La Profecía de los Caídos Capítulo 6
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Capítulo 6

Khata, aún débil, con el pulso acelerado y la mente confusa, cruzó la entrada de un lujoso château a las afueras de París, custodiada por dos hombres de semblante frío, vestidos con trajes tan impecables como impersonales.

El mármol de los suelos relucía como si el tiempo no pasara allí dentro, pero en su interior, algo oscuro latía con fuerza.

No le habían preguntado si quería ir ni pedido permiso, pero había sido arrastrada a aquel lugar sin su consentimiento.

Vestía la misma ropa con la que había salido noches antes en busca de Olivier, y se preguntó por enésima vez si su amigo se encontraría bien.

A pesar de que sacudió la cabeza para ahuyentar esos pensamientos y se centró en el presente, su mente no dejaba de recordar el momento en el que Alfonso Cadaval irrumpió unas horas antes en la habitación del hospital, dando órdenes como si fuera amo y señor de todo.

—Bien —dijo mirándola con su acostumbrado desprecio, su voz gélida y cortante—. Me alegro de que estés despierta. Vístete. Tienes que acompañarme.

Khata, sentada aún en la cama, parpadeó desorientada mientras Elena se levantaba de golpe desde la silla donde la había estado velando, con el rostro demudado por la alarma.

—Todavía no está recuperada, Alfonso —se atrevió a decir, tensa—. Es demasiado pronto.

Cadaval le lanzó una mirada gélida, de esas que cortan sin necesidad de palabras.

—Habla y respira, para mí es suficiente.

—Pero…

—¡He dicho que es suficiente! —la interrumpió, y de un empujón brusco apartó a su subordinada para acercarse a Khata—. Levántate —ordenó, su voz dura como el granito—. No tengo todo el maldito día.

Khata alzó el mentón con una dignidad que no sabía de dónde sacaba.

—¿Qué pasa si no quiero?

El vampiro jefe de la unidad de hematología y genética le lanzó una mirada fulminante.

—Harás lo que yo te ordene.

Ella le sostuvo la mirada con terquedad. No iba a dejarse amilanar por ese snob, nunca lo había hecho y no iba a empezar ahora.

—Cumpliré tus órdenes siempre y cuando sea por cuestiones de trabajo. —Miró a su alrededor, enfatizando el lugar y las condiciones en las que se encontraba—. Como podrás apreciar, este no es el caso.

Cadaval apretó los dientes con tanta fuerza que un músculo resaltó en su mandíbula. Al percibir ese gesto, Elena intentó mediar entre ellos.

—Por favor, no es necesario discutir…

—No estoy discutiendo —la interrumpió su jefe—. Le estoy dando una orden clara y directa.

—Una orden que no tengo por qué obedecer.

—Lo harás porque yo te lo mando y punto —espetó él, sin molestarse en disimular su desprecio.

Por el rabillo del ojo, Khata vio a dos enfermeras acercarse con paso rápido. Algo no encajaba. Todo iba demasiado deprisa.

—Esa no es una razón suficiente —protestó, tensando los dedos sobre las sábanas—. No puedes entrar aquí y obligarme a hacer tu santa voluntad solo porque se te antoje.

Cadaval curvó los labios en una sonrisa cruel.

—Puedo, claro que puedo —la acalló con un brillo calculado en su rostro que no dejaba lugar a réplicas—: y lo haré.

Las enfermeras comenzaron a retirar con destreza las vías, el gotero, los sensores. Una parte de ella quería creer que solo seguían órdenes… lo expresaban sus cabezas gachas y miradas renuentes, incapaces de enfrentarla por la vergüenza o incomodidad del momento.

—Alfonso —intervino Elena con la voz temblorosa—, acaba de despertar, aún está muy débil. No es buena idea que…

—¡No te metas en esto, Elena! —rugió él, fulminándola con la mirada—. No te conviene.

Khata sintió cómo las manos de las enfermeras la rodeaban, suaves pero firmes, buscando levantarla por la fuerza. Se resistió de inmediato.

—¡No me toquéis! —gritó, zafándose con un movimiento brusco.

Pero Alfonso ya estaba sobre ella. Le apresó la muñeca con dedos como tenazas, hundiéndole las uñas en la piel.

—Te conviene cooperar —gruñó cerca de su rostro, el aliento cargado de amenaza—. Tienes muchas explicaciones que dar.

La mirada de Khata voló hacia Elena, quien bajó la cabeza como si no pudiera sostener su escrutinio. El estómago se le encogió. Algo había pasado… algo que ella no recordaba.

—¿De qué estás hablando? ¿A quién se supone que debo darle explicaciones?

Cadaval no respondió. Con un gesto de cabeza ordenó a los dos hombres de negro que la tomaran. Ellos no dudaron. La sujetaron por los brazos con una fuerza implacable. Y ahí, por primera vez, algo dentro de Khata se estremeció con verdadero miedo.

—¿A dónde me llevas? —exigió saber mientras se revolvía y pataleaba—. ¡Dímelo! ¡No tienes derecho a tratarme así!

—Lo sabrás cuando llegue el momento —contestó él, dándole la espalda con un desdén tan profundo como irritante.

Khata fue arrastrada fuera del hospital entre susurros del personal y la mirada impotente de Elena, que no se atrevió a intervenir.

La noche envolvía París con un manto húmedo y espeso, y la oscuridad parecía alargarse como un presagio mientras la obligaban a subir a un coche negro, discreto, sin distintivos.

El interior olía a cuero viejo y vestigios de algún perfume caro.

Durante el trayecto, el silencio era espeso, insoportable. Solo el zumbido constante del motor y los latidos de su propio corazón resonaban en sus oídos.

«¿Qué demonios está pasando…?»

Su mente trabajaba a toda velocidad, repasando cada uno de sus pasos antes de despertar. Olivier... el club... los Sangrenegra... aquel extraño ser… ¿acaso la habían visto con él? ¿La creían una traidora o colaboradora? ¿Había roto alguna norma sin saberlo? Nada tenía sentido.

El coche siguió su rumbo hasta dejar atrás los límites de la ciudad, alejándose del ruido, del tráfico, de la vida. La carretera se volvió más sinuosa y campestre, hasta que, por fin, el vehículo se detuvo frente a la entrada de un imponente edificio.

Al descender del automóvil, Khata levantó la mirada.

La mole de piedra frente a ella se alzaba grandiosa contra el cielo nocturno. Un antiguo château reformado, de tejados afilados y majestuosas chimeneas de piedra. Había un aire de otro tiempo, de secretos y pactos sellados que le heló la sangre.

Y entonces, lo supo. Supo con absoluta certeza qué era aquel sitio y a quién iba a ver, y sintió un escalofrío recorrerle la espalda.

En la parte más alta del château , Amitiel, el ángel de la Verdad, contemplaba desde la penumbra el patio de entrada.

Las plumas de sus grandes alas, plegadas a su espalda, se mecían ligeramente con la brisa de la noche, pero su expresión era una máscara de tensión contenida.

¿Había presentido algo? Una energía sutil, distinta a la del lugar, había cosquilleado sus sentidos.

No supo decir qué era, pero caló hasta sus huesos como una promesa antigua, casi olvidada.

Frunció el ceño justo cuando un coche oscuro se detuvo frente a la entrada principal. Vio a una mujer descender, escoltada por dos hombres con rostros tensos y mirada vigilante. Su caminar era incierto, pero su columna erguida hablaba de orgullo indomable.

Antes de poder examinarla más de cerca, el cuerpo de Amitiel se desvaneció en el aire y, en cuestión de un suspiro, reapareció junto a su hermano en el interior de la gran sala de audiencias del Antiguo.

—¿Dónde diablos estabas? —le gruñó Miguel sin mirarlo siquiera, los ojos fijos en la multitud reunida.

El arcángel, inmenso en su presencia y majestuoso incluso en su exasperación, permanecía de pie junto al trono en el que reposaba el Antiguo.

A pesar de su apariencia joven, quizá de unos treinta años, los ojos del descendiente de Caín revelaban una eternidad vivida con exceso, pérdida y poder.

Eran ojos que no miraban: sentenciaban. A su alrededor, vampiros de alta cuna observaban en tenso silencio, como si la presencia de Miguel los incomodara...

o los asustara. Lo segundo era más probable.

—¿Me has echado de menos tan pronto? —bromeó Amitiel, una sonrisa ligera en sus labios. Sin embargo, su expresión se desvaneció cuando notó la tensión en el rostro de su comandante, la familiaridad de su estrés.

El arcángel no respondió. Sus ojos de depredador recorrieron los rostros de los vampiros que lo estudiaban con evidente recelo.

Sentado a su lado, el Antiguo que le había enviado aquel mensaje tan críptico, parecía aguardar con los ojos cerrados a que algo sucediera.

La paciencia de Miguel, que no era abundante, se estaba agotando.

— ¡Déjate de idioteces! —le reprochó a Amitiel a través de un pensamiento cortante, su voz mental cargada de furia helada—. ¿ Has descubierto algo?

— Ha llegado una mujer escoltada. Una de los suyos… o eso parece —le respondió este del mismo modo.

Miguel giró apenas el rostro, el ceño fruncido.

— ¿Una mujer? —la sorpresa era palpable en su voz mental.

— Ajá.

El arcángel espió de reojo al Antiguo y apretó la mandíbula, mientras una oleada de impaciencia latía bajo su piel.

—Esto es una pérdida de tiempo —masculló, su voz sonó como una tormenta contenida—. ¿Cuánto más tengo que esperar, Yared?

El Caído abrió los ojos con lentitud y levantó una mano para imponer silencio a su séquito justo en el momento en que las grandes puertas de la sala se abrieron. Y entonces, el mundo se detuvo.

Una figura femenina emergió al otro lado de la sala.

Caminaba con paso firme, aunque precavida, como si estuviera lista para atacar o huir.

El sonido de sus botas resonaba contra el suelo de mármol, marcando cada paso como un latido.

Su cabello oscuro caía como una cascada en sombras, y sus ojos…

eran plata líquida, fría, lúcida, desbordante de una rebeldía que brillaba incluso en la confusión.

Miguel dio un paso atrás. No de miedo, sino de impacto.

—¿Qué demonios…? —musitó, y su voz apenas fue un soplo, pero llevó consigo el peso del mundo.

Desconcertado, Amitiel ladeó la cabeza y miró a su hermano con curiosidad.