Capítulo 12
—Bien, pues ya que estamos todos de acuerdo, será mejor que regrese a mis quehaceres —habló Raziel con voz firme, dando por terminada la reunión.
Tras las palabras del arcángel, el pequeño grupo comenzó a disolverse. La dinámica era tan natural, tan ajena a lo que Khata había conocido, que la dejó momentáneamente desarmada. Nix, con su aura de tranquilidad, se acercó a Miguel.
—Si quieres, puedo acompañarla a su habitación —se ofreció amable.
—¿Habitación? —repitió Khata frunciendo el ceño—. ¿Qué habitación?
—En la que te quedarás mientras preparamos todo para el ritual —intervino doña Amelia con una sonrisa.
Khata boqueó varias veces, incrédula.
—¿Ritual? —su ceño se acentuó—. ¿Qué ritual?
—Será una pequeña ceremonia para conectar con nuestros ancestros —explicó la reina Lupa, acercándose a ella con una gracia digna de su título—.
Tal vez ellos puedan ayudarnos a averiguar algo más sobre la marca que luces en tu cuerpo.
No te preocupes, será algo sencillo, pero necesitamos algunas hierbas, incienso y objetos sagrados.
—¿Y tengo que estar presente? —Khata se dio cuenta de lo absurdo de su pregunta cuando una sonrisa condescendiente, pero no maliciosa, apareció en el rostro de la druida.
—Sería lo más conveniente, sí —respondió.
—¿Y eso cuándo será?
Lupa se tomó unos breves instantes antes de responder, con la mirada perdida en un cálculo mental.
—Si mi memoria no me falla, en tres o cuatro noches habrá luna llena, así que ese será el momento perfecto para hacerlo.
Khata asintió con rigidez.
—Bien… pues mientras eso no ocurre, yo me iré a mi casa.
—¿Por qué no te lo piensas mejor? —la instó Iria, con una mirada afable y sincera.
—Yo también creo que es mejor —intervino Alaina, su voz llena de la misma preocupación—. Aquí estarás segura.
El círculo de rostros femeninos que la rodeó se sintió como una pared blanda pero infranqueable.
La calidez de sus gestos y el brillo de complicidad en sus ojos chocaban de frente con el muro invisible que Khata llevaba levantando toda su vida.
Aquella atención… aquella amabilidad tácita…
eran algo que ella jamás había tenido, y esa misma rareza la convertía en una amenaza.
—Prefiero irme a mi casa —respondió, incómoda—. Además, tengo cosas que hacer.
—Vas a buscar a ese tal Olivier, ¿no es así? —preguntó Ayelet, ladeando la cabeza con una intuición certera. Khata guardó silencio, pero la mujer no necesitó confirmación, así que se giró hacia el arcángel—. Entonces tendrás que acompañarla, Miguel.
Este abrió los ojos por la sorpresa cuando la sugerencia lo tomó completamente desprevenido.
—¿Por qué iba a hacer semejante cosa? —dijo con un tono que enfatizaba su total desacuerdo—. Si se quiere ir, es su problema.
—Si está decidida a buscar a esa persona en el entorno de los Sangrenegra será peligroso —adujo Iria con sensatez, lanzándole una mirada insinuante a su amigo—. Y necesitará protección.
—Si lo hace es por pura cabezonería —señaló, renuente a seguir la sugerencia del Grial—. Nadie la está obligando.
—Pero…
—No necesito que nadie me proteja —declaró Khata alzando el mentón con orgullo—. Llevo cuidando de mí misma toda la vida y, hasta la fecha, lo he hecho muy bien.
La férrea expresión de Miguel demostraba que estaba de acuerdo con ella, aunque muy en el fondo comenzaba a sentir una comezón interior.
—Ya la habéis oído —declaró testarudo.
Amitiel se acercó a su hermano y le palmeó el hombro al mismo tiempo que guiñaba un ojo.
—Hombre, muy bien no lo ha hecho cuando casi la palma dos veces en menos de una semana —señaló, a la vez que con un gesto pedía perdón por su honestidad a Khata, la cual tuvo que morderse la lengua porque parte de razón tenía—. Pero tranquilo, yo me quedo al mando.
Un jadeo de incredulidad salió de la garganta del arcángel, mientras las mujeres no podían reprimir la risa.
—Antes pondría a doña Amelia al frente, fíjate lo que te digo —replicó con tal seriedad que su apariencia resultó de lo más cómica.
Ante la explosión de risas, el ángel de la Verdad se llevó una mano al pecho de forma melodramática.
—¿Acaso no confías en mí, hermano?
—Por mucho que te quiera, debo confesar que yo tampoco te dejaría a cargo de la situación —confesó quien era su pareja de vida, Ayelet, con una sonrisa juguetona.
—¡Auch! —bromeó Amitiel—. Eso me ha partido el corazón.
—Para ser honestos, Melenas —intervino Alaina—, tú y yo seríamos las peores opciones para tomar el mando en caso de necesidad.
Amitiel se acercó a su amiga y la agarró por los hombros con cariño, una conexión que Khata envidió en secreto.
—¿Por qué? —Una sonrisa traviesa asomó a su hermoso rostro—. ¿Porque somos los más cabezones?
—Ajá —respondió ella con el mismo nivel de afecto.
—¿Y tal vez los más impulsivos?
—Exactamente —admitió.
Amitiel apretó su pequeño cuerpo contra sí y la dirigió hacia la salida.
—Pero reconocerás que somos los más guapos.
Una carcajada de Alaina, sincera y llena de asombro, rompió el aire al mismo tiempo que, orgullosa, agitó su hermosa y larga cabellera con un ademán de la mano.
—Eso sin duda.
—Y también los más salvajes.
—Por supuesto… —reconoció encantada.
—Y hacemos un equipo que te cagas.
La voz de Alaina llegó al resto algo lejana, mientras los veían salir al pasillo.
—¿Ya me has perdonado por cortarte el pelo, Melenas?
—Todavía estoy en ello, pelirroja, todavía estoy en ello…
Ambos se fueron bromeando, dejando atrás la biblioteca, y Khata los siguió con la mirada sin saber si envidiar o desconfiar de esa ligereza. La risa ajena se le antojaba un lujo que ella no podía permitirse.
Un gemido ahogado de Amitiel desde el pasillo, seguramente cortesía de un puñetazo juguetón de Alaina, arrancó más carcajadas al grupo.
El sonido, cálido y despreocupado, la golpeó en un lugar que creía muerto.
La lealtad y camaradería de la Orden la dejaron descolocada; era un tipo de familia que nunca había visto, un vínculo que no dependía de la sangre, sino de una complicidad forjada en batallas compartidas, de la elección de estar con las personas correctas.
Por un instante, la desconfianza que custodiaba su corazón vaciló…
pero enseguida volvió a erguirse como un soldado bien entrenado.
No podía bajar la guardia. No allí. No todavía.
—Perfecto, pues ya está todo acordado —anunció doña Amelia, avanzando con paso decidido hacia la salida.
Miguel abrió la boca para protestar, pero Tomás y Moisés se adelantaron, dándole sendas palmadas en la espalda, más compasivas que amistosas.
—¡Suerte, colega! —dijeron ambos con una sonrisa socarrona.
Sin darle tiempo a reaccionar, sus amigos se marcharon con Iria y Nix —sus respectivas parejas—, dejándole con una sensación de trampa cerrándose a su alrededor.
—¡Eh! —protestó—. ¿Por qué tengo que ser yo su niñera?
Lupa pasó a su lado y, con descaro, le pellizcó ambas mejillas.
—Porque tú la has traído, guapetón. Además, eres el único sin pareja y con tiempo libre.
El ceño de Miguel se frunció más, pero la Reina ya se había alejado con la gracia de quien siempre tiene la última palabra.
Ayelet, por su parte, parecía estar librando una batalla interna para contener la sonrisa que amenazaba con escapársele. Por fin, disfrazando su expresión con una sobriedad casi teatral, se volvió hacia Khata y le dijo en un tono confiado:
—Tranquila, es un poco estirado, pero en el fondo es buena gente.
Khata la miró con la misma incredulidad con la que miraría a alguien que le asegurara que un lobo podía ser un buen guardián de ovejas.
—¿Pero…? —comenzó a decir Miguel, todavía intentando entender cómo habían terminado en esa situación—. ¡Ese es el respeto que me tenéis, ¿eh?! ¡Panda de traidores! —gritó mientras los veía alejarse.
Decidido a zafarse de la carga impuesta, se giró hacia Raziel, el único que quedaba y que parecía tener la sensatez suficiente para estar de su lado.
Pero antes siquiera de abrir la boca, el arcángel de los Misterios se encogió de hombros y desapareció con un aleteo silencioso, dejándole con la palabra atrapada en la garganta y la certeza de que todos, absolutamente todos, se habían puesto de acuerdo para dejarle sin escapatoria.
Despacio, Khata abrió los ojos y se encontró con los de Miguel, quien la observaba con un brillo extraño en sus pupilas.
Le era imposible acostumbrarse al vértigo que le generaba la teletransportación, por lo que todavía seguía aferrada a él tras materializarse de pronto en su apartamento.
Y cuando se dio cuenta de que continuaba enganchada a sus fuertes hombros, se apartó con un movimiento brusco, más rápido de lo necesario, lo que casi la hizo perder el equilibrio.
—¿Estás bien? —preguntó él, agarrándola por la cintura con una rapidez asombrosa antes de que cayera.
De pie, en medio de su minúsculo salón, Khata olvidó su intención de alejarse y contuvo el aliento bajo el peso de esa mirada color violeta.
No supo cómo ni por qué, pero el calor de sus dedos parecía traspasarle la ropa, como si su piel reconociera un peligro distinto al de cualquier enemigo: uno que le aceleraba el pulso.
El tiempo se estiró entre ellos, lento y denso, como si nada más existiera.
Su atención se deslizó por el rostro del arcángel, recorriendo la masculina y marcada línea de su mandíbula, el arco perfecto de sus labios, bajando por su cuello, deteniéndose un segundo en la prominencia de la nuez de Adán y admirando el imponente torso que tensaba el tejido de su ropa.
La fuerza en sus brazos era evidente; incluso sin querer, notó cómo sus bíceps se endurecían al sostenerla.
El contacto encendió una chispa que corrió por sus terminaciones nerviosas, dejándole las mejillas ardiendo, así que puso distancia entre ellos de nuevo, recobrando el poco sentido que, al parecer, le quedaba.
—S-sí —tartamudeó, la voz un poco más áspera de lo que esperaba—. Gracias.
—¿Segura? —insistió él, como si intentara leer algo más allá de sus palabras.