Capítulo 13
Miguel desconocía el tiempo exacto que había transcurrido desde que Khata lo dejó solo en el salón.
Sentado en el sofá, los segundos se habían convertido en minutos y los minutos en horas, hasta que la noche dio paso a un nuevo día.
No le importó el abandono, pues le había ofrecido un respiro para poner en orden su cabeza, que era como una montaña rusa de pensamientos y emociones encontradas.
Todo un enigma que debía desentrañar para volver a la paz y la tranquilidad a las que estaba acostumbrado, ya que, por desgracia, su mundo se había visto alterado por completo desde que conoció a aquella mujer.
No estaba logrando ningún avance cuando un sonido proveniente de la habitación de Khata lo arrancó de su ensimismamiento.
Se levantó de su asiento y se acercó a la puerta con cautela.
Agudizó el oído y un nuevo quejido procedente del interior lo puso en alerta.
La primera vez que la había revisado, horas antes, la había encontrado dormida en la acogedora suavidad de su cama.
Intuía que debía de estar agotada tanto física como emocionalmente, pues, a pesar de que los vampiros podían caminar bajo la luz del día, sí era bien cierto que su preferencia y mayor actividad eran de noche.
En esos momentos, la suave luz del crepúsculo entraba por las ventanas del apartamento de Khata y Miguel, con la mano en el pomo de la puerta, dudó por un instante si irrumpir en la intimidad de su habitación para confirmar que se encontraba bien.
Un nuevo quejido, un sonido angustiado, fue el aliciente que necesitaba para tomar una decisión, y lo que se encontró al otro lado fue tan sorprendente que lo dejó sin palabras.
Varios objetos orbitaban suspendidos en el aire.
Libros sobre el estudio de la genética flotaban en círculos perfectos, una lámpara de pie giraba con lentitud sobre sí misma y varios cojines y una silla levitaban.
Una energía poderosa los movía sin aparente esfuerzo, un torbellino invisible que parecía tener su origen en la cama.
Miguel se quedó paralizado, contemplando la escena, la boca entreabierta por el asombro.
Khata seguía con los ojos cerrados, pero un rictus de profundo sufrimiento en su semblante dejaba entrever que estaba inmersa en una terrible pesadilla.
Varias gotas de sudor perlaban su frente y el cabello húmedo se pegaba a su rostro, al mismo tiempo que unas palabras ininteligibles salían de su boca, una melodía quebrada de miedo y dolor.
—Khata… —su voz se rompió en un susurro, cargado de una ternura que no quiso reconocer.
Dio un paso hacia ella, pero de inmediato una fuerza lo arrojó hacia atrás con la violencia de una ola.
Se sostuvo contra el marco de la puerta, sorprendido.
No era un poder enemigo. No lo sentía hostil.
Percibía aquel muro de fuerza como una esencia protectora, como si un poder sobrenatural quisiera resguardarla mientras ella se encontraba en su estado más vulnerable.
La protección era tan fiera, tan innata, que el arcángel supo al instante que no había sido dirigida conscientemente por ella.
Sabiendo esta vez a lo que se enfrentaba, Miguel avanzó con cuidado hasta llegar a su lado.
La barrera de energía era como atravesar un muro de agua densa.
Era pesada, pero no insuperable. Debido a su pesadilla, Khata se movió y, con ello, las mantas se hicieron a un lado, por lo que él pudo vislumbrar el origen del poder que había sentido.
Un destello de luz emanaba de la marca oculta bajo la camiseta que se tensaba sobre su pecho.
No era una luz blanca y pura, sino una mezcla de dorado y violeta que pulsaba al ritmo de su corazón.
En ese instante, Miguel comprendió.
Aquella marca no era la firma de un demonio ni la cicatriz ardiente de la maldición de Caín.
Era mucho más. Era la impronta de lo eterno: la unión de la luz y la oscuridad, de la pureza y la corrupción, del sacrificio y la condena.
Y la energía que palpitaba sobre la piel de la vampira no era un vestigio de magia negra, sino un eco de sí mismo, de su propio poder de arcángel reflejado y contenido en un ser que, contra toda lógica, parecía haber nacido para soportarlo.
—¿Qué eres en realidad…? —susurró, temiendo que el universo escuchara su duda.
Khata se agitó en sueños, pronunciando palabras en un murmullo desgarrador. Él extendió la mano, movido por un instinto irreprimible: calmarla, tocarla, liberarla de esa pesadilla. Pero se detuvo a escasos centímetros. El deber lo encadenaba, la fe lo retenía.
De pronto, los ojos de Khata se abrieron de golpe, dos abismos oscuros que chocaron con los suyos. Desorientada, temblando, atrapó aquella mano tendida y, sin comprender lo que hacía, obedeció a su instinto más primario: lo mordió.
Miguel contuvo un jadeo. Sintió los colmillos hundirse en su piel y, en lugar del dolor desgarrador de la otra vez, un cosquilleo eléctrico recorrió su brazo, mezclando dolor y placer en un mismo latido.
El impacto lo estremeció hasta los huesos, pero no se apartó.
No podía. Algo en ese contacto lo sacudió de tal manera que lo dejó sin aliento.
Con un respingo, Khata lo soltó. Los objetos suspendidos en el aire se desplomaron de golpe contra el suelo con un estrépito seco que rompió el hechizo. Ella se incorporó en la cama, respirando con agitación, la confusión marcando cada línea de su rostro.
—¿Qué ha sido eso? —preguntó con la voz trémula, una mezcla de miedo y desconcierto. Acababa de despertar de una pesadilla para encontrarse con una realidad aún más extraña.
Miguel apretaba con los dedos la herida aún fresca en su piel, los dos puntos sangrantes que habían dejado los colmillos de Khata.
Sin embargo, sus ojos no podían apartarse de su boca.
Había algo hipnótico en aquel hilo de sangre que resbalaba por sus labios, en la contradicción brutal entre la fragilidad que irradiaba su rostro y la violencia íntima del propio acto.
Lo que acababa de sentir era demasiado personal, demasiado prohibido…
y, aun así, su cuerpo lo traicionaba: un calor insólito se expandió por su bajo vientre, tensando su miembro y cada fibra de su ser con una urgencia que jamás había experimentado.
—No ha sido nada —musitó al fin, obligándose a apartar la mirada, como si su voz quebrada pudiera ocultar lo evidente, como si quisiera convencerse a sí mismo—. Todo está bien.
Khata lo observó con el ceño fruncido, intentando descifrar aquella extraña actitud.
No entendía qué hacía él en su habitación ni por qué la presencia del arcángel le provocaba un alivio que se negaba a aceptar.
Pero dejó de lado ese contradictorio sentimiento cuando un ardor súbito en su costado la obligó a llevarse la mano.
Se levantó la camiseta y lo vio: la marca ardía con un resplandor que latía como una herida viva, hasta que, poco a poco, fue apagándose hasta desvanecerse.
—¡Dios santo! —exclamó horrorizada, su mirada alternando entre la cicatriz incandescente que pulsaba sobre su costado y los objetos que habían caído al suelo de forma sucesiva.
Miguel reaccionó de inmediato, tomándola por los hombros con una delicadeza que ella sintió como una afrenta.
—Tranquila…
Ella se zafó de su agarre, retrocediendo como si sus palabras fueran una orden que no estaba dispuesta a obedecer.
—¡No me pidas que esté tranquila! —replicó con la voz rota, mirando con pavor los últimos vestigios de aquella luz extinguirse sobre su piel—. No cuando me estoy convirtiendo en… en esto.
—Khata…
El dolor y la rabia subieron por su pecho con la fuerza de un tsunami y las palabras hirientes brotaron de su boca sin contención, un veneno destilado por siglos de sufrimiento.
—Todo esto es culpa tuya —escupió, sus pupilas oscureciéndose hasta convertirse en dos hoyos de un horrible abismo—.
Llevo siglos luchando con la agonía de haberme convertido en un monstruo, buscando una cura de forma incansable para recuperar mi antiguo yo, y ahora…
—La ira era tan intensa, tan real, que las palabras le quemaban como brasas candentes—.
¿En qué tipo de criatura espeluznante me has convertido?
¿Por qué he tenido la puta desgracia de conocerte?
¿Qué mal tan grande he cometido para que se me castigue de esta forma?
Sus palabras se sintieron como una bofetada para Miguel. La miró dolido; su semblante de piedra, por primera vez, se agrietaba. Se apartó de la cama con lentitud, reprimiendo con un esfuerzo sobrehumano el enfado que comenzaba también a tomar forma en su interior.
—¿De verdad crees que yo soy el culpable de lo que te está pasando?
El hermoso rostro de Khata se había transformado en una máscara que dejaba ver su esencia demoníaca.
Los ojos plateados se convirtieron en dos pozos negros y siniestros, los labios se retrajeron, enseñando unos colmillos amenazadores.
Su cuerpo se tensó como una cuerda, a punto de abalanzarse como un depredador sobre su presa.
—¿Quién, si no? —siseó.
El arcángel, erguido y orgulloso, la observó con un frío desdén, mientras una sonrisa altiva bailaba en su pétreo rostro.
—¿Quién fue la que me mordió, Khata? —señaló, dando un paso hacia ella con aire amenazador—. ¿Quién fue la que decidió actuar de manera irresponsable en aquel túnel al enfrentarse a un ser superior?
Ella lo sabía. Lo sabía y, aun así, no podía admitirlo.
No quería. La injusticia la asfixiaba. Todo por lo que había luchado parecía en vano, como si el universo se empeñara en arrastrarla de nuevo a la oscuridad.
No quería ser un experimento ni una salvadora ni un monstruo marcado por profecías.
Solo quería volver a ser humana. Solo quería encontrar la paz que tanto ansiaba.
—Te odio —susurró con una intensidad escalofriante, sus palabras temblando de verdad cruda—. No tienes ni idea de cuánto te odio.