La Profecía de los Caídos Capítulo 14 #2
49%

Capítulo 14 #2

Perdida en aquel laberinto de dudas, apenas notó cómo sus pasos la llevaron hasta un callejón más estrecho, donde el bullicio de la gran avenida se apagaba en murmullos.

Allí, una vieja fachada con un letrero de neón parpadeante llamó su atención.

Un bar pequeño, discreto, del que escapaba música ahogada y un humo espeso de cigarrillos.

Fue entonces cuando lo reconoció: aquel era uno de los lugares donde había preguntado por Olivier días atrás.

No había planeado llegar hasta allí, pero sus pies la habían conducido sin consultarla, como si su subconsciente la arrastrara hacia la única persona que alguna vez había sido capaz de comprenderla.

El único ser que había sido su amigo, su maestro, su protector, su confidente…

Khata se detuvo frente a la puerta; una puerta en la que había estado apostada durante varias noches, con la esperanza de encontrar allí a su amigo.

El corazón se le encogió en el pecho al recordar la ausencia de Olivier, ese vacío punzante que no se calmaba con nada.

Sabía que allí no encontraría las respuestas que buscaba, pero la tristeza de añorarlo se le instaló en los huesos como un peso que la hundía un poco más.

La música amortiguada que escapaba del interior era grave y decadente, la cual se mezclaba con el murmullo de conversaciones apagadas y el olor penetrante de alcohol rancio. Las luces de neón parpadeaban, tiñendo la acera de tonos púrpura y azulados, como si la ciudad misma respirara cansancio.

De pronto, un movimiento en la penumbra. Un hombre se despegó de la pared, avanzando hacia ella con paso decidido. El humo del cigarrillo que sostenía entre los dedos dibujaba un halo amarillento alrededor de su rostro.

—Hola, guapa —dijo, ladeando la sonrisa con un descaro estudiado—. ¿Eras tú la que preguntaba por Olivier el otro día?

La sorpresa en el rostro de Khata no se hizo esperar, pero enseguida entrecerró los ojos, desconfiada, como un animal al acecho.

—¿Quién lo pregunta?

El hombre sorbió por la nariz, restregándose el rostro con la palma abierta, después de mirar a un lado y a otro con ademán enigmático.

—Alguien que solo quiere ayudar.

El instinto de Khata se tensó como un resorte, pues la última vez que había estado allí tomó la decisión de perseguir a uno de los clientes asiduos del bar, y mira lo que había pasado.

Lo miró de arriba abajo, con recelo; había algo en aquel sujeto que la incomodaba.

Sus movimientos eran nerviosos, demasiado estudiados, demasiado conscientes de su propio misterio.

Sin embargo, el nombre de Olivier había abierto en ella una grieta peligrosa, y la necesidad de aferrarse a esa mínima posibilidad era tan acuciante que no pudo evitar morder el anzuelo.

—¿Sabes dónde está? —preguntó con la voz más firme de lo que en realidad sentía.

El hombre echó un vistazo rápido por encima del hombro hacia el interior del bar, como si comprobara que nadie lo escuchaba.

—Tal vez.

Khata lo midió en silencio, con esa intuición afilada que tantas veces la había salvado.

Lo vio: la ligera ansiedad en la forma en que se rascaba el cuello, el temblor contenido de los dedos, el brillo en la mirada que delataba más hambre que buena voluntad.

Su aspecto cetrino y desmejorado le hizo sospechar que estaba frente a un adicto.

Por lo que estaba casi segura de que solo buscaba una excusa para sacarle dinero y desaparecer.

Con un bufido, le dio la espalda y se encaminó calle abajo.

—No tengo tiempo para esto —gruñó entre dientes.

Estaba convencida de que ese tipo no sabía nada. Que solo quería marearla, ganar unos segundos de conversación y huir después con algo en el bolsillo, seguramente para pagar su adicción a las drogas.

—¡Espera! ¿A dónde vas? —le gritó él, la voz teñida de urgencia.

Khata se detuvo en seco y giró la cabeza apenas unos centímetros.

Sus ojos se tornaron de un negro profundo, como la noche más cerrada.

La expresión de su rostro se endureció hasta volverse cortante, un filo invisible que hizo retroceder al hombre un paso cuando apenas dejó vislumbrar su esencia vampírica.

Tuvo que hacer un enorme esfuerzo por no retraer las encías y enseñar el filo de sus colmillos.

—Si tienes algo que decir, dímelo ya —su voz fue un susurro helado, implacable—. Si no, piérdete.

El hombre tragó en seco. Su sonrisa de seguridad artificial se quebró, dejando al descubierto el miedo pálido que latía bajo su piel. La bravuconería se esfumó, encogiéndose físicamente como si esperara un golpe.

—Está bien —murmuró, con la voz quebradiza—. Solo… solo es un mensaje. —Su cabeza hizo un gesto torpe hacia la entrada del bar, una boca oscura entre dos edificios descascarados—. El que buscas… está ahí dentro.

Khata no movió un músculo, pero la sospecha floreció en su interior, una flor venenosa y familiar. Su mirada escudriñó al mensajero, buscando el engaño en el temblor de sus manos, en el sudor que perlaba su sien.

—¿Quién te envía? —La pregunta salió plana, sin inflexión, pero cargada de la amenaza de algo mucho peor que una simple respuesta incorrecta.

El hombre se escondió bajo la capucha de su sudadera, un movimiento nervioso que buscaba ocultar lo que su voz ya delataba. Los ojos le bailaban, evitando contactar con la oscuridad en la mirada de Khata.

—No lo sé —soltó, y por primera vez sonó sincero—. Y la verdad, prefiero no saberlo. Solo me pagaron para encontrar a alguien con tu aspecto y darle el mensaje. Ya hice mi parte. Yo me largo.

Antes de que Khata pudiera articular otra palabra, el hombre giró sobre sus talones y se fundió en las sombras de un callejón lateral, sus pasos apresurados, eco de cobardía y alivio.

Khata observó cómo aquel desconocido se perdía en la penumbra de la calle, con las manos en los bolsillos y el paso acelerado, como si temiera que ella cambiase de opinión y lo persiguiera. Durante unos segundos permaneció inmóvil, con la vista fija en la puerta del bar, la mandíbula apretada.

Todo en su interior gritaba que era una trampa. La lógica, el instinto de supervivencia, la experiencia acumulada en años de huida. Pero la mención de Olivier había traspasado todas esas defensas, como una hendidura luminosa en medio de la coraza que había construido.

Olivier.

Y ese nombre era más fuerte que cualquier instinto de supervivencia.

Con un suspiro resignado y un estremecimiento que no pudo sofocar, empujó la puerta del local.

El interior la golpeó de inmediato con una mezcla sofocante de olores: tabaco rancio, sudor, alcohol derramado y ese indefinible tufo de los bares demasiado viejos y pasados de moda.

La penumbra estaba rota por unas luces que parpadeaban y teñían el lugar con una atmósfera opresiva, proyectando destellos intermitentes sobre las mesas mugrientas.

La música era tan decadente como el lugar, pero tenía algo hipnótico, un hilo invisible que parecía arrastrarla más adentro.

Las conversaciones se apagaron casi de inmediato.

Varias cabezas se giraron hacia ella: hombres con la mirada vidriosa y la piel curtida por demasiadas noches sin dormir; mujeres con vestidos demasiado ceñidos, labios pintados con prisa y sonrisas que no llegaban a los ojos; rostros anónimos que se volvieron por un instante antes de regresar a sus copas, aunque sin dejar de observarla con el rabillo del ojo.

Y, por un momento, se preguntó si solo eran humanos, vampiros o Sangrenegras.

No lo tenía muy claro, pues extrañamente sus habilidades vampíricas estaban como anuladas.

Respiró hondo, ignorando la atención que suscitaba, y se abrió paso entre la multitud con decisión firme.

La música retumbaba en sus oídos y Khata se obligó a caminar despacio, con firmeza sobre el suelo pegajoso.

Podía sentir cómo la evaluaban, cómo la diseccionaban las miradas, algunas cargadas de desconfianza, otras de un interés mucho más incómodo.

No era bienvenida, pero tampoco invisible.

El aire se sentía denso, como si pudiera cortarse con un cuchillo, y por un instante tuvo la sensación de que estaba entrando en la boca del lobo.

Entonces lo vio.

Al fondo, apartado de la barra, en una mesa junto a la pared, un hombre permanecía sentado. No bebía. No hablaba. No participaba en el murmullo colectivo. Simplemente estaba ahí, como una roca en mitad de un río turbulento.

La luz mortecina apenas iluminaba sus facciones, pero Khata no necesitó ver más. El corazón le dio un vuelco tan violento que por un segundo creyó que se detendría. La garganta se le cerró, los ojos se le nublaron con un brillo húmedo que no esperaba.

Era él: Olivier.

El tiempo pareció detenerse, como si todo el bar hubiese quedado congelado alrededor de esa única revelación.

Lo había buscado por tanto tiempo que había creído que jamás volvería a encontrarse con la única persona que la había conocido sin máscaras, que la había acompañado en la oscuridad y le había enseñado a sobrevivir.

Y ahí estaba: en carne y hueso.

Khata dio un paso, y luego otro, como si sus pies se movieran por voluntad propia. El murmullo de las conversaciones regresó a su alrededor, pero sonaba lejano, distorsionado, como bajo el agua. Cada paso era un pulso, una pregunta, una súplica de que no fuera una ilusión.

Cuando estuvo lo bastante cerca, él alzó la vista.

Los ojos de Olivier la encontraron, y en ellos no había sorpresa ni desconcierto, sino un reconocimiento silencioso, profundo, como si supiera que tarde o temprano ese momento llegaría.

El mundo se quebró en ese instante. Y por primera vez en mucho tiempo, Khata no reconoció a la persona que tenía ante ella.