomaba desprevenida, estaba demasiado grabado en su piel como para corregirlo de inmediato.
Ayelet arqueó una ceja ante la hostilidad.
—¡Vaya! ¿Yo era tan borde cuando llegué? —preguntó, girándose hacia doña Amelia, que permanecía sentada con su labor entre las manos.
La mujer soltó una carcajada franca, de esas que llenan la estancia de calor humano.
—¿Y todavía tienes la poca vergüenza de preguntármelo?
Ayelet, algo sonrojada, se rascó la nuca con gesto culpable al recordar cómo había tratado en su día a quienes ahora consideraba su familia.
—Tienes razón… mejor no digo nada. —Y, sin darle más vueltas, volvió a mirar a Khata con la expresión más amable que supo componer—. Vale, en vista de que estás despierta y viva, ¿te apetece dar un paseo y conocer el lugar?
Khata entrecerró los ojos, recelosa, como si buscara la trampa oculta tras aquella oferta.
—¿Acaso puedo hacerlo? —preguntó, más con suspicacia que con verdadero interés.
Fue Amelia quien intervino, sin alzar apenas la voz.
—No eres ninguna rehén. Creí que ya te había quedado claro.
Sus palabras no llevaban reproche, pero sí un leve matiz de decepción.
—Exacto —confirmó Ayelet enseguida—. Miguel te trajo aquí para que te recuperaras. Considera este lugar un refugio, no una prisión.
Por un instante, Khata guardó silencio, sorprendida una vez más por aquella normalidad.
No había cadenas, ni amenazas, ni miradas cargadas de sospecha.
Solo una joven que irradiaba amabilidad y una mujer que la observaba como si no viera en ella un monstruo, sino a alguien digno de cuidado.
Y ese simple hecho la desarmaba más que cualquier batalla.
—Venga, vamos —la instó la rubia, enganchándola del brazo.
De pronto se detuvo en seco, como si algo invisible la hubiese frenado.
—¿Qué ocurre? —preguntó doña Amelia, alertada por el cambio repentino, levantándose dispuesta a seguirlas.
La sonrisa de Ayelet se ensanchó hasta volverse abiertamente traviesa, y su mirada se clavó en Khata con la precisión de un dardo.
—Vaya, vaya, vaya… —musitó, arrastrando las palabras—. Así que os habéis besado.
Khata sintió que el suelo desaparecía bajo sus pies. El aire se le atascó en los pulmones.
—¡¿Qué?! —jadeó, notando cómo el rostro le ardía de golpe, como si le hubieran arrojado agua hirviendo—. ¡¿De qué hablas?!
—De ti y de Miguel —respondió con un deje burlón.
—¡No! ¡Claro que no! ¡¿Estás loca?!
—No mientas, lo acabo de ver —la acusó la rubia—. Y fue intenso… Muy intenso.
Khata abrió la boca, pero solo logró emitir un sonido ahogado. Las palabras la habían abandonado. Se sintió demasiado expuesta, como si le hubieran arrancado la piel a tiras.
—¿En serio? —preguntó doña Amelia, arqueando una ceja con evidente interés.
Cuando Ayelet asintió con convicción, las dos mujeres cruzaron una mirada cómplice, cargada de un significado que Khata no podía —o no quería— descifrar. Un escalofrío de puro pánico le recorrió la columna.
—No es lo que creéis —intentó excusarse, sintiendo cómo el calor se extendía desde el cuello hasta la raíz del cabello—. Fue un… error. Un momento de confusión.
—Uy, ya lo creo que sí —declaró Ayelet, totalmente convencida—. Esos «errores» son los mejores.
Al ver que ninguna de las dos parecía dispuesta a creer su versión —y que, de hecho, estaban a punto de celebrarlo—, Khata dejó escapar un gemido de frustración.
Alzó los brazos y los dejó caer en un gesto de absoluta derrota antes de dirigirse hacia la puerta, desesperada por huir y encontrar un rincón oscuro donde su vergüenza dejara de arder.
Pero la suerte no estaba de su parte.
Obligada por ambas mujeres, el trayecto a través de los pasillos de la Fortaleza fue un suplicio.
Las risitas ahogadas, los codazos discretos y las miradas cargadas de insinuación entre doña Amelia y Ayelet la seguían como una nube persistente.
Intentó mantenerse erguida, con la dignidad de quien no tiene nada que ocultar, pero cada carcajada sofocada era un clavo más en su ataúd de mortificación.
No lo entendía. Tendrían que estar horrorizadas. Deberían mirarla con repulsión o, como mucho, con preocupación porque una vampira y un arcángel se hubieran besado. Pero en lugar de eso, parecían… ¿emocionadas?
Comenzó a cuestionar con seriedad la cordura de ambas.
Al fin, emergieron en lo que solo podía describirse como un Edén oculto.
Un jardín botánico monumental excavado en el corazón de la montaña, donde convivían bosques tropicales húmedos, jardines japoneses de paz zen, paisajes de aridez subtropical y la exuberancia ordenada de un jardín inglés.
Era surrealista: un sueño de vida y color en las entrañas de la piedra.
La guiaron hacia un lago artificial de aguas serenas, donde patos, cisnes y peces de colores nadaban en plácida armonía.
Y entonces lo vio.
Allí, conversando con otros miembros de la Orden estaba Miguel, y el mundo se redujo a un único punto.
Sus ojos se encontraron desde la distancia, y Khata sintió que el aire se solidificaba en sus pulmones. La mirada del arcángel no era de enfado ni de reproche. Era algo infinitamente peor: glacial.
Un frío absoluto y penetrante que le erizó la piel y le heló la sangre. Era el vacío del espacio profundo, la ausencia total de calor o reconocimiento.
Un cosquilleo eléctrico —mezcla de pánico y de un inexplicable anhelo—, le recorrió la columna al enfrentarse por primera vez a él después de haber huido de su apartamento.
Sostuvo su mirada, desesperada por encontrar un atisbo de algo: un destello de la furia de la que le había hablado doña Amelia, un resto de la intensidad de su beso, cualquier cosa que fuera preferible a aquella nada absoluta.
Pero, de nuevo, no tuvo suerte.
Miguel no apartó la vista, no frunció el ceño, no hizo el más mínimo gesto.
Solo, tras esa eternidad de hielo, desvió la mirada hacia su interlocutor como si ella no existiera, como si fuera una mancha insignificante en el paisaje.
Y, tras despedirse, desapareció sin haber pronunciado una sola palabra.
El rechazo fue evidente.
Y ese silencio, esa indiferencia, resultaron mil veces más hostiles que cualquier grito o reproche.
Khata se quedó allí, paralizada, sintiendo cómo el ardiente rubor de su vergüenza se transformaba en una losa de hielo en el fondo del estómago.