Capítulo 12 #2
Un calor abrasador empujó a Khata a despojarse de la chaqueta de cuero, dejándola caer sobre el respaldo de una silla.
Tiró del cuello de su camiseta, intentando rebajar el ardor que la asfixiaba.
Ese gesto atrajo la mirada del arcángel hacia la prenda sucia que se ajustaba a sus curvas: la sangre seca teñía la tela de un oscuro tono marrón, y el agujero seguía allí, en medio del pecho, como un recordatorio de la daga que había intentado atravesarle el corazón.
—Segura —repitió ella, carraspeando como si así pudiera borrar la incomodidad entre ambos.
Una sombra peligrosa oscureció el rostro de Miguel al recordar el ataque de los Caídos, pero no insistió. En lugar de eso, comenzó a estudiar el pequeño apartamento con más detenimiento que la primera vez, como si este pudiera darle las respuestas que ella se negaba a ofrecer.
—¿Quieres tomar algo? —preguntó Khata. No estaba acostumbrada a recibir visitas en su casa, pero todavía tenía los recuerdos de su vida como humana, en la que su madre le había enseñado a ser amable y cortés con los invitados.
Miguel sacudió la cabeza, rechazando su ofrecimiento.
—Estoy bien —se limitó a decir.
Ella se encogió de hombros y caminó hacia la cocina de estilo abierto.
Abrió la nevera, el frío gélido del interior contrastando con el calor que notaba en su cuerpo.
Sacó una pequeña bolsa transparente de su interior, cuyo contenido agitó un poco antes de verterlo en una copa de cristal que cogió de una alacena.
Entretanto, Miguel recorría el apartamento como si leyera una historia en cada rincón. Sus pasos eran lentos, casi felinos, y sus ojos exploraban aquellas paredes con una curiosidad insaciable, intentando descifrar el enigma que representaba aquella mujer.
Sobre una estantería baja descansaban algunos libros antiguos y gastados, un par de velas y un viejo relicario de plata ennegrecida. Él lo miró un segundo más de lo necesario, una punzada de curiosidad picando en su interior antes de girarse hacia ella.
Sus ojos se sintieron atraídos por la copa que Khata sostenía en su mano. El líquido color rubí que bebía, chocando contra el cristal, creaba un contraste llamativo.
—¿Te molesta? —interrogó ella, alzando la mano con un tono desafiante en su voz—. Debo admitir que, después de todo por lo que he pasado en las últimas horas, tengo hambre.
Miguel contempló la bolsa de transfusión que todavía descansaba encima de la encimera y después su atención regresó a ella.
Khata esperaba una respuesta de su parte.
Podía sentir la tensión en su cuerpo y la crispación en su semblante, a pesar de que intentaba disimularlo.
Se recordó a sí mismo que ese era el modo en el que se alimentaban los vampiros que no cazaban humanos: las donaciones de sangre eran una buena opción para reprimir sus instintos, y ella trabajaba en un hospital donde ese alimento nunca escaseaba.
También sabía lo mucho que ella odiaba esa parte de su condición, por lo que no le resultaría fácil mostrársela de esa manera tan cruda, sin máscaras que disfrazaran su naturaleza maldita.
—No es algo que me agrade —respondió al fin—. Pero lo entiendo.
Khata vació la copa de un trago y la dejó sobre la encimera con más fuerza de la necesaria.
—Tú no entiendes nada —masculló entre dientes con un filo de rabia contenida. Consciente de que aún llevaba la ropa sucia, y como una excusa para alejarse, se dirigió al baño, pues no podía soportar la compasión en la mirada de ese ángel; la ponía enferma—. Voy a darme una ducha. No tardaré.
Él asintió, pero su mirada se quedó enganchada a su espalda, a la forma en que caminaba: como si cada paso fuera una batalla contra un enemigo invisible.
No era una mirada lasciva lo que lo mantenía observándola, sino algo más peligroso: una necesidad creciente de entenderla, de estar cerca…
una mezcla de interés, curiosidad y atracción por descifrar las piezas del rompecabezas que para él significaba Khata.
La puerta se cerró. El sonido del agua llenó el silencio. Miguel se dejó caer en el sofá, exhalando un suspiro largo y frustrado. Se revolvió el cabello con una mano, consciente de que la línea que jamás debería cruzar era cada vez más difusa.
Él era el general de las huestes angelicales; ella, una criatura maldita nacida de una estirpe condenada. El vínculo que los unía debía limitarse a encontrar respuestas sobre su marca, sobre la profecía que podría salvar o condenar a su raza.
Y, sin embargo…
—¡Santo Padre…! —susurró, como si la súplica pudiera arrancarle del pecho esa impresión de estar a punto de caer hacia un abismo.
Esa sensación de que su mundo se tambaleaba cada vez que la tenía cerca era abrumadora.
Era la tentación, el pecado, la oscuridad hecha mujer, y él era el arcángel que debía combatir el mal en todos sus frentes.
Pero, de alguna forma, solo quería saber más sobre ella.
De algún modo, su instinto lo empujaba a protegerla.
Miguel no podía ponerle nombre a lo que esa vampira le provocaba; jamás se había enfrentado a algo así en su amplia y dilatada existencia.
Porque lo que sentía cuando estaba cerca de Khata era una fuerza que lo arrastraba y lo desarmaba, algo que le hacía cuestionar no solo su misión, sino a sí mismo.
Sus ojos se desviaron hacia la estantería.
El relicario seguía ahí, brillando con debilidad bajo la tenue luz del amanecer que entraba por la ventana.
Se puso de pie y lo tomó en sus manos. El frío del metal le recorrió la piel y, por un instante, sintió un eco…
un susurro, como si el objeto guardara un fragmento de la historia de Khata que él aún no podía comprender.
Lo abrió con delicadeza, temeroso de estropear un recuerdo tan antiguo y valioso, y se encontró con un tosco dibujo de dos mujeres y lo que parecía un suave mechón de cabello.
De forma intuitiva supo que eran la madre y la abuela de Khata, la familia que le habían arrebatado, y un nudo de tristeza se instaló en su pecho.
Desde el baño, el golpeteo constante del agua se mezclaba con el latido en sus sienes.
No se dio cuenta de que había cerrado los ojos, como si así pudiera ordenar la marea de sentimientos que lo embestía.
En cambio, lo único que vio en la oscuridad fue a ella: sus ojos plateados, su voz y ese inexplicable deseo de protegerla incluso de sí misma.
No supo cuánto tiempo había transcurrido; de pronto, la pequeña y antigua pieza de orfebrería le fue arrancada de las manos.
Khata se plantó ante él, furiosa, envuelta en una nube de vapor.
Los empapados mechones de su oscuro cabello le goteaban sobre las clavículas, y sus ojos, inyectados y completamente negros, parecían tragar la luz.
—¡No vuelvas a tocar mis cosas nunca más! —siseó, fuera de sí.
A punto estuvo de retroceder cuando sintió el golpe de su rabia desfigurarle el rostro en una máscara mortífera. La toalla ceñida a su esbelto cuerpo revelaba más de lo que ocultaba, y su respiración agitada no escondía el impulso irrefrenable de arrancarle los ojos.
—No era mi intención ser irrespetuoso —aclaró, su voz grave, pausada, intentando calmarla—. Solo… quería saber algo más de ti.
Los nudillos de Khata se pusieron blancos al cerrar la mano sobre el objeto, como si temiera que él pudiera robárselo otra vez.
—No tienes ese derecho.
Las palabras fueron un látigo, pero no lo apartaron. Sus pupilas negras como la obsidiana se encontraron con el violeta tormentoso de Miguel y, durante un segundo, el mundo se contrajo ante ese cruce de miradas.
Miguel pensó en respetar su decisión, en dejar correr aquella confrontación, pero no solo su alma de guerrero se negaba a hacerlo; por desgracia… no podía dejar de querer comprenderla.
—Ese relicario… —empezó, pero Khata dio un paso al frente. El calor húmedo de su piel lo alcanzó; un aroma, mezcla de jabón y de la esencia de Khata, lo desarmó.
—Es lo único que tengo de mi familia —dijo ella con un hilo de voz que, pese a su furia, vibraba de dolor contenido—. No es una pista para tu maldita investigación ni un recuerdo que puedas diseccionar con tu mirada de soldado.
Miguel tragó saliva, intentando apartar la sensación que le provocaba verla así: vulnerable y peligrosa a la vez. Su deber e instinto gritaban que se alejara, pero algo mucho más primitivo y arriesgado le exigía lo contrario.
—No lo olvides, arcángel —susurró, acercándose tanto a él que pudo sentir el roce de su aliento—. No somos amigos y nunca lo seremos.
Ella se apartó, dándole la espalda para dirigirse hacia su habitación, pero Miguel permaneció inmóvil, escuchando el latido de su propio corazón como un tambor de guerra.
La imagen de sus ojos negros y su piel perlada de gotas se le grabó como un sello ardiente.
Y supo, con una certeza que lo inquietó hasta lo más hondo, que aquella advertencia no iba a ser suficiente para mantener la distancia entre ellos.