Capítulo 7 #2
Una marca. Oscura, sinuosa, como si hubiera sido grabada a fuego bajo la piel.
No era un tatuaje, ni una cicatriz, ni una quemadura.
Era un símbolo antiguo, imposible de clasificar con exactitud, de líneas que parecían moverse, vibrar, como si respondiera a una energía invisible, latente.
La piel alrededor de ella estaba ligeramente más pálida, como si la propia oscuridad del símbolo absorbiera la luz.
Khata dejó de moverse, su respiración contenida en un jadeo ahogado. Un frío extremo le subió por la columna al darse cuenta de que aquella marca en su cuerpo era real, y su existencia la desorientaba por completo.
Miguel dio un paso al frente, su rostro inexpresivo, pero sus ojos fijos en el símbolo. Y, por un segundo, todos contuvieron el aliento, la expectación palpable.
Los ojos del arcángel buscaron una respuesta en el rostro pálido de la vampira, pero se dio cuenta de que no la hallaría. Su gesto de asombro, de genuina e incipiente confusión, era demasiado auténtico para ser simulado. Ella no sabía nada.
—¿Qué demonios significa esto? —interrogó Amitiel, la incredulidad teñida de una profunda sospecha, rompiendo el silencio que su hermano mantenía.
La voz de Alfonso Cadaval se alzó alta y clara, cortando la tensión. Una pizca de orgullo casi imperceptible en su tono.
—Esta marca apareció el segundo día de su inconsciencia, cuando ya creíamos que no podíamos hacer nada más por ella —declaró el médico, saboreando su minuto de gloria.
Dirigió una mirada gélida a Khata—. No conocemos ningún virus, ninguna bacteria, ninguna mutación que cause algo parecido.
Es una anomalía en toda la extensión de la palabra.
El ángel de la Verdad dejó salir un jadeo escéptico, cruzando los brazos sobre el pecho de nuevo. Su desconfianza era un muro.
—Eso no prueba nada —espetó—. Esa marca podría ser falsa. Pudo haber sido recreada, implantada o manipulada de alguna forma.
—¿Con qué motivo? —intervino el Antiguo, la ofensa brillando en sus ojos oscuros—. ¿Qué ganaríamos con una pantomima como esta? Lo único que queremos es la cura y que nuestra raza sea liberada de esta maldición.
Amitiel se pasó la mano por la cabeza, la confusión instalándose en su gesto.
—No lo sé… todavía. —Buscó ayuda en su hermano, pero los ojos del arcángel aún estaban fijos en la mujer, que se miraba la marca con una mezcla de horror y fascinación.
Miguel no pestañeaba, el rostro impenetrable, como si contuviera una tormenta en su interior.
La marca, su presencia… todo coincidía con algo que no se atrevía a verbalizar.
No aún. Amitiel continuó—. Pero eso no significa que…
—Doce personas —intervino de nuevo Cadaval, con el tono de quien suelta la carta definitiva—.
Necesité a doce personas para contenerla cuando comenzó a convulsionar.
Esa marca le otorgó una fuerza sobrehumana, una energía brutal, como si quisiera protegerla en su momento más vulnerable.
Nadie podía acercarse a ella mientras estaba inconsciente; las personas a mi cargo salían volando por los aires como si fueran muñecos de trapo.
Un murmullo más profundo recorrió la sala, hasta los Caídos parecían inquietos.
—Mientes… —La voz de Khata apenas era un susurro que se quebraba. Sus rodillas se doblaron, cediendo, y cayó al suelo, la humillación y el miedo mezclándose con el desconcierto—. Lo que estás diciendo no es verdad. Yo no recuerdo nada… yo… yo...
—¡¿Quién eres tú para llamarnos mentirosos?! —bramó Yared ante su falta de respeto.
No le quedaba más remedio que aguantar la desconfianza de los ángeles, pero no iba a permitir que esa renegada le faltara al respeto.
Khata alzó el rostro, pero su mirada estaba vacía, perdida en el caos que se arremolinaba dentro de su cabeza.
Quiso responder, defenderse, gritar… pero las palabras se atragantaron en su garganta.
Sus ojos se fijaron en el vampiro que se inclinó de nuevo sobre el Antiguo para susurrarle otra vez al oído.
Su energía era negra, como una sombra turbia envolviendo y ocultando su esencia.
—Solo hay un modo de salir de dudas, ¿verdad? —replicó Yared con una sonrisa cruel que apenas alteró sus labios.
Antes de que Miguel o Amitiel pudieran reaccionar, alzó su mano, un gesto sutil, pero cargado de una autoridad letal.
En un instante, los dos hombres de negro que habían estado custodiando a Khata la alzaron del suelo con una brusquedad despiadada y la sujetaron con una fuerza implacable.
Sus ojos brillaban con una malicia contenida, disfrutando claramente de la orden que se les había dado.
Khata, sorprendida, sintió sus brazos inmovilizados, la impotencia carcomiéndola.
Lo siguiente ocurrió con una velocidad vertiginosa, demasiado rápido para la comprensión.
El doctor Cadaval se acercó a ella, la punta de los colmillos asomando por la comisura de sus labios y una expresión cruel ensombreciendo su rostro, deformando sus rasgos.
Khata no tuvo tiempo de reaccionar; su mirada, llena de confusión y un miedo incipiente, se fijó en el brillo letal de la daga que empuñaba.
Con una mano, Cadaval la sujetó por el cuello, acabando de inmovilizarla, y con la otra le clavó la fría hoja que le atravesó el corazón.
La sala entera contuvo el aliento, petrificada.
El silencio que siguió fue absoluto, solo roto por el suave y casi imperceptible gemido de Khata al sentir el metal rasgar su carne, desgarrando músculo y tejido.
Un dolor agudo, explosivo, inimaginable la consumió.
Fue un fuego helado que se extendió desde su pecho, paralizándola.
El gorgoteo de la sangre, tibia y densa, subió por su garganta, llenando su boca con un sabor metálico y amargo.
Sus ojos grises se abrieron de par en par, reflejando el horror y el desconcierto más absolutos.
En ese instante fue cuando Miguel reaccionó, demasiado tarde para detener el golpe, pero lo suficientemente rápido para impedir que su cuerpo tocara el suelo. La recogió entre sus brazos con una delicadeza desesperada que sorprendió a los presentes.
Khata lo miró, pero su mirada estaba perdida. Sintió el calor de su sangre manchar la ropa de aquel hermoso ser. Quiso hablar, pero solo pudo toser, y una fina línea carmesí se deslizó por la comisura de sus labios.
—Tranquila… tranquila… —susurró él, su voz quebrada en una súplica que jamás había pronunciado—. No cierres los ojos… quédate conmigo…
Ella apenas podía entenderle. Cada segundo era más pesado, más distante. Sus dedos se aferraron con debilidad al brazo de Miguel, intentando no ahogarse en sus propios fluidos.
«No temas, hija mía…»
Khata creyó percibir una voz conocida. Una voz que hacía una eternidad que no escuchaba. ¿Acaso era su abuela? ¿Estaba delirando? La voz la arrulló, la invitó a la oscuridad.
El arcángel alzó la mirada y la fijó en la hoja ensangrentada que Cadaval todavía sostenía entre sus manos.
Sus ojos se volvieron pura amenaza; la rabia y la impotencia lo consumieron.
No recordaba haber sentido algo tan humano como la culpa hasta aquel momento, un sentimiento atroz que lo desgarraba por dentro al ver cómo había terminado aquella situación.
Debía recordarse que aquella mujer tendría que estar muerta, que su sangre tuvo que haberla barrido de la faz de la Tierra cuando lo mordió…
Sin embargo, la crueldad de aquellas oscuras criaturas nunca dejaba de sorprenderlo.
—Si muere —dijo en un susurro que heló el aire—, ninguno de vosotros saldrá entero de aquí.
Su atención regresó a ella y rezó con todas sus fuerzas a Padre, pidiendo que el instinto vampírico de auto-reparación respondiera. Había la posibilidad de que, por culpa de su sangre, ella no pudiera sanarse a sí misma y, por alguna extraña razón, esa probabilidad le resultaba aterradora.
Los ojos de Khata, fijos en los de Miguel, perdieron su brillo, volviéndose opacos. Su cuerpo se relajó en sus brazos, volviéndose inerte y pesado. Una última exhalación, apenas un suspiro, escapó de sus labios y se dejó envolver por la oscuridad.