La Profecía de los Caídos Capítulo 13 #2
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Capítulo 13 #2

El arcángel dio otro paso, hasta que ella retrocedió y su espalda chocó contra el cabecero de la cama.

—Entiendo que tengas miedo… —empezó con voz grave.

—¡¿Que lo entiendes?! —rugió ella, lanzándose sobre él.

El grito partió el aire y Miguel apenas tuvo tiempo de reaccionar.

El cuerpo de Khata lo embistió con la furia de un vendaval, derribándolo sobre el colchón.

Sus uñas arañaban buscando su piel, su rostro, como si solo el dolor pudiera redimirla de su tormento—.

¡Que lo entiendes! —repitió, fuera de sí.

Miguel la contenía, sujetando sus muñecas con firmeza sin hacerle daño, pero la fuerza de la vampira era brutal.

—¡Basta! —le ordenó.

—¡No! —chilló, los colmillos brillando amenazantes bajo la penumbra—.

¿Tienes idea de lo que es vivir con esta hambre constante?

¿De la lucha feroz por no dejarte llevar por los instintos y desgarrar el cuello de un inocente y beber hasta saciarte?

¿Acaso sabes lo difícil que me resulta sobrellevar este tormento incesante para no perder lo que me resta de humanidad?

Sentada a horcajadas sobre él, Miguel la sujetaba por las muñecas, intentando detener sus ataques.

—¡Khata, detente!

Los colmillos, finos y letales, despuntaban sobre los labios, una amenaza real.

—No, no lo sabes. A ti nunca te arrebataron lo que más amabas: a tu familia, tu humanidad, tu futuro…

¿Dónde estabas tú o tu Dios cuando me atacaron aquella noche?

Yo también era una inocente, ¿sabes? Mi abuela, mi madre, jamás le hicieron daño a nadie…

¿Por qué tuvieron que morir de esa forma tan horrible?

¿Por qué tuve que convertirme en esta aberración, obligada a vivir en la oscuridad y en la clandestinidad, provocando un miedo atroz en los que antes eran como yo?

La rabia cedió paso al dolor y, en ese instante, Miguel aprovechó para voltearla, sujetando con firmeza sus brazos contra el colchón, inmovilizándola bajo el peso de su cuerpo.

Respiraban agitados, tan cerca que el calor de uno invadía al otro. Los ojos de ella brillaban entre lágrimas y odio, y los de él, intensos, encendidos en un fuego que ni siquiera podía nombrar.

La guerra no era solo entre ellos: se estaba librando dentro de cada uno.

Avergonzada por su súbito ataque de rabia, Khata volvió el rostro hacia un lado, mordiéndose el labio inferior con fuerza, incapaz de sostener la mirada del arcángel, testigo de su momento más vulnerable. Las lágrimas brotaban sin control, trazando senderos brillantes en su piel.

—Solo quiero volver a ser normal —sollozó, derrotada, con la voz quebrada—.

No sé si existe un cielo; en verdad, no creo en él.

Pero estoy convencida de que, si encuentro el modo de curarme, hallaré la manera de reunirme con mi familia en el mundo de los espíritus. Es lo que más deseo en este mundo.

Miguel guardó silencio. La lucha en su interior era feroz: una parte de él quería decirle la verdad, abrazarla y aliviar su carga, y otra lo retenía, recordándole que había un deber más grande que sus emociones.

—No lo entiendes, ¿verdad? —murmuró al fin, con un tono grave, cargado de un significado que a ella se le escapaba—. La cura nunca ha estado bajo un microscopio, Khata.

Ella giró la cabeza hacia él, confusa, buscando respuestas en su mirada ardiente.

—¿Qué quieres decir?

Un impulso irrefrenable lo dominó. Miguel soltó las muñecas que había mantenido prisioneras y llevó una mano hacia el rostro femenino. Sus dedos rozaron la piel húmeda de lágrimas, secándolas con una ternura que lo desarmaba tanto a él como a ella.

—Las leyes de la ciencia no tienen cabida aquí; jamás habéis estado cerca de hallar una solución a vuestra maldición a través del estudio de la sangre —explicó con suavidad, su voz cargada de una sinceridad necesaria—.

Padre quiso castigar a Caín por el crimen que cometió y lo maldijo a él y a toda su descendencia a cargar con ese tormento por el resto de la eternidad.

Ese fue el modo que eligió para enmendar una muerte innecesaria. Fue su voluntad, su sentencia divina.

Khata lo escuchaba con los ojos empañados, el resplandor plateado de sus iris recuperando su lugar, aunque manchado aún de dolor.

—¿Quieres decir que jamás tuvimos una oportunidad?

Él sacudió la cabeza, negando lo evidente.

—Lo siento —susurró.

Khata apretó los labios, convirtiéndolos en una fina línea de decepción.

—¿Puedes ver lo injusto y cruel que fue su castigo? —su voz tembló, pero no perdió fuerza—. ¿Qué culpa tenían los hijos del crimen perpetrado por su padre? ¿Por qué maldecir a toda una estirpe por el error que cometió uno solo?

Miguel tardó un instante en responder. No siempre compartía la dureza de las decisiones de Padre, pero jamás cuestionaría sus actos; así de fuerte e inquebrantable era su fe en él. Sin embargo, verla a ella suplicar comprensión le abría grietas en el pecho.

—¿Y qué culpa tenían los hijos de Abel? —replicó con gravedad, devolviendo sus ojos a los de ella—.

¿Acaso ellos se merecían el dolor de perder a su padre?

¿No merecían también una compensación por un acto tan atroz cometido por alguien en quien confiaban, alguien querido, alguien de su propia sangre?

Cada acción tiene su consecuencia, Khata.

Padre no podía dejar pasar sin castigo el primer acto de rebeldía, el primer asesinato cometido por uno de sus favoritos, la primera traición que rompía sus normas, sus mandamientos… Todo se volvería un caos, una anarquía…

—¿Acaso no se fue todo a la mierda de igual modo?

El silencio que siguió fue tan espeso que parecía tragarse la habitación entera.

Los labios de Khata temblaban, divididos entre la rabia, el dolor y una súplica muda.

Miguel, aún encima de ella, se debatía en su propia prisión: sabía que debía mantener la distancia, que el contacto con ella era un peligro para ambos, pero el calor de su cuerpo bajo el suyo lo estaba consumiendo.

Khata cerró los párpados, derrotada, como si con ese gesto se rindiera al peso insoportable de su realidad. Su voz salió rota, apenas un suspiro:

—Solo quiero que todo esto se acabe… estoy tan cansada…

Aquella confesión quebró algo dentro de Miguel.

El arcángel, que había combatido demonios y guerras milenarias sin vacilar, se descubrió temblando ante la fragilidad de una sola mujer.

Un abismo se abría frente a él y lo arrastraba sin remedio.

Su pulso se aceleró; el control que lo había definido durante siglos se desmoronaba.

—Te prometo que estoy aquí para ayudarte —confesó, con un temblor apenas perceptible en su voz—.

Ojalá pudieras confiar en mí. Ojalá pudieras creer que ni yo ni la Orden somos tus enemigos.

Quiero las mismas respuestas que tú, Khata.

Quiero protegerte, entenderte… ayudarte a encontrar esa paz que tanto ansías.

Ella lo miró entonces, golpeada por la sinceridad de aquellas palabras. El violeta de sus ojos la envolvía, intenso, infinito, y por primera vez en mucho tiempo su corazón se agitó con algo más que dolor. Era un tambor que latía con vida propia, golpeando dentro de su pecho, desbocado.

El aire entre ambos se volvió insoportable, como si cada respiro fuera un roce. El deseo y la vulnerabilidad los mantenían atrapados en un mismo vértice, un espacio donde el tiempo no existía. Y, con un movimiento tembloroso pero inevitable, Khata buscó sus labios…

El beso fue torpe al inicio, nacido de la desesperación, de la rabia, de la herida abierta que la desgarraba desde hacía siglos. Pero en cuanto sus bocas se encontraron, la descarga fue brutal, un choque de fuego y cielo que ninguno de los dos estaba preparado para sentir.

El mundo se detuvo. Por un instante no existían ni maldiciones ni fe ni culpas. Solo el calor de dos seres condenados que, contra toda razón, se reconocían en el vacío del otro.