Capítulo 6 #2
—¿La conoces? —Ante el silencio sepulcral del arcángel, la intriga por aquella desconocida aumentó—. ¿Quién es ella? —preguntó en voz baja, como si de algún modo temiera la respuesta.
Pero su hermano no respondió. Todo en él, incluso su luz, se había congelado.
—No puede ser —murmuró, sin darse cuenta de que lo decía en voz alta—. Debería estar muerta.
—¿Quién? —La atención del ángel de la Verdad regresó por completo a aquella figura femenina—. ¿Ella? ¿Por qué?
El arcángel frunció el ceño. Perplejo, parpadeó varias veces, como si sus ojos lo engañaran.
Pero la reconoció, no había duda. Ese rostro, esos ojos, esa expresión de fría rebeldía...
eran inconfundibles. Y creyó sentir la marca de sus dientes en la piel, un recuerdo doloroso de su primer encuentro.
Era la misma vampira que lo había mordido días antes, y estaba tan seguro de ello porque su recuerdo todavía perduraba en su memoria.
Mientras tanto, Khata sintió su estómago revolverse al entrar en aquella imponente sala.
Las paredes de piedra estaban cubiertas por tapices antiguos, y candelabros de hierro forjado con velas reales que dibujaban sombras que parecían moverse y susurrar historias viejas.
Caminó bajo una bóveda con frescos y símbolos que narraban leyendas ancestrales, acompañada por un silencio casi sagrado, solo roto por el roce de sus pasos.
Decenas de ojos la seguían sin perder detalle, y ella se sintió expuesta y vulnerable bajo aquel escrutinio.
De pronto, el silencio se rompió con los murmullos de los vampiros que la reconocieron.
Sabían de su trabajo, de lo importante que era para su raza el hallazgo de la tan ansiada «cura», pero también del odio que ella expresaba de forma abierta hacia ellos.
Y por esa misma razón la toleraban, a la vez que la despreciaban con idéntica reciprocidad. No lo ocultaban, tampoco era necesario.
Khata cuadró los hombros, irguió la cabeza y caminó con orgullo bajo el escrutinio de aquellos ojos amenazantes.
Pero el mundo se tambaleó al detectar a aquella figura tan temible como majestuosamente hermosa frente a ella.
Allí, en el centro de la sala, de pie como una estatua tallada en luz, estaba él.
El extraño ser que pensó que jamás volvería a ver.
Se detuvo en seco. Su respiración se cortó al ver los ojos del desconocido posarse sobre ella y un escalofrío recorrió su columna vertebral. Eran unos ojos que la atravesaban. Ojos que veían más allá de la piel, más allá del alma.
Miguel también retuvo la respiración cuando ambas miradas se encontraron. Algo, que no podía definir aún, le decía que aquel encuentro estaba destinado desde mucho antes de que sus caminos se cruzasen.
Se preguntó si esa «profecía», de la que tanto hablaban los Caídos, podía ser cierta. ¿Era ella esa vampira arrogante y tenaz, «La Anomalía»?
Lo desconocía. Pero lo que sí sabía era que nadie podía sobrevivir a la sagrada sangre de un ángel sin volverse polvo o corrupto, y menos un demonio.
Y, sin embargo, allí estaba ella: entera.
Más viva que nunca. Su presencia era como un presagio respirando.
Un presagio que, tal vez, cambiara las leyes del mundo tal y como se conocían.
El Antiguo, aún sentado en su trono, contemplaba a Khata con una mirada inclemente, casi ausente de emoción, pero cargada de juicio. Sus ojos eran dos carbones apagados, negros y profundos, acostumbrados a dictar sentencia con una simple orden, sin ser cuestionados jamás.
Sabía quién era ella. Su nombre resonaba como una espina clavada en los rumores del submundo vampírico.
Era una renegada, una científica, una impura a los ojos de los suyos.
Y, sin embargo, su presencia en aquel lugar no era producto del azar.
Si no fuera por su utilidad para la raza, su conocimiento sobre genética y su obsesiva búsqueda de la cura para el mal que los corroía desde el origen, su existencia habría sido borrada sin vacilación.
Yared era paciente, pero no misericordioso.
Sus ojos, dos puntos de oscuridad, se desviaron hacia el doctor Cadaval, quien permanecía junto a Khata con la mirada baja y el porte recogido de un súbdito bien adiestrado. El gesto servil fue suficiente para que el Antiguo hablara.
—¿Es ella? —preguntó, su voz grave y monótona, como el arrastre de una losa de mármol.
—Sí, mi señor —respondió Alfonso con una reverencia breve, sin levantar la vista.
Yared asintió con lentitud, como si cada uno de sus movimientos estuviera diseñado para recordarles a todos que él era el amo y señor, y que sus vidas le pertenecían. Luego, alzó su mano pálida y la extendió hacia Khata.
—Acércate —su voz no fue elevada, pero retumbó como un eco que se impuso en la sala, cargada de una autoridad ancestral que doblegaba voluntades.
Khata no se movió.
Su mentón se alzó con una altivez que heló el ambiente. En sus ojos grises brillaba una chispa de tempestad, un desafío que pocos se atrevían a lanzar. No necesitó palabras: el rechazo fue rotundo, absoluto, y tan claro como una sentencia.
Un murmullo de sorpresa e indignación recorrió la sala como una oleada contenida.
Yared entrecerró los ojos. Sus labios se tensaron en una mueca de incredulidad ofendida.
—¿No has escuchado lo que he dicho? —repitió con voz más baja, pero teñida de una amenaza peligrosa que hizo que algunos se estremecieran.
—Alto y claro —respondió ella, con un tono contenido, pero firme como una daga bien afilada—. Pero no pienso obedecer a alguien que me ha traído aquí a la fuerza… como si fuera un objeto y no una persona.
El Antiguo se puso de pie de forma abrupta.
El movimiento arrastró un silencio aún más grave, como si la sala misma temiera su reacción.
Sus ropas de diseño exclusivo susurraron con la fricción del brusco movimiento, y su poder llenó el espacio como una tempestad silenciosa, una presión invisible que oprimió a todos los presentes.
—Soy tu señor —rugió con una furia apenas contenida, como un volcán sellado por siglos que comenzaba a resquebrajarse—. Con eso debería bastar.
Khata no se inmutó. Dio un paso hacia delante, no en obediencia, sino como quien toma el centro del escenario para dictar sus propios términos.
—No te reconozco como tal —declaró con voz serena, pero con la carga eléctrica de una revelación—. No eres mi señor, ni soy una esclava. No soy parte de tu linaje, aunque así lo dicte tu genealogía. Soy libre. Y no respondo ante nadie más que ante mí misma.
Sus palabras cayeron como una herejía nueva, algo que ninguno de los vampiros presentes se había atrevido a pronunciar en siglos, una profanación a su jerarquía sagrada.
Miguel, que había permanecido en una tensión glacial, no pudo evitar torcer con ligereza los labios. Una parte de él —muy, muy al fondo— se sintió impresionado por la audaz imprudencia de aquella mujer.
El Antiguo dio un paso hacia ella, sus ojos oscuros brillando con una rabia primigenia, la rabia de un rey cuestionado.
—Eres una de los nuestros, aunque reniegues de ello. La sangre de Caín corre por tus venas. No puedes ignorarlo. No puedes huir de lo que eres.
—¿Y qué soy exactamente? —le espetó ella, cruzando los brazos sobre el pecho, su postura desafiante—.
¿Una aberración? ¿Un capricho? ¿Una humana que no pidió convertirse en…
esto? —dijo señalando con desprecio su condición—.
Tal vez respiro, pienso y decido, pero no ha sido mi elección y por ello mismo no le debo sumisión a nadie.
Hubo un silencio tenso y pesado. Las sombras de la sala parecían haberse hecho más densas, como si el eco de sus palabras hubiera provocado una grieta invisible en la realidad misma.
Y entonces, en un rincón de la estancia, alguien soltó un jadeo audible. La atención de Khata se desvió por un instante. Miguel, por su parte, frunció el ceño con profunda confusión. Algo en el aire había cambiado. La atmósfera se volvió densa y vibrante, cargada de una nueva y extraña esencia.
Yared la observó en silencio. Su rabia se transformó despacio en algo más frío, más calculador, una calma peligrosa que presagiaba una tormenta.
—Tienes razón en algo —murmuró con voz grave—. Eres una criatura impura que no merece el don que se te concedió: el de la inmortalidad. Pero incluso las criaturas desagradecidas como tú tienen un propósito. Un propósito que, muy pronto… descubriremos.