La Profecía de los Caídos Capítulo 15
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Capítulo 15

Durante unos segundos los dos se miraron en silencio.

El tiempo pareció dilatarse, como si cada respiración raspase sus pulmones y costase digerirla.

El alivio atravesó a Khata con una intensidad tan dolorosa que le causó dificultad para tragar saliva.

Por fin, tras meses de ausencia, lo tenía frente a ella.

Y, sin embargo, las palabras se le quedaron atrapadas en la garganta, como si una fuerza invisible le impidiera pronunciarlas.

—Hola, Khata —habló él primero.

La voz de Olivier era grave, calmada, idéntica a la que recordaba…

pero había en ella un matiz nuevo, una frialdad que se le clavó como un aguijón.

Un escalofrío primigenio, frío como el acero, nació en la base de su nuca y serpenteó por cada vértebra de su columna.

Había algo en él que le resultaba conocido y extraño a la vez…

Cada uno de sus sentidos le gritaba que había una fisura en la realidad que tenía delante.

Su mirada escudriñó el rostro familiar: la misma mandíbula fuerte, la misma nariz, las mismas pecas bajo los ojos...

pero la luz detrás de estos no era la que ella recordaba.

Algo no encajaba. Había un vacío donde antes ardía la calidez, una placidez glacial que no le pertenecía.

Algo en su tono, en su manera de pronunciar su nombre, se sentía ajeno, impostado.

Aun así, se obligó a sonreír.

—¿Estás bien? —preguntó, más para convencerse a sí misma que porque creyera en la respuesta que le iba a dar.

Él se encogió de hombros con gesto indiferente, demasiado ensayado, como si el tono dubitativo de esa pregunta le molestara.

—Ya ves que sí.

La respuesta no la tranquilizó. Al contrario, avivó la angustia que ya le quemaba el pecho.

Era él, sí… pero no era el mismo… ¿o sí?

Sus ojos tenían el mismo color, la misma profundidad, pero parecían faltos de vida, como si una sombra oscura se hubiera posado tras ellos.

Una negrura como la noche que se alargaba y lo envolvía por completo en un aura de lo más inquietante.

Se temió lo peor y rezó porque sus mayores miedos no se hubieran hecho realidad.

Por otra parte, Khata advirtió algo más: por el rabillo del ojo, las figuras en el bar se habían desplazado sin darse cuenta.

No se oían pasos, pero al mirar de reojo descubrió que ahora estaban más cerca, formando un semicírculo invisible a su espalda.

La salida quedaba cada vez más lejos. Instintivamente, la tensión se le acumuló en la mandíbula.

La sensación de peligro y de haber caído en una trampa cada vez era más certera.

—¿Por qué no has contestado a mis llamadas? —insistió, intentando aferrarse a lo humano, a lo cotidiano, como si así pudiera arrancarle una reacción genuina.

Por un instante creyó ver un destello de desdén en sus ojos. Fue tan rápido que dudó de sí misma, pero la punzada de dolor en el pecho fue real.

—Lo siento —replicó él con calma calculada—. He sido un mal amigo… pero es que he estado un pelín ocupado.

La palabra «ocupado» sonó hueca, sin peso, como una excusa creada a toda prisa.

Khata se cruzó de brazos, ocultando su turbación bajo un gesto severo.

—¿En serio? ¿Tan ocupado como para ignorarme durante meses? —insistió, buscando en sus ojos un atisbo del hombre que conocía.

Una sonrisa lenta se curvó en las comisuras de los labios de Olivier. No era la sonrisa que recordaba; no era cálida ni franca. Había en ella un dejo de ironía, un filo de malicia apenas perceptible.

—Si te soy sincero, estuve unos meses fuera del país, nada importante —respondió con ligereza, como si su ausencia no hubiera significado gran cosa—. ¿Por qué no te sientas y hablamos con calma?

Le palmeó el asiento junto a él, la invitación acompañada de un gesto tan natural que resultaba inquietante.

Khata no se movió al instante. El aire estaba cargado, denso, como si la sala entera contuviera la respiración esperando su respuesta.

Sentía los ojos de todos los presentes clavados en ella, atentos, vigilantes, expectantes.

La incomodidad se le hizo insoportable: quedarse de pie era exponerse; darles la espalda, tal vez un suicidio.

Al fin, respiró hondo, avanzó con cautela y tomó asiento a su lado.

Prefirió enfrentarse a las miradas que tenerlas tras ella.

Pero mientras lo hacía, una certeza la atravesó como una aguja helada: el hombre que estaba frente a ella podía tener el rostro de Olivier…

pero algo, en lo más hondo, le decía que ya no era él. Esperaba estar equivocada.

—¿Por qué no tomas algo? Yo invito —dijo él, levantando la mano, esperando que esa orden silenciosa fuera acatada en el acto.

Khata entrecerró los ojos y estudió a su amigo aprovechando que lo tenía más cerca.

—¿Y qué has estado haciendo fuera del país? —indagó interesada.

—Nada fuera de lo normal, simples negocios.

Ella chasqueó la lengua contra el paladar.

—¿Y esos «negocios» tenían la falda muy corta? —interrogó, simulando estar celosa.

Olivier compuso una expresión de horror tan convincente que, por un momento, Khata creyó que era el mismo de siempre.

—¿Por quién me tomas? —exclamó con un tono tan melodramático que estaba claro que su ofensa era fingida—. No soy ningún crápula, por mucho que te empeñes en creerlo.

Una sonrisa nostálgica se dibujó en los labios de Khata.

Ese juego entre los dos era tan viejo como su amistad.

Olivier era muy guapo, de eso no había duda, aunque Khata jamás lo viera como algo más que un hermano mayor.

No el resto de mujeres, que se sentían irremediablemente atraídas por su masculina belleza y carismática personalidad.

Durante un instante se lo quedó observando, echando de menos aquellos tiempos, hasta que su sonrisa se borró cuando una carcajada al otro lado de la sala la sacó de su abstracción.

—Te veo muy confiado —admitió, alzando de nuevo la guardia—. Más de lo normal.

Él se reclinó en su asiento y cruzó los brazos sobre el pecho con aire reservado tras advertir su cambio de tono.

—¿Tú crees?

Ella emuló su postura. Tenía miedo, no iba a mentir, pero debía averiguar la verdad sobre su amigo, así fuera descubrir que se había convertido en un Sangrenegra.

—Al igual que a mí, nunca te han gustado las multitudes ni los bares —argumentó, clavándole la mirada—. Perdona si me resultan de lo más curiosos tus nuevos gustos.

Él volvió a encogerse de hombros y soltó una risa seca, como una forma de desviar la atención para ocultar la pequeña alarma que saltó en su apuesto rostro.

—Bueno, como se suele decir: donde fueres, haz lo que vieres —respondió, guiñándole un ojo con complicidad.

Un camarero dejó una copa frente a ella. No había pedido nada, pero la bebida quedó ahí, reluciente bajo la luz tenue.

—¿Desde cuándo?

Sentía la tensión en Olivier, en cómo las preguntas le resultaban incómodas a pesar de aparentar normalidad.

Bajo esa superficie de amabilidad y cercanía, podía percibir un eco de enojo subyacente.

O tal vez fuera su imaginación; no podía estar completamente segura.

Un lamento de frustración estuvo a punto de escapar de su garganta.

—¿Por qué estás tan tensa? —señaló él, cambiando de tema a propósito—. Después de todo, has estado preguntando por mí, supongo que te alegrará saber que estoy bien. Así que, ¿por qué no brindamos por nuestro encuentro?

—He venido a buscar respuestas, Olivier, no a beber.

Él le dio un breve empujón con el hombro, juguetón.

—Venga, no seas aguafiestas. —Se bebió de un trago su chupito de tequila antes de continuar—: Estoy bien, vivito y coleando, ¿acaso no me ves? —respondió, abriendo los brazos y señalándose con las manos para demostrarlo.

Khata miró a su alrededor y frunció los labios, indecisa.

No quería beber. No confiaba. Pero todos alrededor parecían haber olvidado su presencia, charlaban tranquilos, como si la hostilidad anterior nunca hubiera existido.

El contraste la descolocó. Se llevó la copa a los labios casi por instinto, intentando demostrar que no era un peligro para nadie.

El líquido ardió en su garganta y, después, se inclinó en la mesa y susurró:

—En serio, ¿qué haces en este tugurio?

Él la imitó con un brillo divertido en la mirada.

—Nada tan macabro y horrible como piensas.

Por un instante, un solo y breve instante, Khata creyó que podía estar equivocada y que el hombre que tenía delante era el Olivier de siempre.

Un suspiro de alivio subió por su pecho y lo dejó salir tembloroso.

Quizá estaba siendo más paranoica de lo que pensaba.

Lo observó un poco más mientras él rellenaba su chupito con aire despreocupado.

Y, para ser honesta, no parecía ser un Sangrenegra como con los que se había topado en el metro.

La copa volvió a aparecer llena frente a ella. La bebió de nuevo, buscando valor.

—¡Esa es mi chica! —exclamó Olivier satisfecho.

Los presentes levantaron sus copas sonrientes, celebrando que al fin ella se uniera a la fiesta.

Khata bajó un poco la guardia al sentir que ya no era una amenaza para el resto, como si solo con ese gesto la aceptaran como una más.

Todavía no podía entender por qué sus sentidos vampíricos estaban anulados en aquel bar de mala muerte, pero todavía podía ver las auras de los que allí se encontraban con total claridad.

Desde que se despertó en el hospital, esa habilidad no había desaparecido en ningún momento.

No entendía muy bien qué finalidad tenía poder distinguir esa energía en los demás, pero sí se había dado cuenta de que cada ser tenía su propio color e intensidad.

Incluso, había notado que los colores eran más oscuros, densos y apagados dependiendo de la raza.

O, al contrario, más coloridos, suaves y brillantes… , como en el caso de los ángeles.