La Profecía de los Caídos Capítulo 11
38%

Capítulo 11

La tensión en la sala era casi insoportable, tan densa como el aire pesado después de una tormenta.

Khata, de pie junto a una de las estanterías, se negó a sentarse.

No iba a ceder ni un centímetro. Su postura erguida, el mentón alzado con arrogancia, eran solo una fachada que disfrazaba el torbellino de emociones que la desgarraban por dentro.

El orgullo era su única coraza y a lo que se iba a aferrar con uñas y dientes.

Además de Miguel —que se mantenía en la penumbra de una esquina, observando con una quietud casi animal que a ella le resultaba irritante—, había más testigos de ese juicio velado: las dos pelirrojas que conoció en la enfermería; el ángel de mirada azul penetrante al que una de ellas había llamado “Melenas”; la reina Lupa y Amelia.

Y tres hombres y dos mujeres más completaban el famoso Consejo .

Más tarde, Khata sabría que Tomás y Moisés, eran los Guardianes Reales; Iria, el Grial; su hermana Ayelet, el Anticristo; y, por último, el ángel Cassiel.

Un grupo de lo más pintoresco, vaya.

Mientras esperaba a que todos terminaran de llegar, porque, por lo visto, no se movía ni un dedo hasta alcanzar algún tipo de consenso entre ellos, Khata fingió estudiar los lomos ajados de los libros que ocupaban las estanterías.

En realidad, analizaba a los presentes con disimulo en un intento de quedarse con sus rostros y hacerse una ligera idea de cada uno de ellos.

Varios cuchicheaban entre sí; desconocía si era porque se estaban poniendo al día o intercambiando opiniones sobre ella. Otros la observaban con una mezcla de interés y recelo: Khata se lo esperaba, por lo que no se lo tomó como algo personal.

Entonces, como una exhalación, el arcángel Raziel apareció de la nada.

—Tenía entendido que estabas deseando marcharte, jovencita —dijo con voz grave, directo, sin miramientos.

Khata se sobresaltó: nunca se acostumbraría a esa forma de irrumpir tan repentina. Recompuso el gesto de inmediato y alzó el mentón con actitud desafiante, en tanto él dejaba algunos viejos libros sobre una mesa y la observaba con curiosidad.

—Esa era mi intención.

—¿Y a qué se debe el cambio de opinión? —preguntó Amelia, con la cabeza ladeada y el tono más curioso que acusador, pues ella misma había sido testigo de lo mucho que había insistido en que la dejaran marchar.

Khata bajó la vista un segundo antes de responder. Cuando habló, su voz tenía una nota de reproche:

—Mientras estuve encerrada en aquella sala médica —Retuvo a propósito el «contra mi voluntad», aunque le costó la vida hacerlo—, tuve tiempo de pensar en mis opciones.

Amitiel, el ángel que había acompañado a Miguel en su encuentro con el Antiguo, la miró con los brazos cruzados. Su desconfianza era un muro invisible.

—Te escuchamos, vampira.

Molesta, torció el gesto al detectar un tono despectivo en sus palabras.

—Creí que hablaría a solas con la druida —protestó, lanzando una mirada de reproche a Miguel y luego a la reina Lupa—. No estaba preparada para un interrogatorio. No era lo que habíamos acordado.

Miguel no se inmutó. Su expresión era impenetrable, como esculpida en piedra.

—No acordamos nada. Solo me pediste hablar con ella.

—Exacto —dijo conteniendo la rabia que le hervía en las venas—. Se daba por hecho.

Él se encogió de hombros con indiferencia.

—No suelo dar nada por sentado —replicó con voz neutra, sin una gota de empatía—. Y he cumplido con lo que pediste.

Frustrada, Khata bufó con fuerza. Al notar esa tensión entre ambos, Iria, la conocida como el Grial, intervino:

—Tarde o temprano el resto nos íbamos a enterar —dijo conciliadora y con un brillo de respeto y admiración hacia su amigo—.

Así que Miguel simplemente aceleró el proceso.

No solo somos una congregación o una sociedad secreta que lleva trabajando para proteger a la humanidad desde hace milenios, también somos una familia que confía los unos en los otros y nos escuchamos para llegar a un entendimiento.

No lo tomes como una afrenta personal o una forma de ponerte contra las cuerdas, te lo ruego.

Khata sostuvo su mirada unos segundos. Luego asintió sin mucha convicción tras escuchar la explicación.

—Está bien —dijo, tomando la palabra de nuevo—. La bruja cree que soy como ella…

—Prefiero que me llamen druida —la interrumpió Lupa con una sonrisa gentil—. Gracias.

—Lo siento —se disculpó sincera, pues en el fondo sentía que aquella mujer le caía bien; su presencia era de las pocas que no la hacía sentirse como un monstruo.

—Lo entiendo, no pasa nada —respondió la reina con una amabilidad genuina.

Khata inspiró aire por la nariz y volvió a intervenir.

—Quería hablar contigo porque sé qué crees que el pasado de mi familia, el linaje al que pertenezco, me ha otorgado un don que juega un papel crucial en algún tipo de antigua profecía o algo así —expuso con una voz más suave, más educada—.

Pero estoy segura de que te equivocas. Así como mi madre y mi abuela poseían ese poder ancestral, en mi caso nunca fue así.

—No es que lo crea, Khata —la contradijo Lupa con un tono que no admitía discusión—. Es que lo siento. Lo percibo en cada célula de mi cuerpo. Y te aseguro, por los siglos de experiencia que llevo sobre mis espaldas, que no es el poder de una bruja tradicional.

Ella apartó la mirada. No por la acusación, sino por lo que aquella certeza despertaba en su interior.

Una sensación incómoda, como si se asomara al filo de un abismo al que quería evitar mirar.

¿Y si Lupa tenía razón? ¿Y si, de algún modo, había podido evitar las muertes de su madre y su abuela y no lo hizo?

Cerró los ojos por un instante y los volvió a abrir, desterrando esos pensamientos funestos de su cabeza con ese simple gesto.

—Está bien —susurró, tragándose la punzada de culpa—. Pero entonces… ¿por qué yo? ¿Por qué esta profecía me necesita? ¿Qué me hace tan especial?

El silencio se espesó en la sala. Ayelet, la que llamaban el Anticristo, fue quien lo rompió.

—De algún modo, parece ser que eres la elegida. —Ante la expresión escéptica de Khata, añadió—: No sabemos cómo ni por qué, pero eso es lo que aseguran los Caídos.

—¿Y vosotros los creéis?

—No es cuestión de creer o no —intervino el arcángel Raziel, con su voz grave y medida—, sino de hechos.

Probaste la sangre de Miguel, y como maldita que eres, al renacer como vampiro deberías estar muerta.

La pureza de la sangre celestial es un purgante letal para un ser corrompido… aunque sea de clase inferior.

Khata buscó instintivamente la mirada de Miguel, como si en sus ojos pudiera encontrar una explicación menos terrible. Pero este se mantuvo en su línea, impasible.

—Tampoco fue para tanto —murmuró, intentando restarle importancia—. Solo lo mordí lo suficiente para que me soltara y poder escapar.

Sus miradas se encontraron y algo se tensó en el aire. Miguel permanecía inmóvil, pero había una intensidad silenciosa en sus iris violetas que parecía despojarla de defensas.

—Tu cuerpo reaccionó, ¿no es cierto? —cuestionó Moisés, atrayendo su atención, quien, al parecer, había sido un demonio antes de recuperar su humanidad—. Casi no lo cuentas.

Ella no pudo refutar ese hecho. Apretó los dientes, molesta por la incapacidad de negar lo evidente.

—Y tampoco podemos olvidar… —intervino su hermano Tomás por primera vez— la aparición de la marca en tu cuerpo, tal como dicta la profecía.

Casi sin pensarlo, Khata se llevó la mano al costado, como si pudiera ocultarla.

—¿Y esa marca… qué se supone que significa? —Su voz estaba cargada de recelo—. ¿De verdad creéis que es una cura para los vampiros? Y, si es así, ¿cómo?

—Todavía no lo sabemos —respondió Lupa—. Por eso necesitamos tu cooperación.

Un pesado silencio se impuso. Todas las miradas se centraron en ella, una presión que la hacía querer gritar.

De pronto, Miguel dejó a un lado su postura indiferente y se acercó, deteniéndose a unos escasos centímetros de ella.

Khata alzó la cabeza debido a la diferencia de altura, quedando cautivada por unos instantes en la profundidad de esos iris color violeta, sintiendo que el mundo se reducía a ese momento.

—Si no te fías de nosotros, si en realidad no quieres estar aquí porque no crees ni una palabra de lo que decimos, ¿por qué has vuelto, Khata?

¿Qué es lo que quieres? —La pregunta, envuelta en su profunda y masculina voz, creó una extraña intimidad entre los dos, como si la sala entera se hubiera desvanecido.

Ella tardó más de la cuenta en responder, pues la cercanía del arcángel y su mirada penetrante le habían robado el aliento.

Escucharlo de nuevo pronunciar su nombre le produjo un extraño nerviosismo.

Tuvo que carraspear con fuerza para aclarar la voz, disolviendo la burbuja en la que ambos se encontraban por un instante.

—Quiero vuestra ayuda. —Su voz apenas era un hilo, así que repitió más firme, mientras desviaba la mirada y tomaba valor—: Necesito vuestra ayuda.

Miguel, con un gesto tan delicado como sorprendente, atrapó su barbilla con los dedos, obligándola a alzar su rostro, que había bajado hacia el suelo.

—¿Para qué?

Ella volvió a quedar hechizada, el roce de sus dedos produciendo un cosquilleo que le recorrió la espina dorsal. Por un momento, olvidó a los demás, a la profecía, a todo… Y las palabras salieron solas de su boca.

—Para encontrar a Olivier.

Miguel no supo por qué no apartó la mano de su rostro.

Una fuerza invisible lo frenaba. Le impedía romper ese leve contacto a pesar de estar ante la atenta mirada del resto.

Sus ojos se oscurecieron al escuchar el nombre de otro hombre, y sintió un pequeño pero agudo pinchazo en el pecho, un sentimiento que no entendía y que le desagradó profundamente.

—¿Quién es Olivier?

Khata arrugó la frente al advertir un matiz letal en la voz de Miguel, como un cuchillo afilado.

—Es alguien importante para mí.

—¿Por qué?

La magia se rompió de forma abrupta cuando ella desvió la cabeza, interrumpiendo el suave y electrizante contacto entre ambos. La burbuja de intimidad se esfumó.

—Eso no te incumbe —siseó, el resentimiento volviendo a su voz como un arma.

Iria tomó la palabra cuando una imagen acudió a su mente.

—Es el que te salvó la vida cuando te convirtieron, ¿verdad? —Cuando ella la miró con asombro, prosiguió—: Es a quien estabas buscando en el metro aquella noche, ¿no es así?

La mueca de sorpresa en el rostro de Khata fue genuina.

—¿Cómo lo sabes?

—Porque tiene el don de la visión —respondió Ayelet, señalando primero a su hermana y luego a sí misma—. Ambas lo poseemos.

Un deje de escepticismo se instaló en el rostro de Alaina, que no había hablado hasta entonces.

—¿En serio nunca has oído hablar de nosotros? —cuestionó entrecerrando los ojos—. ¿Bajo qué roca has estado viviendo todos estos años?

—Jamás había visto antes a un ángel —replicó Khata, con la ironía amarga de quien responde a una pregunta absurda—.

No es algo que le suceda a la gente común en su día a día.

Como tampoco conocer al Anticristo en persona, al ave Fénix o al mismísimo Grial.

Eso solo sucede en los libros o en las películas.

—¿Pero algo habrás escuchado entre los tuyos? —insistió Alaina—. No eres alguien común y corriente, eres una vampiro.

Los grises ojos de Khata se nublaron, oscurecidos por un recuerdo que parecía morder desde dentro.

—Dejé de creer en Dios… y, por ende, en los ángeles, el día que mi única familia ardió en la hoguera acusada de brujería —su voz bajó un tono, cargándose de un filo seco—.

Cuando después desperté convertida en lo que ahora soy, aprendí que la fe no cura las heridas ni devuelve a los muertos.

Me alejé de todo… de todos. Desde entonces me he mantenido apartada de las leyendas humanas y vampíricas, enfocada solo en la búsqueda de una cura para deshacerme de esta maldición que me ha tocado vivir.

Mi relación con lo sobrenatural se basa en la conexión con las mujeres de mi familia y la condición que me hizo perder mi humanidad. Punto.

—Una relación que solo te ha dejado dolor y pérdida —intervino la reina Lupa, con una empatía que no restaba firmeza—. Lo entiendo.

Khata se apartó de Miguel, incapaz de soportar por más tiempo su proximidad y mirada cargada de algo parecido a la compasión, y soltó un suspiro largo, casi exhausto.

—Exacto.

—También entiendo que quieres nuestra ayuda para encontrar a esa persona —continuó la druida, con un tono calculado y pausado—, a cambio de que nosotros descubramos cuál es tu papel en la profecía que puede liberar a los Caídos, ¿cierto?

—Así es —respondió en un murmullo, sintiéndose agotada emocionalmente—. Creo que es un trato justo.

—Bien —aceptó esta con un leve asentimiento—. Sin embargo… —su voz bajó un tono—, para poder ayudarte necesito que seas muy sincera conmigo, Khata.

Una sensación de vacío se instaló en el estómago de la vampira ante la penetrante mirada de la reina.

—¿A qué te refieres?

Lupa acortó la distancia entre ellas, su presencia calmada pero imponente.

—Yo también necesito saber a lo que me enfrento. Emprendo un viaje a ciegas contigo, ¿lo entiendes? Si hay algo que estés ocultando, este es el momento de decirlo.

El calor de la culpa subió a las mejillas de Khata, aunque intentó disimularlo con una mueca desafiante.

—No estoy ocultando nada.

—La magia no es un camino de una sola dirección —explicó Lupa con una lentitud que convertía cada palabra en una advertencia—.

Cada acto deja una marca. La magia blanca, la que nace de los elementos y del conocimiento, puede ser poderosa sin exigir un precio oscuro…

si se usa con sensatez. Pero la magia negra…

—Sus ojos se afilaron—. La magia negra está a otro nivel y puede ser adictiva, pero cada vez que se utiliza exige algo a cambio; nada es gratis en esta vida.

No sé quién es Olivier, desconozco por qué es tan importante para ti encontrarlo, pero si el enorme poder que percibo en ti es utilizado para hacer daño…

—La frase quedó suspendida, como una guadaña que no terminaba de caer—.

Solo digo que es peligroso y el desenlace incierto si no estás mintiendo, Khata.

El miedo arañó el pecho de la vampira, aunque lo enterró bajo una máscara fría.

—Lo entiendo. Pero, como ya te dije, no soy bruja, nunca he tenido ese don ni sé utilizarlo, y como tampoco creo que yo sea la «cura» y toda esa mierda de la «profecía» … —Encogió los hombros con desinterés—: dudo mucho que haya algún problema.

Lupa la miró con una persistencia que le produjo un vuelco en el estómago, como si tuviera la habilidad de ver lo que ocultaba en su interior. Se midieron durante unos segundos que se le hicieron eternos, hasta que al fin asintió.

—Eso espero —musitó como intentando convencerse a sí misma—. Por tu bien… eso espero.