Capítulo 10
Khata paseaba de un lado a otro como un león enjaulado, cada paso acorde con su creciente frustración.
Abrió la puerta de aquella improvisada celda para huir de allí, aun sabiendo que habría muy pocas probabilidades de lograrlo.
No era estúpida; se imaginaba que alguien estaría haciendo guardia, bloqueando la salida, como así era.
La silueta imponente de un ángel, inmóvil como una estatua, le confirmó lo inútil de su intento.
Ahora podía reconocerlos: su aura era más brillante y pura que la del resto.
A pesar de todo, aun intuyendo que no le pondrían la alfombra roja para escapar de ese lugar, debía comprobarlo.
Regresó de nuevo al interior maldiciendo entre dientes su mala suerte.
Todo aquello era una broma de mal gusto.
Tenía que serlo. O un mal sueño, desde luego.
Durante unos minutos, despotricó contra Cadaval, el Antiguo y, sobre todo, contra aquel maldito arcángel que se había cruzado en su camino.
Cualquier cosa con tal de no pensar demasiado sobre lo que le habían dicho las dos mujeres: Lupa y Amelia.
Ella no era ninguna anomalía, ni la clave y, mucho menos, una bruja.
Por desgracia, ese «don» al que se había referido la que llamaban “Reina”, en su caso, se había saltado una generación.
No había mentido sobre eso, y siempre cargaría con ese tormento.
Tal vez, si lo hubiera poseído…, quizá, si hubiera dominado la sabiduría y habilidad de la premonición…
, podría haber salvado a su madre y abuela de una muerte tan horrible.
Sacudió la cabeza cuando las lágrimas acudieron a sus ojos y se concentró en el rostro del arcángel, volcando todo su odio en él.
Era más fácil odiarlo que enfrentarse a los recuerdos; de algún modo, era más seguro.
Se negaba a revivir aquella noche en la que lo había perdido todo; dolía demasiado, y ya había llorado lo suficiente como para llenar cien vidas.
No supo cuánto tiempo transcurrió hasta que apareció de nuevo ante ella. Podrían haber sido minutos, horas o incluso días, de lo larga que se le hizo la espera.
El aire parpadeó y Miguel se materializó frente a ella.
—¿Podrías dejar de aparecer de repente así, de la nada? —gruñó, llevándose una mano al pecho para intentar calmar los latidos desbocados de su corazón. La sorpresa siempre venía acompañada de una sacudida de su sistema.
Él arqueó una ceja, sus ojos violeta brillando con una ironía que la exasperó.
—Es la forma más rápida de trasladarme de un lugar a otro —explicó, cruzando los brazos sobre el pecho, la tela ajustándose sobre sus imponentes bíceps—. ¿También te molesta?
Khata emuló su actitud desafiante, colocando los brazos en jarras con indignación, cuya finalidad no era otra sino disimular la punzada de atracción que sintió en la boca del estómago.
Era un arcángel, vale. Podía acabar con ella tan solo con un chasquido de sus masculinos y sexys dedos, de acuerdo.
Pero debía recordarse que aquello le importaba una mierda en esos momentos.
—Sí —lo retó, alzando la barbilla, sus ojos de plata fijos en los de él—. Debería colgarte un cascabel, como a los gatos. Así, al menos, sabría cuándo te acercas.
Una sonrisa imperceptible tiró de la comisura de los labios de Miguel, una sombra de algo que no era burla.
—No soy ningún animal, vampira.
—Depende de a quién le preguntes, supongo —respondió ella, el veneno en su voz una capa fina que enmascaraba su propia inquietud.
Se midieron durante unos eternos segundos: una cruenta batalla de orgullo, furia y algo más oscuro, algo que ninguno de los dos se atrevía a nombrar.
Una danza primitiva de silencios y miradas desafiantes, como dos depredadores tanteándose al borde de una rendición que ninguno estaba dispuesto a conceder.
La tensión era tan densa que podría haberse tallado en piedra. Un hilo invisible, vibrante, los unía y los repelía al mismo tiempo, pulsando con cada latido contenido.
Tal vez podrían haberse quedado horas así, alimentando esa extraña y peligrosa electricidad que crepitaba en el aire.
Pero entonces, la atención de Miguel comenzó a desviarse.
Sin poder evitarlo, su mirada descendió desde los ojos de Khata hasta la curva suave de sus labios entreabiertos, bajando a la altivez de su barbilla, al contorno de su cuello, al leve vaivén de su pecho acompasado por una respiración agitada que solo él parecía notar.
El deseo lo golpeó con fuerza. Repentino. Abrasador. Inaceptable.
Un calor ajeno se encendió en su bajo vientre, reptando como una llama serpenteante por su torso, lamiéndole la piel hasta llegar a sus mejillas. Se avergonzó del rubor que amenazaba con asomar, del temblor imperceptible en sus dedos.
¿Qué demonios estaba haciendo?
Ella era una abominación. Un error. Una amenaza.
Y, sin embargo…
—¡Vamos! —ordenó entre dientes, más brusco de lo necesario, casi rugiendo, como si gritándole pudiera acallar lo que acababa de sentir.
Tragó saliva con fuerza, buscando control, y dio un paso hacia ella. La tomó por el brazo con una firmeza tensa. Sus dedos ardieron al contacto con su piel, un fuego abrasador que lo hizo maldecir por dentro.
—¿A dónde? —preguntó Khata, zafándose de su agarre con un tirón seco.
Pero incluso al apartarlo, Miguel notó el estremecimiento involuntario que recorrió el cuerpo de ella: ese pequeño temblor que tradujo como asco o aversión, y que detestó más que nada en su vida.
—¿No era tu deseo irte? —replicó, obligando a su voz a sonar controlada, aunque una chispa distinta, cargada de algo inquietante, brilló en su mirada—. Pues lo haré realidad: te llevaré a casa.
El desconcierto cruzó fugaz por el rostro de Khata.
Parpadeó, y sus ojos se abrieron con una mezcla de sorpresa e incredulidad.
Sus hombros se relajaron apenas y Miguel sintió cómo algo en su pecho crujía ante ese gesto.
Esa pequeña rendija de vulnerabilidad, esa esperanza que no esperaba encontrar en ella, lo tomó por sorpresa.
—¿En serio? —susurró. Una sola palabra y, de pronto, ya no era una amenaza. Era... humana. Cercana. Tentadora.
Miguel no respondió de inmediato. Estaba fascinado, y horrorizado, por el efecto que aquella criatura ejercía sobre él.
Observó sus ojos, descubriendo diminutas motas oscuras que salpicaban el gris líquido de sus iris, la manera en que sus pestañas proyectaban sombras tenues sobre sus mejillas, esa hebra suelta de cabello negro que le rozaba la frente, haciéndola parecer casi...
frágil. Tuvo que luchar con todas sus fuerzas ante el impulso de alzar la mano y no apartar aquel suave mechón hacia un lado.
Era hermosa, pero no como los seres puros y etéreos del Cielo que él tan bien conocía, o como los mortales entendían la belleza.
No.
Era hermosa como lo es la tormenta: impredecible, peligrosa, imposible de ignorar. Era salvaje, indómita, como una estrella a punto de estallar. Se sentía atraído por la oscuridad que habitaba en ella y eso lo aterraba.
—No suelo mentir —respondió finalmente, con la voz más baja, más áspera, como si pronunciar esas palabras le costara más de lo que debía.
El aire pareció vibrar entre ellos. Un segundo cargado de algo prohibido, un eco de lo que no podían permitirse sentir.
Miguel apartó la mirada, rompiendo la conexión con un gesto brusco. Apretó los dientes y fingió inspeccionar la habitación, buscando una excusa para evitar mirarla de nuevo, para acallar los erráticos latidos de su corazón.
Pero la verdad era otra. Esa mujer era un peligro, y no por su naturaleza, sino por lo que despertaba en él.
—¿Y los demás están de acuerdo? —insistió Khata arrugando el ceño. La actitud del ángel la había descolocado.
Miguel volvió a centrar sus ojos en ella, ahora helados, como si intentara enfriar aquello que lo quemaba por dentro.
—Eso parece —contestó con sequedad, y en su tono había una tensión contenida, una lucha interna que Khata aún no alcanzaba a entender.
Sin añadir más, la tomó de nuevo por el brazo. Esta vez ella no se resistió. Y, sin embargo, el roce entre sus pieles provocó un escalofrío mutuo, una corriente sorda que los atravesó antes de que ambos desaparecieran en el aire, dejando atrás la improvisada celda.
Y con ella, todo lo que ninguno de los dos estaba dispuesto a admitir.
La intención de Miguel era clara: irse en cuanto dejara a Khata en su apartamento y no volver a pensar en ella.
Quería deshacerse de esa presencia incómoda que desafiaba todo lo que creía conocer.
Una criatura que, en lugar de inspirarle repulsión, se le estaba instalando bajo la piel con una intensidad desconcertante.
Pero algo se lo impedía.
Se quedó un momento de más, como si sus pies se hubieran enraizado al suelo. Se obligó a mentirse —una práctica en la que no tenía experiencia—, diciéndose que solo estaba comprobando que todo estuviese en orden, que no corría peligro. Aunque no debería importarle en absoluto su destino.
Recorrió la pequeña estancia con más interés del necesario, los ojos vagando por el mobiliario sencillo, sin adornos ni toques personales.
No había cuadros, ni fotografías, solo unos pocos libros.
Nada que gritara hogar . Era un refugio funcional, transitorio, frío, como si Khata nunca hubiese tenido intención de quedarse allí por mucho tiempo.
Un nudo se le formó en el estómago. No supo bien por qué.
«¡Tonterías!», se reprendió con dureza, pasándose una mano por el cabello con un gesto de frustración. «Deja de hacer el idiota y vete de una vez».
—¿Estarás bien? —preguntó, pese a todo, su voz teñida de una preocupación que lo hizo sentir incómodo.
Ella solo asintió con un leve movimiento de cabeza, sin alzar la mirada.
Miguel observó sus manos, notó el leve temblor que intentaba disimular. Y, aun así, giró sobre sus talones, dispuesto al fin a marcharse.
—De acuerdo, entonces... —murmuró, la voz grave, casi opaca. Sus miradas se encontraron un segundo más—. Cuídate.
—¡Espera!
Los ojos del arcángel se clavaron en los frágiles y pálidos dedos que sujetaban su antebrazo. Un cosquilleo se encendió en su piel, extendiéndose más allá del contacto. Y sus pupilas, sin remedio, buscaron las de ella.
Khata dudaba. Miguel lo vio. Lo sintió. Una tormenta se gestaba en su interior, atrapada entre la desconfianza y la necesidad de respuestas.
—¿Qué ocurre? —preguntó con un tono más suave del que pretendía.
—Yo... tengo varias preguntas antes de que te vayas —admitió en voz baja, con una timidez que no cuadraba con su carácter habitual.
Él alzó las cejas, sorprendido por notar su piel arder allí donde ella lo tocaba.
—¿Qué preguntas?
Khata retorció las manos visiblemente incómoda, como si revelara más de lo que quería al formularlas.
—¿Quién era la mujer de antes? La que aseguraba que yo era una bruja...
—Ella es la reina Lupa, descendiente de una estirpe de poderosos brujos, aunque prefiere denominarse druida —explicó Miguel, su voz más suave de lo que esperaba—. Es la madre de los Guardianes Reales, Tomás y Moisés, fruto de su descendencia con el apóstol Santiago.
El asombro golpeó a Khata de lleno.
—¡No es verdad!
La impaciencia de Miguel se tradujo en chistar la lengua y cruzarse de brazos con evidente fastidio; no estaba acostumbrado a que cuestionaran cada una de sus palabras.
—Te lo he dicho antes: no suelo mentir. Y si no vas a creer lo que te diga, no entiendo para qué preguntas.
Touché .
El muy idiota tenía razón, así que no tuvo más remedio que aceptar lo que decía.
—¿Y la otra mujer…?
—Ella es doña Amelia, la madre humana de mi señora Iria, también conocida como el Santo Grial. —La expresión de desconcierto en Khata era tan abrumadora que la curiosidad pudo con Miguel—. Eres una criatura de la noche, una descendiente de la sangre de Caín, ¿de verdad que no sabías nada de esto?
Ella alzó el mentón con orgullo.
—No —respondió firme, y en sus ojos apareció un brillo letal que demostraba el enorme desprecio que sentía hacia los vampiros—.
Y no me considero una descendiente de Caín.
Tuve la mala suerte de confiar en un ser despreciable que me mordió y me convirtió en uno de ellos, pero no me considero parte de su clan o que pertenezca a su estirpe.
—Pero no habrás estado viviendo debajo de una roca —insistió Miguel incrédulo—. Habrás escuchado historias durante todos estos siglos.
—Por supuesto —aceptó—. Pero no me interesaban lo más mínimo. Jamás me importó nada que no fuera encontrar la cura o el modo de vivir sin caer en la tentación de morder, de matar, de alimentarme con la sangre de un inocente.
—¿Y el Apocalipsis? —cuestionó debatiéndose en si creerla o no—. ¿También desconoces qué lo provocó?
Khata se encogió de hombros, su expresión endurecida.
—Escuché cosas aquí y allá, la gente especulaba muerta de miedo —confesó—. En cambio yo, aguardaba ese momento como una liberación.
Parado delante de ella, Miguel cruzó las manos detrás de su espalda mientras la escuchaba hablar.
—¿Y cuando no llegó?
—Me esforcé más en encontrar la cura.
—¿Y a dónde quieres llegar con todas estas preguntas, Khata? —indagó sorprendido de que hubiera respondido por primera vez desde que la conocía a todos sus interrogantes—. ¿Por qué de repente sientes tanta curiosidad?
Escuchar su nombre en los labios del arcángel la dejó sin aliento. Sonaba diferente en su voz: casi íntimo. Khata tragó saliva, forzándose a recuperar el control antes de hablar.
—Quiero saber… —su tono fue más suave, como si temiera romper algo frágil—, ¿por qué la reina Lupa cree que soy una bruja?
—Ya la has oído —respondió Miguel—. Puede sentir tu don.
—Pero... según entendí después, una bruja no puede convertirse en vampiro. ¿Por qué?
Miguel respiró hondo antes de contestar, su rostro se volvió grave.
—Porque son dos naturalezas opuestas. La magia innata de una bruja y la maldición que pesa sobre los Caídos no pueden coexistir.
Es como agua y aceite, luz y sombra. Una anula a la otra.
De ahí que seas una anomalía, Khata. Algo que no debería existir…
pero existe. Y por eso generas más preguntas que respuestas.
Ella apartó la vista, luchando con la incredulidad que aún palpitaba dentro de ella. Luego la levantó de nuevo, con una determinación incierta pero creciente.
—¿Y si…? —Tragó saliva, insegura de si debía decir lo que pensaba—. ¿Y si yo también quisiera respuestas? ¿Y si cooperase… a cambio de algo?
Una sombra cruzó el rostro de Miguel, mezcla de desconfianza, sorpresa… y otra emoción que prefirió no nombrar. Porque no estaba preparado. No para eso. No para el alivio absurdo que sintió al intuir que quizás… esto no era una despedida definitiva.
—Hace apenas unos minutos estabas deseando huir de nosotros —recordó con cautela.
—Lo sé —admitió ella, bajando la vista de forma fugaz—. Pero he pensado que tal vez… podemos ayudarnos mutuamente.
Miguel entornó los ojos.
—¿De qué forma? ¿Y a cambio de qué?
—Eso solo lo diré después de hablar con la reina Lupa —respondió misteriosa.