Capítulo 8 #2
—No te creo —musitó Khata, su voz apenas un hilo. Después fijó de nuevo su atención sobre ellas, estudiándolas con otros ojos—. ¿Y vosotras también sois… ángeles?
—Ah, yo no —se apresuró a aclarar Alaina, y para corroborarlo, le enseñó el anillo que portaba en la mano derecha: un sello antiguo, poderoso, del cual emanaba una energía casi invisible—. Yo soy la reina del pueblo de Israel y la heredera del sello de Salomón.
El rostro de Khata terminó de desencajarse cuando las alas de Nix emergieron, majestuosas y puras, tras su espalda. El suave aleteo de sus plumas blancas produjo una pequeña brisa que acarició el aire de la sala.
—Yo sí soy un ángel, la última grigori , aunque también me conocen como el ave Fénix.
Reunidos en la gran biblioteca, como era costumbre cada vez que se enfrentaban a una contingencia , la cúpula de la Orden de los Varones aguardaba en silencio.
El crepitar del fuego en la chimenea era el único sonido que rompía la quietud, hasta que los pasos suaves de Nix y Alaina resonaron al cruzar el umbral.
—Bien —dijo Iria, con la espalda erguida en su butaca—, ¿quién nos pone al tanto?
Todas las miradas se dirigieron, sin dudarlo, hacia Miguel.
El arcángel permanecía de pie, con los brazos cruzados y el ceño fruncido. Parecía medir cada palabra con meticulosa prudencia.
—No sé muy bien por dónde empezar, la verdad —confesó, una rareza en él, que solía ser conciso y directo.
—¿Qué te parece por el principio? —lo animó la reina Lupa, su tono una suave pero firme exigencia.
—Hace unos meses nos llegaron algunos rumores —comenzó Amitiel, al notar una sombra de duda en la expresión cautelosa de su hermano.
Desde que había aparecido aquella vampira en la guarida del Antiguo, lo notaba raro, distante.
Y esperaba que, por fin, en esa reunión, Miguel dejase salir a la luz lo que en verdad le preocupaba.
—¿Qué tipo de rumores? —indagó su pareja, Ayelet.
—Al principio nada preocupante: desapariciones aisladas de personas sin vínculos, vagabundos, enfermos mentales… individuos invisibles para el sistema.
Iria arrugó el ceño, sorprendida.
—¿Y eso no os pareció alarmante?
—Hemos visto esto antes —replicó Cassiel, sereno—. Sujetos marginados que simplemente… desaparecen.
—¿Qué os hizo cambiar de opinión? —presionó Raziel, el arcángel de los Misterios, con su voz pausada y mirada inteligente.
—Como bien sabéis, tras el Apocalipsis, dejamos que algunos demonios menores caminasen entre los humanos para equilibrar la balanza entre el bien y el mal, entre la luz y la oscuridad —explicó Amitiel, adoptando un tono más formal—. Como es el caso de los vampiros.
—Cierto —afirmó Tomás, uno de los Guardianes Reales—. ¿Por eso la habéis traído a ella aquí?
Miguel dudó. Miró hacia el fuego, como si allí pudiera encontrar respuestas.
—Es algo un poco más complicado —reconoció, tras el silencio de Cassiel y Amitiel, su voz cargada de un matiz que denotaba la complejidad del asunto.
—Somos todo oídos —intervino Moisés, el hermano gemelo de Tomás, su expresión atenta.
—Llegaron algunas habladurías a oídos de nuestros hombres —continuó Miguel, su mirada recorriendo los rostros de los presentes—, que sugerían que esos demonios menores habían comenzado a reunirse y que tenían algo que ver con esas sospechosas desapariciones.
Raziel arrugó el ceño ante esa preocupante información.
—Según mis últimas informaciones, teníamos un pacto inquebrantable con los descendientes de Caín. ¿Acaso lo han roto?
Ante la sospecha directa de su hermano, Cassiel se apresuró a intervenir.
—Ellos aseguran que no. Y, hasta ahora, no tenemos pruebas concluyentes que lo demuestren.
La confusión tomó forma en el rostro de Nix, quien abrió la boca para decir:
—No entiendo… —musitó, como si hablara para sí misma, sus ojos brillantes fijos en el vacío—. Porque los cuatro Jinetes acabaron con los Sangrenegra, ¿no es así? Se les dio caza y se les aniquiló.
—Parece ser que no —aseguró Miguel con pesar—. Yo mismo me enfrenté a un pequeño grupo de ellos. Eran brutales, desorganizados, pero sin duda alguna Sangrenegra.
Alaina se irguió en su asiento.
—Entonces, ya está. El misterio se resuelve solo. Los Sangrenegra están detrás de las desapariciones.
—Ojalá fuera tan sencillo, pelirroja —replicó Amitiel con un deje irónico en la voz—. Un grupo reducido no se arriesgaría a exponerse sin una razón. Estamos seguros de que hay alguien o algo que los está guiando. Y es lo que estamos intentando averiguar.
El tono condescendiente de Amitiel encendió la mecha. La pelea entre ambos estaba servida.
—Pues más te vale descubrirlo, guapito —soltó ella con los brazos en jarras y gesto desafiante—. No pienso ir por ahí exorcizando basura infernal cada vez que tú no haces tu trabajo.
La reina Lupa se frotó la sien con resignación.
—Ya empezamos…
—¡¿Perdona?! —espetó Amitiel, dándose la vuelta hacia ella—. ¿Qué has dicho?
—Lo que has oído. Inútil y encima sordo.
—Como te muerdas la lengua, pelirroja, el veneno te mata.
—Uy, sí… mira cómo tiemblo.
—¡¡Vosotros dos…!! ¡¡Basta!! —ordenó Miguel, su voz resonando con una autoridad que no admitía réplica.
Ambos se callaron al instante, aunque seguían lanzándose miradas como cuchillos.
—Parezco el tutor de una guardería —rezongó con fastidio—.
¿Queréis madurar de una vez? —Y alzó una mano pidiendo silencio cuando su hermano se revolvió para responderle—: Una palabra más y te dejo fuera, Amitiel.
Y te lo advierto, termina con esta riña estúpida de una vez por todas; la broma dejó de tener gracia hace mucho tiempo.
El silencio volvió a instalarse, denso y expectante. Aprovechando el respiro, Ayelet formuló la pregunta que todos contenían:
—¿Es por eso que la has traído aquí? ¿Crees que esa mujer está vinculada a la rebelión de los Sangrenegra?
Miguel sostuvo su mirada por un segundo antes de asentir… y negar al mismo tiempo.
—No lo sé —admitió, la confusión y el cansancio patentes en su rostro—. Lo único que sé con certeza es que esa mujer debería estar muerta.
—Si lo dices por la herida recibida en el corazón, la regeneración vampírica hizo su trabajo —asumió Iria, con una lógica práctica.
Él negó con la cabeza, sin saber muy bien cómo explicar lo ocurrido entre ellos, la imposibilidad de lo que había presenciado.
—Tendría que haber muerto antes de que la apuñalaran los suyos —confesó, su voz casi un murmullo, cargado de asombro—, pues ningún demonio que haya probado la sangre de un ángel puede sobrevivir.
La sorpresa en el rostro de los presentes fue palpable; una onda de incredulidad recorrió la sala.
—¿Te mordió? —interrogó Moisés estupefacto, sus ojos abriéndose como platos.
Ante la respuesta afirmativa del arcángel, un mutismo tenso llenó el espacio. Todos se miraron entre sí con asombro, buscando una explicación en los rostros de los demás. Hasta que la voz de Amitiel rompió el tirante silencio.
—Entonces, ¿lo que dijo Yared es cierto?
La pregunta iba dirigida a Miguel, que negaba con la cabeza sin saber qué responder, su mente luchando por asimilar la implicación.
—¿Qué dijo Yared? —preguntó Raziel, la intriga eclipsando su habitual serenidad.
De pronto, Cassiel cayó en la cuenta. Recordó el empeño del Antiguo por transmitirle un mensaje a su hermano, la urgencia inusual en su tono, lo críptico de sus palabras. Sus ojos se encontraron con los de Amitiel, quien asintió con un gesto grave antes de decir:
—Creo que estamos hablando de la antigua profecía que lleva milenios circulando entre los descendientes de Caín —asumió, tomando la palabra—. Esa en la que hablan de una marca y del poder de otorgar el perdón sobre su pueblo. Una profecía que creímos una leyenda, pero que ahora…, ahora tal vez…
Cassiel dejó la frase suspendida en el aire, cargada de un peso inesperado, mientras la mirada de todos se posaba en Miguel, esperando que confirmara sus sospechas.