La Profecía de los Caídos Capítulo 15 #2
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Capítulo 15 #2

Apretó los dientes cuando el rostro de Miguel se coló en su cabeza. Se obligó a cambiar el rumbo de sus pensamientos, pues pensar en él irremediablemente la llevaba a recordar el beso entre ambos, por lo que se centró de nuevo en su amigo.

—Tengo tantas cosas que contarte —confesó de forma impulsiva.

La copa volvió a aparecer llena frente a ella. La bebió de nuevo, buscando valor. Pero esta vez el ardor en su garganta se tornó extraño. Una densidad amarga, un poso metálico.

Su amigo se tomó la suya antes de decir:

—¿Y por qué no lo haces?

En cuestión de segundos, el mundo comenzó a tambalearse.

Las voces se distorsionaban, como si vinieran desde el fondo de un túnel.

Los rostros se deformaban, sus facciones se estiraban y se encogían como reflejos en un agua turbia.

El corazón le latía lento, pesado, irregular.

Un sudor frío le empapó la nuca, la visión se le empañó y cada parpadeo costaba más.

—Porque no sé si confiar en ti —logró articular, y las palabras le costaron un esfuerzo titánico.

Él inclinó la cabeza tan cerca que su rostro era un borrón ante sus ojos.

—Siempre has confiado en mí, pequeña. ¿Por qué ibas a dejar de hacerlo ahora?

Khata intentó negar con la cabeza, pero el movimiento fue un lento balanceo que casi la hace perder el equilibrio. El mundo se inclinaba.

—Porque solo me respondes con evasivas… —murmuró, y su lengua era un pedazo de trapo pesado—. ¿Tienes idea de lo preocupada que he estado? Y a ti… a ti parece que no te importa.

Un peso de plomo se apoderó de sus párpados, esperando que él lo negara. Sus extremidades ya no le respondían.

—Olivier… —su voz fue un hilillo de aire, un último susurro de auxilio.

—¿Sí, pequeña?

—¿Qué me has hecho? —farfulló, la conciencia desvaneciéndose como agua entre los dedos—. ¿Qué… le has echado… a la bebida?

—Solo algo para relajarte —fue la respuesta, fría y clara, como el cristal que se quiebra.

La última imagen que registró fue su sonrisa. No la sonrisa cálida de su amigo, sino una mueca cruel y triunfante que no dejó lugar a dudas. Luego, la oscuridad la engulló por completo y su cabeza cayó pesada sobre la fría superficie de la mesa.

Olivier esperó, observando el cuerpo inerte de su amiga con una curiosidad clínica. Cuando estuvo seguro de que el sedante había surtido efecto, hizo una señal a uno de los suyos.

—Llévatela.

El vampiro se acercó, sus manos extendiéndose para agarrarla, pero en cuanto sus dedos rozaron el aire alrededor de Khata, una onda invisible lo lanzó contra la pared con una violencia brutal.

El impacto fue sonoro y contundente. Un latigazo de energía primordial arrojó al vampiro contra la pared opuesta como si fuera un muñeco de trapo, dejando un cráter en el yeso.

Un silencio mortal cayó sobre el bar cuando el cuerpo de ese vampiro comenzó a arder en llamas y solo quedó ceniza en su lugar.

—¡Pero ¿qué cojones?! —escupió Olivier, poniéndose en pie y retrocediendo varios pasos, su rostro palideciendo de incredulidad y furia.

De la piel de Khata emanaba un resplandor dorado.

Un intrincado símbolo, como un tatuaje de fuego líquido, palpitaba con una luz cegadora, bañando el lugar con una calidez antinatural que hacía retroceder a las criaturas de la oscuridad.

La marca se había activado, tejiendo un aura protectora e impenetrable alrededor de su cuerpo inconsciente.

Murmullos de terror y rabia surgieron de la congregación.

Olivier, con los ojos desorbitados, contemplaba el fenómeno con una mezcla de horror y fascinación.

Otro vampiro, más osado, intentó acercarse también, solo para ser repelido con la misma fuerza brutal, estrellándose contra la barra con un crujido de madera y huesos, hasta que estalló en llamas y obtuvo el mismo final que el anterior.

Nadie más se atrevió a moverse. La rodeaban, formando un círculo cauteloso de colmillos y miradas asesinas, pero incapaces de traspasar la barrera de luz divina.

Y entonces, la atmósfera cambió.

Un crujido sutil, como de aire desgarrándose, precedió a la aparición. Una presencia luminosa, densa y pura, irrumpió como un amanecer en mitad de la noche. El murmullo cesó, la tensión se quebró y un silencio reverente se impuso.

Entre las sombras emergió la figura de Miguel.

Su envergadura parecía llenar todo el espacio.

Sus alas, desplegadas en todo su esplendor celestial, despedían un resplandor que hacía daño a los ojos.

En su mano, la espada celestial de fuego blanco y puro brillaba con un filo que ningún ser inmundo se atrevía a mirar demasiado tiempo.

—Un paso más —su voz tronó, grave y cortante como el acero—, y estáis todos muertos.

La promesa no era una amenaza, era una sentencia inapelable.

El círculo de vampiros se cerró aún más, pero esta vez no en actitud de ataque, sino de defensa instintiva, pues sabían quién era y ninguno tuvo la osadía de desobedecer su orden.

Contuvieron la respiración colectiva, sus miradas fijas no en el arcángel, sino en el cuerpo inconsciente de Khata.

Esperaban, casi ansiaban, ver cómo la marca dorada que los había repelido con tanta violencia se alzaba ahora para atacar al ser celestial que se atrevía a profanar su espacio.

Miguel avanzó tras enfundar su arma. No con cautela, sino con una determinación absoluta que ignoraba por completo la amenaza latente.

Se arrodilló junto a Khata, y el resplandor de sus alas bañó su rostro pálido.

Los vampiros contuvieron un jadeo colectivo.

Las manos del arcángel, las mismas que podían blandir una espada capaz de desintegrar montañas, se extendieron.

Cuando Miguel se acercó y sus brazos rodearon a la vampira inconsciente, no hubo estallido de fuerza ni rechazo.

La marca, brillante y viva sobre la piel de Khata, latió como un corazón en llamas.

Y después… se suavizó. El fulgor no lo repelió: lo reconoció.

Se difuminó lentamente, como si inclinara la cabeza ante la única autoridad capaz de domar su poder.

El silencio se volvió aún más pesado, cargado de asombro y desconcierto. La visión de aquel guerrero celestial, sosteniendo entre sus brazos a una vampira renegada, grabó en todos los presentes una certeza que los quemaba por dentro: ella no era cualquiera y él no estaba allí por casualidad.

Miguel elevó la mirada, y cuando sus ojos se fijaron en Olivier, la sala entera se estremeció. Era una mirada tan feroz y helada que muchos vampiros se encogieron de miedo. Esa promesa silenciosa de represalias pesó más que cualquier palabra.

Y con un destello de luz, como si la noche misma hubiera sido desgarrada, Miguel y Khata desaparecieron.