La Profecía de los Caídos Capítulo 9 #2
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Capítulo 9 #2

—¿Don…? —murmuró, dando un paso atrás, como si pudiera alejarse de esas palabras—. ¿De qué puto don estás hablando?

—Del que pasa de generación en generación —explicó la druida—. De madres a hijas y después a nietas. Del conocimiento de las plantas, los astros, la vida, la energía…

Khata tragó saliva. Algo dentro de ella vibraba con aquellas palabras, como si tocaran una cuerda antigua que jamás supo que existía.

—No, te equivocas. Yo jamás poseí ese don —espetó con rabia mal contenida—.

Mi madre sí lo tenía… y mi abuela… pero se saltó una generación.

Además, me convirtieron, me mataron, ¿lo recuerdas?

Si fuera una bruja tan poderosa, eso no habría pasado.

Jamás me habrían engañado, jamás habría dejado que esa mala bestia…

—Las palabras quedaron atascadas en su garganta, hechas un nudo de dolor y odio.

La reina asintió, pero sin darle la razón. Su voz fue un susurro grave, como si hablara más allá del presente.

—Tal vez ocurrió porque tenía que pasar. Porque eras la única que podía sobrevivir a ambas naturalezas… sin perderse del todo.

En ese instante, el arcángel decidió intervenir.

—¿Estás insinuando que ella es una bruja? —El tono de su voz, cargado de tal asombro, hizo que incluso mirara a Khata con otros ojos bien distintos.

No bien la reina asintió confirmando sus sospechas, Khata dejó salir una carcajada que rompió el silencio.

—Estáis todos como putas cabras —espetó, sintiendo cómo el miedo reptaba por su pecho—. No quiero saber nada de esto. Quiero irme a mi casa.

Lupa la miró durante un instante que pareció durar una eternidad, hasta que al fin asintió.

—Si es lo que deseas, no lo impediré.

Miguel cerró los ojos un instante; el conflicto rugía dentro de él.

—¡No, ni hablar! —intervino decidido—. Tenemos que descubrir si esta mujer es o no la elegida.

No deberíamos dejarle la decisión solo a ella —y sus siguientes palabras las dijo en voz más baja, como si se dirigiera solo a la druida—.

No si de ello depende el equilibrio entre la luz y la oscuridad o si hay vidas humanas en juego.

La reina lo miró sin enojo, solo con una tristeza profunda, casi maternal.

—¿Te estás oyendo, Miguel? ¿De verdad crees que el equilibrio puede sostenerse sacrificando la libertad de una sola persona? ¿Acaso una decisión no lo cambia todo? ¿No es por la decisión que Caín tomó en su momento que su pueblo está maldito?

Eso lo desarmó. Lo dejó quieto. Vulnerable.

—Entiendo que tengas miedo —añadió la reina, volviendo la mirada hacia Khata—. Pero obligarla sería repetir los mismos errores que tanto daño han causado. Sería tratarla como una herramienta, un instrumento que no tiene alma, ni voz ni voto, y no hay honor ni justicia en ello.

Hubo un silencio denso, pesado.

Khata respiraba con dificultad. Su pecho subía y bajaba rápido, presa de una angustia que no sabía cómo procesar. Estaba atrapada entre lo que era, lo que fue… y lo que otros esperaban que fuera.

Y entonces, Lupa dio un paso más hacia ella, cruzando una línea invisible, pero sin imponerse, solo con ternura.

—Entiendo tu ira, tu impotencia —dijo con sinceridad profunda—. Llevas demasiado tiempo aprendiendo a sobrevivir tú sola, a no confiar en nadie. El dolor con el que has cargado fue siempre tuyo, y solo tuyo, porque nadie vino a explicarte por qué dolía tanto.

Los hombros de Khata temblaron apenas, pero se irguió enseguida. No iba a romperse. Se negaba a hacerlo.

—Lo único que la vida me ha enseñado —gruñó en voz baja— es que quien dice querer ayudarte… siempre termina traicionándote.

Miguel bajó la mirada, y esta vez no intentó refutarla, no podía.

—Entonces no vamos a exigirte nada —continuó Lupa—. Solo queremos que sepas que no estás sola. Que lo que te pasa no es una maldición, ni una aberración. Es parte de algo mucho más antiguo, más poderoso… y tú eres la clave.

—Yo no soy la clave de nada.

—Tus ancestros no estarían de acuerdo.

—Mis ancestros no tienen nada que ver en esto.

—Te equivocas —susurró Alem—. Podemos sentirlos, hablar con ellos. Tú también los sientes, ¿verdad? Es la energía que emana de ti. Es una magia antigua, poderosa… muy parecida a la que corre por la sangre de la Reina.

—No sé de qué estáis hablando —respondió Khata, pero su voz ya no era tan firme cuando un pensamiento se instaló en su cabeza.

Miguel levantó los ojos hacia Lupa buscando respuestas, pero lo que encontró fue una verdad que se abría paso en silencio.

—Sé que es imposible —dijo ella, respondiendo a la pregunta no pronunciada—.

Lo sé, Miguel, conozco la teoría mejor que nadie.

Una bruja no puede convertirse en vampiro.

Dos poderes distintos no pueden converger en un mismo ser.

Y, sin embargo, aquí está ella. Inexplicablemente viva, con su magia intacta.

—Mi Reina…

—No —lo interrumpió Lupa con una expresión grave—. Es una anomalía, eso es un hecho. Una anomalía que tomó forma cuando probó tu sangre.

—Tú mismo lo dijiste, Miguel —intervino doña Amelia tras mantenerse en silencio durante mucho tiempo—. Ella debería estar muerta. Ningún demonio sobrevive a la sangre celestial; sin embargo, no es ningún fantasma lo que tengo delante.

—Exacto —concordó la reina—. Y las anomalías siempre vienen a romper un ciclo.

Khata sintió un escalofrío recorrerle la espalda. Y por primera vez, no fue de miedo… sino de reconocimiento. Buscó el rostro del arcángel, pero solo encontró cansancio en sus ojos.

—Está bien —dijo al fin—. Pero el resto tiene que estar de acuerdo; no es una decisión que podamos tomar sin consultar con los demás.

La druida y doña Amelia asintieron conformes.

—Entonces, ¿no me vais a dejar marchar? —cuestionó Khata cuando sus esperanzas de poder salir de allí se esfumaron.

Miguel se enfrentó a ella con decisión.

—De momento, no.

Apretó los labios en una fina línea de disgusto.

—¡Cojonudo!

Y, sin más, se giró para darles la espalda a los presentes, con las manos formando puños apretados a sus costados. Cuando sintió la puerta cerrarse tras de sí, solo cerró los ojos… y se dejó caer de rodillas en el suelo, por primera vez sin fuerzas para seguir fingiendo que su vida era una mierda.