La Profecía de los Caídos Capítulo 14
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Capítulo 14

La furia que había consumido a Khata se disolvió tan rápido como había aparecido.

Ahora, bajo el peso del arcángel, la rabia se transformó en algo diferente, algo denso, incandescente y peligrosamente seductor.

Sus cuerpos, separados por apenas un suspiro.

La respiración de ambos se agitaba con violencia, cada inhalación se volvía un roce que encendía la piel y el latido de sus corazones resonaba en el silencio.

A pesar de la posición vulnerable en la que se encontraba, no luchó.

Por primera vez en mucho tiempo, no sentía la necesidad de huir.

Se aferró a aquel sentimiento de sentirse viva con la misma fuerza e intensidad con la que un náufrago se agarraría a su tabla de salvación.

El beso sabía a lágrimas, a rabia y a miedo.

Miguel, rígido al principio, contuvo el impulso de apartarse; no porque no lo deseara, sino porque el vértigo de aquel gesto tan íntimo lo sobrepasaba.

Era la primera vez que alguien traspasaba sus barreras; la primera vez que mantenía un contacto tan cercano y carnal con otro ser.

Notaba su propio corazón galopando con un estruendo que amenazaba con resquebrajar su pecho, y por primera vez en su existencia eterna conoció el miedo: un terror sagrado ante la maraña de emociones que lo devoraba.

En su interior, los cimientos de la fe, la obediencia y la disciplina crujieron, cedieron ante la embestida de un sentimiento tan primitivo que carecía de nombre para él.

Pero tras la sorpresa y confusión inicial, Khata sintió cómo la resistencia del arcángel se deshacía poco a poco, transformándose en un temblor que se confundía con el suyo.

La atracción era brutal, un fuego contenido que ardía entre sus bocas, pero también había en él una dulzura inesperada, como si Miguel temiera romperla bajo sus manos de guerrero, y aquello la desarmó.

La besaba con la reverencia y delicadeza de alguien que intenta tocar las alas de una mariposa, pero también con la intensidad de un huracán cuyo vórtice lo elevaba hasta hacerle perder la cabeza.

El mundo se detuvo. Solo ellos dos, uniéndose en un abismo que los condenaba y los salvaba al mismo tiempo.

Cuando sus labios se separaron fue solo un milímetro, un respiro robado. Miguel apoyó su frente contra la de ella, jadeante, perdido en el temblor de su propio y catastrófico descubrimiento.

—¿Qué me estás haciendo, Khata? —susurró, incapaz de reconocer la voz que le salía del pecho, tan humana, tan vulnerable.

Ella no respondió. No pudo. Los ojos del arcángel, antes fríos y distantes, ahora la miraban con una mezcla de curiosidad, asombro y una atracción que no podía ocultar.

Khata sintió una oleada de calor que le subió hasta el nacimiento del cabello, incapaz de poner freno a lo que estaba pasando entre ellos, con la vulnerabilidad impresa en cada línea de su rostro.

Y entonces, sin previo aviso, los labios de Miguel se posaron sobre los suyos de nuevo. El calor le trepaba por la piel, erizándole cada fibra. Esta vez no hubo torpeza: sus labios se buscaron con una suavidad reverente, como si aquel beso fuera un sacrilegio y, al mismo tiempo, una plegaria.

Ella sintió ese beso distinto, más lento, más profundo, una caricia inesperada que la hizo jadear.

Sus labios se entreabrieron y se encontró con la lengua de Miguel, al principio tímida, húmeda, exploradora.

Pero después tomó confianza y se abrió paso, reclamando, incitando, respondiendo de una manera tan sensual y real que embotaba sus sentidos.

Había en su forma de besar una mezcla de adoración y desesperación; lo probaba como si cada movimiento fuera un descubrimiento prohibido y delicioso.

El sabor del arcángel era adictivo, su dulzura demoledora, su inexperiencia un soplo de aire fresco.

Sus lenguas danzaban entre sí, se enredaban, se tentaban, como si hubiesen esperado ese momento por siglos.

Quería más. Deseaba explorar, descubrir, entender qué lo hacía a él tan diferente… tan especial.

Khata llevó una mano a la nuca del arcángel, hundiendo los dedos en la espesura de su cabello, enredándose en las emociones que recorrían su piel.

Miguel se estremeció al contacto, cediendo, y sus manos, inseguras pero firmes, subieron hasta enmarcar su rostro.

La yema de su pulgar rozó la mejilla de Khata con una ternura devastadora mientras sus bocas se devoraban con un hambre feroz.

El beso era un incendio voraz. Uno que los consumía sin remedio.

Los sonidos se mezclaban: el jadeo de ella, el gemido ahogado de él, el roce húmedo de sus labios y lenguas explorando, insistentes.

Miguel la besaba con la intensidad de quien descubre la vida por primera vez, notando su miembro duro, vivo…

y ella se abandonaba con la urgencia de quien ha pasado demasiado tiempo huyendo del deseo.

La chispa que había latido entre ellos desde el primer encuentro estalló, convirtiéndose en un fuego abrasador que les recorría las venas. El mundo se redujo a ese contacto: labios contra labios, lengua contra lengua, respiración contra respiración. Todo lo demás desapareció.

Los dos cayeron en el limbo del deseo. El universo se redujo a sus besos, a la suave caricia de sus manos.

Miguel la besaba con una intensidad que la hizo jadear.

Era la primera vez que él sentía algo así, y el descubrimiento era más que un placer, era una revelación.

Para Khata, el beso era el final de una lucha, la rendición a un sentimiento que la había atormentado desde que lo conoció.

El miedo que había sentido durante toda su vida, la necesidad de huir, se había desvanecido.

No había nada más que la inmensa y abrumadora sensación de la piel de Miguel, del sabor de su boca, del latido de su corazón golpeando atronador contra su pecho. Quería más, necesitaba más.

Ese contacto cargado de deseo fue largo, desesperado, un encuentro de almas que habían estado separadas por un abismo oscuro y solitario.

Era un beso que decía: «te entiendo», «te veo», «te necesito».

Sin embargo, de pronto, la cruda intensidad de sus propias emociones le provocó a Khata un miedo visceral.

La culpa por haber traspasado aquella línea, por haber vulnerado la barrera que había jurado no cruzar, la golpeó de lleno.

Con un movimiento rápido se alejó del arcángel. Saltó de la cama, abrumada, la respiración entrecortada. El silencio de la habitación, roto solo por los jadeos acelerados, se volvió ensordecedor. Se sentía avergonzada, sus mejillas ardiendo como brasas. Apenas se atrevió a mirarlo.

Miguel sentado en la cama, todavía en shock, su mirada fija en ella. Los labios le ardían y la confusión era tan grande que ni siquiera podía pronunciar su nombre.

—Yo… —dijo ella con la voz rota—. Lo siento —musitó, antes de recoger un poco de ropa y salir de la habitación a toda la velocidad que su condición vampírica le proporcionaba, dejándolo solo, confuso y desorientado.

—¡¿Pero qué demonios?! —farfulló él cuando la vio desaparecer.

El sol comenzaba a ocultarse tras el frío gris de los edificios.

Los pies de Khata no seguían un rumbo fijo; deambulaba por las calles como un fantasma, sin dirección, sin destino.

El aire gélido de París le azotaba el rostro, pero nada podía disipar el ardor que todavía sentía en los labios, como si el beso de Miguel hubiese dejado una huella indeleble en su piel.

Caminaba con los brazos cruzados, no para protegerse de las bajas temperaturas, sino como un intento desesperado de contenerse, de mantener el cuerpo unido cuando por dentro todo amenazaba con romperse en pedazos.

Su mente era un torbellino. Cada paso que daba la arrastraba más hondo en la maraña de emociones que no sabía cómo gestionar.

Lo odiaba por irrumpir en su vida, por desarmar las murallas que había levantado con tanto esfuerzo.

Lo detestaba por la forma en que su sola presencia removía recuerdos dormidos, miedos y anhelos que creía olvidados.

Y, sin embargo…

La simple memoria del contacto de sus labios, la forma torpe y reverente con la que Miguel había respondido a su beso, despertaba en ella una ternura que la asustaba más que cualquier enemigo.

Esa dulzura, esa vulnerabilidad tan inconcebible en un arcángel, había atravesado la coraza que llevaba años reforzando.

Y eso era lo que más le dolía: que, después de tanto dolor y de tanto exilio, alguien hubiese encontrado la grieta exacta por la que colarse.

—¿Qué demonios me pasa? —murmuró en un susurro que se perdió entre el ruido de los coches y las voces lejanas.

A cada esquina, París se mostraba indiferente a su tormento.

Las luces de los cafés comenzaban a encenderse, los escaparates reflejaban su silueta descompuesta y las farolas lanzaban destellos amarillentos que difuminaban aún más sus pensamientos.

La ciudad seguía viva, pero ella se sentía como si caminara entre ruinas invisibles, derrumbada por dentro.

¿Había cometido un error? ¿O era, acaso, la primera vez que se permitía sentir algo real, algo propio y no una reacción dictada por el miedo o la supervivencia? El beso la había hecho sentir viva… casi humana otra vez, y esa sola idea la aterraba tanto como la atraía.

¡No! ¡Basta! Debía olvidar aquel encuentro. Era necesario imponer un muro emocional si no quería volverse loca. Ella era una vampira, una maldita… y él, un ser angelical…

¡Por todos los demonios! Era el arcángel Miguel, el general de las huestes angelicales, la mano derecha de Dios, su brazo ejecutor… Sus destinos jamás podrían unirse. Sin duda, era una relación abocada al fracaso.