La Profecía de los Caídos Capítulo 8
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Capítulo 8

Un murmullo lejano de voces apagadas arrancó a Khata de la oscuridad.

Abrió los párpados pesados con lentitud, sintiendo una punzada de dolor sordo en su pecho.

Una luz blanca y cegadora del techo la asaltó, obligándola a cerrar los ojos de nuevo y girar la cabeza hacia un lado, buscando refugio en la penumbra.

—Debería haber despertado hace horas, ¿no crees? —escuchó entre susurros; la voz era femenina, suave y teñida de preocupación.

—Es normal, la pobre ha pasado por mucho. Además, por lo poco que nos ha contado Miguel, acababa de salir del hospital. Estoy segura de que todavía estaba demasiado débil cuando esos salvajes…

Aún aturdida, el cerebro de Khata luchaba por conectar las palabras, por entender su significado. Estas llegaban a retazos, como si las oyera desde el fondo de una piscina. Sentía la mente cubierta por un velo espeso, incapaz de hilar los pensamientos, de comprender con claridad.

¿Salvajes…? ¿Se refería a los Caídos?

—¿Sentiste alguna oscuridad en ella? —preguntó la segunda voz, también femenina, pero con un matiz más inquisitivo.

—No… todo era normal…

De nuevo, Khata perdió el contexto; las frases se desvanecían antes de que pudiera atraparlas y darles un sentido.

¿Acaso estaban hablando de ella? ¿A qué oscuridad se referían?

—… ¿No es extraño?

—¿Por qué lo dices?

—Bueno, no deja de ser un demonio. Un demonio menor, cierto, pero un demonio, al fin y al cabo.

—En realidad, yo no diría que es un demonio, Al. Está maldita, eso sí, pero un demonio tal y como…

La frase quedó inconclusa de nuevo, como si las dos voces se movieran por la habitación, o como si la conciencia de Khata se apagara y encendiera por momentos: era exasperante.

Khata forzó sus músculos adormecidos y alzó apenas la cabeza.

El movimiento le provocó un zumbido sordo en los oídos.

Sentía el cuerpo como si no le perteneciera: entumecido, inerte, remoto.

Al enfocar la vista, lo primero que distinguió fue una figura conocida: Miguel.

Estaba apoyado contra la pared del fondo, con los brazos cruzados y el cuerpo en tensión, una expresión seria e impasible en su apuesto rostro.

Por un instante, un microsegundo tal vez, Khata creyó ver algo distinto en su mirada: un destello de alivio, de ternura casi imperceptible…

pero fue tan fugaz que dudó de haberlo imaginado.

Enseguida fue reemplazado por el mismo aire de superioridad que tanto lo caracterizaba.

Él la observaba, un enigma indescifrable en su mirada.

—¡Por fin has despertado! —Una de esas voces captó la atención de la vampira, quien giró de nuevo la cabeza hacia el lado contrario, siguiendo la dirección donde el sonido era más nítido.

Los rostros de líneas suaves y delicadas de dos hermosas mujeres la recibieron.

Ambas eran pelirrojas, con largas cabelleras que caían como cascadas de fuego.

Podrían pasar por hermanas, aunque algo en su intuición le decía que no lo eran.

Una de ellas, la más bajita y con el rostro repleto de pecas, la estudiaba con una curiosidad intensa, casi evaluadora, sus ojos analizando cada detalle.

«¿Estoy muerta?», pensó. «¿Esto es el cielo? ¿Y, si es así, por qué huele a antiséptico?»

Instintivamente llevó una mano temblorosa a su pecho, buscando el punto donde la daga había entrado. El recuerdo era vívido: el metal desgarrando su carne, el frío hundiéndose en su corazón, la sangre subiendo por su garganta. Pero ahora…

—¿Cómo te encuentras? —preguntó la más alta, con dulzura.

Khata intentó hablar, pero la voz se le quebró en la garganta, seca como esparto.

—¿D-dónde estoy? —balbuceó. La pregunta sonó más a un graznido que a una frase coherente.

—Estás a salvo —respondió la otra, dando un paso al frente. Había autoridad en su tono, pero también respeto—. Estás en la fortaleza de Santiago. Un refugio, aunque de momento… supongo que para ti es poco más que un nombre.

Khata pestañeó, sus ojos escudriñando su alrededor con la misma cautela que un animal atrapado.

El techo abovedado, los paneles de luz blanca que se difuminaban con suavidad, varias camillas impolutas, dispositivos médicos de última generación que zumbaban con suavidad, vitrinas llenas de tubos de ensayo y frascos de cristal…

La sala parecía una mezcla imposible entre un quirófano de alta tecnología y la consulta de una clínica de lujo.

—¿Quiénes sois? —logró preguntar, esta vez con mayor claridad, aunque la desconfianza todavía teñía sus palabras.

Una de ellas le sonrió con afabilidad, una expresión abierta y sincera.

—Soy Nix —dijo la que tenía el cabello de un color cobre más oscuro—. Y ella es Alaina. —Tras la presentación, hizo una breve pausa antes de continuar—: Puedes estar tranquila, nadie aquí quiere hacerte daño.

La mujer más bajita y de ojos grises, muy parecidos a los suyos, se cruzó de brazos, ladeando ligeramente el rostro.

—De momento —añadió, en un tono suave pero lleno de advertencia.

—No le hagas caso, solo está bromeando —respondió Nix, lanzándole a su amiga una mirada de advertencia.

—¡Qué! —replicó la aludida encogiéndose de hombros.

—Vale ya —le sugirió esta entre dientes—. No la asustes más de lo que ya debe de estar.

—Solo digo que tenemos derecho a mantener la guardia, eso es todo —se defendió, sin ceder.

Miguel entonces se separó de la pared. Su sola presencia pareció absorber el aire de la habitación. Caminó hacia ellas, hacia Khata, sin apartar los ojos de su rostro.

—¿Cómo te sientes? —preguntó con voz grave.

Inquieta por su escrutinio, Khata se mojó los labios con la punta de la lengua, acto que el arcángel siguió sin perder detalle.

Ella no recordaba nada después de aquel instante de oscuridad en la residencia del Antiguo.

Solo que el rostro de ese hombre había sido lo último que había visto antes de cerrar los ojos y dejarse arrastrar por la inconsciencia.

—¿Por qué me has traído aquí? —susurró—. ¿Por qué estoy… viva?

Khata casi no pudo terminar la frase, el recuerdo de su segunda muerte todavía le producía un nudo en la garganta.

Miguel negó con la cabeza, exasperado.

—Tienes la fea costumbre de no responder a mis preguntas, ¿lo sabías?

Siendo consciente de la tensión entre ambos, y la evidente irritación de Miguel, fue Nix quien se adelantó para colocarle una mano suave sobre la frente de Khata. Su tacto era cálido y tranquilizador.

—¿Por qué no le traes un vaso de agua?

—¿Tiene fiebre? —preguntó él con una sombra de inquietud, a pesar de que no debería importarle el estado de la vampira que no había dudado en morderlo.

—No, pero estoy segura de que debe estar sedienta. ¿No es así? —Nix dirigió una mirada interrogativa a Khata, una invitación silenciosa a la confianza.

Ella no respondió; mantuvo silencio a pesar de la sutil invitación.

No tenía ni idea de quién era aquella gente.

Desconocía el lugar y los motivos de por qué estaba allí.

Pero no haría ni diría nada que pudiera ofrecerles algún tipo de información a esos desconocidos.

Si había aprendido a sobrevivir durante todos aquellos siglos, había sido, en gran parte, a no fiarse de nadie.

Tras dejar salir un suspiro de enojo por su silencio, Miguel se acercó a un dispensador de agua potable y llenó un pequeño vaso de plástico.

Alaina, quien había observado la situación en silencio, se acercó a la recién llegada. Su voz era más directa, sin la suavidad de su compañera.

—Nix tiene razón, nadie de aquí quiere hacerte daño —habló con una sinceridad que la sorprendió—. Sé que no te fías de nosotras, y lo entiendo. Yo también pasé por lo mismo que estás pasando tú.

Khata alzó una ceja cargada de ironía y desconfianza.

—¿Te mataron y después despertaste en un lugar desconocido?

—Ella no, pero yo casi podría decir que sí —respondió Nix al mismo tiempo que la ayudaba a incorporarse en la camilla.

Los ojos de Khata se abrieron como platos al escuchar su confesión. Al mismo tiempo, una sonrisa que sugería añoranza surgió en el rostro de Alaina mientras ahuecaba una almohada.

—Yo todavía recuerdo al Melenas apuntándome con su espada cuando me vio por primera vez —confesó sincera, su mirada perdida en un recuerdo lejano—. Si no llega a ser por Cass, casi seguro que estaría criando malvas.

Mientras su amiga pulsaba un botón para subir el respaldo eléctrico de la camilla, Nix volvió a lanzarle una mirada de advertencia, esta vez con más vehemencia.

—Que digas esas cosas en su presencia no ayuda nada, por si no te has enterado —refunfuñó esta vez un poco más alto, dejando atrás la sutileza.

Alaina colocó con esmero la almohada detrás de la espalda de Khata a la vez que su sonrisa se ampliaba todavía más.

—No estoy diciendo ninguna mentira, ¿verdad, Miguel? —alegó guiñándole un ojo.

Este le ofreció el vaso de agua a Khata, quien lo tomó con ambas manos y miró su interior con vacilación.

—Puedes beberlo tranquila, no está envenenado —dijo con tono seco al advertir su gesto de sospecha. Dicho lo cual, se giró hacia las dos mujeres antes de añadir—: Voy a avisar al resto de que ya está despierta.

El vaso de Khata resbaló de sus manos cuando lo vio desaparecer en el aire, desvaneciéndose en una suave ráfaga de viento. El agua fría empapó parte de su ropa y la cama.

—¡¿Qué demonios ha sido eso?! —exclamó, la incredulidad y el asombro desbordándose en su voz.

Mientras Nix se apresuraba a secar la humedad con unas gasas, Alaina la miró con una expresión divertida.

—¿Nunca habías visto antes a un ángel teletransportarse?

La expresión de Khata era de total incredulidad. Miró primero a una mujer y después a la otra, varias veces, buscando una pizca de burla, de engaño.

—¿Un ángel? —interrogó señalando el espacio vacío que había quedado tras su desaparición—. ¿Miguel es un ángel?

—Un arcángel, para ser más exactos —rectificó Nix sin darle mucho bombo—. En concreto, el general de las huestes angelicales.