Capítulo 9
Khata espiaba con recelo al hombre que caminaba por la sala de un lado a otro, con la elegancia despreocupada de quien sabe que está haciendo algo de suma importancia.
No podía apartar los ojos de su presencia: vestía una túnica blanca de caída perfecta, con delicados hilos dorados bordados en símbolos que Khata no podía reconocer, aunque uno de ellos le provocaba un extraño cosquilleo en el estómago cada vez que lo miraba.
El cabello, liso y largo hasta la cintura, era de un rubio casi blanco, tan brillante que reflejaba la luz como si estuviera hecho de hilos de luna.
Era fascinante, hipnótico, como una criatura sacada de un cuento de hadas.
Sin embargo, la fascinación dejó paso al aburrimiento y al enfado muy pronto. La paciencia de Khata se agotaba con cada paso que daba el enigmático hombre.
—¿Dónde está Miguel? —cuestionó, su voz cargada de impaciencia, cansada de esperar respuestas que no llegaban.
—Supongo que ocupado —respondió el ser de cabello blanco, sin detener su paseo, con un tono despreocupado.
La indiferencia de aquel hombre, que parecía un hada o un elfo sacado de una novela de Tolkien, le dejó un regusto amargo en la boca. Su frustración la impulsó a bajarse de la camilla, sus pies tocando el frío suelo.
—Me parece muy bien. Yo también tengo muchas cosas que hacer, así que me piro de este lugar —declaró, dando un paso decidido hacia la puerta.
El desconocido se interpuso en su camino con una velocidad asombrosa, su figura etérea bloqueando la salida.
—No puedo permitirte que salgas de aquí.
—¿Por qué? —espetó, su nivel de cabreo aumentando a pasos agigantados—. ¿Acaso soy una rehén? ¿Esto es un secuestro?
—Yo no…
—No podéis retenerme en contra de mi voluntad —la voz de Khata se alzó, cargada de una histeria creciente—. Exijo que…
Antes de que pudiera terminar la frase, la puerta de la sala se abrió y una mujer diferente a las que había conocido ese día entró en la habitación. Su sola presencia irradiaba una mezcla de sabiduría y elegancia ancestral, como si llevara siglos de historia sobre sus hombros.
—Veo que te encuentras mejor —dijo la recién llegada con un tono de voz muy agradable. Tras lo cual, se volvió hacia el ser de cabello blanco—. ¿Todo bien, Alem?
Su discípulo hizo una pequeña reverencia con la cabeza, un gesto de deferencia que no había mostrado con Khata.
—Sí, mi Reina, todo bien.
La mujer se giró hacia la vampira con una expresión amable en su rostro, pero Khata la miró entrecerrando los ojos con desconfianza. ¿Reina? ¿Quiénes eran estas personas?
—¿Y tú quién eres? —inquirió Khata, con el sarcasmo apenas velado.
—Soy una amiga —respondió doña Lupa con una sonrisa gentil, sus ojos profundos y sabios.
—¿Amiga de quién? —Y se señaló con un dedo, la ironía perforando sus palabras—. ¿Mía? Porque hasta hace poco no sabía de tu existencia, ni tú quién era yo.
—Tal vez no lo sea aún —admitió la druida, con un tono sincero que tomó a Khata desprevenida—. Pero con el tiempo me gustaría serlo… si me dejas.
—Las amigas no te retienen en contra de tu voluntad —replicó, el nudo de ansiedad y rabia subiendo por su garganta. Se sentía atrapada, como una rata de laboratorio esperando impotente en una jaula.
—No estás retenida, querida —explicó la reina druida, con un porte y una autoridad serena que no dejaban lugar a dudas sobre su importancia. Su voz era dulce, pero inquebrantable—. Al contrario, eres nuestra invitada.
Khata estuvo a punto de soltar una carcajada amarga y desesperada.
—¿Una invitada? Sí, claro, no me hagas reír —Se movió por la habitación sintiéndose como un león enjaulado, sus pasos resonando en el silencio.
Aquella mujer la estudiaba sin decir palabra; su mirada era perspicaz, lo que la puso más nerviosa.
Khata no soportaba que la estudiaran—. No quiero ser tu invitada.
Lo que quiero es irme a mi casa ahora mismo.
—Lo entiendo, de verdad —Doña Lupa dio un paso hacia ella, su voz llena de una compasión que no se creyó ni por un instante—. Pero de momento no puedes. No hasta que comprendamos qué está pasando contigo.
Khata se detuvo en seco.
Por un segundo, solo uno, el miedo le atenazó la garganta. La rabia se convirtió en un nudo helado en su estómago. ¿Comprender qué está pasando con ella? Aquella frase, dicha con tanta tranquilidad, encerraba una verdad que se negaba a aceptar.
Estaba atrapada y ni siquiera sabía por qué. La habían sacado del hospital a rastras, acusada de no sé qué historias, y ahora querían estudiarla como si fuera un bicho raro al que examinar con lupa.
Apretó los puños con tanta fuerza que sintió las uñas clavarse en las palmas. Pero no iba a mostrar debilidad. Jamás. Se tragó el temblor y levantó el mentón, orgullosa, con los ojos ardiendo.
—No sé quiénes sois. No sé qué demonios queréis de mí. Pero si pensáis que voy a colaborar con este circo… vais muy equivocados.
La reina no se inmutó, solo se acercó a ella con expresión serena.
—No te pedimos que confíes en nosotros, Khata. Solo que nos ayudes a comprender.
—¿A comprender el qué?
Antes de que nadie pudiera responder, la puerta se abrió y entró otra mujer de edad más avanzada en la habitación, seguida de lo que parecía un enorme lobo blanco.
—A comprender qué eres —intervino doña Amelia con una mirada suave y gentil—. O, si lo prefieres, quién eres. Porque todo cuanto has vivido hasta ahora —la marca, el dolor, la muerte, la resurrección—, no ha sido por azar. Y negarlo no hará que desaparezca.
Khata dio un paso atrás, no solo por el desconcierto de ver a un animal como aquel allí, sino porque también sintió como si esas palabras la hubieran empujado físicamente.
Un jadeo escapó de su garganta, corto y contenido. Cerró los ojos con fuerza y aspiró hondo, intentando no gritar. No derrumbarse.
—Todos estáis locos, ¿lo sabéis? —dijo al fin, con una voz que ya no sonaba enfadada, sino rota por dentro.
—Puedes llamarnos locos, si eso te ayuda a sentirte mejor —replicó doña Amelia—. Pero eso no hará que esa marca que llevas grabada en la piel no exista. Y necesitamos respuestas. Respuestas que solo tú puedes darnos.
Khata se llevó una mano a la frente, masajeando con fuerza las sienes como si así pudiera borrar la presión que sentía creciendo dentro de su cráneo. Entonces abrió los ojos de golpe y clavó su mirada en la anciana, con un fuego que la consumía por dentro.
—La única verdad… —dijo con voz baja, peligrosamente controlada— es que soy una vampira.
—Abrió los labios, mostrando los colmillos, blancos, afilados, amenazadores—.
La única verdad es que somos inmortales porque tenemos el don de regenerarnos.
La única verdad es que esos enfermos que trabajan para los Antiguos me marcaron mientras yo me debatía entre la vida y la muerte. Punto. Fin del misterio.
La recién llegada no se inmutó cuando Khata dio un paso amenazador hacia ella. La expresión inquietante en la vampira, la muestra de sus colmillos, no la hizo retroceder ni un ápice. Tal vez fuera, porque la enorme loba blanca se colocó a su lado, dispuesta a protegerla en cualquier momento.
—¿Y por qué harían algo así?
—¿Y yo qué cojones sé? —respondió, aproximándose un poco más, la ira creciendo con cada palabra—. ¿Por qué están mal de la cabeza? ¿Por qué, como no encuentran la cura, hacen cosas desesperadas?
El aire parecía haberse tensado como una cuerda a punto de romperse, y entonces, una presencia poderosa llenó la habitación de golpe. Miguel se materializó justo entre ellas, tan de repente que Khata se tambaleó hacia atrás por instinto.
—Ni un paso más —ordenó, su voz resonando entre aquellas paredes.
Khata se volvió hacia él como si acabara de ver al mismo demonio.
El odio se acumuló en su mirada, oscuro y denso como una tormenta que lleva días creciendo.
Todo esto era culpa suya. Desde el momento en que lo conoció, su mundo había sido arrasado, convertido en ruinas. Todo había comenzado con él.
—¿O qué? —siseó, retrocediendo aún más los labios para mostrarle los colmillos con una furia animal—. ¿Vas a detenerme tú?
Miguel no respondió enseguida, pero su mirada se endureció. Ya no era solo el guerrero. Era el juez. El ángel. El que no vacilaría en proteger a los suyos costase lo que costase.
—Sí —afirmó sin un atisbo de duda—. Si no me dejas otra opción… lo haré.
Miguel no se movió. Su mirada estaba fija en los ojos de Khata, tan cargada de firmeza como de tristeza. No quería hacerle daño. No a ella. Pero tampoco podía dejar que se perdiera en esa furia que la estaba consumiendo.
Khata lo sabía, lo sentía, pero no podía detenerse. El odio era más fácil que el miedo. La ira era una armadura que llevaba toda una vida usando. Y aunque él había dicho que la detendría, ella no iba a dejarse someter.
Entonces, la voz de doña Lupa rompió el silencio con la calma de una madre antigua, con el tono grave de quien ha visto más dolor del que puede contarse.
—Tranquilo, Miguel —dijo despacio, sin moverse del sitio, pero con una presencia que llenaba la estancia como una cúpula protectora—. Su rabia no está dirigida a nosotros; es contra el mundo, al que siente tanto rencor.
Khata parpadeó, solo una vez, pero fue suficiente.
—¿Qué…? —susurró, confundida, la furia todavía en su voz, pero quebrándose en sus bordes—. ¿De qué estás hablando?
La reina se acercó, con pasos lentos, pero llenos de una autoridad que no necesitaba elevar la voz. Se detuvo a una distancia prudente, sin invadir su espacio, pero sin retroceder.
—Tu sangre lo sabe, aunque tú no lo recuerdes. Tu linaje lleva generaciones intentando proteger un conocimiento que fue silenciado, perseguido… oculto incluso entre los tuyos. Y tú, Khata, naciste con el don, un don igual al mío, aunque te lo hayan negado.
Khata sintió que el suelo se deslizaba bajo sus pies. Todo aquello era ridículo. Y, sin embargo… una parte de ella, la que había aprendido a desconfiar de sus propios presentimientos, se removía incómoda en su interior.