La Profecía de los Caídos Capítulo 7
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Capítulo 7

—¿Un propósito? —jadeó Khata tras escuchar sus palabras—.

Estás loco si piensas que voy a prestarme a algún juego absurdo de los vuestros.

—Y giró sobre sus talones para salir de allí lo antes posible.

Pero apenas dio un paso, los dos individuos vestidos de negro, los mismos que la habían escoltado, se interpusieron en su camino.

Impasibles. Un muro de obediencia ciega—. ¡Dejadme pasar! —exigió rotunda.

Los hombres de Cadaval ni se inmutaron. Al contrario, la tomaron de los brazos con una firmeza que la inmovilizó por completo, anticipándose a su siguiente movimiento.

—¡Soltadla! —La voz de Miguel sonó como una tormenta repentina en aquella sala, atrayendo todas las miradas.

Todos se giraron hacia él; incluso el fuego de las antorchas pareció vacilar.

Su figura imponente irradiaba autoridad, pero también una furia contenida que provocaba un estremecimiento incluso en los vampiros más leales.

Se giró hacia el Antiguo con una expresión que no presagiaba nada bueno; o recibía una explicación inmediata o habría consecuencias, pues su paciencia, ya de por sí escasa, había llegado a su límite—.

¿Qué demonios está ocurriendo? ¿Quién es ella, Yared, y por qué está aquí contra su voluntad?

Khata, todavía sujeta, se volvió despacio. Sus ojos estudiaron a su inesperado defensor con una mezcla de sorpresa e incredulidad.

Yared, lejos de alterarse, volvió a sentarse en su trono con la apatía fingida de quien considera que todo aquello no es más que una engorrosa molestia. Se acomodó en el respaldo, cruzó una pierna con elegante desdén y exhaló un suspiro cargado de impaciencia.

—Esta mujer se llama Khata —comenzó con un tono que revelaba una repugnancia apenas contenida—. Como habrás deducido por sus palabras, es una impura, una convertida.

La expresión del arcángel se mantuvo pétrea, impasible, a pesar de haber descubierto por fin el nombre de la vampira que lo había mordido.

—¿Y? —espetó alzando una ceja.

El Antiguo dejó caer las siguientes palabras a regañadientes, con una desgana que evidenciaba lo mucho que le desagradaba tener que reconocerlo.

—Por desgracia, también es una valiosa científica que trabaja en busca de la «Cura» para mi gente.

—Es evidente el buen rollito que hay entre vosotros —señaló Amitiel con sarcasmo, su voz resonando en el silencio.

Su hermano lo fulminó con la mirada, silenciándolo al instante. El gesto bastó para que el ángel de la Verdad levantara las manos en ademán burlón, como si dijera: vale, vale, lo pillo.

—Todavía espero una explicación, Yared —advirtió Miguel, su voz baja y cargada de una superioridad que resultaba hiriente—.

Y en serio espero que no me estés haciendo perder el tiempo con asuntos que no me conciernen.

Las disputas que haya entre los de vuestra raza nada tienen que ver conmigo ni con mis hermanos.

El Antiguo frunció los labios con desagrado. El general de los ángeles le hablaba como si fuera un simple don nadie, como si no cargara con siglos de poder y linaje, como si su sangre no descendiera del mismísimo Caín. Aquello le revolvía las entrañas.

—Créeme cuando te digo —replicó en un siseo venenoso— que detesto tanto como tú tener que involucrarte en esto. Pero no lo hago por capricho. La presencia de esta mujer ha activado algo que ni siquiera tus preciados archivos celestiales han registrado por completo.

Miguel entrecerró los ojos, alerta. Su cuerpo se irguió aún más, si es que era posible, y sus pupilas ardieron como ascuas.

—¿Qué estás insinuando?

Khata dio un paso atrás, todavía custodiada por aquellos dos armarios empotrados vestidos de negro.

Por un momento pensó en buscar una salida, en zafarse y huir.

Pero algo —curiosidad, instinto o estupidez, aún no lo sabía— la obligó a quedarse.

Ese ser que irradiaba poder… Ese tal Miguel…

¿quién era en realidad? ¿Y por qué sentía ese escalofrío recorrerle la espalda cada vez que la miraba?

—No insinúo nada, afirmo —el Caído escupió las palabras como si le amargaran la boca—.

Esta renegada apareció hace varias noches en el hospital con su vida pendiendo de un hilo.

Por los síntomas, parecía que algo la había infectado, algo a lo que no debería haber sobrevivido, algo que tendría que haberla destruido.

Miguel no pestañeó, pero la tensión en su rostro se intensificó.

—¿Qué clase de infección?

—No lo sabemos. Le hicimos análisis, pruebas, todo cuanto estuvo a nuestro alcance. Ningún resultado concluyente. Lo ocurrido sigue siendo una incógnita. Hasta que una marca antigua apareció. Una marca que encierra un poder que desconocemos. Nada que hayamos visto hasta ahora.

El silencio se extendió como una sombra entre todos los presentes, solo roto por el jadeo de asombro que escapó de los labios de Khata.

Miguel giró la cabeza con lentitud; sus ojos se posaron en ella como una sentencia. Su mirada era intensa, implacable… y, sin embargo, algo dentro de él se crispó. Un recuerdo. Una escena en la oscuridad de una estación de metro. Un mordisco. Un destello carmesí.

—¡Eres un puto demente! —estalló Khata con rabia hacia el descendiente de Caín—. ¿De dónde puñetas sacas eso?

—Compruébalo por ti mismo —invitó Yared al arcángel con una sonrisa envenenada—. Encima de su costilla derecha… ahí está la marca.

Miguel palideció de forma imperceptible.

No dijo nada, aunque la tensión de su mandíbula revelaba la lucha interna que lo desgarraba.

¿Tenía él algo que ver con aquello? ¿Su sangre podía ser la causante?

Cerró los ojos. Solo un segundo. Suficiente para ordenar la tormenta de pensamientos que lo golpeaban sin piedad.

—Vámonos de aquí —le pidió Amitiel, su rostro endurecido por la desconfianza—. Es obvio que están mintiendo.

—Espera un momento —ordenó él abriendo los párpados.

Amitiel chasqueó la lengua, molesto.

—Vamos, hermano… No me digas que les crees. Todo esto es una pantomima absurda y lo sabes. Te están manipulando y te aseguro que no descansaré hasta averiguar por qué —amenazó con un brillo letal en sus azules ojos.

La dureza en la expresión de Miguel lo sorprendió por un momento. Amitiel sabía cuándo debía callar, y ese momento había llegado, pero no impidió que protestara a su manera, que fue bufando con fuerza mientras se cruzaba de brazos.

Khata contempló a ambos individuos. Los dos emitían la misma energía, aunque Miguel parecía poseer un aura un poco más…

¿dominante? El moreno, con el cabello un poco más largo, era demasiado hermoso.

En eso ambos se parecían, pero su actitud era más susceptible, irónica y maliciosa que la de su compañero.

—¡Soltadme! —exigió aprovechando ese lapsus de indecisión—. ¡No tenéis derecho a retenerme contra mi voluntad!

—¡¡Silencio he dicho!! —rugió Miguel, haciendo vibrar las paredes y cortando el aire como una espada.

Dio un paso en dirección a Khata, su aura de autoridad irradiando por la sala. En ese momento, uno de los hombres que estaba al lado de Yared le susurró algo al oído, y este se levantó de su trono al ver la duda calar en el arcángel. Era todo lo que necesitaba.

—Lo sientes, ¿verdad? —interrogó con un brillo extraño, casi triunfante, en su mirada oscura—. Sientes la energía que emana de ella. Una energía que, estoy seguro, no habías percibido antes.

Khata frunció el ceño, desconcertada. Su mirada fue de Yared a Miguel, luego a los murmullos que comenzaban a brotar como un rumor inquieto entre los presentes.

Giró la cabeza, intentando descifrar lo que decían.

Los observó con rabia contenida, pero también con una nueva y asombrosa visión: divisó la luz que surgía de cada uno de ellos, como auras de diferentes colores e intensidades.

Todavía no se acostumbraba a aquella insólita percepción que había adquirido tras despertar; una percepción que le resultaba del todo abrumadora.

La primera vez que había advertido esa especie de resplandor que cada individuo poseía había sido en su imprevisto encuentro con Miguel.

Él fue el primero. Su luz era tan brillante que casi le quemó la retina, de un blanco puro, celestial, que lo envolvía como un suave manto de divinidad.

Pero fue cuando despertó de su inconsciencia cuando comenzó a verlo en los demás.

Cada uno con un color y una tonalidad diferente.

Algunos más brillantes, otros más oscuros.

Algunos más intensos, otros más suaves, pero con una diversidad asombrosa que la fascinaba y la cohibía a partes iguales.

No comprendía por qué ahora tenía esa habilidad, ni lo que significaba. Pero tampoco tenía ninguna intención de confesarlo, al menos de momento. Era un secreto que, por alguna razón, su instinto le decía que debía conservar.

—No sé quién eres —soltó mirando a Miguel directo a los ojos, con el rostro crispado—, ni me importa. Pero te aseguro que yo no tengo ninguna marca, nunca la he tenido. No sé por qué él miente, pero ya me estoy cansando de todo esto.

Yared solo tuvo que mover la cabeza. Alfonso Cadaval, con una eficiencia fría y una obediencia abyecta, asintió.

Sus hombres de mayor confianza volvieron a sujetar a Khata con firmeza, sus manos como mordazas de hierro sobre sus brazos.

El médico se acercó a ella y, con una brusquedad carente de cualquier tacto, forcejeó hasta subirle la camiseta, dejando al descubierto la parte baja de su costilla izquierda.

Entonces, el aire se volvió denso. Un cuchicheo cruzó la estancia como un escalofrío colectivo, un murmullo de asombro y temor apenas contenido.

Allí estaba.