La Profecía de los Caídos Capítulo 16
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Capítulo 16

Un suave calor fue lo primero que sintió.

Las llamas crepitaban en una chimenea, envolviéndola en una luz dorada y danzante que se filtraba a través de sus pestañas antes de que abriera los ojos.

Khata parpadeó, confundida. El dolor de cabeza latía con insistencia, como si alguien hubiera apretado su cráneo entre las manos, pero no era agudo, sino sordo, lejano.

Intentó reconstruir lo último que recordaba: el bar, el rostro de Olivier, su sonrisa fácil cuando le había ofrecido un trago, el sabor extraño en su lengua que había atribuido al licor barato. Luego, solo oscuridad.

Se tocó la sien y no encontró sangre ni heridas. Solo el eco de un miedo que aún le recorría el cuerpo. Algo le había pasado, pero no estaba herida, no estaba en peligro. Al menos, no de forma inmediata.

La luz tenue de la lámpara de la mesilla le pinchó los ojos, intensificando el dolor de cabeza hasta hacerla gemir. Con un gesto torpe, se tapó el rostro con el brazo, buscando refugio en la penumbra.

—¿Cómo te encuentras?

La voz era femenina, serena, y llegó a sus oídos como a través de un muro de algodón.

Khata parpadeó varias veces, forzando la vista hasta que las formas borrosas del cuarto se definieron.

Una mujer mayor, cuyo porte impecable reconoció al instante, estaba sentada en una butaca junto a la cama.

Sobre su regazo descansaba una labor de calceta.

—Como si me hubiera pasado una carreta de bueyes por encima y luego hubieran vuelto para asegurarse de haberme pateado pero bien —musitó, su voz pastosa por el residuo de la droga.

Doña Amelia, con movimientos pausados, dejó las agujas a un lado y se levantó. Tomó una jarra de cristal y sirvió agua en un vaso.

—Bebe —le ordenó amable—. La droga que te administraron debió de ser muy potente para dejarte tanto tiempo fuera de juego.

Khata apartó el vaso con suavidad, apretando los labios; su naturaleza vampírica reclamaba otro tipo de sustento.

—Se lo agradezco, pero… preferiría un poco de sangre —dijo mojando los labios resecos con la punta de la lengua.

El rostro de la mujer no expresó ninguna emoción cuando la miró, aunque un extraño velo ensombreció su dulce mirada. Sin decir palabra, volvió a su asiento y retomó su labor de punto. El clic-clac metálico de las agujas llenó el silencio, que se había vuelto de repente incómodo.

—Eso no va a ocurrir —masculló entre dientes.

Khata se incorporó con esfuerzo, el mundo girando levemente a su alrededor.

—No quería insinuar… mi intención no era… —exhausta, soltó un largo suspiro, pues no iba a disculparse por la forma en la que se alimentaba—. Da igual. No pienso morderla, si ese es su temor. Tranquila.

—Lo sé —se limitó a decir, con un tono de voz contundente.

Khata observó a la madre de Iria con atención, intentando descifrar lo que pasaba por su cabeza, pero no logró sacar nada en claro.

Para romper la tensión, se dedicó a contemplar la habitación.

No había ventanas, pero en lugar de resultar opresiva, emanaba una sensación de seguridad inquebrantable.

Los muebles eran de madera noble, robustos y refinados, y el crepitar del fuego en la chimenea pintaba danzas de sombras en las paredes de piedra, impregnando el aire con un olor a leña seca y serenidad antigua.

Era un lugar decorado con exquisito gusto y aire acogedor, pero fortificado.

—¿Dónde estoy? —preguntó, aunque algo en su instinto ya lo sabía.

Doña Amelia no alzó la vista de su labor.

—En la fortaleza de Santiago de Compostela.

Khata se quedó inmóvil, las palabras resonando en su cabeza con un eco familiar y distante.

—¿El Santiago de Compostela que está en Galicia… en España? —preguntó, como si necesitara confirmar que había oído bien.

El sonido constante de las agujas tejiendo lana fue la única respuesta durante un breve momento.

—Por supuesto, ¿acaso hay otro Santiago de Compostela que no esté en Galicia? —confirmó la mujer por fin—. ¿Por qué te sorprende tanto si ya has estado antes aquí?

—No es sorpresa, es solo que… —Khata tragó en seco, una punzada de nostalgia atravesándola—. Desconocía su ubicación exacta… y la mención de este lugar me trae algunos recuerdos.

Las agujas se detuvieron de repente. Doña Amelia alzó la mirada, y sus ojos, perspicaces, estudiaron el rostro de la vampira, captando el tono melancólico que teñía sus palabras.

—¿Has estado antes por estas tierras?

Khata negó con la cabeza, dándose cuenta de que, tal vez, la mujer había asumido que era extranjera.

—En realidad, nací aquí —confesó, con la voz un poco más firme.

El hilo de lana se tensó entre los dedos de la madre de Iria, a quien no se le escapaba ni un detalle.

—¿En Santiago?

—No. En una pequeña aldea de la provincia de Lugo. Un lugar tan pequeño que hace siglos que ya no existe —respondió, y por un instante, el dolor de cabeza pareció ceder ante el peso de los recuerdos.

La mujer dejó la labor por completo sobre su regazo, dedicándole toda su atención.

—Vaya. No tenía ni idea.

—No tenía por qué saberlo. Después de que la Inquisición acabara con mi familia, yo…

—Hizo una pausa, el viejo dolor resurgiendo con una nitidez que le cortó la respiración.

Se obligó a continuar, las palabras saliendo a rastras—: Después de que me mordieran, convirtiéndome en lo que soy ahora, estuve huyendo durante años.

Dejé mi pasado atrás hasta que llegué a París y logré establecerme.

Las agujas permanecieron quietas. Doña Amelia no dijo nada durante un largo momento; simplemente la contempló con una mirada que no juzgaba, que no compadecía, sino que absorbía el dolor ajeno con calma y comprensión.

Y Khata, acostumbrada a esconderse en las sombras, de pronto se sintió desnuda ante esa quietud, como si aquella mujer pudiera ver las grietas de su alma y las cicatrices que nunca habían cerrado del todo.

—Debió de ser horrible.

Ella se revolvió en su sitio, incómoda, llevándose una mano al cabello para fingir que se entretenía en desenredarlo. No quería que las lágrimas la delataran.

—Sucedió hace mucho tiempo, ya ni me acuerdo —mintió. Carraspeó con fuerza para deshacer el nudo atorado en la garganta—. ¿Quién me trajo aquí? —preguntó con la clara intención de cambiar de tema.

La madre de Iria le siguió el juego, por el momento.

—Miguel, por supuesto. —Su tono fue tan natural como si hablara del clima, mientras retomaba la calceta—. Pero te daré un consejo: mantén las distancias con él durante un tiempo. No lo había visto tan furioso en mi vida como cuando llegó contigo en brazos.

Khata arrugó el ceño con desconcierto.

—¿Por qué?

Amelia se encogió de hombros con aire de falsa ligereza, como si eligiera sus palabras con cuidado.

—Porque decía que nadie en su sano juicio se adentraría sola en un nido de Sangresnegra. —La mujer lo transmitió con calma, sin pizca de dramatismo, como si no hablara de la vida de Khata—. Según él, eso solo lo haría alguien con un cerebro de mosquito.

Khata apretó los dientes con ira y sus ojos se tornaron negros como su abundante cabello.

—¿Quién se cree ese idiota para criticarme? —se defendió, cuando la rabia subió por su rostro—. Me vi envuelta sin quererlo. Además, no todos eran Sangrenegra. Ya me gustaría verlo a él en mi lugar.

Las agujas se movían rápidas entre los dedos de la mujer, enlazando los puntos de la lana en un clic-clac continuo.

—Me molesta admitirlo, pero debo reconocer que tiene parte de razón.

Khata chasqueó la lengua contra el paladar con enfado.

—Todo ocurrió sin preverlo y debía tomar una decisión. Hice lo que tenía que hacer, punto.

—¿Aun poniendo tu vida en riesgo? —indagó Amelia, parando en seco lo que estaba haciendo para posar su inteligente mirada sobre ella—. ¿De verdad ese hombre lo merece?

Khata alzó el mentón con orgullo. No le importaba si la consideraban una idiota o una descerebrada; su lealtad hacia Olivier estaba fuera de toda discusión.

—Sí —se limitó a decir.

—Entiendo —dijo, retomando su labor. Durante un instante se instauró un silencio entre ellas, hasta que tomó la palabra de nuevo—: ¿Sabes? Creo comprender por qué Miguel estaba tan enfadado contigo ayer.

Ella torció el gesto, construyendo una muralla alrededor de sus sentimientos.

—Para ser honesta, me importa una mierda.

Una suave risa sacudió los hombros de Amelia.

—¡Ay, Dios! ¡Sois tan parecidos! —Descansó las manos sobre su regazo, dispuesta a decir lo que tenía en mente a pesar de todo, y después de escuchar el bufido de desacuerdo que soltó Khata—.

No se lo pensó dos veces en traerte aquí de nuevo, ¿entiendes?

Ni lo dudó. Verte desmayada, sin saber si sobrevivirías a lo que fuera que te hubieran administrado, lo estaba matando de preocupación.

No era rabia lo que lo consumía, Khata, era terror.

Puro y simple terror que un ser como él no sabe expresar más que transformándolo en furia.

Reconocer que le importas, que tu bienestar le afecta de esa manera…

entraría en grave conflicto con sus creencias más arraigadas.

Miguel jamás lo reconocerá y por eso escondió su miedo tras una fachada de rabia y desdén. Él nunca aceptará…

—Sentir simpatía por un ser maldito como yo —concluyó Khata, advirtiendo cómo esas palabras excavaban un hueco frío en su pecho.

—Yo no he dicho eso.

Ella dejó escapar un suspiro profundo.

—No es necesario —replicó, deslizando las piernas por el colchón hasta posar los pies en el suelo—. Además, como dije antes, me importa una mierda.

La madre de Iria guardó silencio. No era tan ingenua como para no reconocer el sufrimiento tras la fría máscara de la vampira, así que dejó el tema por el momento.

—Está bien, como quieras —admitió. Y, a continuación, señaló con un gesto de cabeza hacia un montón de ropa doblada con cuidado sobre una silla—. ¿Por qué no te das una ducha? Seguro que te sentará bien.